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CONVOCATORIAS

Índice

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  • Nachito-Miquitzi, ancestro comunitario de los nahuas de San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, Tlaxcala

    Sandra Acocal Mora


  • Conocimientos de la niñez sobre el territorio. San José de los Laureles (Tlayacapan, Morelos) explicado por las niñas y los niño

    Tania Alejandra Ramírez Rocha


  • Familia y reproducción social

    José Iñigo Aguilar Medina


  • Estado. Aproximaciones ontológicas

    Víctor Alonso Pineda


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  • El carnaval corporizado

    Enrique Martínez Velásquez


  • Voces del pueblo: El Pulque, una historia de producción, clandestinidad, y sostenimiento familiar

    José Alonso Rodríguez Terán


  • La fiesta o baile del ratón

    Anya de León


  • Corto documental: Vivir mi ser mujer. Xkáll gunnâá rìbànya

    Yerid López Barrera


  • Mujer de la mar de chile: oficio, alimento y territorio

    Susana Cárcamo Rojas


  • La narrativa gráfica como herramienta de investigación e intervención social: estudio de caso San José de Belén (Taperas) Agrado

    Daniela Motta Bautista


  • La ciudad que me habita es la ciudad que escondo

    Romina Álvarez Bové, Paola Velásquez, Nelson Felipe Santander Go


  • Voces

  • Entrevista al Grupo Kwanískuyarhani de Estudiosos del Pueblo Purhépecha

    Rodolfo Oliveros, Donají Cruz, David Figueroa, Juan Gallardo, Tr


  • Xarhatakuarhik- uarhu: el sentir, el decir y el hacer de los artistas visuales de Cherán, frente a situaciones de cambio social

    Juan Gallardo Ruiz


  • Revalorando los chiles de nuestra tierra. Entrevista con don Erasmo Montiel Pascual, nahua de la Huasteca meridional, Veracruz,

    Araceli Aguilar Meléndez, Crescencio Hernández Osorio


  • Chikomexóchitl nació del vientre...

    Yuyultzin Pérez Apango


  • De trabajador temporal a migrante definitivo: el testimonio de Esteban García Hermosillo

    Rosa Verónica Zapata Rivera


  • Crimen, locura y confinamiento indefinido por insania en la República Argentina. La historia de Roberto, el preso más antiguo de

    Mercedes Rojas Machado


  • Reseñas

  • Reseña del libro Morenas de Veracruz. Fisuras de género y nación vistas desde la tarima, de Gloria Luz Godínez Rivas (Veracruz:

    Caterina Camastra


  1. Numeros anteriores
  2. Publicación No. 3
  3. Nachito-Miquitzi, ancestro comunitario de los nahuas de San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, Tlaxcala

Nachito-Miquitzi, ancestro comunitario de los nahuas de San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, Tlaxcala

Nachito-Miquitzi, community ancestor of the Nahuas of San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, Tlaxcala

Sandra Acocal Mora
Escuela Nacional de Antropología e Historia
neffisa_a@yahoo.com.mx

Resumen: Suele pensarse que la muerte de un infante, pese a provocar un profundo dolor en su grupo doméstico, no genera mayores rituales, y después de un tiempo el difunto es olvidado, ante todo por su falta de descendientes. Sin embargo, esto no es así en todas las sociedades; entre los nahuas de San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, la importancia de la muerte infantil se refleja en el ancestro niño llamado Nachito, en castellano, y Miquitzi, en náhuatl.
Palabras claves: Historia propia, ritual, ancestro, infante-niño, muerte.

Abstract: It is often thought that children death, despite causing deep pain in their domestic group, does not generate major rituals, and after a time the deceased is forgotten, above all for their lack of descendants. However, this is not always the case in all societies, among the nahuas from San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, the importance of infant death is reflected in the child ancestor called Nachito in Spanish, and Miquitzi in Nahuatl.
Keywords: Own history, ritual, ancestor, infant-child, death.

Fecha de recepción: 23 de mayo de 2020
Fecha de aprobación: 20 de agosto de 2020

El presente artículo forma parte de mi tesis de maestría, presentada en 2016 en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. En la tesis me concentré en hacer un estudio etnohistórico, intercalando el trabajo etnográfico y el análisis de seis crónicas del siglo xvi. Mi objetivo fue conocer, comprender y explicar la muerte infantil a través de las ideas, los rituales y las representaciones de los nahuas de San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, Tlaxcala, en el presente, valiéndome del trabajo etnográfico. Y conocer, comprender y explicar las concepciones, las representaciones y los rituales de la muerte infantil de los nahuas de Tlaxcala y del centro de México en el siglo xvi.[1]

En este artículo sólo presento las ideas, la representación y el ritual practicado por los nahuas de San Pablo en torno a un esqueleto de madera, pensado como los restos de infante muerto y concebido como un ancestro, conocido como Nachito o Miquitzi (“Muertito”). La información que desarrollaré tiene como sustento el método fundamental de la antropología: el trabajo de campo.

San Pablo del Monte es uno de los sesenta municipios que integran el estado de Tlaxcala, localizado en el sureste de la entidad, en la falda occidental del volcán Matlalcueyetl o Malinche (cuya cumbre se encuentra a 4 461 msnm). Colinda al norte con el municipio de San Luis Teolocholco, al noroeste con Acuamanala y con San Cosme Mazatecochco; al oeste con Papalotla y con San Miguel Tenancingo; y al sur y este con el estado de Puebla (figura 1).


Mapa de localización de San Pablo del Monte, Tlaxcala. El espacio en color verde corresponde al área urbana, el resto son áreas de cultivo y bosque. Elaborado por la autora.

El área urbana de Cuauhtotoatla, la pequeña propiedad privada y una porción de bosque conforman una superficie total de 63 760 km², donde se asientan 69 615 habitantes: 35 334 mujeres y 34 281 hombres, de acuerdo con el censo de 2010.[2] De esa población, 9 764 (de 5 años y más) personas son hablantes de alguna lengua indígena, predominando el náhuatl como lengua madre. Por supuesto, todos estos números deben ser tomados con cautela pues no son absolutos.

Los sanpablenses se distribuyen en doce barrios y cinco colonias. Los barrios son: San Sebastián, San Cosme, San Bartolomé, San Miguel, Jesús, San Nicolás, Santiago, Cristo, San Pedro, Santísima, Tlaltepango y San Isidro Buen Suceso; las colonias, al sur, son: Divino Salvador Tepexco, Lomas de San Salvador Tepexco y Real de Guadalupe, y al este están: La Josefina y Santiago de los Leones.

