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Índice

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    Jorgelina Reinoso Niche


  • Afectividad de jóvenes universitarias frente a la pandemia

    José Luis Ramos Ramírez


  • Marcos organizacionales e interacciones en la clínica: la dinámica de la Unidad de Fisioterapia en un hospital neuropsiquiátrico

    Liz Hamui-Sutton, María Alejandra Sánchez Guzmán, Alfredo Paulo


  • La Guadalupita Ácrata en el Ojo de Agua: anarquismos invisibles de la vida cotidiana en territorio

    Juan Manuel Vizcaíno Martínez


  • Relatos sobre la vida en tiempos de pandemia y confinamiento: las experiencias de un grupo de jóvenes estudiantes en San Luis Po

    José Guadalupe Rivera González


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  • Las me´bankilaletik y las me??bankilal j-ilmexaetik en el lavado de ropas de los santos de las mayordomías de Tenejapa, Chiapas

    Kimberlyn Jazmín Maradiaga Aguilar


  • La fiesta patronal a Santiago Apóstol en Santiago de Anaya, Hidalgo

    Anna Rosa Herrera Gómez


  • Culto, devoción y ofrendas en el cerro de La Verónica, ubicado en la sierra de las Cruces en el valle de Toluca

    Florencio Barrera Gutiérrez


  • Peregrinaciones antiguas de los pueblos de la Ciudad de México a la Basílica de Guadalupe

    Abraham García Mejía


  • Entre nubes y cañas

    Martha Maya Tapia


  • Voces

  • Viacrucis migrante 2022: experiencias narradas desde la frontera sur

    Héctor Manuel Lázaro Hernández


  • Maternidades y cuidados: narrativas de la periferia

    Rosa Sara Jiménez Jiménez


  • Reseñas

  • Reseña del libro: Memoria a través de la imagen, de Keith Dannemiller y Verónica Ruiz (Morelia: Laboratorio Nacional de Material

    Antonio Zirión Pérez


  1. Numeros anteriores
  2. Publicación No. 10
  3. Relatos sobre la vida en tiempos de pandemia y confinamiento: las experiencias de un grupo de jóvenes estudiantes en San Luis Po

Relatos sobre la vida en tiempos de pandemia y confinamiento: las experiencias de un grupo de jóvenes estudiantes en San Luis Potosí, México

Stories about life during times of pandemic and confinement: The experiences of a group of young students in San Luis Potosí, Mexico

 

José Guadalupe Rivera González
Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma de San Luis Potosí
joserivera@uaslp.mx
https://orcid.org/0000-0002-2108-3963

 

RESUMEN

Los relatos de vida son herramientas de análisis que contribuyen a documentar los acontecimientos que ocurren en la vida de una persona; en los relatos se descubre la manera en como un evento o acontecimiento afectó a una persona, pero también se cuenta la historia de una familia, de un país y de la humanidad. Aquí se presentan los relatos de cuatro jóvenes mexicanos, quienes desde su intimidad del confinamiento escriben sus experiencias de estudiar, convivir en familia, en general, para sobrevivir en un largo periodo de encierro.

Palabras clave: pandemia, encierro, juventudes.

 

ABSTRACT

Life stories are analytical tools that allow you to document the events that occur in a person's life, in the stories you discover the way in which an event or occurrence affected a person, but you also tell the story of a family, a country and humanity. This paper presents the stories of 4 Young Mexicans, who from their intimacy of confinement write about their experiences of studying, living together as a family, in general, to survive in a long period of confinement.

Keywords: pandemic, confinement, youth.

 

Fecha de recepción: 16 de junio de 2023
Fecha de aprobación: 21 de febrero de 2024

 

Introducción

La pandemia de sars-cov-2 ha sido sin duda un acontecimiento global, impactó en todas las esferas de nuestra vida. Una enfermedad a la que inicialmente se anunció como una nueva gripa, sin embargo, por su rápido contagio y sus secuelas de muerte se transformó muy pronto en una emergencia humanitaria sin precedentes. En tan sólo unos meses paralizó al planeta; con el paso de las semanas el nuevo virus sacudió los sistemas de salud, y ha dejado profundas secuelas sociales, económicas, políticas, psicológicas y culturales. Nuestro país no escapó al desastre. Se estima que entre 2020 y 2022 la pandemia cobró en México más de seiscientas cincuenta mil vidas y enfermó a millones de personas de todos los estratos sociales, en particular a las poblaciones más vulnerables debido a la pobreza, las desigualdades y la violencia intrafamiliar. La menguada infraestructura del sistema nacional de salud estuvo cerca de sucumbir. Mientras pasaba el tiempo, científicos en todas partes del mundo hicieron un esfuerzo extraordinario por tener una vacuna lo más pronto posible, cosa que afortunadamente se concretó. Los gobiernos pusieron manos a la obra para tratar de hacer una mejor gestión y gobernanza de la pandemia, en algunos casos dicha gestión resultó ser un verdadero desastre, lo cual se evidenció en el hecho de que no se tomaron las medidas necesarias, y ello terminó por manifestarse en altos niveles de mortandad entre la población.

Mientras todo eso sucedía, las dinámicas de vida de millones de personas se vieron trastocadas de un día para otro. Un sector de la población que lo resintió fue el educativo (estudiantes, docentes, investigadores y personal administrativo de todos los niveles), ya que tuvo que permanecer en casa por más de un año, desarrollando sus actividades de enseñanza y aprendizaje desde casa. El confinamiento, que se pensó duraría corto tiempo, y en su momento se visualizó como breves vacaciones, terminaron volviéndose largos meses de encierro, por lo que a la alegría y buenas intenciones de lo que representaría un corto confinamiento, con el paso de las semanas y los meses, se transformó en una carga pesada y difícil de sortear para los jóvenes, quienes tuvieron que estudiar desde casa y hacer otras tantas cosas más desde su hogar. El grupo etario de los jóvenes no resultó ser un sector que se viera particularmente impactado en el número de muertes por el covid-19, pero sí resultaron verse muy afectados en otros ámbitos de su vida personal, social profesional, emocional y familiar. La pandemia desde la mirada y la experiencia de 4 jóvenes mexicanos es lo que se presenta en este artículo.

 

Covid-19: La construcción de la tormenta perfecta

La pandemia de covid-19 resultó ser un evento que vino a transformar a todo el mundo y provocó muchos cambios y alteraciones en todas las actividades que como sociedad desarrollamos. La pandemia ha significado crisis en diversos sectores: salud, economía, educación, social, política, entre muchas. La pandemia de covid-19 no ha hecho más que recordarnos el carácter global de la interconexión de nuestra existencia, en muchos sentidos. La sociedad contemporánea es global en términos de la economía, la comunicación, la cultura, la política; pero también esa globalización se hizo presente ahora con la pandemia. Una pandemia que tuvo su origen en China y que, al paso de muy pocas semanas, se convirtió en un problema de salud global.[1]

