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    José Iñigo Aguilar Medina


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Flores, velas y rituales: muerte y cambio social en el México urbano
Flowers, Candles, and Rituals: Death and Social Change in Urban Mexico

José Iñigo Aguilar Medina
DEAS-INAH
orcid. https://orcid.org/0009-0005-3544-3252

 

Resumen

Sé analizan los cambios del ritual del velorio en la cultura urbana de la zona metropolitana del valle de México con base en el cuestionario aplicado a 639 adultos, el cual indaga las preferencias sobre las acciones y los elementos simbólicos que dan forma a la ceremonia; las particularidades culturales desde las que se le valora y los criterios de lo que se considera que hay que hacer y lo que no en el ritual. Muestra una preferencia persistente por velar al difunto en casa, aunque con una tendencia a abreviar el ritual y a su secularización. Destaca la importancia de la acción de dar, recibir y devolver como expresión de solidaridad social, y analiza el simbolismo de flores y velas como elementos de conexión con el difunto. Concluye que el velorio urbano se configura como un espacio dinámico, donde se entrelazan tradición y modernidad y refleja las adaptaciones culturales ante la experiencia de la muerte en la metrópoli contemporánea.

Palabras clave: velorio, rito de paso, secularización, duelo, modernización.

 

Abstract

This article examines the evolving practices of the velorio ritual in the urban culture of the Mexico City Metropolitan Area. Based on a questionnaire administered to 639 adults, the study investigates preferences regarding the actions and symbolic elements that shape the ceremony, taking into account the cultural nuances that inform its value and the customary expectations surrounding its execution. Findings reveal a persistent preference for holding the velorio at home, though with a growing tendency towards abbreviating the ritual and embracing a more secular approach. The study emphasizes the significance of the act of giving, receiving, and reciprocating as an expression of social solidarity, and analyzes the symbolism of flowers and candles as elements that connect the living with the deceased. It concludes that the urban velorio is configured as a dynamic space where tradition and modernity intertwine, reflecting cultural adaptations to the experience of death in the contemporary metropolis.

Keywords: wake, rite of passage, secularization, mourning, modernization.

 

Fecha de recepción: 19 de abril de 2024
Fecha de aprobación: 17 de octubre de 2024

 

Introducción

El rito mortuorio es una constante entre las más diversas sociedades, el cual, desde distintos tiempos y lugares, ha servido para satisfacer la necesidad de despedir y a la vez de religar en nuevos términos la relación social que la muerte ha quebrantado; sin duda, las redes sociales en las que los individuos están imbuidos durante su vida cotidiana son muy ricas y variadas,[1] y afectan de manera particular a quienes se caracterizan por tener, en una sociedad compleja, lo que se denomina como relaciones de primera mano o también llamadas: cara a cara; sin embargo, lógicamente, se suspenden cuando se da el deceso de alguno de los interlocutores, situación que desequilibra la vida cotidiana de quienes han convivido en casa con el difunto y de aquellas personas que le fueron cercanas, por lo que es común pasar por un proceso en el que se religuen de manera simbólica; todo ello se hace de acuerdo con la cosmovisión que los individuos y sus grupos portan y que en síntesis se manifiesta en un rito de paso: vida-muerte,[2] en donde se da el marco de las acciones que regulan y muestran la forma de disponer del cadáver, de las ceremonias con las que se le despide, por el deseo de que el ánima del fallecido alcance a establecerse en algún lugar que sea mejor al que ha dejado y que en su expresión más trivial se señala con la frase: “donde quiera que se encuentre”, al tiempo que los “deudos” se ocupan en reorganizar su vida cotidiana sin la presencia de quien ha muerto.

En México, las pautas de conducta con base en las cuales se gestiona colectivamente la muerte están intensamente expresadas con la celebración del Día de Muertos,[3] festividad en la que se recuerda a quienes han dejado la existencia, a veces de manera festiva —sobre todo en las ciudades—, y en otras, con rezos, en especial responsos, con el visitar y el adornar sus tumbas con flores, el encender velas y veladoras y con la asistencia a la misa, lo cual acontece sobre todo en las comunidades campesinas e indígenas, como lo describe Efraín Cortés en los diversos trabajos que sobre el argumento ha desarrollado a través de su vida profesional,[4] y de ahí el tema de este texto, con el que se pretende destacar su intensa labor en el área de la etnografía y en especial a sus trabajos dedicados al rito luctuoso.[5]

Las fechas en las que se festeja a los muertos son las que marca el calendario cristiano con el nombre de Todos los Santos, el 1 de noviembre, y el de Todos los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre. Su recuerdo y los ritos con los que se les asocian o se religan con los vivos son una característica universal y presente ya entre los más antiguos grupos humanos, como lo atestigua la arqueología: “Sabemos que desde muy temprano en nuestro recorrido sociocultural, entre 130 000 y 90 000 años a. P., primigenios humanos anatómicamente modernos estructuraron por primera vez ideas y conductas rituales para conmemorar la muerte”.[6]

Del mismo modo, hemos reconocido que la muerte es universal. El fenómeno tiene su origen en el hecho de que a todo humano que vive le llega la muerte en algún momento; no obstante, en las sociedades urbanas actuales son cada vez menos las personas que reflexionan acerca de esa realidad y no se le acompaña, cuando se presenta, de manera tan amplia como sí sucede aún en las comunidades rurales e indígenas; pareciera que el silencio que se guarda en los velorios se ha extendido a la vida cotidiana citadina y se habla y reflexiona poco sobre ella, pues es fácil advertir una tendencia a que la muerte ya no se dé en la vivienda y todo el proceso se lleve a cabo en el hospital, donde son pocos los familiares que pueden acompañar al enfermo y el acceso de los niños está vetado siempre; además, cuando llega la muerte, el difunto es trasladado directamente al velatorio, y cada vez se exponen menos los cuerpos inertes, incluso se llega a evitar cualquier ceremonia fúnebre en algunos casos. No obstante, en los medios de comunicación es posible presenciar, cada vez más muertes violentas, aunque lo habitual en esos casos es que se omita el destino de los restos de los así fallecidos, quienes desaparecen de la trama sin más.