Pese a que poco se emplea el topónimo náhuatl, Cuauhtotoatla significa “en el monte donde abundan las aves y el agua”; esta interpretación es propia de la forma como hoy se escribe, en el siglo xvi se registró como Quauhtotoatlan, siendo su traducción “lugar de los que tienen aves del monte”.[3]

La importancia de los huesos

La vez primera que vi a Nachito fue el 1 de noviembre de 2006; doña Valentina Roque me habló de él dos años atrás. La señora lo había visto desde su infancia y sabía que era un niño muy poderoso. Cuando llegué a la fiscalía —en esa fecha—, aproximadamente a las cinco de la tarde, los mayordomos de la parroquia de San Pablo Apóstol habían articulado un esqueleto de madera, pintado en color blanco, de aproximadamente 1.50 metros de altura; lo tenían recostado en una caja azul del mismo material, cubierto con un velo blanco. Ese esqueleto era Nachito.

Los huesos han sido y son objeto de culto en múltiples pueblos indígenas de México, porque se reconoce que son poseedores de poderes que tiene injerencia en el mundo de los vivos. Los nahuas de San Pablo consideran que todo esqueleto humano está cargado de aires y de poderes, que puede atraer fortuna o calamidades en la persona que lo mira, lo toca e incluso lo posee.

Catharine Good explica que los nahuas de los pueblos situados alrededor del río Balsas, Guerrero, piensan que los huesos ayudan a los vivos cuando ellos les hablan y les piden su consejo, además de que atraen la buena suerte. Para la investigadora, la fuerza de los huesos “proviene de la separación de la carne del hueso; quedando limpios de cualquier residuo de la deuda contraída con la tierra mientras vivía la persona”.[4] Los nahuas confiaron a Good que tiempo atrás guardaban los huesos en sus casas y los cráneos fungían como oráculos.

Por su parte, Johannes Neurath, en su trabajo con los huicholes de Santa Catarina Cuexcomatitlan, situada entre los territorios de Jalisco y Zacatecas, y parte del Gran Nayar (Nayarit, Jalisco, Durango y Zacatecas), hace referencia a un antiguo ancestro de los coras que fue su gobernante y era identificado con el Dios del Sol. El ancestro gobernante fue momificado y guardado en un adoratorio al lado de otros tres gobernantes, a quienes ofrendaban como “ancestros reales”.

El franciscano Antonio Arián y Saavedra redactó un informe en 1673; en él aseguró que los coras creían que el ancestro gobernante les enviaba las lluvias. Neurath agrega que después de 1722 el adoratorio fue abandonado y del gobernante principal sólo quedó el cráneo, “al que se le sigue rindiendo culto en el templo católico de La Mesa de Nayar”.[5]

A propósito de la importancia de los huesos, los cronistas del siglo xvi dieron algunas explicaciones. Bernardino de Sahagún declaró que los jóvenes guerreros, telpopochtin, ansiaban el dedo medio de la mano izquierda de una mujer muerta en el parto, para meterlo en su rodela y hacerse valientes, y cegar los ojos de los enemigos. Por su parte los “brujos” preferían el brazo izquierdo de la mujer para paralizar a los habitantes de la casa donde entraban a robar.[6]

Diego Muñoz Camargo, también durante el siglo xvi, aseguró que los tlaxcaltecas creían que los huesos de la megafauna extinta que hallaban bajo la tierra, en quebradas y barrancas, pertenecían a personas gigantes, y los aprovechaban como remedios para la salud: los molían hasta hacerlos polvo y se daban de beber a los enfermos de la sangre. A esos huesos los llamaban quinametl (“gigante”).[7]

El dominico Diego Durán mencionó que algunos cráneos que habían pertenecido a las víctimas del sacrifico eran descarnados, a veces dejando la cabellera, para incrustarlos en el tzompantli. El resto de los huesos, “me dijeron que el amo del indio que se había sacrificado los ponía en el patio de su casa en unas varas largas [...] lo cual tenían en gran honra y vanagloria”.[8]

El mismo cronista señaló un ritual que se efectuaba el 10 de abril en honor de Huitzilopochtli, y en el cual se representaban sus huesos: con la masa de las semillas de bledos se hacía la imagen de Huitzilopochtli, y también se usaban trozos de masa a manera de huesos, 400 en total, a los que llamaban “los huesos de Huitzilopochtli y la carne”. Las piezas eran amasadas por las jóvenes de las escuelas.[9] A su vez, los muchachos de las escuelas subían los huesos al templo del dios y, después de un baile y canto que hacían las mujeres y hombres que representaban a los dioses, se daban por consagrados. Enseguida los rociaban con sangre de los sacrificados, los sacerdotes hacían la masa del dios y de sus huesos en muchos trozos y los repartían a los adultos y a los infantes que asistían al ritual.[10]

Al referirse a la guerra de los mexicas contra los huaxtecos, durante el gobierno de Moctezuma I (1440-1469), Durán describió que, cuando los guerreros salieron a la batalla, las mujeres mexicas no se lavaron la cara por varios días, se levantaban a medianoche a barrer, a moler y a hacer ofrendas, pero además sacaban los huesos de los presos que habían hecho sus maridos en la guerra. Envolvían los huesos con papeles y los colgaban en las vigas para después sahumarlos junto con los dioses.[11] Durán aseguró que los guerreros tenían los huesos de los presos en sus casas, puestos en unos palos como símbolo de grandeza.[12]

Con los ejemplos citados, pertenecientes al siglo xvi, no pretendo en modo alguno hablar de continuidades ininterrumpidas, sino de formas culturales en común entre las sociedades nahuas del presente y las del pasado, en este caso particular, en torno a la percepción y el culto a los huesos. Si bien es cierto que los nahuas de San Pablo son parte de los hilos que tejieron las antiguas sociedades existentes antes de la invasión española, de ninguna manera éstas y aquéllas son las mismas sociedades, están separadas en el tiempo por cinco siglos y por un sinfín de procesos históricos que los hacen distintos culturalmente.

Lo que pretendo evidenciar, además, es que a partir de esas formas culturales en común es posible entablar un diálogo entre las sociedades del presente y las del pasado alrededor de la importancia y los significados de los huesos.

La historia propia


Nachito ofrendado el 1 de noviembre de 2006. Fotografía: Sandra Acocal Mora.