Las primeras noticias sobre el covid-19, como se denominó a la enfermedad producida por el coronavirus que tuvo su origen en Wuhan, provincia de Hubei, China, surgieron a mediados del mes de diciembre de 2019. En ese entonces se registró un brote infeccioso de tipo respiratorio que causaba neumonía, enfermedad provocada por un agente desconocido para los médicos y científicos chinos. Fue el 7 de enero de 2020 cuando, después de arduas investigaciones, se pudo identificar el agente causal de aquel brote: el nuevo coronavirus pertenece a la familia de los betacoronavirus, a la cual también pertenecen los virus que ocasiona el Síndrome Respiratorio Agudo (sars), el Síndrome Respiratorio de Medio Oriente y cuatro coronavirus más, todos vinculados a la gripe común. Una característica que distinguió al nuevo virus fue su capacidad de rápida expansión al resto de mundo: para mediados de enero, había llegado a Japón, Corea del Sur y Tailandia. El veloz incremento en el número de contagios provocó que el 23 de enero, en la ciudad de Wuhan, se iniciara una drástica cuarentena con la intención de frenarlo; sin embargo, para el 31 de enero los casos positivos a covid-19 estaban presentes en países europeos como Francia, Italia y Alemania, pero también se reportaban los primeros casos en América, en países como Estados Unidos y Canadá. Para el mes de febrero del 2020 había más de tres mil contagios por día en China. Ante esto, aquel país tuvo que poner en marcha una estricta política de confinamiento social con la intención de detener los contagios.[2]

El primer caso de covid-19 en México fue reportado el 28 de febrero de 2020 y difundido por la prensa: un varón de 35 años, quien días antes había estado en el norte de Italia. Para el 19 de marzo, la Secretaría de Salud daba a conocer que en el país ya había una primera víctima fatal fallecida por covid-19 que no había salido del país. Para evitar que un mayor número de personas fueran expuestas a un posible contagio de covid-19, las autoridades federales del sector salud y educativo en México tomaron la decisión de adelantar el periodo vacacional de Semana Santa, con la indicación de que las vacaciones iniciarían el 20 de marzo y se extenderían hasta el 20 de abril de 2020. Sin embargo, ante el avance de contagios y de muertes que se registraban en México y en países como China, España, Italia y Estados Unidos, la mayoría de las instituciones de educación superior del país optaron por la suspensión de clases a partir del 17 de marzo y no el 20, como originalmente se había informado.

“Quédate en casa”, sin duda, sería la frase con la que recordará a la pandemia de covid-19 en los tiempos futuros. Nunca como en aquellos tiempos de pandemia quedarse en casa se volvió tan importante. Cuidar la salud, cuidar la vida dependió, para millones de personas, de quedarse en casa durante un largo periodo. Por tanto, las calles, las avenidas, las escuelas, los centros comerciales, los aeropuertos, las playas, las fábricas, los antros, los gimnasios, todo poco a poco se fue deteniendo. En las calles sólo se deseaba ver a la gente indispensable.

 

Los jóvenes universitarios confinados: la otra pandemia

Según datos de la Secretaría de Educación Pública (sep), en México el confinamiento derivado por la pandemia de covid-19 entre las Instituciones de Educación Superior (ies) se tradujo en que un total de 5 300 000 de personas vieran suspendidas sus actividades presenciales, lo anterior equivale a 4.2 % de la población nacional. El gobierno mexicano buscó así que los hospitales no se vieran saturados por las personas contagiadas y enfermas, cosa que sucedió de todas maneras; durante los días más críticos de los contagios, los hospitales estuvieron llenos, pero también lo estuvieron los hogares, que se colmaron de personas que tuvieron que quedarse en casa ante la suspensión de actividades presenciales. Lo anterior provocó que la convivencia diaria se transformara en un reto para todos. De manera que el núcleo familiar y espacio del hogar se transformaron para dar cabida a nuevas maneras de realizar muchas actividades, que antes de la pandemia y del confinamiento se llevaban a cabo fuera del hogar. Lo relevante era darse cuenta de que esas actividades generaban no sólo importantes beneficios económicos, educativos y de salud, sino que también reportaba importantes alteraciones emocionales para cada miembro de la familia.

Una vez que fue decretado el inicio del confinamiento para el sector educativo, la recomendación fue que estudiantes y profesores echaran mano de las plataformas digitales para poder seguir con las clases. Por lo tanto, de repente, millones de estudiantes, miles de profesores y trabajadores administrativos tuvieron que hacer una pausa y quedarse en casa.[3] Ante esa circunstancia novedosa, a los pocos meses de haber iniciado la suspensión de las clases presenciales en el estado de San Luis Potosí, y en particular entre los estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (uaslp), se inició la tarea de instrumentar varias acciones que permitieran documentar las estrategias, acciones, problemas que se habían presentado entre un grupo de estudiantes de nivel superior, quienes habían permanecido estudiando y realizando otras tantas actividades en casa durante más de un año de confinamiento.

Una de esas estrategias fue solicitar a los jóvenes que ellos mismos escribieran un relato en donde registraran aquellos eventos que, desde su punto de vista, habían marcado su experiencia con la pandemia y todo lo que se había derivado a partir del confinamiento. Los relatos que se recuperaron retratan diferentes problemáticas a las tuvieron que enfrentarse durante aquel periodo; tales problemas no están únicamente relacionados con el hecho de tomar clases a distancia y lo complejo que resultó para la mayoría esa nueva experiencia; también se hacen presentes los conflictos que se generaron entre los miembros de la familia, por una convivencia en condiciones anormales. Hacer que los jóvenes escribieran sus experiencias de aquello que para ellos había sido lo más significativo durante más de un año de haber iniciado el confinamiento en casa resultó ser un ejercicio terapéutico, ya que les permitió identificar sus propios problemas y darle sentido a sus experiencias y a las experiencias de un mundo que se vio en la necesidad de detenerse y reinventarse en el contexto de una pandemia. Darles voz a los jóvenes por medio de la escritura posibilitó entender también una parte de esa pandemia que se ha vivido y que dejó muchas enseñanzas y experiencias. Que sea el punto de vista de los jóvenes no les resta valor e importancia. Al contrario, las historias escritas vienen a cuestionar lo que podrían ser las historias contadas desde el punto de vista de los adultos, de los especialistas en la salud, la economía, las relaciones familiares en el contexto de una terrible pandemia que ha dejado a su paso millones de contagios, muertes, desempleo, estrés, tensión y mucha incertidumbre. Darles voz a los jóvenes por medio de la escritura posibilitó entender también una parte de esa pandemia que se ha vivido y que ha dejado muchas enseñanzas y muchas experiencias. Que sea el punto de vista de los jóvenes no les resta valor e importancia; al contrario, las historias escritas vienen a cuestionar lo que podrían ser las historias contadas desde el punto de vista de los adultos, el de los especialistas en la salud, la economía o las relaciones familiares en el contexto de una terrible pandemia que ha dejado a su paso millones de contagios, muertes, desempleo, estrés, tensión y mucha incertidumbre. Privilegiar el acercamiento cualitativo por medio de los proyectos de vida o recuperar los relatos de vida resultó ser una estrategia clave como método de investigación. Los relatos de vida dejan un espacio abierto a lo imprevisible y aceptan a las personas como tal, ahí se hace presente todo aquello que no se puede recuperar por las encuestas. Acá la metodología cualitativa no pretende retomar a las personas sólo como una cifra o como ilustraciones sin llegar al fondo de las experiencias, problemas o significados que viven o experimentan las personas.