Las atenciones que se les prestan a los cadáveres después de que irrumpe la muerte suceden en distintos espacios; el primero es el de la casa del difunto, el hospital o el sitio en el que se ha dado el fallecimiento; el segundo es el del velatorio, que puede ser el mismo hogar, una sala fuera del domicilio o en un sitio sagrado, como el templo, y el tercero se delimita por el espacio en el que se inhuma íntegro el cuerpo en el panteón, o bien, se le incinera y se le coloca en algún nicho, ya sea que se ubique en un mausoleo o en un templo; aunque también se puede conservar la urna con las cenizas en el mismo hogar, lo que impide separar el espacio de los vivos del de los muertos. Debido a la influencia de lo que se ve en las películas, videos y series que llegan de Estados Unidos, se observa en el presente la práctica de verter las cenizas en un paraje en el que el fallecido pueda “volver a la naturaleza”;[7] sin embargo, dicha acción suprime de manera radical “el lugar de los muertos”, así como el ritual del cuidado de la tumba y la visita periódica que pide la colocación de la cruz, la de “cabo de año”, la de cada aniversario, y por supuesto, la del Día de Muertos. En la actualidad, además, se difunden los llamados “ecofunerales”, en los cuales sí es posible conservar el territorio de los muertos,[8] a menos que se le dé “sepultura” en un cuerpo de agua, como el mar.[9]

La concepción misma de la muerte implica un cierto “saber”: que, aunque el cuerpo queda inerte, el alma parte a otro espacio, por lo que es sólo cuestión de tiempo que todos los mortales, los humanos, se vuelvan a reencontrar en dicho ámbito. Por tanto, el rito de paso con el que se les acompaña se dirige, en lo tangible, a lo que se hace con el cadáver y lo que sucede en torno a su “sepultura” y, en lo intangible o espiritual, a la manera en que se vuelve a religar el vínculo con el alma —o el ser— de quien ha expirado; en tal contexto la muerte que importa, por encima de la propia y por la profundidad de la ruptura con la que se presenta, es la de “aquel al que se ama”.[10]

Para procesar la aceptación de la muerte, como ya se indicó, se requiere del “rito de paso”, por medio del cual se hace posible religar al difunto con el grupo que ha abandonado y que, por ejemplo en la población de la zona metropolitana del valle de México (zmvm), que aquí se analiza, se advierte un tanto desvalorizado, ocultado, abreviado, desritualizado y secularizado.

 

Metodología

Es sabido que, para poder observar los fenómenos culturales de un asentamiento complejo y multitudinario como una ciudad, es necesario acudir a estrategias de recolección de la información que se encuentran más cerca de los estudios de corte sociológico que de los antropológicos; no obstante, esta disertación se basa en la obtención de una muestra de corte transversal para mostrar la realidad en un momento temporal específico y para presentar la mayor variación posible entre la población que habita en la zona elegida y, con ello, que se puedan desplegar los diversos puntos de vista que existen respecto del fenómeno que se analiza.[11] Así se propuso seleccionar a las personas que al momento de la entrevista tuvieran 18 o más años de edad y expresaran tener su domicilio en alguna de las colonias ubicadas en la zmvm; para establecer el área de estudio se siguió la delimitación elaborada por City Population.[12]

La zmvm, para finales de 2020, incluía localidades de tres entidades federativas y una superficie de 7 875 kilómetros cuadrados: a la Ciudad de México, con sus 16 alcaldías y con una población de 9 209 944 individuos; al Estado de México, con 59 municipios de los 125 que lo integran y con una población de 12 453 219, y al Estado de Hidalgo, con un municipio y una población de 168 302 personas. Lo que da un total de 21 831 515 habitantes en este territorio, según los datos proporcionados por el último censo general de población, levantado en 2020,[13] cifra que la coloca entre las 10 congregaciones urbanas más pobladas del mundo.

Se decidió optar por seleccionar a individuos que en el momento de la entrevista contaran con 18 o más años de edad, declararan tener su domicilio en alguna de las 76 demarcaciones de la zmvm, se distribuyeran en la mayor diversidad posible de colonias y mantuvieran, entre hombres y mujeres, proporciones similares en la muestra; sin embargo, a pesar del empeño que se puso en que la información se recabara con esta paridad de representantes de uno y otro sexo, se obtuvo que los varones estuvieron menos presentes de lo que indica el índice de masculinidad en México, que para 2020 es de 92.5 hombres por cada 100 mujeres, pues en la muestra sólo alcanzaron un índice de 83.1, ya que se manifestaron más renuentes a colaborar. Dicho escenario se dio de manera especial entre los varones de mayor edad; a las personas entrevistadas se les abordó en espacios como la vía pública, el trasporte, los jardines o en sus domicilios.

La guía para recabar la información se estructuró al modo de un cuestionario, el cual se integró con 57 preguntas y se aplicó a 639 personas de la zmvm siguiendo los criterios ya descritos. Así, resultó que los interrogados tienen su residencia ya sea en alguna de las 16 alcaldías de la capital del país,[14] o en 24 de los municipios conurbados que pertenecen al Estado de México,[15] de esta manera, se consiguió la información de personas que habitan en 40 jurisdicciones territoriales y en 371 colonias distintas de la zmvm. Con lo cual se alcanzó a tener representados en el estudio al 52.6 % de dichas unidades administrativas que dan forma a la gran urbe.

El cuestionario se aplicó durante el segundo semestre de 2019, entre los días que van del 1 de octubre al 12 de noviembre,[16] a cuatro meses de que en México se registrara el inicio de la pandemia por coronavirus sars-cov-2;[17] hecho que trajo múltiples consecuencias y que, sin duda, siguen afectando de numerosas maneras los valores y las conductas que han formado parte de la cultura urbana, algunas de las cuales pretenden ser mostradas y analizadas en este trabajo. Por tanto, esta indagación permitirá, además, contar con un punto de comparación respecto a los estudios que se realicen posteriores a la pandemia. Pero el que se vaya estableciendo un nuevo escenario no resulta —de ninguna manera— en un impedimento para dar a conocer la situación que privaba poco antes de la enfermedad respecto de la muerte y de las maneras rituales con las que la población urbana la trataba.

El instrumento que se aplicó consta de dos secciones: la primera contiene la información que revela una panorámica general sobre las características de la población que integra la muestra, los datos que se presentan en este trabajo se refieren sólo a: grupo de edad, sexo y religión con la que se identifican. En la segunda parte, utilizando la escala de Likert,[18] se indaga sobre qué es lo que prefieren que se haga en un funeral, se pide su opinión sobre: dar el pésame, ofrecer alimentos, dar una contribución, participar en los rezos, ver al difunto y asistir al velorio, al entierro y al novenario; en lo que juzgan que debiera haber en el velorio se describe su nivel de acuerdo respecto a la presencia de las flores, de las velas y veladoras, del novenario, del llevarlo a cabo en casa para poder “levantar” la cruz, en si consideran que siempre debe haber oraciones y en si es mejor que esté el sacerdote.