Los ancestros, explica Gabriela Rangel, pueden ser de dos tipos: familiares o comunitarios. Los primeros son “aquellos venerados dentro de un círculo doméstico”; en cambio, los comunitarios son seres que hicieron “grandes e importantes servicios dentro de su comunidad”, por lo que reciben un culto público y colectivo. Se reconoce que forman parte del mundo sagrado de los muertos con injerencia en el mundo de los vivos.[13]

Miquitzi, si bien no hizo grandes hazañas en vida, después de su muerte asumió el trabajo y la responsabilidad de vigilar el orden y cuidar a los nahuas, pero además adquirió poderes en la salud, la enfermedad y en el control de la naturaleza. Y es que desde su nacimiento era “portador de una sustancia sagrada”. Por lo tanto, es posible afirmar que es un ancestro comunitario.

En aquel noviembre de 2006 que conocí a Nachito, tenía unidas las manitas con un listón rojo y rodeado su cuerpo con un mecate de ixtle. Los fiscales argumentaron que era la única manera de tenerlo seguro y evitar que se escapara e hiciera travesuras en las calles. Y su poder era tal que no sólo su almatzi (“alma”, en sentido reverencial) podía huir, sino también su cuerpo.

El primer fiscal, don Francisco Flores, explicó que al niño había que sacarlo a pedir su ofrenda con los comerciantes de la plaza y de la primera cuadra del pueblo para tenerlo contento. Si no se hacía o escapaba, recorrería las calles de los barrios golpeando a todo borrachito y muchacho que se encontrara por la noche, pero además acontecerían tragedias al pueblo, como temblores, sequías, inundaciones o epidemias.

Acompañé al niño en su petición de ofrenda, cortejado por los 24 mayordomos y los 4 fiscales, quienes integran el sistema de cargos del pueblo. El personaje me pareció sumamente interesante, mas no seguí abundando en él en aquel periodo sino hasta más recientemente. Pese a que tenía algunos datos, no sabía bien quién había sido, qué proezas había hecho y cómo había logrado ser objeto de culto y ofrendas. Las entrevistas con los mayordomos, fiscales, campanero y los vecinos se limitaban a respuestas como: “había sido un campanero” o “era un padre”; pero las afirmaciones no eran seguidas de alguna argumentación. Sobre la edad del pequeño, se inclinaron por los 12 y hasta 17 años.

Aunque no les era posible a los nahuas dar pormenores, estaban seguros que Nachito “era una muy vieja tradición”, “ya de años”, “de antes”, “de los de antes”, “de los viejos”, “de los antepasados”, “de los ancestros”. Mas el 1 de noviembre del 2014 aconteció lo que pareció ser el fin de esa “vieja tradición”: la llegada de un nuevo párroco había creado tensiones. Al cura le habían informado de la existencia del culto a Nachito, y apoyado en algunas personas del grupo que lo asiste e imparten los catecismos y pláticas religiosas, se había presentado varias veces con el sistema de cargos para exigir la anulación del culto y la eliminación de la imagen porque, cito sus palabras: “eso era una idolatría”.

Por supuesto hubo división de opiniones en el sistema de cargos, pero decidieron ceder por esa vez. Ocurrió un desconcierto con los vecinos, comerciantes y anteriores mayordomos, quienes se indignaron por la decisión. El 1 de noviembre de 2014 Nachito no salió ni siquiera de la fiscalía. Sin embargo, los mayordomos y fiscales lo armaron y lo dejaron reposar frente al altar principal de la fiscalía, donde los vecinos pasaron a visitarlo. En el lugar que ocupaba Nachito, después de pedir su ofrenda dentro de la iglesia, fue colocada una imagen de Jesús en la Cruz.

En 2015 conocí a doña Rosa Rojas, una abuelita de entonces 90 años perteneciente al barrio de San Bartolomé. Después de varias visitas sin éxito pude conocerla, y es que su salud se encontraba quebrantada por la diabetes, la que le deterioró la vista, el oído y algo de la memoria. Antes de compartirme la historia propia de Nachito, me advirtió en varias ocasiones: “ya no me acuerdo de Miquitzi muy bien, madre, ya ni siquiera puedo rezar ni persignarme en mexicano, ya no me acuerdo”.

Entiendo por historia propia la forma de comprender y explicar desde la perspectiva emic los procesos y las transformaciones socioculturales a lo largo del tiempo, pues los pueblos han generado sus propios sentidos de lo que es la historia y sus maneras particulares de nombrarla. Son discursos y acciones desde el presente hacia el pasado y hacia el futuro, que de ninguna forma están exentos de contradicciones.[14] En mi opinión, la historia propia puede explicar: a) los procesos sociales por los que ha transitado una sociedad a lo largo del tiempo, y b) puede argumentar la razón de ser de la naturaleza, lo sobrenatural y lo sagrado, el por qué las cosas son como son y no de otra manera.

Y precisamente la exposición que doña Rosa dio de Miquitzi es parte de la historia propia, porque explica y argumenta el origen y el carácter sobrenatural y sagrado de Nachito. A doña Rosa le platicó su abuelita que Nachito formó parte de su grupo doméstico, por lo que lo llamaba Miquitzi Mitiotzi (reverencial de “tío”). De acuerdo con la abuelita, el nombre completo de Nachito fue Ignacio Márquez; vivió hace ya años, tantos que a veces los abuelitos decían que había nacido antes de la primera llegada de los sacerdotes al pueblo, otros señalaban que fue en el momento en que las haciendas de los alrededores eran habitadas por los españoles.

La casa de Nachito se situaba en una de las esquinas de la cuadra principal del pueblo, en el barrio de San Bartolomé, entre la calle Pablo Sidar y la calle Tlaxcala, una esquina adelante de la casa de doña Rosa, la que hoy habita don Reyes Reyes. La mamá de Nachito —contó la abuelita— fue “una mujer buena y devota del señor san Pablo Apóstol”, por ese motivo nunca quiso tener vida sexual con su marido, antes ella le conseguía las mujeres a él y cuidaba de los hijos que tenía con ellas.

La señora seguido iba a la iglesia a rezar al santo y a llorar por no tener hijos propios. Un día, el sacerdote le preguntó el motivo de su tristeza y ella le contó lo que sucedía; entonces el cura aconsejó al marido de aquella mujer “que juntara un ramo de rosas de castilla y que abrazara a su esposa con ellas”, como una manera de consolarla. Cuando el señor así lo hizo la mujer quedó embarazada; sin embargo, con unos meses de embarazo la mujer murió. “Su esposo la fue a enterrar allá, en el atrio de la iglesia, donde antes era panteón. Y aunque la señora ya estaba muerta, el bebé no falleció, al contrario, siguió creciendo”. Cuando se cumplieron los nueve meses, “quien sabe cómo lo supo el padre, pero se dio cuenta que el bebé ya iba a nacer y mandó llamar a la partera”. El infante nacido de la mujer muerta era Nachito. Al pequeño lo cuidó y crío el esposo de su madre, que se convirtió en su padre, aunque no lo era. “Mitiotzi desde muy chiquito era muy travieso, muy groserito, cuando ya era grandecito les tiraba los papalotes a los otros niños; bueno, hacía muchas cosas”.

