• INICIO
  • REVISTA
    • DIRECTORIO
    • NORMAS EDITORIALES
    • NÚMEROS ANTERIORES
  • RELATOS
  • MIRADAS
  • VOCES
  • RESEÑAS
  • N. Especiales

CONVOCATORIAS

Índice

  • Relatos

  • Nachito-Miquitzi, ancestro comunitario de los nahuas de San Pablo del Monte Cuauhtotoatla, Tlaxcala

    Sandra Acocal Mora


  • Conocimientos de la niñez sobre el territorio. San José de los Laureles (Tlayacapan, Morelos) explicado por las niñas y los niño

    Tania Alejandra Ramírez Rocha


  • Familia y reproducción social

    José Iñigo Aguilar Medina


  • Estado. Aproximaciones ontológicas

    Víctor Alonso Pineda


  • Miradas

  • El carnaval corporizado

    Enrique Martínez Velásquez


  • Voces del pueblo: El Pulque, una historia de producción, clandestinidad, y sostenimiento familiar

    José Alonso Rodríguez Terán


  • La fiesta o baile del ratón

    Anya de León


  • Corto documental: Vivir mi ser mujer. Xkáll gunnâá rìbànya

    Yerid López Barrera


  • Mujer de la mar de chile: oficio, alimento y territorio

    Susana Cárcamo Rojas


  • La narrativa gráfica como herramienta de investigación e intervención social: estudio de caso San José de Belén (Taperas) Agrado

    Daniela Motta Bautista


  • La ciudad que me habita es la ciudad que escondo

    Romina Álvarez Bové, Paola Velásquez, Nelson Felipe Santander Go


  • Voces

  • Entrevista al Grupo Kwanískuyarhani de Estudiosos del Pueblo Purhépecha

    Rodolfo Oliveros, Donají Cruz, David Figueroa, Juan Gallardo, Tr


  • Xarhatakuarhik- uarhu: el sentir, el decir y el hacer de los artistas visuales de Cherán, frente a situaciones de cambio social

    Juan Gallardo Ruiz


  • Revalorando los chiles de nuestra tierra. Entrevista con don Erasmo Montiel Pascual, nahua de la Huasteca meridional, Veracruz,

    Araceli Aguilar Meléndez, Crescencio Hernández Osorio


  • Chikomexóchitl nació del vientre...

    Yuyultzin Pérez Apango


  • De trabajador temporal a migrante definitivo: el testimonio de Esteban García Hermosillo

    Rosa Verónica Zapata Rivera


  • Crimen, locura y confinamiento indefinido por insania en la República Argentina. La historia de Roberto, el preso más antiguo de

    Mercedes Rojas Machado


  • Reseñas

  • Reseña del libro Morenas de Veracruz. Fisuras de género y nación vistas desde la tarima, de Gloria Luz Godínez Rivas (Veracruz:

    Caterina Camastra


  1. Numeros anteriores
  2. Publicación No. 3
  3. De trabajador temporal a migrante definitivo: el testimonio de Esteban García Hermosillo

De trabajador temporal a migrante definitivo: el testimonio de Esteban García Hermosillo

Rosa Verónica Zapata Rivera
Universidad Autónoma Metropolitana, Cuajimalpa
verozari@gmail.com

Fecha de recepción: 31 de mayo de 2020
Fecha de aprobación: 16 de julio de 2020

A principios de 1942 se firmó entre México y Estados Unidos el primero de una serie de convenios de prestación de mano de obra conocido como Mexican Farm Labor Program o Programa Bracero, en el cual participaron más de cuatro millones y medio de mexicanos para trabajar el espacio agrícola estadounidense.[1]

Durante la vigencia del Programa (1942-1964), la presencia de mexicanos en Estados Unidos se incrementó de forma significativa, de 377 000 migrantes que había en 1940 se llegó a 576 000 en 1960.[2] Esos trabajadores mexicanos han sido fundamentales para ambos países, sin ellos no se podría entender el desarrollo y consolidación de la industria agrícola de California ni la mejora de cientos de localidades en México.

Sin embargo, mientras que para los braceros y el gobierno de México los contratos significaron un respiro de la pobreza, para los grupos de trabajadores agrícolas domésticos, los braceros eran un obstáculo para concretar victorias sindicales a través de la huelga y el boicot. Durante la duración del Programa fue común que los mexicanos contratados fueran distribuidos en granjas donde se desarrollaban conflictos laborales para actuar como esquiroles,[3] sobre todo, en momentos determinantes para las confrontaciones.

Lo cierto es que, a pesar de ser un programa temporal que excluyó contractualmente la migración definitiva, de esos millones de mexicanos que participaron, con el paso de los años, una gran parte de ellos se quedó a radicar en Estados Unidos. La historia de cada migrante puede ser una ventana para observar ese proceso de establecimiento, así como la vida de los millones de trabajadores agrícolas mexicanos en ese país. Éste es el testimonio de uno de ellos, el cual recabé en enero de 2012 en la ciudad de Fresno, California.[4]

Esteban García Hermosillo[5] vive de forma definitiva en Fresno desde 1988, año en el que legalizó su estancia en Estados Unidos. Entonces tenía 46 años, pero ya había pasado más de la mitad de su vida moviéndose entre la zona del Valle Central de California y su lugar de origen, Carrizo de Arriba, en el municipio de San Juan de Los Lagos, Jalisco.