 

Resultados

En primer lugar, se procederá a la descripción de tres características generales de la población entrevistada; el primer aspecto a revisar se refiere a la composición de la muestra según sexo de los interrogados. Se tiene que el porcentaje de mujeres es poco mayor y abarca el 54.6 % del total, en tanto que el de los hombres sólo llega al 45.4 % (figura 1). Como ya se señaló, la diferencia porcentual se debe a que ellas se mostraron más dispuestas a colaborar y ellos, sobre todo los de mayor edad, estuvieron menos interesados en hacerlo.


Figura 1. Sexo del entrevistado. Fuente: elaboración propia.

 

El segundo rubro a considerar se refiere al grupo de edad al que pertenecen las personas interrogadas. Como se puede observar en la figura 2, los adultos de entre 30 y 59 años constituyen la mayor parte de la muestra, pues casi son la mitad, 48.2 %, en tanto que los jóvenes suman poco más de dos quintas partes, 42.4 %, mientras que los ancianos no alcanzan a ser uno de cada diez, 9.4 %, del total de los interrogados. En la composición de la muestra según edad se refleja, sin duda, la visión que ellos tienen acerca de lo que debe ser el rito del velorio entre la población urbana.


Figura 2. Grupo de Edad de los entrevistados. Fuente: elaboración propia.

El tercer rubro sobre las características generales de los entrevistados reporta la religión que dijeron profesar los consultados; este aspecto tiene especial importancia dado que las ideas sobre lo que sucede con el alma de los difuntos han sido aportadas, generalmente, por el pensamiento religioso, el cual señala —en términos muy generales— que la muerte es sólo una parte de la vida de los seres humanos, pues después de que ella el ánima continúa viviendo en un lugar de felicidad ininterrumpida y, debido a que todos habrán de enfrentarse de manera individual a la muerte, se les asegura que podrán reunirse con sus familiares y amigos que han fenecido antes y que ahí esperarán a quienes aún viven.

Por lo anterior, en la cultura occidental las ideas sobre la muerte y el más allá están permeadas por la visión trascendente de la religión que le dio origen: el cristianismo,[19] confesión que enseña que Jesús, el Dios hecho hombre, con su pasión, muerte y resurrección, ha asegurado a todos un lugar en su Reino, a la vez que ha mostrado la manera de vida que impide que se termine en el infierno, lugar de sufrimiento eterno, debido al rechazo que la persona hace del amor de Dios. Así, cielo y averno son las alternativas que el cristianismo señala para los humanos al final de su existencia terrena, sin olvidar el purgatorio, espacio de purificación temporal para los que aún no están listos para ir al reino celestial. Este final es enseñado y creído por católicos, evangélicos y mormones; los judíos, por su parte, tienen diferentes interpretaciones, ya que presentan muchas diferencias entre sus diversas tradiciones, pero coinciden en que el fuego eterno no existe y concuerdan con el hecho de que hay un lugar de purificación y un paraíso, en tanto que los testigos de Jehová sostienen que sólo 144 000 personas podrán acceder a la gloria. Sin embargo, cada una de las religiones y variaciones internas enseña una manera ética distinta de alcanzar la vida eterna y bienaventurada, aunque todas comparten la idea de que la vida continúa de manera perpetua para el ánima de quienes mueren.

Al observar la figura 3 se advierte que en todos los grupos de edad la observancia católica es la religión predominante, aunque cada conjunto etario presenta características particulares: los jóvenes son quienes, en mayor proporción, declaran no tener ninguna religión en casi un tercio de ellos, 31.4 %, mientras que casi seis de cada diez se declaran católicos, y poco menos de uno de cada diez se denomina evangélico o cristiano, 7.7 %, o de otro tipo, 2.6 %. Es importante señalar que, entre los adscritos a otros credos están judíos, mormones, testigos de jehová y espiritistas.


Figura 3. Religión del entrevistado según grupo de edad. Fuente: elaboración propia.

En cuanto a las religiones distintas a la católica, resalta que el porcentaje de jóvenes que las profesan es mayor a la escala en que las siguen los adultos y los ancianos. Además, en el estrato de los adultos se observa una dinámica un tanto distinta a la que presenta el primer conjunto etario, pues por un lado quienes no tienen religión alcanzan una cifra poco menor de la mitad respecto de la que muestran los jóvenes, mientras que los católicos se incrementan a siete y medio de cada diez, y también disminuyen, de manera poco pronunciada respecto de los evangélicos, 7.1 %, y a los de otros credos, 1.9 %. Por su parte, los ancianos se concentran dentro de la religión católica, 83.3 %, mientras que disminuye la proporción de los no creyentes a 5.0 %, y aumenta el de los evangélicos, 10 %, y también mengua el monto de las otras denominaciones, 1.7 %.

Una vez descritas tres de las particularidades que se consideran necesarias para conocer a la población entrevistada y con las que se ofrece un marco básico de su situación, se procederá a la descripción de las respuestas que dieron respecto a los distintos aspectos del ritual de la velación en la urbe.

El primero de los asuntos que se presentó a las personas interrogadas se refiere a si prefieren que se vele al difunto en su hogar, a lo que contestaron sin conocer la segunda cuestión, la cual indaga si escogerían que se realice en una funeraria, pidiéndoles que respondieran sin tener en cuenta su respuesta anterior; por lo tanto, sus afirmaciones no se centraron en la congruencia entre una y otra, sino en el valor que dan a cada tema en sí mismo. Para conocer el nivel de aceptación que dan a uno y otro espacio, se presentan las gráficas con los porcentajes en que se inclinaron por una y otra opción, a la que se incluyen además las cifras que se refieren a si prefieren que se vele en casa para levantar la cruz.

Al analizar las respuestas que dieron sobre las preguntas: que se vele a los difuntos en su hogar, en la funeraria, o en la casa para levantar la cruz, resalta, como se puede observar en la figura 4, quienes dijeron estar de acuerdo en cada caso muestran proporciones diferentes: por velar en el domicilio, seis de cada diez, 60.7 %; en funeraria, cuatro de cada diez, 38.5 %, y en la morada para levantar la cruz, cinco de cada diez, 47.7 %. Los indiferentes se van incrementando en cada caso, y los que están en desacuerdo son similares respecto de velar en casa, 15.2 % y 14.1 %. Pero la proporción crece cuando se trata del desacuerdo sobre la funeraria, 24.7 %. En resumen, se opta por la vivienda más que por la funeraria y, cuando se plantea que la velación sea en casa para poder levantar la cruz, no todos los que eligen el hogar muestran que lo hacen para poder alzarla; con base en esos datos es posible afirmar que en la ciudad existe la tendencia a favorecer el que se vele a los difuntos en el domicilio, sobre el que sea en la funeraria; sin embargo, es necesario indicar que la predisposición resulta moderada, pues al considerar el monto del porcentaje de aquellos a quienes les es indiferente que se lleve a cabo en uno o en otro lugar, van de dos y medio a casi cuatro de cada diez de los entrevistados.