Probablemente fue a sus 12 o 14 años cuando Nachito enfermó de totonconetzi (“fiebre infantil”), “era esa enfermedad que hoy conocemos como tifoidea” y fue mortal para el niño. “Su papá lo embalsamó, pero hay si quién sabe cómo llegó a la iglesia, no me acuerdo, ya no me acuerdo”. Con el paso de los años al infante se le fue cayendo la piel y la carne, “hasta que quedó en los huesitos, como ahora está”.

Los nahuas tienen la firma creencia que el esqueleto es humano, cuando les he hecho la observación de que es madera me han argumentado que así parece por el paso de tantos años, mas no dudan que sea hueso. Otras personas sostienen que es una combinación de hueso y madero. Don Reyes Reyes aseguró que el esqueleto humano fue robado y por eso se sustituyó por el de madera. Doña Rosa logró recordar que es su infancia lo miró con “todavía un poquito de carnita”.

A Miquitzi lo guardaban en la sacristía, pero por las remodelaciones que se han hecho en la iglesia y por las opiniones de algunos sacerdotes ahora se guarda en el sótano de la fiscalía. La señora Teodora Tlatelpa, del barrio de San Pedro, comentó que en algún tiempo estuvo guardado en una de las torres de la iglesia, a un costado del coro, donde su mamá lo miró.

Volviendo a la historia propia, Doña Rosa expuso que, al pasar el tiempo, estando Nachito ya en la iglesia, los mayordomos y el cura se dieron cuenta de que salía por las noches a recorrer el pueblo. Cuando se encontraba a los borrachitos o a los muchachos rondando muy de noche los golpeaba, mientras que a los campaneros que decían muchas groserías les cerraba la puerta estando en lo alto de las torres. La abuelita, que vive a un costado de la parroquia, ha sido testigo de la ayuda que piden los campaneros desde lo alto de la bóveda.

Doña Rosa refirió que, aunque hoy Nachito se encuentra desnudo, esto no fue siempre así. “Mitiotzi estaba vestido, tenía una túnica y un gorrito negro como los que usaban los padres”, y pese a que ahora ya no se hace, “años atrás, antes de su fiesta, el mayordomo sacaba un cajete grande con carbón y le echaba chiles secos, con eso lo humeaba, porque si no lo hacía el mayordomo o su esposa morirían”. Para la señora, los días de fiesta de Miquitzi, 1 y 2 de noviembre, son días para entregarle su cerita, veladora o limosna y para pedirle: “yo siempre le digo: papá, si voy a morirme no me dejes sufrir, llévame rápido”.

Cuando le platiqué a la abuelita la decisión del cura, antes referida —del año 2014—, muy asustada agregó: “Que no haga eso, algún día va a pasar una tragedia en el pueblo cuando Mitiotzi se enoje”.

La historia propia de Nachito la ha transmitido doña Rosa a sus nietos, aunque en entrevistas que entablé con tres de ellos sólo uno dijo recordarla, Yair Cedazo, quien expuso su versión, y aceptó que había incorporado algo de su creatividad en una versión para un concurso de cuento; sin embargo, al momento de contrastarlas, resultaron ser diferentes, incluso en las partes que Yair aseguró que eran palabras de su abuelita doña Rosa. Esto posiblemente se debe a que Yair ha creado muy bien su propia versión. Por supuesto, debo tener presente que la abuelita recalcó que ya no recordaba la historia completa.

Para Yair, el padre de Nachito fue un peón de una de las haciendas coloniales del municipio. El muchacho se enamoró de la hija del hacendado y, al pasar los meses, la muchacha quedó embarazada; enterado el hacendado, encerró a su hija. Los jóvenes planearon huir, pero fueron descubiertos en el acto y el padre le dio muerte al muchacho; la hija, al presenciar el asesinato salió corriendo por las calles mientras gritaba que estaba embarazada. La casa del hacendado era la actual escuela católica Centro Escolar, que se encuentra al costado de la parroquia, y que alguna vez fue la casa cural.

Avergonzado por la actitud de su hija, el hacendado esperó a que el bebé naciera, y cuando sucedió, emparedó a ambos en su casa. Años después el hacendado murió y la casa fue ocupada por los sacerdotes. “Un 31 de octubre los padres escucharon ruidos y risas de un bebé detrás de una de las paredes, así que decidieron derribarla; cuando el muro cayó hallaron los dos esqueletos”. Los curas se asustaron enormemente al darse cuenta de que las risas y los ruidos provenían del pequeño esqueleto. Le pusieron la cruz de frente, le rezaron y le salpicaron agua bendita, aun así, el pequeño no se detuvo, por lo que los sacerdotes se convencieron de que no se trataba de algo malo.

“Los padres lo bautizaron y le dieron el nombre de Quimichi” (ratón). Los sacerdotes tocaron las campanas para informar a los vecinos; la gente, asustada, entró a buscarlo, pero el niño se había ido. “Había llegado hasta la azotea de la iglesia y se había escondido en una caja”. Al transcurrir los años Quimichi crecía, le gustaba salir a recorrer el pueblo para hacer travesuras, asustaba a los muchachos y a los borrachitos y a veces hasta los golpeaba; después de su cometido, regresaba a la iglesia para ocultarse. Pese a que no causaba mayores males que las reprendas, los vecinos, temerosos, se dispusieron a detenerlo.

 “Un día lo agarraron distraído, lo amarraron de los pies y las manos y lo metieron en una caja. Para que no se escapara le introdujeron venas de chiles secos en su cajón y le pusieron la sotana del padre, porque él también ayudó a detenerlo”. Desde ese momento el pueblo estuvo de acuerdo en que sólo lo sacarían a recorrido en las fiestas de muertos, pero sin desatarlo para evitar que se escapara.

La relación de amor trágico entre los padres de Nachito y la vergüenza por un nieto ilegítimo es muy particular y me parece que eso es lo que Yair agregó como su creación literaria. Entre los nahuas, las historias propias de este tipo de amor no suelen ser comunes y los niños nacidos fuera del matrimonio no son una tragedia que merezcan la muerte. Sobre las haciendas, es cierto que en la zona hubo ocho del periodo colonial y un rancho posrevolucionario; empero, se localizaban en los límites del municipio y no en el centro del poblado. La casa cural ha tenido esa función desde siempre, y no hay elementos que señalen que fue una hacienda o siquiera un anexo de alguna de ellas.