La estrategia cualitativa de los relatos de vida trata de lograr la meta que estableció el antropólogo Clifford Geertz,[4] denominada la descripción densa. Esa estrategia detalla las características específicas que configuran el contexto y que ayudan a conocer los fundamentos de las acciones de las personas y las consecuencias de ese entorno y las consecuencias de sus propias acciones para comprender toda la complejidad de una determinada realidad concreta; este ejercicio, además, permite captar la dialéctica que se construye entre el individuo que es producto de la historia y el individuo que se transforma en un constructor/productor de la historia. Por otra parte, Roland Barthes señaló que los relatos están en todas partes, en todos los tiempos, en todos los lugares, y él mismo advirtió que no hay pueblos sin relatos, el relato está ahí como la vida misma.[5] Y por su parte, el etnógrafo Atkinson confirma que contar las historias de lo que sucede en las vidas de las personas es algo tan básico a nuestra naturaleza que en ocasiones no se es capaz de percibir su valor y su importancia. Atkinson, destacó lo siguiente: “Pensamos en forma de relatos, hablamos en forma de relatos y damos sentido a nuestras vidas a través de relatos [...] los relatos nos conectan con nuestras raíces”[6].

En las sociedades del pasado los relatos desempeñaron un papel clave en la transmisión de generación a generación del conocimiento, de los valores y las experiencias de la vida. También es importante destacar que mediante las historias de vida es posible identificar las variadas influencias, las experiencias, temas y lecciones de vida que generan o dejan en las personas ciertos eventos o acontecimientos que ocurren en un determinado momento de la vida de las personas. Como dice Bruner,[7] construir y contar las historias ayuda a organizar, interpretar y otorgarle sentido, valor y significado a las experiencias que suceden alrededor de las personas.

El método de los relatos o las historias de vida —desde la perspectiva de Franco Ferrarrotti— contribuye a acercarse al sujeto y observarlo no como un dato, sino como un proceso social que implica una historicidad, un sujeto que actúa en forma creativa en su mundo cotidiano, que está en continuo movimiento dinámico, por lo tanto, nunca es un sujeto solitario.[8]

Trabajar con las personas por medio de los relatos o historias de vida coadyuva a que las personas se presenten como un agente histórico, en su experiencia vivencial dentro de un ambiente contextual político, histórico en el cual se está desarrollando. Por lo tanto, lo que las personas narran o cuentan en sus historias personales se debe entender y examinarse a la luz de su contexto, es decir, se debe triangular con los procesos sociales, históricos, culturales y políticos en los que está transcurriendo la vida del que relata o cuenta su historia. Las historias o relatos de vida tienen la capacidad expresar lo cotidiano, es decir, que se hagan visibles prácticas que ocurren en espacios o circunstancias poco visibles para el investigador y que sólo a través del relato que hagan los actores podemos conocer. Cuando los jóvenes escribieron sus relatos durante el confinamiento, llevaban más de doce meses estudiando en casa, bajo la modalidad de educación virtual o a la distancia. Muchas actividades habían regresado paulatinamente a la llamada “nueva normalidad”; sin embargo, en México y en el estado de San Luis Potosí, los estudiantes universitarios continuaron más de año y medio estudiando y haciendo otras muchas actividades desde su hogar. Aunque en el mes de mayo del 2021 se inició el proceso de vacunación del personal docente de las escuelas públicas y privadas, ello no significó que se decretara el regreso al trabajo presencial. La realidad fue que la gran mayoría de estudiantes y profesores siguieron trabajando a la distancia. Algunos maestros ya vacunados pudieron trasladarse a sus cubículos para impartir desde ahí sus clases, pero lo siguieron haciendo por medio de una plataforma y de un dispositivo (teléfono celular, computadora o una tableta electrónica). Pasaron todavía muchas semanas en que los estudiantes siguieron estudiando desde algún lugar-espacio de sus hogares. En ese sentido es que se volvió importante saber cómo un grupo de jóvenes universitarios vivieron la experiencia del confinamiento y todo lo que ello representó y significó en sus vidas personales, familiares y escolares. En México y seguramente en otros países del mundo, miles o tal vez millones de jóvenes ingresaron a la educación primaria, secundaria, preparatoria, universidad o tal vez a un posgrado, y lo hicieron sin acudir a una clase presencial a sus nuevas escuelas. Esos jóvenes estudiantes sólo conocieron durante un largo periodo a sus compañeros de clase y a sus profesores por medio de la pantalla de la computadora o la pantalla de su teléfono celular.

El trabajo realizado con un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí me permitió recuperar 29 relatos. Cada uno de ellos es diferente y recupera momentos y circunstancias únicas para cada uno de los jóvenes. Del total de testimonios que se lograron generar, 23 (79.4 %) correspondieron a mujeres y los 6 (20.6 %) restantes son testimonios de hombres. Lo anterior está en sintonía con lo que sucede en las aulas universitarias, ya que al menos en la Facultad objeto del presente estudio, en los años recientes han sido mayoritariamente alumnas quienes se han inscrito en las carreras que se ofertan. Por lo tanto, tenemos en su mayoría experiencias de compañeras estudiantes.[9]

Una vez que se decretó el fin del confinamiento y se retomó de manera paulatina la llamada “nueva normalidad”, se recuperaron las actividades que previamente se habían desarrollado con algunos jóvenes y hubo quienes eligieron un tema relacionado a la pandemia para escribir sus tesis de grado.[10] De los 29 relatos generados, a continuación presentó 4 de ellos, en los que se presentan diversas experiencias de vida de los jóvenes.

 

Relato 1

El día 17 de marzo del 2020, aparentemente un día normal como parte de mi cotidianidad, viajaba hacia la universidad desde mi comunidad. Llegué a la escuela, el ruido de los compañeros no estaba y cada espacio de la universidad estaba vacío. Nadie imaginó que después de ese día ya nada volvería hacer igual. A partir de ese día tendría que imaginar y llevar a cabo mi rutina diaria y mi vida, ya que después de todo tenía que seguir con mis estudios. Fue entonces que tuve que sortear una serie de complicaciones estrechas directamente con la tecnología, ya que al ser una estudiante y, para bien o para mal, de un contexto rural, en donde claramente la conexión es prácticamente nula, tuve que enfrentarme con una serie de retos para poder seguir con mis estudios. Entre pensar cómo le iba a hacer para conectarme a las clases en línea y los problemas de tipo económicos que se estaban suscitando en mi casa, ya que mi papá, al ser un adulto mayor, en su trabajo sus jefes optaron por enviarlo a casa, dando como resultado que le tuvieran que pagar la mitad del sueldo. Mis papás, preocupados por cómo llevaría mis clases, buscaron una serie de alternativas para resolver mi problema, no encontrando ninguna ya que los servidores de internet no llegaban hasta mi comunidad o los paquetes de internet estaban muy caros y no podía costearlos. Al no tener internet no pude conectarme lo que restaba del semestre a mis clases. Afortunadamente, los docentes entendieron mi situación, así como algunos de mis compañeros me ayudaron enviándome las tareas y dándome un resumen de lo visto en clase. Para el inicio del quinto semestre ya debía de contar con internet, ya que no me podía dar el lujo de no conectarme a las clases por mi experiencia con el internet, mi familia y yo nos dimos a la tarea de resolver el problema nuevamente, sin ninguna solución favorable. Fue entones que, unos meses después, una de las vecinas encargadas de la tienda Diconsa había adquirido una antena de internet que era pública. Esta empresa se encarga de llevarla señal por las comunidades apartadas de la urbanidad y vende fichas de internet de una duración de 3 horas, por el costo de 10 pesos. A partir de ese momento me fue posible tener conexión a internet, ya no tenía que subirme al techo de mi casa para enviar mis trabajos y me podía conectar a mis clases; pero, consciente de que la mala calidad en la señal estaría presente, ya fuera eso, la lluvia o los intensos aires dificultaban el poder conectarme a las clases. Mi situación me resultaba y me resulta difícil, no es nada agradable el tener que tomar mis clases con una antena de internet pública, que claramente todas las personas que necesitan la red tienen que usar. El estar sentada, sin un lugar cómodo en el sentido de que no estoy dentro de mi casa, con un escritorio, todo lo complica las interrupciones por parte de la demás gente, que no se hacen esperar. Incluso hasta el sonido de los animales, como las chivas o gallinas que pastan por el lugar, es un poco gracioso, que por lo regular cada que enciendo el micrófono saltan a relucir sus escandalosos sonidos. La descripción anterior sólo es uno de los tantos problemas con los que me he tenido que enfrentar en esta nueva normalidad, que sin lugar a dudas ha marcado mi vida de una manera no tanto positiva.