Figura 4. Preferencias sobre el lugar del velorio. Fuente: elaboración propia.

Una vez detectada la tendencia que muestra la población en su primera apreciación sobre el lugar del rito —y, según lo ya dicho, parece que se ubica con mayor preferencia que sea en el hogar que en la funeraria— se procederá, a describir dos de las características de la ceremonia, analizando el valor que los interrogados le otorgan a los diferentes símbolos: por una parte, al qué hacer en las exequias y, por la otra, a su consideración sobre el qué debe haber en el ritual.

Respecto a lo que se hace o se debe hacer en un velorio, se describe el tipo de aceptación que les dan a las siguientes actividades: dar el pésame, ofrecer alimentos, dar una contribución, participar en los rezos, ver al difunto y asistir a la velación, al entierro y al novenario. En lo que concierne a lo que los entrevistados consideran que debe haber en el velorio se analiza la apreciación que tienen respecto a: las flores, las velas y veladoras, al novenario, al realizar el velorio en casa para poder “levantar” la cruz y a la consideración de que siempre debe haber oraciones y es mejor que esté el sacerdote.

 

Qué hacer en el velorio

La actividad más significativa para la mayoría de los interrogados al asistir a unas exequias consiste, sin duda, en mostrar que se acompaña en el dolor a los parientes y amigos por el fallecimiento de quien es velado. El símbolo de abrazar y decir algunas palabras a los deudos los aproxima a la realidad del ser ahora invisible y les permite resignificar la relación que en adelante deberán construir. Es el primer paso que se da con la comunidad en el proceso de la muerte y sepultura, por el que se establecen las nuevas coordenadas del tiempo y del espacio, que ayudan a hacer de nuevo “entendible” el mundo de la muerte y de quienes se encuentran con ella. El rito, con sus símbolos, ordena el tiempo y el espacio y reitera la situación de permanente precariedad de la vida humana, porque el rito da cuenta de que la muerte es real, la hace consciente y la establece en su lugar.[20]

Como se puede observar en el cuadro 1 y en la figura 5, la gran mayoría de los entrevistados, 85.1 %, están de acuerdo con que dar el pésame es el símbolo más necesario del ritual a expresar en un velorio; sin embargo, poco más de uno de cada diez, 10.5 %, manifiesta que es algo que considera que no es ni necesario ni inadecuado. Por otra parte, a algunos de los cuestionados les parece que no debiera ser parte de la velación, 4.4 %.

 

Acuerdo

Indiferente

Desacuerdo

Dar el pésame

85.1 %

10.5 %

4.4 %

Dar una contribución

69.2 %

20.5 %

10.3 %

Se den alimentos

68.5 %

18.9 %

12.5 %

Participar en los rezos

59.2 %

29.4 %

11.7 %

Ver al difunto

41.5 %

30.2 %

28.3 %

Participar en velorio, entierro y novenario

40.1 %

33.3 %

26.6 %

Platicar con los conocidos

39.0 %

26.8 %

34.3 %

Cuadro 1. Qué se debe hacer en el velorio. Fuente: elaboración propia.


Figura 5. Qué hacer en el velorio. Fuente: elaboración propia.

El siguiente símbolo que la población considera relevante para llevar a cabo en las exequias se refiere a la donación que hacen los participantes; la pregunta que se les formuló fue en los siguientes términos: “Siempre se debe llevar algún tipo de contribución, no se llega con las manos vacías”. Lo cual significa que no se hizo referencia a una forma específica de donación, pero sí hace alusión a algo material, ya que se indica que “no se llega con las manos vacías”. En términos generales, se refiere al aporte de alimentos, a los objetos que debe haber en el ritual, como flores, velas, veladoras, rosarios, o a la ayuda económica que se destina para cubrir los gastos que a los deudos les implica el velar y dar sepultura al difunto. Así, casi siete de cada diez interrogados, 69.2 %, consideran que se debe participar con algún tipo de aportación; dos de cada diez, 20.5 %, piensan que no es indispensable, pero que tampoco sobra el hacerlo, en tanto que a uno de cada diez, 10.3 %, les parece que no es algo que deban hacer.

En el tercer puesto de aceptación sobre lo que debe hacerse está el que señala que se den alimentos a la concurrencia; la pregunta se formuló en las siguientes palabras: “Estoy de acuerdo con que se den alimentos a los asistentes al velorio”. En la gran mayoría de los ritos funerarios están presentes las actividades que se refieren tanto a la preparación de los alimentos como a su consumo; sin embargo, el tipo, la forma y el momento en que se ingieren está determinado por las particularidades de la cultura que portan los integrantes de los distintos grupos y estratos que componen la gran urbe, por lo que dicho ofrecimiento puede ir desde el proporcionar café y galletas hasta el invitar a participar de un refrigerio muy completo y acorde a la hora del día.

En proporciones un tanto similares que al símbolo anterior (ver cuadro 1), las respuestas que se ofrecieron indican que casi siete de cada diez, 68.5 %, les parece adecuado ofrecer alimentos a los participantes del ritual; poco menos de dos de cada diez, 18.9 %, se muestran indiferentes, y poco más de uno de cada diez, 12.5 %, les parece que no es conveniente hacerlo.

El cuarto de los símbolos registrados indaga en si se debe intervenir en las oraciones, la cuestión se les planteó de la siguiente manera: “Lo que debe hacerse en el velorio es participar en los rezos”. La aceptación a interceder no significa siempre que quien responde de manera positiva practique alguna creencia religiosa, lo puede hacer tanto porque conoce las oraciones, quizás aprendidas en su infancia, o porque de dicha manera puede ofrecer su solidaridad con las creencias de los otros deudos y saber y sentir que participa con el resto de los congregados por la ceremonia. En términos generales, se tiene que poco menos de 6 de cada diez, 59.2 %, se mostraron en conformidad con la afirmación; casi tres de cada diez, 29.4 %, dieron una respuesta que indica su indiferencia a que hagan o no dichas plegarias, en tanto que poco más de uno de cada diez, 11.7 %, lo considera inapropiado (cuadro 1). Dada la cualidad de esta variable respecto del ritual tradicional de la velación y al origen de la cultura occidental, se hace necesario analizarla en función a la creencia religiosa del entrevistado. Para ello se elaboró una figura de doble entrada: la creencia religiosa ordenada según la relevancia que dan a la participación en las oraciones (figura 6), y se calculó el valor de chi cuadrada (χ²), que presenta un valor <0.05, lo que indica que sí existe una relación estadística entre ambos factores. Como se puede observar, quienes manifiestan su fe católica son los que en mayor proporción estuvieron de acuerdo, 71.1 %, y por tanto, menos indiferentes, 23.2 % o en desacuerdo, 5.7 % con dicha participación. No obstante, no alcanzan el porcentaje de aceptación observado para el símbolo de dar el pésame; por su parte, los no creyentes u observantes de otro credo muestran mucho menores niveles de acuerdo, aunque prevalece entre ellos la indiferencia y se incrementa el rubro del rechazo por encima de una quinta parte.