Al preguntar por los nombres con los que se conoce al niño, los nahuas han respondido Nachito o Miquitzi (“Muertito”), mas no Quimichi (“ratón”). Considero que la versión de Yair es sumamente interesante por los elementos que presenta: la vida hacendaria de Cuauhtotoatla, el emparedamiento como un castigo, las relaciones desiguales que debieron existir entre hacendados y peones, etcétera.

El descubrimiento de un pequeño esqueleto que se mueve, que es bautizado y que sale todas las noches a vigilar al pueblo, su captura y resguardo, pienso que son los elementos que completan las partes borrosas que se le presentaban a Doña Rosa. Ésta es mi apreciación, por supuesto, con el avance de las investigaciones puede que deba modificar o agregar algunas observaciones, pero por ahora me parece que ésa es la mejor forma de conducir las dos versiones. Respetando y agradeciendo la exposición que Yair me compartió.

Algunos datos más que explican a Nachito, aunque breves, me los dio a conocer Isaac Xolaltenco, quien fuera componente (integrante de una mayordomía) de la imagen de San Pablo cuando su papá era el mayordomo: “Nachito fue una persona normal mientras vivió. Cuando los mayordomos estaban haciendo trabajos en la iglesia, para construir el sótano de la fiscalía, encontraron el esqueleto ya con partes de madera y de hueso”. Téngase presente que el sótano de la fiscalía fue en algún momento parte de la cisterna donde se almacenaba el agua que procedía del volcán La Malinche.

Nada quedó de la casa que algún día habitó Nachito, el terreno ahora lo ocupa don Reyes Reyes, en el frente de la casa había una carnicería y verdulería, hoy hay una farmacia. El señor mencionó que la propiedad la compró su papá, hace más de sesenta años, a unas hermanas de apellido Galindo; la dueña directa un día desapareció, por lo que sus hermanas vendieron lo que le correspondía por herencia.

De Nachito, don Reyes reiteró que fue un niño desenterrado de alguna parte del atrio de la iglesia. “Los mayordomos calcularon el tiempo que había pasado del entierro y conocían más o menos el lugar donde estaba, por lo que al desenterrarlo aseguraron que aquel era Nachito”. “Es muy poderoso, porque tanto puede conceder cosas buenas como cosas malas”. A mi pregunta de por qué era sahumado con venas de chile, el señor respondió: “por su poder, antes las personas que lo cargaban hasta se torcían. En una ocasión lo sacaron de la iglesia y lo llevaron al barrio de San Sebastián, llovió mucho ese día, cuando llegó Nachito donde lo esperaban toda la gente se quedó dormida y despertó hasta el siguiente día, así sin explicación”.

Resulta importante el señalamiento de don Reyes, pues de acuerdo con lo que los fiscales y mayordomos me han compartido, Nachito nunca ha salido en procesión, únicamente lo sacan a la primera cuadra para solicitar su ofrenda. Posiblemente su salida respondió a un hecho extraordinario o quizá nunca pasó, pero por algún motivo relevante se habla de ella.

En este punto es fundamental hacer algunas precisiones. Recapitulando: Nachito fue producto de un nacimiento extraordinario pues no tuvo un padre humano que lo procreara, parece que fueron las rosas las que lo gestaron; fue una persona que murió en sus primeros años de vida, y una vez muerto aparentemente su yolotzi (literalmente su “corazón”, en sentido reverencial, metafóricamente su “alma”) o almatzi (“alma”, en sentido reverencial) no se apartó de su esqueleto, lo que le permitió —además de su nacimiento— adquirir poderes extraordinarios.

Como parte del pueblo —vecino—, Nachito tomó el trabajo de vigilar y cuidar el orden y de protegerlo, aunque si él lo deseara, tiene el poder de destruirlo. Todo indica que existe una especie de acuerdo o pacto entre los nahuas y él: si al pequeño se le pasea, le dan su ofrenda y lo exponen en la iglesia o en la fiscalía, estará contento, concederá peticiones, protegerá al pueblo y no desatará su ira.

Otros detalles de Miquitzi tienen que ver incluso con la manera de nombrarlo. Doña Cruz Acocal señaló que desde niña su mamá la instruyó, y a sus hermanos, a no llamarlo esqueleto: “Nos decía: no le digan ‘calavera’, que no ven que es muy milagroso, díganle Nachito”. Por su parte, la señora Inés Roque refirió que su mamá le platicó que uno de los sacerdotes sacaba a Nachito todas las noches de la iglesia al atrio. “Lo sacaba para que cuidara al pueblo porque sabía que por las noches tomaba vida”.

Doña Elena Acocal recuerda que, hace más de sesenta años, el presidente del pueblo contaba con unos ayudantes llamados marginarios [sic], una especie de policía. “Por las noches recorrían las calles para que no hubiera robos o peleas; cuando uno de ellos veía algo que no estaba bien, soplaba su silbato y todas las personas salía de sus casas”. Entonces, “cuando Nachito salía de la iglesia, se escondía de los marginarios, regresaba corriendo a la iglesia”.

Son los nahuas de los barrios de San Sebastián, San Bartolomé, San Pedro, La Santísima, San Nicolás, El Cristo, Santiago, San Miguel, Jesús y San Cosme quienes rinden culto a Miquitzi. No obstante, si bien los nahuas del barrio de Tlaltepango reconocen al infante como ancestro, ya no están involucrados en su preparación y recorrido. El erigirse como parroquia, los ha apartado de los asuntos que permiten hacer comunidad. En San Isidro, por ser producto del crecimiento de la junta auxiliar de San Miguel Canoa, Puebla, y porque nunca han hecho comunidad con el resto de los barrios, no reconocen a Nachito como ancestro.

El ritual


Tomada por la autora, 2 de noviembre de 2018.

El 31 de octubre de 2015 acudí a la fiscalía de la parroquia de San Pablo Apóstol para informarme de la decisión que los fiscales y mayordomos habían tomado respecto a llevar a cabo el ritual de Nachito, lo que el primer fiscal, don Sergio Méndez, me confirmó. Y es que, como lo apunté antes, en 2014 el párroco había prohibido el ritual. El 1 de noviembre, minutos antes de las 6 de la tarde, reunidos los 4 fiscales y los 24 mayordomos en la sala principal, don Sergio dio la indicación de que el niño se iba a preparar.