 

Relato 2

El recibir las clases de manera virtual creo que me ha afectado enormemente, al igual que a mis compañeros. Mi primera dificultad fue con la de no contar con un espacio adecuado, ya que no tengo escritorio y el comedor ya estaba siendo utilizado por mi padre. Me adapté colocando mi laptop en mi cajonera sobre unos libros y poniéndola de frente a mi cama, donde me siento. Tengo una tabla de madera que me sirve para apoyar mis libretas y tomar apuntes, pero creo que este hábito me está generando una mala postura y dolores de espalda. Por ello a veces decido apagar la cámara y acostarme, pero muchas veces eso hace que termine dormida. La falta de concentración y de motivación creo que es algo con lo que todos lidiamos. Usualmente yo hacía mis tareas en la biblioteca de la Facultad. Me ayudaba mucho a concentrarme el ver que había otras personas trabajando igual que yo, también me agradaba saber que tenía al alcance de la mano muchas fuentes de información para mis proyectos, tanto de libros como de internet. Actualmente sólo cuento con la información en línea y, aunque podría buscar unos títulos y después pasar por ellos a la biblioteca, nada se compara con encontrar inesperadamente algo necesario mientras se busca en los estantes.

Por supuesto que hay ventajas de tomar las clases a distancia, como no tener que levantarse temprano, sólo arreglarse de la cintura para arriba y ahorrar dinero en gasolina y transporte, así como poder conversar con los compañeros por medio de WhatsApp u otras aplicaciones en plena clase; sin embargo, creo que estas ventajas nos han traído también malos hábitos. Muchos nos levantamos de la cama 5 minutos antes de que comience una clase y creo que por ello no es extraño ver a nuestros compañeros peinándose o preparándose el desayuno. También hay otros que deciden tomar un baño o ponerse a hacer el aseo. Esto último yo lo he hecho mucho. Pongo mi celular en el bolsillo de mis pantalones y escucho la clase con audífonos, como si se tratara de un podcast.

Otro cambio evidente es el de la forma de evaluar. Los exámenes tienen que ser pensados de una manera diferente para que sean efectivos y se evite que los compañeros se copien entre ellos; sin embargo, me parece que nada detiene al alumno de hacer un acordeón y verlo mientras realiza su examen. Durante un tiempo de la pandemia fui maestra de inglés y pude notar que algunos de los alumnos habían estado usando el traductor para contestar. Para poder saber si esto estaba pasando, tuve que diseñar las preguntas de manera muy especial. Esto también me consumía más tiempo de lo normal y entonces terminaba haciendo las mismas trampas que criticaba a mis alumnos de inglés para mis clases en la universidad.

Vivo con mis padres, quienes afortunadamente pudieron conservar su trabajo, y con mi hermana mayor. Nuestra casa es pequeña y muchas veces tenemos que convivir en el mismo espacio, pero me he dado cuenta de que parece que buscamos la soledad. No tenemos muchos problemas, pero ver los mismos rostros todos los días resulta agotador. Es por ello que creo que nos alejamos. Normalmente no tenemos nada de qué hablar. Antes de la pandemia todos conversábamos alegremente en la mesa. Ahora no hay más que silencios pesados que hemos buscado apagar viendo series en plataformas. Se siente artificial. A principios de la pandemia, en las vacaciones de verano, mi hermana y yo no salimos a absolutamente ningún lugar en tres meses. Una noche, sin razón alguna, peleamos a golpes y rompimos varias cosas de vidrio. Al día siguiente nos disculpamos y llegamos a la conclusión de que era el encierro lo que nos había puesto violentas. En casa son muy estrictos y controladores con nosotras, pero después de aquella pelea y de mucho insistir, logramos que nos dejaran salir una vez cada dos semanas a hacer las compras. El enojo hacia la poca sensibilidad de mis padres me hacía enojar mucho, más porque ellos sí salían, pero yo no podía ni siquiera acercarme a la puerta, mucho menos visitar o ser visitada por algún amigo. Esta situación afectó gravemente en mi salud física y mental.

El confinamiento afectó gravemente a mi salud. La pandemia, desde el inicio afectó muchos de los planes que tenía y muchas veces me sentí como si nada valiera la pena, pues sin importar lo mucho que me esforzaba, las cosas nunca salían como quería. Como el haberme esforzado en mis calificaciones desde el primer semestre de la universidad para poder salir de casa de mis padres, al menos unos meses, en el programa de movilidad escolar. Todo para que fuera cancelado de último minuto.

Los pesares se volvieron mil veces más fuertes al no poder distraerme o hacer algo al respecto, y así se han ido acumulando durante todo el año. La impotencia de ver en redes sociales cómo algunas de mis amistades salían al menos a caminar me ponía muy mal, pues sabía que no podía discutir de ello con mis padres. De marzo a diciembre del 2020 vi a mis amistades una sola vez y por menos de 10 minutos. Muchas veces en mi vida me he sentido sola, pero ahora el sentimiento es más grande y más fuerte que yo.

Caí en un estado depresivo fuerte que se ha prolongado hasta el día de hoy. Mi psicóloga me ha sugerido buscar a un psiquiatra y así poder apoyarme con antidepresivos; sin embargo, no puedo pagarlos, tan sólo pagarle a ella amenaza con terminar con mis ahorros de toda la vida. El saber esto me pone aún más triste. El proceso de terapia es tedioso y pesado. Las sesiones son fuertes y muchas veces no puedo pensar en otra cosa durante toda la semana. Es agotador, pues me hace poner absolutamente todo en duda. Mis sentimientos, mis decisiones, mis actitudes y las de otras personas hacia mí. Me doy cuenta de cómo dejo que las personas me hagan daño e incluso cuando me hago daño a mí misma. Cuando no estoy triste estoy enojada y cuando no estoy enojada, entro en un estado de apatía en el que no me interesa nada y el tiempo se me escapa entre los dedos. Estoy sencillamente, agotada. Hay veces que me miro al espejo y no puedo reconocerme. Estoy pálida y delgada, cada vez resalta más el color de las ojeras como consecuencia del insomnio. Estoy consciente de que mi mente se deteriora y mi cuerpo poco a poco también se marchita.