Figura 6. Se debe participar en los rezos, según la religión del entrevistado. Fuente: elaboración propia.

En quinto lugar, según su nivel de aceptación, se encuentra el símbolo que cuestiona sobre la importancia de ver al difunto como parte de las exequias. En la sección introductoria de este trabajo se señaló que en las sociedades urbanas se tiende a abreviar el ritual y a evitar la vista de los cadáveres; no obstante, al presentarles la cuestión a quienes participaron de la muestra se les preguntó si: “Lo que debe hacerse en el velorio es pasar a ver al difunto”, quienes respondieron de manera afirmativa fueron poco más de cuatro personas de cada diez, 41.5 %; los indiferentes, a los que no les parece que deba ser pero que opinan que no les molesta son poco menos de un tercio de los cuestionados, 30.2 %; por su parte, quienes se oponen a dicha actividad casi alcanzan a ser tres de cada diez, 28.3 %, y constituyen el segundo aspecto por la proporción de desacuerdo más alto en relación a las cosas que se hacen en la velación, sólo por debajo del asunto que trata sobre si se debe platicar con los conocidos (cuadro 1 y figura 5).

El penúltimo de los símbolos a considerar en este apartado se refiere al tema de la pregunta que se les planteó en el siguiente contexto: “Considero que debo siempre participar en el velorio, en el entierro y en el novenario”. Las proporciones en las que se agruparon las respuestas son las siguientes: cuatro de cada diez se mostraron de acuerdo con la propuesta, 40.1 %; un tercio indicó que les es igual si se participa o no en los tres momentos del funeral propuesto, 33.3 %, y poco más de dos y medio de los entrevistados mostró su desacuerdo, 26.6 %.

La última acción a revisar responde a la siguiente propuesta: “Lo primero que debe hacerse al llegar al velorio es platicar con los conocidos”; sin duda es un tema que se presta a distintas reacciones, ya que uno de los supuestos generales de lo que debe ser la actitud de los asistentes en este rito es el símbolo que indica que se debe guardar silencio, pero también es verdad que el rito tiene como finalidad el volver a ligar la relación social que se deja vacía con el fallecimiento de uno de los miembros del grupo social, y una parte de ese religar requiere de la plática entre los deudos, la que de alguna manera baja el grado de la alteración que se produce con el paso de la muerte; sin embargo, la pregunta resulta un tanto ambigua, ya que señala que lo primero que debe hacerse al llegar es platicar, pero como ya se vio en las primeras cuestiones de este apartado, los consultados señalan su mayor acuerdo con las siguientes acciones: en la velación se da el pésame, se da una contribución, se dan alimentos y se participa en los rezos. Sin embargo, en el caso de platicar, la opinión de los consultados se muestra más en desacuerdo que con cualquiera de los otros símbolos, pues poco más de un tercio así se manifestó, 34.3 %, al tiempo que se da el registro más bajo entre los que se muestran de acuerdo, poco menos de cuatro de cada diez, 39.0 %. A los que no les produce acuerdo ni desacuerdo dicha actividad son poco más de dos y medio de cada diez entrevistados, 26.8 % (cuadro 1).

 

Qué debe haber en el velorio

Como complemento a las acciones del rito que se ha analizado en el apartado anterior, ahora se procederá a ver la aceptación, indiferencia o rechazo que les causan a los entrevistados los elementos y símbolos que se ponen a su consideración para conocer qué tanta aceptación tienen en el ritual de las exequias que se celebra en la urbe. Los factores a analizar son sobre si debe haber en la velación flores, velas y veladoras, novenario, levantar la cruz y oraciones con la presencia del sacerdote, y se les ordena según su nivel de aceptación, de mayor a menor (cuadro 2 y figura 7).

 

Acuerdo

Indiferente

Desacuerdo

Flores

76.7 %

16.3 %

7.0 %

Velas y veladoras

75.6 %

17.5 %

6.9 %

Novenario

51.3 %

34.0 %

14.7 %

Levantar la cruz

47.7 %

38.2 %

14.1 %

Rezos y sacerdote

34.3 %

35.5 %

30.2 %

Cuadro 2. Qué debe haber en el velorio. Fuente: elaboración propia.

 


Figura 7. Qué debe haber en el velorio. Fuente: elaboración propia.

El primer símbolo que se describe es el que responde a la pregunta sobre si: “Siempre debe de haber flores en el velorio”. No obstante que existen comercios dedicados a la venta de coronas y arreglos florales específicos para ser presentados en el rito de las exequias, llama la atención que sólo poco más de siete personas y media de cada diez se mostraron de acuerdo a que estén presentes, 76.7 %; una y media de cada diez, 16.3 %, no se inclinan ni por valorarlas ni por estar en desacuerdo con su presencia, en tanto que un pequeño porcentaje, 7.0 %, se mostró en contra (cuadro 2 y figura 7).

El segundo aspecto considerado en este apartado tiene que ver con la presencia de velas y veladoras en el funeral; la pregunta se elaboró en los siguientes términos: “Siempre debe haber velas o veladoras en el velorio”. La respuesta podría parecer obvia, si hay velación se infiere que están presentes las velas o veladoras; sin embargo, la palabra también indica la acción de velar, es decir, ocultar con un velo, o de pasar la noche en vela, es decir, a la luz de ellas. Hasta antes del Concilio Vaticano II, 1964, era común que los fieles católicos participaran en todas las celebraciones litúrgicas portando una vela en la mano; de la misma manera, la devoción a Cristo, a la Virgen o algún santo se manifestaba con el colocar una veladora junto al retablo en el que se muestra la imagen. En especial, hoy, son significativas las que se colocan en cada extremo del altar, las que llevan los padrinos al bautizar a un niño, la de los niños que hacen la primera comunión, la que acompaña al moribundo y al difunto en casa y, desde luego, las de los velorios. De igual manera, es común encontrar veladoras en la vía pública, ya que se colocan junto a los cuerpos de aquellos que por alguna situación han perdido ahí la vida. Después, en algunos casos los familiares o amigos colocarán una cruz señalando el lugar del deceso, y el arreglo se completa al escribir el nombre del fallecido, la fecha de la defunción, un retrato (a veces), flores y una veladora; todo ello se renueva periódicamente y en fechas significativas en las que se recuerdan sus “ánimas”.