En 2006 observé que fue el primer fiscal, don Francisco Flores, quien se encargó de articular y desarticular a Nachito, pero el quiatlazque (“el que ataja el agua”),[15] don Lázaro Capilla señaló que, en 2011, cuando fue mayordomo de la Virgen de los Remedios, los fiscales le solicitaron armar al pequeño. Don Rufino Zambrano, mayordomo de la imagen de Santo Entierro (Jesús en el sepulcro) durante el periodo 2014-2015, declaró que le hubiera tocado a él alistar la imagen, si el ritual no se hubiera cancelado. Pero en esta ocasión fue el mayordomo del Santo Entierro, don Guillermo Ramos, quien asumió tal responsabilidad, así como los preparativos, la ofrenda, la comida, el recorrido y los agradecimientos.

Don Rufino Zambrano puntualizó que cuando se asume la mayordomía del Santo Entierro también se toma el cuidado de Nachito, por lo que sus pertenecías (su caja, mecate, listones y telas) están bajo su resguardo. Al niño no se le ofrendan flores durante el año, como sí se hace con las imágenes de Dios y los Santos. Inclusive don Francisco Flores argumentó que “no es bueno” estar molestando a Nachito el resto del año, es decir, estarlo mirando o abrirle su cajita, ya que quien lo haga podría sufrir alguna enfermedad, mal aire o la persecución del pequeño.

Volvamos al 1 de noviembre de 2015. A la indicación del fiscal, los mayordomos bajaron al sótano, llevando la mayordoma Guillermina Coyotl, esposa del mayordomo del Santo Entierro, el sahumerio encendido. Pegada a la pared había una caja de cristal y madera, mandada a hacer recientemente para Nachito por algún mayordomo anterior, puesto que cuando lo miré en 2006 estaba recostado en un ataúd de madera azul (ver figura 2). Por encima del cristal sólo se veía un bulto cubierto con una tela blanca. Los mayordomos jalaron la caja un poco al centro, la mayordoma sopló el humo del copal por las cuatro partes y se quitó la tapa.

El mayordomo pidió permiso al resto de los integrantes del sistema de cargos para articular al niño, se persignó y retiró la sábana. El esqueleto estaba desarticulado en tres partes. Los pies y las piernas tocaban el fondo de la caja, el tórax y la cabeza —puestos boca abajo— quedaban encima de las piernas y los brazos reposaban a los costados. Un listón blanco sujetaba todas las partes. Fue articulado incrustándole sus clavos de madera en los hombros y la pelvis. Cuando estuvo listo, lo cubrieron con la misma sábana, dejando libre su cabeza. El cristal fue cerrado y los mayordomos lo condujeron sobre sus hombros al primer piso para esperar la hora del recorrido. Se prepararon costales para recoger la ofrenda.

El primer fiscal sacó de un armario un chicote o cuarta tejida con hilos de ixtle, de aproximadamente un metro de largo y del que salían tres ramificaciones; lo colocó sobre la cajita de Nachito. Era uno de los chicotes que se utilizan en el recorrido del Niño Dios (del 25 diciembre al 6 de enero) para dar la disciplina;[16] aún no comprendo por qué lo sacaron, pues en los anteriores recorridos no lo había observado, no obstante, tiene relación con los rituales infantiles.

La prohibición del ritual por parte del cura se vio reflejada en 2015 por la falta de repique de campanas que se hace desde las doce del mediodía del 1 de noviembre hasta las doce del mediodía del 2 de noviembre para recibir a los muertos. El mayordomo de la Virgen de La Soledad refirió que, aunque ellos se habían organizado para tocarlas por 55 minutos cada uno, el cura lo había cancelado debido a la misa que oficiaría. Y aunque no estuvieron de acuerdo, accedieron.

En punto de las siete de la noche el fiscal dio la indicación de salir. Se llamó al frente a “los niños”, es decir, a los mayordomos que tienen bajo su cuidado a los santos que son asimilados como niños: Santo Angelito, san Miguel Arcángel, san Antonio de Padua, san Diego de Alcalá y los tres Niños Mártires de Tlaxcala; estos últimos sufrieron el martirio cuando se destruyeron las imágenes sagradas de los indios de Tlaxcala y Puebla en el siglo xvi.

Los mayordomos “niños” cargaron sobre sus hombros la caja de Nachito. Al frente del cortejo iban los cuatro fiscales, el primero llevaba el chicote de ixtle, detrás caminaban mayordomas y mayordomos acompañados de sus hijos. Desde la salida, el fiscal advirtió que era necesario que todos estuvieran muy tranquilos, pues se debían evitar las peleas que seguro estaría dispuesto a crear Nachito. En el sótano, don Sergio Méndez y don Guillermo Ramos le habían platicado al Niño: “Te vamos a sacar, pero te vas a portar bien, no vas a hacer travesuras, no vayas a crear problemas”. La esposa del segundo fiscal sostuvo que además tiene el poder para emborrachar a los varones del sistema de cargos, “porque nada más con poquito rápido les gana la borrachera”.

Don Francisco Flores me aseguró que las travesuras de Nachito a veces van demasiado lejos; por ejemplo, en una ocasión, habiéndose quedado dormido por unos minutos en la fiscalía, despertó apresuradamente y asustado: “Cuando abrí los ojos, el Nacho estaba frente a mí, tenía un cuchillo y me lo acercó al cuello. rápido que me zafo y le dije: no Nacho, soy yo, no me mates, y me soltó”. Esto sucedió cuando el niño se encontraba desarticulado y guardado en la bodega, ni siquiera su fiesta estaba cerca.

Al volver de nuestra salida, tras cruzar el atrio de la iglesia, los mayordomos preguntaban a los comerciantes que se instalaron en la plaza con motivo de los días de muertos: “¿Le dan su ofrenda a Nachito?”, “¿cooperan para la ofrenda de Nachito?”. Los vendedores respondieron persignándose en la presencia del niño, tocando su caja y entregando algo de sus productos. Los compradores y transeúntes igualmente cooperaron incluso con dinero. En algunos puestos, los mercaderes solicitaron mirar de cerca al esqueletito, y era entonces cuando los niños se acercaban, visiblemente emocionados.

En cada entrega los mayordomos respondieron con efusivo agradecimiento y desearon que se multiplicaran las ganancias del comerciante. Fueron recorridos todos los puestos y una parte de los negocios establecidos, aunque no se completó el recorrido por toda la cuadra. En el 2006, el recorrido se extendió hasta el negocio de don Reyes Reyes, pero en 2015 no sucedió así.

En el transcurso, dos mujeres se acercaron a mí para preguntar a quién llevaban en los hombros los mayordomos. “¿Es un ánima del purgatorio?”, indagó la más joven. Pese a que Nachito, como lo explicaron los anteriores mayordomos y vecinos, “es de mucho tiempo atrás”, numerosos nahuas no tienen conocimiento de él, particularmente los jóvenes e infantes.