Anhelo mucho dormir por las noches, he intentado ejercitarme mucho para así poder estar cansada, y lo estoy. Mi mente y mi cuerpo ya están agotados, pero no puedo dormir. Paso las horas de la noche dando vueltas en la cama, rodeada de oscuridad y la tristeza que me asfixia. Me cubro con las mantas, grito y lloro desesperadamente porque no sé cómo detener esto. A veces lloro hasta por fin conciliar el sueño y otras veces, mientras pienso en qué debo cambiar, en qué tés relajantes buscar y cuántas veces debo meditar para descansar, suena la alarma y todo se repite de nuevo. Estoy tan agotada durante el día que a veces no me puedo levantar; mi cuerpo se siente pesado, oprimido, como si una fuerza invisible me abrazara hacia abajo. Esto también ocurre cuando es hora de comer. Mis brazos se sienten como el plomo y lloro de desesperación al no poder levantar el tenedor. Si esto no sucede, entonces las náuseas no me dejan probar bocado. Las horas se funden con el pesado calor de mi habitación, veo cómo sucede mientras estoy tirada en el piso, rodeada de las mismas cuatro asfixiantes paredes. Muchas veces me siento como si estuviera muerta. Estoy cansada. A inicios de la pandemia descargué en mi celular un juego llamado Sky: Niños de la Luz. Es un juego social y de exploración en el que he pasado muchas horas y hasta el día de hoy sigo jugando. Cuando era nueva en el juego y no entendía muchas cosas, conocí a un chico chileno que me agregó a un servidor de Discord de Latinoamérica, dedicado al juego. En él hice muchas amistades, en especial de Chile, Perú y Colombia. Todos los días nos juntábamos en el juego a hacer las misiones diarias, aprender música y trucos. Muchas veces sólo era por el chat del juego, pero también hacíamos llamadas en Discord para poder platicar mientras jugábamos. Estuve así al menos cinco meses antes de que ese pequeño grupo se distanciara. Aún entro y de vez en cuando nos encontramos para jugar, pero ya no como antes. Este juego me salvó por un tiempo. Cuando mi avatar volaba sobre planicies, se mojaba con la lluvia en el bosque, abrazaba a los amigos o se enfrentaba a los peligros del páramo, me sentía con vida. Ahora, aunque sigo teniendo amigos en Sky, ya no soy tan apegada al juego. Pero he encontrado tranquilidad en las alas de la música y personalidad de ocho chicos de un grupo de K-pop que descubrí hace poco más de un mes. La agrupación se llama Stray Kids (que puede traducirse como niños perdidos o niños callejeros), debutaron hace tres años y tienen ocho integrantes. En un principio me gustaban por su talento en baile, canto y rap. Poco a poco quise conocer más de ellos y mi admiración creció al enterarme de que producen sus propias canciones, letras y coreografías. También me enteré de que comparto el mismo rango de edad con ellos y, al comenzar a ver entrevistas y programas donde han salido, los ocho me cautivaron. Suena a como si estuviera obsesionada con ellos. Por un tiempo también lo creí, pero en verdad estos chicos son algo más, me identifico con ellos en muchos aspectos y les tengo un profundo cariño.

Canciones como “Insomnio” y “Voices” entraron profundamente en mi alma, pues describían mi dolor y el estado depresivo en el que me encuentro, de una forma demasiado real y cercana. Comencé a identificarme con los chicos a partir de ello, dejé de verlos como idols y en su lugar ahora los veo como personas de mi edad que se esfuerzan cada día por lograr sus sueños. Entendí que sus millones de seguidores probablemente se sienten de la misma manera. Entendí que, aunque no los conozco a ellos ni a los otros fanáticos, en cierto modo todos somos parte de los mismo y he dejado de sentirme tan sola. Algo que hace diferente a Stray Kids de otros grupos es su cercanía con los fans. En verdad ellos me motivan muchísimo, en especial Félix y Bang Chan, el líder de la agrupación. Chan hace transmisiones en vivo todos los domingos para hablar con los fans, en el de la semana pasada dijo lo siguiente: “Stray kids significa niños perdidos”. En su lightstick oficial hay una brújula, que sirve para encontrarnos los unos a otros. Estamos conectados a pesar de que no los conozca. Gracias a ellos ya no me he sentido tan sola y perdida. Félix, mi favorito del grupo, es bastante activo en una aplicación llamada Bubble, que sirve para que los idols hablen con las fanáticas. Este servicio se paga mensualmente y yo no puedo asumir el gasto, pero una página de Facebook me mantiene al tanto. ¿Qué significa ser joven y estudiante en confinamiento? Significa tener que enfrentarse a complicaciones más allá de lo académico. Las dificultades de los estudiantes han existido siempre, pero siento que ahora cargamos en nuestros hombros más de lo que se hacía antes.

 

Relato 3

Todo comienza el día martes 17 de marzo, el día anterior no hubo clases por el natalicio de Benito Juárez; me dispuse a arreglarme para ir a clases y en el momento que salí de mi casa, recibí un mensaje de la maestra de Orientación, en el cual mencionaba que las clases presenciales se cancelaban hasta que la situación fuera mejorando y que el semáforo estuviera en verde en nuestro municipio. Esa semana no empezaron las clases en línea porque los maestros estuvieron planeando qué plataformas usar para sobrellevar esos últimos meses del semestre, y durante este mismo utilizamos WhatsApp, Gmail, Classroom y Facebook. En esos meses me quedé en casa y sólo salía para ir a algún ciber para hacer algunos trabajos o iba a la casa de una amiga que me prestaba su computadora para adelantar o hacer trabajos, siempre llevando mi cubrebocas y gel. En cuestiones de las inscripciones de la universidad, la preparatoria nos ayudó en ese sentido antes de que sucediera esta situación, y sólo era cuestión de nosotros estar al pendiente de los avisos que hacia la universidad para los exámenes. Vi a algunos de mis compañeros hasta mediados de junio, porque nos citaron en un lugar para las fotografías del certificado, pudimos conversar un rato —ya que no nos permitían estar mucho tiempo ahí—. Algunos se sentían muy tristes por el hecho de que no tendríamos graduación y porque ya habían comprado sus trajes o vestidos; las pocas veces que salí de casa fue para asistir a cursos de la iglesia en donde impartían diferentes materias para el examen de admisión.