Los interrogados se mostraron de acuerdo con su presencia en una proporción de siete y medio por cada diez, 75.6 %; los que expresaron que les parecía igual que hubiera o no velas y veladoras son casi dos de cada diez, 17.5 %, y quienes mostraron su desacuerdo son poco más de la mitad de uno de cada diez, 6.9 % (cuadro 2 y figura 7).

En tercer lugar respecto de los procesos que más relevancia se les da sobre los símbolos que debe haber en el funeral se encuentra el novenario, la pregunta se formuló en los siguientes términos: “Siempre se debe hacer el novenario para el difunto”. Desde luego, es importante señalar que en no todos los casos las respuestas reflejan el grado de religiosidad de los consultados. Primero, es necesario señalar que la novena es parte del rito de paso vida-muerte, elaborado en la religión católica, y muchos lo siguen más por tradición que por convicción, al tiempo que a varios católicos les da igual o, inclusive, se muestran en desacuerdo con que se realice. Poco más de la mitad de los entrevistados están de acuerdo con que es algo que debe haber en el velorio, 51.3 %; más de una tercera parte, 34.0 %, piensa que le da lo mismo si lo hay o no, y poco menos de uno y medio de cada diez mostraron su desacuerdo con dicha actividad, 14.7 % (cuadro 2). Los que desde luego son menos de la mitad de la proporción de quienes se dijeron sin religión, evangélicos o de otra religión, que suman el 31.1 % del total de los interrogados.

Al cuarto símbolo que los cuestionados le dieron relevancia entre los haberes de un funeral fue al rito de “levantar la cruz”, aunque la pregunta contiene dos afirmaciones sobre las cuales se les pide a los entrevistados que manifiesten su grado de aceptación; ya que los términos en los que se les postuló la pregunta fueron los siguientes: “El novenario debe hacerse en la casa, para poder levantar la cruz”, esta última actividad —sin duda— también se puede llevar a cabo en una funeraria, pero además se inquiere sobre el realizarlo en la vivienda, es decir, sobre el rito de rezar por el “ánima” del difunto durante nueve días en el lugar en el que se le veló y a cuyo término se “levanta” la cruz, acción que no es posible realizar en las salas que se destinan sólo a la realización del velorio.

Para verificar la correlación entre la preferencia de velar en el hogar con la de rezar el novenario en casa y levantar la cruz, se procedió a hacer un cuadro con las dos variables, el resultado de chi cuadrada indica que están relacionadas, pues presenta un valor de <0.05; es decir, que a mayor preferencia a velar en casa, mayor interés en que los sufragios se realicen en la residencia y que sea posible así levantar la cruz. Los resultados se pueden observar en la figura 8, la cual muestra que casi ocho de cada diez de las personas que están de acuerdo con velar en el hogar también afirman que lo prefieren para que se rece el novenario y se levante la cruz, 79.7 %.


Figura 8. Preferencia por velar en casa según propensión por rezar el novenario en la vivienda y levantar la cruz. Fuente: elaboración propia.

Acorde a los datos que se pueden ver en el cuadro 2 y en la figura 7, poco menos de la mitad de los interrogados, 47.7 %, afirmaron estar de acuerdo con que el velorio se haga en casa para rezar el novenario y para levantar la cruz, mientras que poco menos de cuatro de cada diez, 38.2 %, se dijeron indiferentes a ello, y poco menos de uno y medio de cada diez se expresaron en desacuerdo, 14.4 %.

El último de los símbolos a considerar es el que se refiere a la afirmación: “Siempre debe haber rezos por el difunto y es mejor que esté el sacerdote”. Aquí también se le proponen al interrogado dos cuestiones: las plegarias y la preferencia por la presencia del sacerdote. Desde luego que la aceptación mostrada puede tener varios matices, ya que el sacerdote se asocia con la religión, en especial con la católica, pues —por ejemplo— los evangélicos le llaman pastor y para otros podrá parecerles bien la recitación de plegarias, pero no consideran que sea mejor que se encuentre presente un sacerdote. No obstante, se observa en los datos que hay una relación inversa y proporcional entre la opinión de los católicos y la de los evangélicos: los primeros se muestran en mayor número de acuerdo con la afirmación y los evangélicos se expresan en mayor volumen en contra de ella; por su parte, entre los de otros credos o quienes no lo tienen, el monto en que manifiestan su acuerdo es muy bajo o inexistente. Por tanto, las proporciones de los entrevistados registraron los siguientes porcentajes: apenas un poco menos de tres y medio de cada diez, 34.3 % están de acuerdo con la afirmación; poco más de tres y medio de cada diez, 35.5 %, se mostraron indiferentes, y los tres restantes estuvieron en desacuerdo, 30.2 % (cuadro 2).

 

Discusión

Los resultados obtenidos en este estudio revelan un proceso complejo de adaptación y transformación de un ritual tradicional frente a las presiones de la modernidad. La información recolectada permite analizar las tensiones entre la permanencia de ciertos valores y prácticas y la emergencia de nuevas formas de comprender y de significar la muerte en el contexto urbano.

 

La tensión entre lo tradicional y lo moderno

La persistente preferencia por velar al difunto en casa, 60.7 %, refleja la importancia que se le sigue otorgando al hogar como el espacio de intimidad, afabilidad y protección frente a la pérdida. Este apego a la tradición se refuerza con la alta valoración del novenario, 51.3 %, y del ritual de levantar la cruz, 47.7 %; sin embargo, la aparente contradicción en las preferencias por velar en casa, pero no necesariamente realizar el novenario en ella, apunta a una dinámica más compleja.

Surge entonces la presunción de que esta aparente contradicción no se debe a un rechazo al simbolismo de lo tradicional, sino a una adaptación que resulta más útil y práctica para la realidad urbana. La apresurada vida en la metrópoli, marcada por la falta de tiempo y de largos recorridos, promueve la búsqueda de opciones más breves —que no siempre más eficientes— para llevar a cabo los ritos funerarios, lo que conduce a que se abrevie el velorio y a que se incremente la preferencia por echar mano de los servicios que ofrecen las funerarias.