A las 7:40 de la noche concluyó el recorrido, definitivamente había sido muy breve. Empero, en lugar de entrar a la iglesia y colocar a Nachito en el costado donde reposa la imagen del Padre Jesús, como se había hecho años atrás, los fiscales nos condujeron de regreso a la fiscalía. Doña Guillermina Coyotl preparó el sahumerio, una mesa fue colocada para descansar al niño y otra para su ofrenda. La habitación se llenó rápidamente del aroma del copal y de mole, las cazuelas cargadas con los braceros estaban en la entrada.

Cada uno de los mayordomos, con sus componentes (integrantes de la mayordomía) y sus familias, está tan bien organizados que, cuando salimos con la procesión, en la fiscalía apenas quedaron tres hileras de mesas sin arreglo, mas de regreso las mesas tenían manteles blancos, había una fila de platos y refrescos, dos cazuelas de mole con carne de res, una gran olla de frijoles, una cacerola de arroz rojo y algunos chiquihuites (grandes canastas) de tortillas. Todo preparado por los mayordomos del Santo Entierro y Nachito.

Las frutas, comida preparada (cemitas, chalupas, carne asada, elotes), panes, dulces, canastitas, jarritos, cazuelitas, ceras, copal, flores y hasta algunas calabazas fueron sacados de los costales y colocados en las mesas. Doña Guillermina y sus tres componentas [sic] colocaron la ofrenda, a ellas correspondía el trabajo y ningún otro mayordomo intervino, no por falta de ayuda, sino por respeto a las funciones de cada mayordomo. Mientras, todos los demás mirábamos y platicábamos extasiados nuestras impresiones del recorrido, la disposición de la gente y el logro de los mayordomos por hacer respetar sus decisiones frente a las del sacerdote.

Si bien la ofrenda era grande, no alcanzó las dimensiones de años pasados, seguramente por el corto recorrido. Cabe señalar que esta vez no escuché las bien intencionadas risas y comentarios de los mayordomos para persuadir a los comerciantes con frases como: “Si no le dan su ofrenda a Nachito no van a vender”, “Nachito los está viendo”, “al rato los va a venir a espantar”, “luego se enoja cuando no le dan su ofrenda”. Comentarios que no son amenazas, sino parte de la persuasión.

Cuando la ofrenda estuvo lista el fiscal hizo un llamado al orden. En un semicírculo en el cual estaban al frente los mayordomos y componentes de Santo Entierro, así como los cuatro fiscales, don Guillermo Ramos hizo un breve discurso:

“Fiscales, mayordomos, mayordomas: quiero darles las gracias por el apoyo que me han dado en el recorrido de Nachito, porque ésta es una de nuestras tradiciones que debemos continuar, que no debe terminar. Lo que hacemos es para el bien de nuestro pueblo y es nuestra responsabilidad cumplir”. En silencio los otros mayordomos asentían con la cabeza, mientras los niños miraban muy atentos. El fiscal también dio las gracias y dirigió una oración del Padre Nuestro; al concluir, don Guillermo invitó a todos a sentarse a comer, los alimentos se habían preparado en honor a Nachito.

La mayordoma sirvió alimentos a Nachito también, y el mayordomo le entregó una botella de brandi. Por supuesto, los más entusiasmados con el recorrido habían sido los hijos de los mayordomos, “los mayordomos y fiscales niños”, como se les nombra. Los que se acercaban a mirar constantemente a Nachito, hacían comentarios sobre él y preguntaban a sus padres por todas las dudas que los aquejaban, tratando los adultos de responder lo más que podían, y cuando no había respuesta, diciendo: “Porque así es”. Además de la comida ofrecida, don Guillermo entregó al fiscal tres botellas de brandi, las que se repartieron enseguida.

Al final de la comida me despedí, entendiendo que el ritual había concluido. El mayordomo de la Virgen de la Soledad me hizo saber que ya sólo restaba reanudar los turnos para el repique de campanas, por lo que algunos mayordomos se quedarían toda la noche en vela.

Al siguiente día, 2 de noviembre, llegué a la fiscalía a las 11:45 de la mañana; por la madrugada había asistido al “alumbramiento de los muertos” en el barrio de San Isidro. Los mayordomos que no se quedaron en vela empezaban a llegar y los que se habían quedado nos recibieron muy animados por los muchos tragos de tequila que habían compartido, y lo mismo hacían con los vecinos que entraban buscando a Nachito. Las campanas todavía seguían sonando.

En punto de las doce del día don Sergio llamó la atención de los fiscales y mayordomos, nos reunimos otra vez en semicírculo alrededor de la ofrenda y la imagen de Miquitzi, en ese momento las campanas se apagaron. La mayordoma Guillermina sahumó al niño y a la ofrenda, enseguida el fiscal expresó: “Ya saliste Nachito, ya te vamos a guardar porque si no vas a hacer de las tuyas. Nosotros ya cumplimos”. Don Sergio convocó a los cinco “mayordomos niños”, quienes tomaron la caja y la bajaron al sótano, seguidos por todos nosotros.

En el sótano se descansó la caja sobre unas varillas, don Guillermo sopló el humo del copal, envolviéndola, y los “mayordomos niños” la abrieron, todos mirábamos en silencio. Con delicadeza, el mayordomo retiró los clavos de madera de los hombros y la pelvis del pequeño, acomodó las piernas al centro, sobre ellas puso boca abajo el tórax y la cabecita, y a los costados los brazos; después amarró todas las partes con el listón blanco. Para terminar, lo cubrió con la sábana blanca. Antes de cerrar la caja, sahumó una vez más el cuerpo. Los “mayordomos niños” regresaron junto a la pared la imagen y todos subimos al primer piso. El fiscal guardó entonces la cuarta de ixtle.

Los involucrados más directamente con el cumplimiento del ritual son, además de los mayordomos de Santo Entierro, los “mayordomos niños”, los únicos que pueden cargar la imagen de Miquitzi, porque están investidos de un poco de esa niñez del santo que tienen bajo su cuidado (como se refirió antes: Santo Angelito, san Miguel Arcángel, san Diego de Alcalá, san Antonio de Padua y los tres Niños Mártires de Tlaxcala).

A ese respecto, una de las mayordomas del barrio de San Pedro, donde también se guarda la imagen de los tres Niños Mártires, describió que los “mayordomos niños” tienen prohibido beber alcohol en las fiestas de los santos, “porque son niños”, de lo contrario, son multados. Sin embargo, gozan del privilegio de no ayudar a servir los alimentos cuando así se requiere porque “son niños y se pueden quemar o caer”.