Todo lo que quedaba del mes de junio y julio estuve estudiando y no salí de mi casa para otra cosa que no fueran los cursos, hasta que fue el día del examen. Estaba muy nerviosa en el trayecto y en la fila que hicimos para ingresar; aunque tuve una experiencia en ese momento que me alegró mucho, ya que la chica que estaba enfrente mío recibía mucho apoyo de sus papás: su mamá bajó del coche y se dirigió hacia ella y le deseo mucha suerte, que le iba a ir súper bien y que estaba muy orgullosa de ella. La verdad me alegró mucho saber que hay personas que son muy afortunadas de contar con el apoyo de su familia en momentos importantes. Esperé hasta el día de los resultados del examen y me alegró mucho saber que logré tener un lugar, aunque sí me sentí triste por muchos de mis compañeros que no quedaron seleccionados. Agosto fue un mes totalmente diferente ya que en todos los años está la feria y es un festejo religioso, no hubo una gran actividad para conmemorar, pero aun así se llevó a cabo la misa, pero sin tantas personas. Después de esto empezaron las clases en la universidad, las primeras semanas fueron complicadas en el sentido de no poder contar con internet ni una computadora, tuve que ir varias veces a un ciber, había uno cercano de mi casa, pero ya casi no abría por lo que tenía que ir hasta la plaza. Con mucho esfuerzo pudimos completar para una laptop, no es nueva pero tampoco está muy usada, y mi hermano apoyó mucho para que pudiéramos tener internet. Las clases al principio me parecían muy complejas, realmente no entendía muchas cosas y dudaba mucho si realmente debería estar estudiando esto. Con el paso del semestre, pude comprender más de lo que me habían estado enseñando los docentes y creo que el hecho de encontrarme con compañeros que son buena onda, muy participativos, amables y solidarios, me brindaron confianza en que puedo ser más de lo que creo y pienso. A mediados de diciembre pasó un acontecimiento muy trágico para una amiga cercana que me hizo reflexionar mucho sobre lo valioso que es el tiempo y el atesorar cada momento con tu familia. No pude brindarle mi apoyo personalmente, pero siempre mantenía comunicación con ella. Al terminar este semestre, no hice otra cosa más que dormir y las veces en las que pude salir de casa fueron para Navidad y Año Nuevo. Fueron unas vacaciones complicadas porque a principios de enero mi hermano y yo nos enfermamos. No supimos si fue este virus u otra cosa, pero después de una semana ya estábamos mucho mejor, y justo a tiempo para poder tramitar mi credencial. Ese día tuve que hacer fila desde las 5:00 am para poder obtener una ficha y que me pudieran atender, había mucha gente, pero aun así obtuve una ficha y me atendieron. Para finales de enero mi papá se enfermó muy grave de una infección en el estómago, durante 2 semanas estuvimos muy preocupados ya que había bajado muchísimo de peso, tenía mucha fiebre y dolores de cabeza muy fuertes; los medicamentos e inyecciones que se aplicaba no le funcionaban, intentamos igual con muchos remedios caseros, pero nada; hasta que un señor que es curandero y amigo de mi papá nos dijo que alguien le estaba enviando esas malas vibras y que era algo muy peligroso. El señor, junto con la ayuda de una tía, empezaron a hacerse y hacerle limpias a mi padre durante 3 días, y después de eso se volvió a sentir mucho mejor, y después de una semana volvió a trabajar. En el regreso a clases me sentí muy motivada y lista para aprender más, pero a final de mes yo ya quería salir de vacaciones, aun así le seguía echando ganitas y para el mes de marzo ya sólo contaba los días para las 2 semanas que nos darían de descanso, esta vez fui a casa de mi hermano mayor para felicitarlo por su cumpleaños y después de varios días fui por mi credencial, confieso que he tenido peores fotos, pero aun así cumple con la función de reconocerme como una persona que entró a la mayoría de edad. Otra cosa por la cual dejé de estar un día fuera de casa, fue cuando nos citaron en la facultad. Me alegró mucho conocer a más de mis compañeros, poder convivir un rato con ellos y conocer las instalaciones. Cuando llegaron las vacaciones me alegré mucho, no por el hecho de que fuera algún lado, sino porque tendríamos algún descanso. Debo admitir que lo único que hizo que valiera la pena esas pequeñas vacaciones, fue porque pude conocer en persona a uno de mis amigos de internet, aunque vivimos en el mismo municipio, nunca habíamos conversado ni en mensajes ni en persona, hasta hace un año después, y fue algo increíble.

 

Relato 4

Detrás de aquel muro blanco se encuentra el mundo que habito. De todos los rincones de esta casa, éste es el único lugar donde el tiempo parece que no existe. Quizá es por eso que siempre vengo, pero seguro hay más razones, razones que no puedo explicar claramente. Suspiro y vuelvo a observar el muro desde el silencio de mi cerveza, que tiene poco menos de la mitad. Un aire de incertidumbre se me cuela hasta los huesos. Podría ser el frío o la lluvia, o el frío y la lluvia, pero atino que más bien se trata del recuerdo. Las cosas sucedieron más o menos así:

El viernes 13 de marzo de 2020, después del viaje relámpago que surgió de manera inesperada arribamos a la ciudad de Saltillo, ciudad natal de Rancaño, amigo de la vida con quien esa vez compartía el viaje. La excusa para llevarlo a cabo fue el día de asueto que adornaba el fin de semana con un maravilloso lunes sin clases y la fiesta de cumpleaños de Ulises, hermano de Saúl, a quien había visto sólo un par de ocasiones, suficientes para afianzar una amistad, si no entrañable, por lo menos simpática. Ese mismo día, ya en casa de los Rancaño y con la fiesta en su punto más efervescente, entre el bullicio de los no menos de treinta asistentes, tuve la primera charla con relación al virus, que hasta ese momento me tenía sin cuidado, por la distancia que había puesto entre las redes sociales y yo desde hacía algunos meses. El comentario saltó hasta mis oídos desde uno de los grupos más bulliciosos de la noche: “Güey, esa madre no existe”. Recuerdo que el tono chirriante de esa voz fue lo que me hizo voltear en seguida; no era lo que decía, sino el tono y la seguridad con la que sostenía sus creencias. Recuerdo haber volteado a ver a Natalia y en seguida preguntarle si ella creía que el escenario en México fuera a ponerse igual que en los países orientales, donde había surgido el virus. Su respuesta fue ambigua, pues ella, al igual que muchos de los que estábamos ahí, pensábamos que no era para tanto alarmarse por algo que estaba sucediendo muy lejos de nosotros. La noche continuó como esperaba y la plática sobre el virus quedó de lado a los pocos minutos.