 

El simbolismo del dar, recibir y devolver

El análisis de las acciones que se develan como esenciales en el velorio en la urbe, como dar el pésame, 85.1 %, ofrecer alimentos, 68.5 %, y dar una contribución económica, 69.2 %, se explican con base en la teoría del don, de Marcel Mauss.[21] Estas acciones no se interpretan como simples fórmulas, sino como expresiones de la reciprocidad y la solidaridad que refuerzan los lazos comunitarios frente a la pérdida.

El acto de dar está lleno de un profundo significado simbólico. Pues no se trata simplemente de proporcionar bienes materiales, sino de ofrecer consuelo, apoyo emocional y gratitud a los deudos. A su vez, el dar y recibir, implican una obligación moral de devolver lo compartido en el futuro, manteniendo así los lazos de reciprocidad que reafirman la cohesión social de los habitantes en la urbe.

 

Flores, velas y veladoras: lenguaje simbólico

La alta valoración de las flores, 76.7 %, y de las velas y veladoras, 75.6 %, como elementos esenciales del velorio manifiesta la permanencia de un lenguaje simbólico que se mantiene a través del tiempo. Las flores, relacionadas con la belleza fugaz, representan la fragilidad de la vida y el afecto al difunto; las velas, por su parte, simbolizan la luz que guía al alma en su tránsito a la otra vida y su presencia entre los que se duelen por su pérdida, que así se acompañan en su dolor por la ausencia. Este lenguaje simbólico, fuertemente arraigado tanto en la cultura popular como en la religiosa, comunica emociones y significados compartidos por los presentes. Así, las flores y las velas no son meros adornos, sino expresiones de un sistema de creencias y valores que da sentido a la ineludible experiencia de la muerte.

 

La secularización y la transformación de la religiosidad

La menor importancia que se le da a la presencia del sacerdote, 34.3 %, acompañada de una mayor participación en los rezos, 59.2 %, pueden apuntar a un proceso de secularización en la cultura urbana; sin embargo, esta tendencia no implica necesariamente un abandono de la religiosidad, sino una transformación en la forma en que se expresa, debido más a la disminución en el número de los especialistas en el manejo de lo sagrado que a una pérdida de interés de la población por la fe.

La religiosidad popular, con la menor participación de los sacerdotes, debido —como ya se dijo— a su escasez y a la evidente secularización de la vida moderna, permea las prácticas funerarias en la ciudad. La fe en el más allá, la importancia del alma y la necesidad de ofrecer consuelo espiritual al difunto y a los deudos se manifiestan en la continuidad de dichas prácticas, aunque con menor énfasis en la liturgia formal que administran los sacerdotes.

 

Implicaciones sociales y culturales

El análisis del velorio en la cultura urbana ayuda a comprender las variadas formas en que la muerte es parte de la vida social en el contexto de la metrópoli moderna. La adaptación del ritual a las condiciones de la vida urbana, la reinterpretación del simbolismo tradicional y el fortalecimiento de la religiosidad popular son la evidencia de la capacidad que tiene la cultura para responder a los desafíos de la modernidad.

El estudio del velorio, más allá de su dimensión ritual, ofrece una perspectiva para comprender la dinámica social, las tensiones culturales y las formas en que se construye el sentido de comunidad en la urbe contemporánea.

El velorio en la cultura urbana se muestra como un espacio de renegociación del significado y del sentido de la muerte, donde la tradición y la modernidad se encuentran, interactúan y se transforman. El análisis de este proceso dinámico abre un espacio para futuras investigaciones, para que puedan profundizar en las enmarañadas relaciones entre la cultura, la sociedad y la experiencia humana frente a la muerte.

 

Conclusiones

  1. El estudio se centra en las creencias y en las prácticas relacionadas con el rito del velorio, pronunciadas en los símbolos, acciones y objetos que le acompañan.
  2. Los datos presentados muestran una perspectiva mayoritariamente femenina y adulta (30-59 años) en comparación con la de hombres, jóvenes y adultos mayores.
  3. La mayoría de los entrevistados son católicos, seguidos en proporción descendente de los no religiosos, evangélicos y las personas de otras religiones.
  4. Seis de cada diez personas prefieren que se vele al difunto en la vivienda, pero cuando se les cuestiona sobre otros aspectos del ritual, como rezar el novenario y levantar la cruz, resulta que lo prefiere un menor número de ellas, cinco de cada diez; ello es indicio de que no se opta más por velar en casa para hacer el novenario y levantar la cruz, sino que se prefiere abreviar el rito y que sea más secularizado.
  5. Las siete acciones y los cinco elementos analizados, símbolos del rito funerario, no recibieron las mismas proporciones de aceptación, lo que refleja la diversidad de maneras y de objetos con los que se celebra el rito de las exequias en la urbe.
  6. Dar el pésame y querer la presencia de las flores y velas, son los símbolos del rito que más se valoran por parte de las personas que participaron en el estudio.
  7. Quehaceres y objetos son símbolos del valor social que en la ceremonia de la velación se llenan de afectos y emociones que religan a los vivos con los que se han ido.[22]
  8. El análisis del simbolismo del ritual y la acción de dar, recibir y devolver permite comprender el significado cultural del velorio como una forma de religar a los vivos con los difuntos y de reorganizar las relaciones sociales tras la muerte.
  9. Describe el ritual del velorio, sin embargo, es necesario profundizar más, en futuros trabajos, en las implicaciones sociales y culturales, así como analizar cómo contribuye a la construcción de la identidad colectiva, la gestión del duelo y la cohesión social en el contexto urbano.

 

En síntesis, el trabajo analiza la información recabada por medio de un cuestionario que recoge las opiniones y prácticas simbólicas relacionadas con los rituales funerarios en la zmvm. La mayoría de los encuestados son católicos y de mediana edad y la generalidad de los jóvenes no son tan religiosos como los mayores. Prefieren velar al difunto en su domicilio y evitar los símbolos que demandan más tiempo para su desarrollo, lo que sugiere que la cultura del funeral se enfoca en los atributos de lo que se debe hacer y de lo que debe estar presente en la liturgia del velorio, que se destaquen por su brevedad y, por ello, optan más por lo secularizado.

Además, se señala la importancia de la acción de dar, recibir y devolver en el servicio del velatorio, y se enfatiza que las flores, velas y veladoras son símbolos esenciales en el rito, mientras que a otros elementos —como los rezos, el novenario y la presencia del sacerdote— se les otorga una menor importancia debido a la secularización y a la aceleración de los procesos vitales en la urbe. Se propone que las celebraciones funerarias son una parte importante de la cultura de las comunidades urbanas y consiguen reflejar tanto las creencias religiosas como las prácticas sociales y culturales.