Cuando este testimonio fue recabado Esteban tenía 70 años, y para entonces, sus actividades laborales se habían concentrado en diversas ramas productivas de la industria alimentaria en Estados Unidos, desde el trabajo en la cosecha de distintos cultivos hasta el empleo en empresas de procesamiento de alimentos.

Nació en una familia de trabajadores agrícolas un 25 de abril de 1942;[6] para él, la migración a Estados Unidos era parte de su comunidad y cotidianidad: su padre y otros familiares fueron braceros. No tuvo instrucción escolar, y de sus doce hermanos fue el único que no aprendió a leer ni escribir: “Como yo no quería ir a la escuela mi papá me decía: “mira, Juan, enséñate a poner tu nombre, [...] allá se necesita pa’ todo saber leer, hasta para ir al baño”. Pero yo le contestaba: “yo voy al barbecho, pa’ qué quiero la escuela”. Pero sí se necesitaba, ni un año fui, para que voy a decir, hasta pena me da [...] pero la escuela nunca me gustó”.

Su primera experiencia migratoria fue en 1961, a los 19 años, cuando se contrató como bracero y fue a trabajar a los cultivos de Sacramento, en total tuvo cuatro contratos hasta que el Programa finalizó en 1964, todos los firmó en el centro de contratación ubicado en Empalme, Sonora. En ese lugar, y sus alrededores, fue común que algunos de los candidatos a braceros pizcaran algodón para lograr obtener la carta de contratación:

Muchos sí iban para que les dieran la carta para venirse pa’ acá, pero no, yo no fui al algodón [...] Yo nomas miraba allá los pobres que llegaban, y que no tenían el modo de pagar el licenciado para que los pasara, porque se trataba de puro dinero. Se hacían las listas y el que pagaba [pasaba] y el que no, tenía que hacer la lucha pizcando. Muchos se iban a trabajar a [Ciudad] Obregón al algodón, de ahí de Empalme está lejos, pero había rancheros que iban por ellos [...] algunos ganaban la carta, otros no.

El Centro de contratación ubicado en Empalme, Sonora, funcionó de 1955 a 1964, esta localidad costera, ubicada en el golfo de California pertenece a una zona donde gracias a las grandes obras de irrigación construidas por el Estado se logró desarrollar la agricultura especializada en el noreste del país,[7] por lo tanto, los candidatos a braceros podían integrarse a dicha industria mientras esperaban por su contratación; sin embargo, este espacio no tenía la infraestructura mínima para albergar y concentrar grandes cantidades de personas,[8] lo cual decantó en la precarización de sus condiciones de vida mientras esperaban ser contratados:

Todos los días mirabas 8000 personas que querían [contratarse], unos llegaban y luego, luego pasaban, otros se entretenían [semanas o meses] esperando escuchar su nombre en la lista. Empezaban a contratar desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Las listas eran pedidos que llegaban de Estados Unidos, pedían tantas personas, 500, 600, 200 entonces ellos corrían la lista y ya salían contratados.

Cuando te contratabas [...], te daban una bolsita con un lonche, y al otro día en la mañana, como a las seis, agarraba uno el tren, viajábamos ese día y al otro día en la mañana llegaba uno a Calexico y después al Centro,[9] ahí hacíamos todo el papelaje y nos examinaban todo parejo, el que cumplía con todo lo traiban a repartirlo al campo donde le tocara trabajar. En el Centro se miraban personas fuertes, muchachos nuevos que salían malos, a mí nunca me salió nada, pero a muchos los regresaban. Los ponían en los aparatos y muchos salían malos del pulmón, pobrecitos lloraban.

Pero en Empalme la gente también se descontrolaba mucho, me acuerdo que allá había personas que, por el hambre, a veces pensando en su tierra se descontrolaban, venían de allá de aquellos rumbos, de aquel lado de México, de Oaxaca. Entonces por eso se descontrolaba la gente, y ahora se descontrolan, pero por la droga.

Esteban permaneció en los contratos que firmó de tres a seis meses, muchos de ellos fueron para la limpia y cosecha de cultivos como el tomate y la lechuga en la zona del Valle Central, recuerda su primer contrato, el cual se prolongó por tres meses y las duras condiciones de trabajo que solían tener:

En mi primer contrato no conocía nada, nos bajaron del bus y todo [...] ya no me acuerdo por dónde fue [...] quien sabe dónde cabrones sería [...] nos rentaban a trabajar en esos años, a sufrirla, porque si ahorita sufre uno en el field, en aquellos años estaba peor, era más pesado y luego te regañaban, ni lo dejaban [a uno] tomar agua, entonces nos traiban en el azadón cortito, ahora hay azadón, pero puro azadón del parado,[10] pero antes no [andábamos] de manos [...] en el suelo, agachado, muy duro.