Los tres días siguientes fueron un huracán de sensaciones, aprendizajes y experiencias. Un viaje que hasta la fecha seguimos recordando, cuando la ocasión nos remueve la memoria. Al regreso, el día lunes 16 de marzo, en la central de autobuses de San Luis Potosí, mientras esperábamos el Uber que nos llevaría a Saúl y a mí a nuestras respectivas casas, Saúl me dice, casi de manera frenética, que había recibido un mensaje en el cual le avisaban la suspensión de clases el resto de la semana. Por mi parte, yo no había revisado mi celular y no estaba enterado de la situación que Saúl me comentaba. Ya en el Uber, la plática se tornó al innecesario regreso a San Luis, pues de haber sabido que se suspenderían las clases, nuestro viaje se hubiera alargado, debido a que en unos cuantos días se iniciaban vacaciones de Semana Santa, vacaciones que Saúl aprovecharía para volver a Saltillo y pasar las dos semanas próximas con su familia. Después de los arrepentimientos y la gran cantidad de preguntas en mi cabeza, me despedí de Rancaño, deseándole un buen viaje de regreso y le pedí al Uber que siguiera la otra dirección que le había indicado. En ese momento algo me parecía irreal, me sentía confundido, lo único que deseaba era llegar a casa, darme un baño y olvidarme de todo hasta el día siguiente. El día 23 de marzo se da inicio oficialmente al periodo de cuarentena. La noticia me llega de boca de Armando, compañero de la Facultad del Hábitat, quien me preguntó si ya había visto el comunicado que habían dado en las noticias. Como lo describo líneas arriba, mi distancia para con los medios (redes sociales, televisión, radio, etcétera) era estricta, pues me había decidido llevar a cabo un ejercicio de depuración virtual. Cosa que me tenía bastante satisfecho con los resultados, pues mi tiempo parecía rendirme cada vez más; sin embargo, la llamada de Armando me hizo replantearme la idea de abrir alguna de mis redes sociales y echarme un clavado informativo a todo lo que tuviera que ver con el virus y la tan sonada pandemia a la que, hasta ese momento, aún se referían de forma más especulativa que certera. Regresé a la virtualidad a través de Twitter, plataforma que creí conveniente para informarme acerca de lo que se estaba dando en estos momentos. Sin duda, la sorpresa llegó como balde de agua fría, los números in crescendo y las imágenes que parecían dotar de desolación cualquier atisbo de esperanza se hicieron presentes. Una lluvia de comentarios de toda índole; gente abrumada por la situación, otros más, orgullosos de su escepticismo ostentando supuestos aires de superioridad intelectual que creían, ingenuamente, los ponían por encima del resto. De igual manera, iban apareciendo, esparcidos por la red, testimonios de casos covid que hacían todo aún más desesperanzador. El inicio de la cuarentena significó para mí una experiencia de soledad tremendamente tierna y brusca, quizás más tierna que brusca, pero también viceversa. Llevaba cuatro meses viviendo solo, o prácticamente solo. Compartiendo casa con otras cinco personas con las que había logrado llevar una relación bastante amena. Lejos de casa de mis padres, pero cerca de la escuela, y quizás un poco más cerca de alcanzar esa independencia que, desde que tengo memoria, ha logrado seducirme tanto. La verdad es que, desde hace algunos años, he considerado mi soledad como una de las cosas que más valoro. Me gusta tener ese espacio, a veces inmaterial, en el cual puedo sentirme libre y creo que la soledad me lo brinda. O eso creía hasta entonces, antes de que el confinamiento fuera casi obligado. Al principio, la idea de permanecer lejos de mi familia y de mis amigos era algo que no me sacudía tanto como a otras personas que me llegaron a compartir su experiencia con esa sensación tan horrible que fue el sentirse solos. Solos en sus casas, lejos de las noches de fiesta a las que sin falta solían acudir, por lo menos, una vez por semana; solos en un mar de incertidumbre y pocas certezas que muchos decidieron acompañar con algunos vicios. Otros tantos con el cobijo que les daba la creatividad y el interés por aprender algo nuevo. Hubo algunos afortunados a quienes el destino parecía sonreírles con la compañía de sus perros o gatos, en el mejor de los escenarios; y en el peor, en compañía de su último ligue, a quienes tenían nada de conocerlos. Y así, sin pena ni gloria, se aventaron a experimentar el encierro con completos desconocidos. Conforme el tiempo pasaba, la paciencia, que en un principio parecía carecer de límites, se fue agotando; la falta de mundo exterior la iba carcomiendo cada vez más a prisa y el futuro incierto terminaba por acribillarla, cada que aparecían en mi cabeza escenarios catastróficos en los que no sobrevivíamos nadie, ni uno solo. Esa soledad tan apreciada y querida por mí, se iba convirtiendo poco a poco en una prisión que me mantenía cautivo, a la espera de cualquier cosa.

El refugio que me brindaban los libros, salir a rodar en bicicleta por carretera, tomar fotografías y, desde luego, mis casi obligadas dosis de quetiapina y valproato semisódico, se convirtieron en mi único —y verdadero— lugar seguro. Es necesario aclarar que no todo fue tan monótono y rutinario pues, aunque fue drástico el vuelco al ritmo de vida al que estaba habituado. Siempre o casi siempre buscaba darles sentido a los pequeños detalles y, de alguna u otra forma, aprovechar el momento presente, pese a las condiciones en las que estuviera. De manera que, durante este periodo, también han estado presentes otros cambios de índole más personal, algunos en mayor y otros en menor medida influidos por el acontecimiento pandémico. Entre esos cambios que trajo consigo la pandemia estuvieron el retorno a casa de mis padres, el ingreso a la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, la inmersión total a las dinámicas de virtualidad que prácticamente se hicieron necesarias para el ejercicio académico y, en general, para la interacción con los otros. Así mismo, también algunas personas cercanas a mí perdieron la vida a causa del covid-19. Todos esos cambios han significado el trazo de nuevas rutas con sus respectivos retos y replanteamientos de perspectivas. El tiempo ha transcurrido con tal lentitud que cuesta creer que se trata sólo de un año. Pareciera ser que he experimentado un par de vidas desde aquel 13 de marzo de 2020, donde todo era fulgor y pirotecnia sensorial en su punto más alto, donde en mi mente no había cabida a posibilidades en las que el mundo se detuviera; y aunque en sentido estricto nunca lo hizo, para muchos fue un corte a la realidad, un corte bastante profundo que redirigió caminos de vida y nos puso en contacto con una versión de la realidad un poco más compleja de la que teníamos conocimiento. Son las 11:43 pm, del día 16 de mayo de 2021 y lo que hace 5 horas se pintaba de tonos rojizos y hace 8 horas de color azul claro, se ha oscurecido por completo hasta llegar al negro abismo. El muro blanco que se levantaba frente a mí se ha disuelto entre penumbras y la botella de cerveza hace horas que quedó vacía. El frío ya no se siente y la lluvia no parece hacerse presente esta noche.

 