 

[1] Mónica Sorín, “Cultura y vida cotidiana”, Casa de las Américas, núm. 30 (1990): 39-47.
[2] Clifford Geertz, La interpretación de las culturas (Barcelona: Gedisa, 2003), 9.
[3] Efraín Cortés Ruíz y Beatriz Oliver Vega, Día de muertos (México: Museo Nacional de Antropología [Cuadernos de trabajo, Etnografías Técnicas 4, Sección de etnografía], 1975).
[4] Entre otros, ha publicado los siguientes, que relatan su interés por el tema: 1) Todos los santos y funerales en Cuilapan, pueblo del valle de Oaxaca. 2) Las fiestas a los santos. El culto familiar y comunal entre los otomianos y nahuas del Estado de México. 3) Barro pan y recuerdo, ofrendas a los muertos en México. 4) Lo que se llevan las almas: el ritual de las ofrendas del día de muertos en una comunidad mixteca. 5) Día de Muertos. 6) Observaciones sobre el culto a los muertos en Cuilapan. y 7) Rituales a los muertos y su relación con el ciclo de cultivo del maíz entre los mixtecos y zapotecos.
[5] Efraín Cortés, “Todos los santos y funerales en Cuilapan, pueblo del valle de Oaxaca”, en Los días de muertos. Una costumbre mexicana, de Efraín Cortés, Beatriz Oliver Vega, Catalina Rodríguez Lazcano, Sierra Carrillo y Plácido Villanueva Peredo (México: GV editores, 1986), 30-45, 30.
[6] Juan Pablo Ospina Herrera, “¿A dónde van los muertos?: las crisis de la muerte y las geografías sagradas en el esquema tripartito de los ritos de paso”, Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología, núm. 49 (2022): 91-109, 94, acceso el 04 de abril de 2025, https://doi.org/10.7440/antipoda49.2022.04.
[7] The Graveyard Channel, 50 Celebrities and Famous People Whose Ashes Were scattered at sea, 14 de diciembre de 2022, acceso el 15 de mayo de 2023 https://youtu.be/FajSCPOr0tw.
[8] Fundación Terra [ong], Ecofuneral, 2022, acceso el 15 de mayo de 2023 https://www.ecofuneral.es.
[9] Brandon Isai Bonilla Santana, “Iniciativa de ley para la regulación jurídica de los cementerios y crematorios en el Estado México desde una perspectiva ambiental” (tesis de licenciatura, Universidad Autónoma del Estado de México, 2022), acceso el 04 de abril de 2025 http://hdl.handle.net/20.500.11799/111990.
[10] Gabriel Marcel, Muerte e inmortalidad”, en Homo Viator. Prolegómenos a una metafísica de la esperanza (Salamanca: Sígueme, 2005), 297-312, 308, acceso el 04 de abril de 2025, https://circulosemiotico.files.wordpress.com/2018/07/gabriel-marcel-homo-viator.pdf.
[11] Roberto Hernández Sampieri, Carlos Fernández Collado y Pilar Baptista Lucio, Metodología de la investigación (México: Mc Graw Hill, 2014), 387.
[12] City Population, “Major agglomerations of the world. All urban agglomerations of the world with a population of 1 million inhabitants or more” [actualizado al 1 de enero de 2021], acceso el 04 de junio de 2021, https://www.citypopulation.de/en/world/agglomerations.
[13] Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Censo de Población y Vivienda 2020 (México: Inegi, 2020), acceso el 6 de abril de 2022, https://www.inegi.org.mx.
[14] Alcaldías de la Ciudad de México: Azcapotzalco, Coyoacán, Cuajimalpa de Morelos, Gustavo A. Madero, Iztacalco, Iztapalapa, La Magdalena Contreras, Milpa Alta, Álvaro Obregón, Tláhuac, Tlalpan, Xochimilco, Benito Juárez, Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo, Venustiano Carranza.
[15] Municipios del Estado de México: Atizapán de Zaragoza. Chalco, Chimalhuacán, Coacalco, Coatepec, Coyotepec, Cuautitlán, Cuautitlán Izcalli, Ecatepec, Huixquilucan, Ixtapaluca, Los Reyes, La Paz, Melchor Ocampo, Naucalpan, Nezahualcóyotl, Nextlalpan, Nicolás Romero, San Salvador Atenco, Tecámac, Tepotzotlán, Tlalmanalco, Tultitlán, Valle de Chalco y Zumpango.
[16] Agradezco la colaboración de los estudiantes de la Licenciatura en Trabajo Social de la UNAM para la aplicación de los cuestionarios, así como por sus valiosos comentarios y observaciones sobre el diseño del instrumento, cuyas deficiencias y errores sólo son atribuibles al autor de este trabajo. Abigail Rivera, Abraham Acosta, Alan Meneses, Alejandra Santiago, Ana López, Ángel Becerril, Blanca López, Carla Soldevilla, Claudia Martínez, Diego Domínguez, Diego Hernández, Emmanuel Coronado, Francisco Hernández, Gabriela Hernández, Huguette Arellano, Ignacio Bermeo, Leda Prado, Lorenza Soto, María de los Ángeles Jiménez, María Fernanda Hernández, María Guadalupe Vázquez, Mariana Hernández, Mariana Jiménez, Miriam García, Miryan Reyes, Mónica García, Sergio Tapia, Silvia Belmont, Vívian Izazola, Xochiquetzal Pérez, y Yazmín Ortiz.
[17] En el mes de marzo de 2020 se reconoció la presencia de la pandemia en México y el 31 de marzo se publicó el “Acuerdo por el que se establecen acciones extraordinarias para atender la emergencia sanitaria generada por el virus sars-cov2” (Diario Oficial de la Federación, 2020).
[18] Hernández, Fernández y Baptista, Metodología..., 239-248.
[19] Santiago Cantera Montenegro, La crisis de occidente. Orígenes, actualidad y futuro (Córdoba: Sekotia, 2020), 27-50.
[20] José María Mardones, La vida del símbolo (Santander: Sal Terrae, 2003), 168-172.
[21] Marcel Mauss, Ensayo sobre el don: forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas (Buenos Aires: Katz, 2009).
[22] Ana Laura Aroca Negrón, Mariana Ferraresi Curotto, y Gabriela Eliana Santill, “Una lectura de la muerte. Diálogo entre los aportes de louis-vincent thomas y las contribuciones desde la perspectiva lingüística”, Aportes Científicos desde Humanidades, núm. 12, vol. 1 (2017): 107-112, 108, acceso el 04 de abril de 2025, http://editorial.unca.edu.ar/Publicacione %20on %20line/Aporte %2012-13 %20Online/PDF/N %2012 %20Vol %20I/13 %20Aroca %20Ferraresi %20y %20Santillan.pdf.

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