De regreso al primer piso de la fiscalía, la mayordoma de Santo Entierro y sus tres componentas recogieron la ofrenda y la dividieron en veintiocho partes iguales, veinticuatro para cada mayordomo y cuatro más para los fiscales. La primera fiscala, doña Reina García, hizo el pase de lista, y todos y cada uno de los presentes recibió su ofrenda y se despidió. Mientras tanto, los “mayordomos niños” y el tesorero contaron el dinero que Miquitzi recibió como ofrenda, recursos que se ocuparían en el mantenimiento de los tres niveles de la fiscalía y en la iglesia. En ese momento el ritual había concluido.

El acuerdo e intercambio entre Nachito y el pueblo, por vía del sistema de cargos, se había cumplido: ofrendar al ancestro comunitario para agradecer su protección; permitir que los vecinos hagan sus peticiones y agradecimientos; si es necesario, ayudarlos a tener una buena muerte y, con las ofrendas y la salida, aplacar su ira (contra las epidemias y los desastres naturales). Y son los integrantes del sistema de cargos “los custodios de la tradición”.

Conclusiones

Los investigadores generalmente atendemos las relaciones sociales de los adultos, pasando por alto que los niños también forman parte de esa cultura. Toda pauta cultural se aprende desde la infancia y, mañana, su reproducción dependerá de los que hoy son niños. Dejar de lado a los infantes en los estudios nos ha hecho pensar que los antepasados familiares y los ancestros comunitarios sólo pueden ser aquellos hombres y mujeres adultos o ancianos, dirigentes de un linaje o de un pueblo.

El caso de Nachito o Miquitzi (“Muertito”) muestra que los infantes también pueden ser ancestros, y cualquier otro niño muerto, un antepasado. La imagen de Nachito como un niño refleja la importancia social que ellos tienen en el pueblo de San Pablo, como personas y como sujetos sociales. Como personas, son los continuadores de los linajes, quienes algún día serán los protectores de los grupos domésticos. Como sujetos sociales, aseguran la reproducción cultural tan fundamental como la existencia misma, porque: ¿qué significaría la muerte misma si no se piensa como una forma distinta de existencia?

Una forma más de entender la trascendencia de la niñez para los nahuas se muestra en los santos vistos como niños y en el Niños Dios. El ritual del Niño Dios tiene incluso una duración de 12 días, el más largo en todo el pueblo y en el que los protagonistas son los niños y los jóvenes.

Es importante hacer hincapié en que la imagen y los rituales en torno a Nachito no son parte de la práctica cultural de la Santa Muerte. La confusión, la falta de información y hasta un poco de imposición han sido la justificación para intentar terminar con dicha práctica. Lo que, sin embargo, no significa que el sistema de creencias de la Santa Muerta no merezca el mismo respeto.

El culto y los rituales alrededor de los restos óseos es una práctica que los nahuas de Tlaxcala comparten con otros grupos culturales de México y del mundo, por lo que bien pueden entablar diálogos entre ellos. Y es que, si repensamos las diferencias culturales, éstas no suelen ser tan abismales como sí lo son las enormes brechas económicas y las políticas.

Tal y como lo muestra Nachito, para los nahuas de San Pablo una persona nunca estará muerta mientras sobreviva alguien que la recuerde, le pida ayuda y le ofende.


[1] Sandra Acocal Mora, “La muerte infantil: crónicas coloniales y prácticas culturales. San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, Tlaxcala” (tesis maestría, enah, México, 2016); Mitos, tratamientos y rituales mortuorios infantiles entre los nahuas de San Pablo del Monte Cuauhtotoatla (México: Instituto Tlaxcalteca de Cultura-Gobierno del Estado de Tlaxcala / Conaculta / pacmyc).
[2] Inegi, Panorama sociodemográfico de Tlaxcala. Censo 2010 (México: Inegi, 2011), acceso en octubre de 2020, http://internet.contenidos.inegi.org.mx/contenidos/Productos/prod_serv/contenidos/
espanol/bvinegi/productos/censos/poblacion/2010/panora_socio/702825001897.pdf
.

[3] La traducción la tomo de Fabiola Carrillo Tieco, San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, una historia a través de los estratos de la toponimia náhuatl (México: Instituto Tlaxcalteca de Cultura, Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias, 2012), 114-115.
[4] Catharine Good, “El ritual y la reproducción cultural: ceremonias agrícolas, los muertos y la expresión estética entre los nahuas de Guerrero”, en Cosmovisión, ritual e identidad de los pueblos indígenas de México, coord. por Johanna Broda y Félix Báez-Jorge (México: fce / Conaculta, 2001), 275.
[5] Johannes Neurath, “Lluvia del desierto: el culto a los ancestros, los rituales agrícolas y la dinámica étnica de los huicholes de Tapuritari”, en Cosmovisión, ritual e identidad de los pueblos indígenas de México, coord. por Johanna Broda y Félix Báez-Jorge (México: fce / Conaculta, 2001), 497.
[6] Bernardino de Sahagún (fray) Historia general de las cosas de la Nueva España, 11a. ed. (México: Porrúa, 2006), 364.
[7] Diego Muñoz Camargo, Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala, 2a. ed. (México: El Colegio de San Luis / Gobierno del Estado de Tlaxcala, 2000), 115.
[8] Diego Durán (fray), Historia de las indias de Nueva España e islas de tierra firme, 3a. ed., t. i, (México: Porrúa, 2006), 23.
[9] Durán, Historia de las indias..., t. i 29.
[10] Durán, Historia de las indias..., t. i 30-35.
[11] Durán, Historia de las indias..., t. ii, p. 165.
[12] Durán, Historia de las indias..., t. i, 278.
[13] Gabriela Rangel, “Los ancestros y la legitimidad del poder ente los mayas de la península de Yucatán” (tesis de licenciatura, enah, México, 2012).
[14] Retomo la categoría de historia propia que ha desarrollado Catharine Good. Vid. Catharine Good, “Historia propia, vida ceremonial y continuidad cultural”, Mirada Antropológica, núm. 6 (2007): 11-29.
[15] Conocido también como granicero o tiempero, uno de los especialistas rituales controladores del temporal.
[16] La disciplina la solicitan los padres y el hijo que la recibirá. Se trata de tres golpes contundentes en la espalda para subsanar las acciones consideradas no apropiadas: faltas de respeto a los padres, ingestión de alcohol o drogas. Con ello se espera pagar la culpa, no volver a cometer la acción y redimirse la persona. Es toda una acción ritual que se hace frente a la imagen del Niño Dios.

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Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

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