Conclusiones

Los testimonios nos presentan la dificultad para estudiar en casa, pero también puso en evidencia la vulnerabilidad económica, y la vulnerabilidad emocional de los jóvenes. Lo anterior fue el resultado de no poder convivir personalmente en las calles, los parques, las aulas, el no tener sus fiestas de fin de cursos, la ruptura de sus relaciones amorosas, los conflictos con los docentes, el hecho de que ellos mismos se hubieran contagiado, y que otros amigos o familiares cercanos hubieran fallecido por el covid o por otra enfermedad. Todo ello generó en sus vidas una avalancha de sensaciones y emociones que pasará mucho tiempo para poderlas procesar. La importancia de los relatos es clave para conocer las emociones, las soledades, los duelos y lo que generó el encierro en estas 4 vidas juveniles. Su historia es tan importante como aquellas historias que contaron los científicos, los políticos, los empresarios y en general los adultos. Los cuatro relatos que aquí se han presentado resultan ser bastante significativos porque a través de la narrativa de los jóvenes permite a los lectores entrar hasta la intimidad de sus espacios familiares y conocer sus miedos, los enojos, la tristeza, el desencanto, el agotamiento, la apatía, los insomnios, las enfermedades, los duelos, los lutos y también en menor medida las alegrías. Quedarse en casa significó resguardar la vida de aquellas personas que se encontraban en una situación de mayor vulnerabilidad en lo que a la salud se refiere, pero el encierro abrió las puertas a otras tantas crisis, que ya estaban presentes en la vida cotidiana de la población, pero la condición de encierro, sin duda, contribuyó a que se vivieran de manera más dramática. Quedarse en casa hizo que las familias dejaran de gastar en lo que tradicionalmente se gastaba cuando los hijos salían a sus escuelas, pero con el encierro llegaron nuevos gastos que hicieron que las economías familiares se vieran trastocadas; se ahorró en ropa, calzado, transporte, pero en muchos casos se hizo necesario comprar nuevos equipos de cómputo o adquirir otros ya usados, lo mismo sucedió con los teléfonos celulares; comprar paquetes de acceso a internet, y todo ello hizo que la vida diaria fuera compleja y estresante. Los relatos muestran como las rutinas cotidianas de los jóvenes y del resto de sus familias sufrieron de ajustes radicales de un día para otro. Es relevante leer como los jóvenes mientras “entraban” a clases podían estar haciendo otras actividades de manera paralela, se atendían quehaceres domésticos, desayunaban, y otros más trabajaban. Lo anterior es un reflejo de la manera en la que se llevó ese largo periodo de clases y, sin duda, la calidad del aprendizaje no fue la que se pudo haber alcanzado de manera presencial. Además, estar en casa no resultó para estos jóvenes una experiencia exenta de conflictos ya que la casa se volvió un espacio en disputa y en constantes conflictos entre los propios jóvenes y entre jóvenes y los adultos. Durante el periodo del confinamiento, la vida de los jóvenes estuvo en largo periodo de pausa; esa pausa, al principio, se creía que sería muy corta en tiempo, se pensaba que a lo máximo el encierro sería de 3 o 4 semanas, pero con el paso de las semanas las cosas se salieron de control y el encierro se transformó en una experiencia de mas de 15 meses sin asistir a las aulas universitarias. Sin duda, resultan ser experiencias que dan cuenta de días que marcaron el rumbo de la humanidad y que sin duda marcó la vida de estos cuatro jóvenes mexicanos. Quedan aquí como una crónica para las futuras generaciones. La pandemia y el largo periodo de confinamiento vinieron a desterritorializar[11] a los jóvenes físicamente de las escuelas hacia la casa, se perdieron o adaptaron las dinámicas de sociabilidad y se incrementó la socialización desde la virtualidad, ponderando el plan curricular a cumplir frente a las experiencias sensibles de sus estudiantes. Los jóvenes confinados en casa tuvieron que aprender rápidamente a reapropiarse de nuevo espacios de la casa —comedores, cuartos, salas— para beneficiar la continuidad de las actividades escolares, lo cual generó tensiones entre los miembros de los hogares. Sobre esos aspecto, hay mucho todavía por escribir y ello sólo se podrá concretar haciendo de los jóvenes los principales colaboradores para poder documentar aquella parte de la historia y de su propia historia. Muchas cosas y eventos ocurrieron en la vida de los jóvenes durante el largo tiempo que duró el encierro. Se terminaron ciclos educativos y se iniciaron otros, se perdieron amistades, también muchos jóvenes terminaros sus relaciones amorosas y en el encierro lograron reencontrar con nuevos amigos y también iniciaron nuevas relaciones amorosas. En el periodo de encierro también perdieron la vida amigos y familiares que murieron de covid-19 o por alguna otra enfermedad. No hubo oportunidad de despedirse de ellos y con todo lo anterior a cuestas regresaron, sobrevivieron y lograron volver a sus clases en el formato presencial. Finalmente, retomó aquí un aspecto que recientemente señaló el investigador Pablo Vommaro,[12] quien indicó que la pandemia contribuyó a que las desigualdades que los jóvenes ya enfrentaban en su vida cotidiana se hicieran más latentes y más visibles; pero a la vez la misma pandemia y sus daños o efectos colaterales entre los jóvenes contribuyó a que aparecieran otras desigualdades a las que él denominó como desigualdades emergentes. Es decir, entre la persistencia y la emergencia de esas desigualdades fue que transcurrió la realidad y la vida cotidiana de los jóvenes que nos compartieron sus experiencias en los relatos que ellos mismos nos compartieron por medio de encuestas, entrevistas y de los testimonios que ellos mismos redactaron. Estamos apenas en el proceso de adentrarnos e intentando conocer todas las experiencias y vivencias que se dieron y que seguramente marcaron sus vidas en el pasado reciente, pero que tendrán distintos impactos en sus vidas personales, profesionales y emocionales en el futuro a corto, mediano y largo plazo.

 

[1] Francisco Moreno, Historias de una pandemia (México: Aguilar, 2022); Belén Puebla-Martínez y Raquel Vinader Segura, Ecosistema de una pandemia (Madrid: Dykinson, 2021).
[2] Leticia Cedillo-Barrón, Verónica López Perrusquilla, Julio García Cordero y Giovani Visososo Carvajal, “Covid-19. La enfermedad viral que se diseminó en el mundo”, Revista Avance y Perspectiva (2020, 17 de marzo), acceso el 1 de abril de 2024, https://avanceyperspectiva.cinvestav.mx/covid-19-el-virus-que-se-disemino-en-el-mundo/.
[3] Para monitorear lo que estaba sucediendo en el ámbito estudiantil mexicano, a los pocos meses de haber iniciado la estrategia del confinamiento, la Subsecretaría de Educación Superior de la Secretaría de Educación Pública (sep) y la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (anuies) pusieron en marcha un proyecto para llevar a cabo una serie de levantamientos periódicos de información en los años de 2020 y 2021. Parte de los resultados que se generaron se publicaron en la Encuesta Nacional covid-19: La Comunidad Estudiantil ante la Emergencia Sanitaria; en ese ejercicio participaron más de 273 000 estudiantes de 485 instituciones de todo el país. El documento aporta información relevante sobre las condiciones, los principales problemas y retos que enfrentó la población estudiantil para continuar con sus actividades académicas durante la etapa de aislamiento social. anuies, Informe de la Encuesta Nacional covid-19: La Comunidad Estudiantil ante la Emergencia Sanitaria (México: anuies, 2022), acceso el 1 de abril de 2024 http://www.anuies.mx/media/docs/avisos/pdf/Informe_COVID19.pdf.
[4] Clifford Geertz, La interpretación de las culturas (México: Gedisa, 2006).
[5] Roland Barthes, “Introduction à l’analyse structurale des récits”, Communications, núm. 8 (1966), 1-27.
[6] Robert Atkinson, “The life story interview”, en Handbook of interview research. Context and method, ed. por Jaber F. Grubium y James A. Holstein (Londres: Sage, 2002), 121-140.
[7] J. Bruner, “Life as narrative”, Social Research, núm. 54 (1987), 11-32.
[8] Franco Ferrarrotti, “Las historias de vida como método”, Convergencia, Revista de Ciencias Sociales, núm. 14 (2007), 15-40.
[9] Los relatos de los estudiantes se generaron entre los meses de abril y mayo del 2021, es decir, cuando había transcurrido más de un año desde que se decretó en nuestro país el inicio del confinamiento y, por lo tanto, la cancelación de las clases presenciales. A los estudiantes que decidieron participar se les notificó y se les informó de que estos testimonios se usarían como parte de un proyecto al que denominé: “La situación de las juventudes en tiempos de pandemia”. También se les solicitó su autorización para usar los materiales que se generaron como parte de los ejercicios solicitados y se les informó también que en todo momento se estaría resguardando su identidad.
[10] A continuación recupero algunos de los títulos de estudiantes que están preparando sus tesis de grado con un tema que se desprendió de la pandemia y el confinamiento: “Jóvenes universitarixs de la uaslp y sus significaciones sobre la incertidumbre a partir del confinamiento y la nueva normalidad por el covid-19”; “Adaptación en las dinámicas educativas en tiempo de pandemia: la experiencia de la virtualidad en la educación primaria”. Además, otros estudiantes de la uaslp participaron en la convocatoria de la 29 edición del Verano de la Ciencia, en esa ocasión presente el siguiente proyecto: “Juventudes en América Latina en el contexto de la pandemia del covid-19 y el regreso a la nueva normalidad”, en respuesta, cinco estudiantes se inscribieron y generaron cinco reportes, y en cada uno de ellos se presentaron resultados de las entrevistas que ellos mismos recuperaron entre compañeros de escuela y amigos.
[11] Á. Díaz-Barriga, “La escuela ausente, la necesidad de replantear su significado”, en Educación y pandemia. Una visión académica, ed. por J. G. Palau (México: unam, 2020).
[12] P. Vommaro, prólogo a Juventudes, prácticas y conocimientos situados. Notas en pandemia (Buenos Aires: Clacso, 2022), 9-13.

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