El azadón “cortito” al cual hace referencia Esteban se trata de un instrumento de labranza utilizado para el deshierbe y la limpia de los cultivos, por su mango corto no mayor a 50 centímetros; los trabajadores debían realizar el trabajo siempre encorvados, lo cual les ocasionaba fuertes dolores de espalda, y de a poco deterioraba los cuerpos de los trabajadores. La erradicación de este instrumento se logró en 1975 gracias a la pelea que por cinco años emprendió el programa California Rural Legal Assistance, Inc. (crla).[11]

Como Esteban, muchos trabajadores agrícolas nunca se enteraron del contenido de los contratos, ya sea por falta de interés o por carencia de instrucción escolar, no había claridad respecto a los derechos y obligaciones que tenían; esto fue uno de los motivos por los cuales fueron timados, a veces les pagaban menos de lo estipulado, les cobraban por el material de trabajo, no les contabilizaban de forma correcta el tiempo trabajado o les descontaban el diez por ciento a su salario sin que ellos estuvieran enterados:[12]

Fíjate que uno no se daba cuenta. Le cobraban a uno la comida y no tenían que haberla cobrado, entonces le daban [a uno] dos cobijas, y nos cobraban la cama, los raites y todo y uno no se daba cuenta, lo que les sobraba nos daban [...] nos quitaban dinero y ni cuenta nos dábamos. Ese dinero que están peleando ni cuenta nos dábamos, [...] entonces este gobierno cuando supo que aquí lo estaban reclamando se lo entregó a México [...] gracias a dios los que saben hablar como luego dicen, entonces ya le han dado a varios, pero faltan muchos todavía [...] El Vicente dio una parte y luego este ya dio otra parte, a lo mejor ’hora hasta que entre otro nuevo, ojalá que los anden ayudando de veras [...] Se peleó 10 años, y está peleando todavía, hay que agradecerle al hombre.[13]

Todos sus contratos como bracero los realizó en California; cuando el Programa terminó, Esteban siguió trabajando sin documentos en el Estado. A la distancia, lamenta no haber aprovechado las oportunidades que tuvo para legalizar su estancia en ese país (antes de la amnistía de 1986): “Antes de que terminara el último contrato nos decían los rancheros, nomás que uno era muy tonto: “miren, pos’ ya se va acabar la contratación, ya no van a poder venir, [...] el que quiera arreglar papeles nosotros los ayudamos”. ¡Ah!, no quisimos, no pos’ nos llevaban a la guerra, [eso decían] y uno tan creído de otra gente, [...] ¡pos’ no era cierto!”.

Durante sus primeros viajes después del Programa Bracero, cruzaba la frontera de “alambre”[14] cada cuatro o cinco años, llegaba a California, trabajaba algunas temporadas y regresaba a Carrizo de Arriba a cultivar su tierra; con el tiempo, sus visitas se hicieron más frecuentes y prolongadas hasta que terminó por quedarse. Sin embargo, sus viajes a Estados Unidos no siempre fueron al Valle Central: “Dos, tres veces fui pal’ lado de Los Ángeles y Santa Bárbara [...] veníamos al limón, a pizcar aguacate y todo eso, ahí fui algunas veces y ya después me recorrí acá pa’ Fresno, y aquí estoy. Anduvimos de contrabando, pero entonces no se batallaba para pasar”.

Cuando Esteban cruzaba la frontera sin documentos decidía ir por los rumbos cercanos a Tijuana, recuerda que entonces era más fácil. Incluso cuando cruzó la frontera con su esposa y sus hijos aún no era tan complicado, ya que ésta comenzó a militarizarse a partir de 1994 con la Operación Guardián, puesta en marcha durante el gobierno de Bill Clinton, pero antes de este proceso cuenta que:

Mirabas tú la gente que iba desde la tarde, ya se venían por los caminos, unas 40, 60 personas aquí, otros 100 [allá], ansina un coyote llevaba a un tanto y otros a otro, en el día la migración no molestaba. En el día pasábamos, había veredas que la misma gente hacía. [...] [el coyote iba a] dejarlos ahí un rato debajo de unos cerros, y en la noche ¡vámonos!, ya te levantaban en la noche [y los dejaban en] Los Ángeles, ya de ahí donde querías que te trajeran entonces era otro precio. Entonces cobraban 150 o 200 pesos, pero eso también se nos hacían mucho [...] y ahorita son miles. Pero era menos arriesgado entonces.

Cuando se vinieron estas [su familia] la primera noche, [...] veníamos todos juntos y entonces estaban chiquillos y me jui yo también [...] dije se me van a perder, la primera noche nos agarraron, oye con la migración a un lado y a pasar ahí. [...] al siguiente intento sí la hicimos [...] estaba llueve y llueve, bien mojados, todos chiquillos temblando de frío.

Como ya se mencionó, la actividad laboral de Esteban se concentró en distintos sectores de la industria alimentaria de California, pero sobre todo en las labores agrícolas, donde la presencia de mexicanos ha sido constante desde principios del siglo xx:[15] “Muchos le sacan al trabajo en el campo, es pesado, pero [a mí] no se me hacía pesado porque uno está impuesto [...] Mira lo vez tú en la cuadrilla que le van sacando al trabajo, le van haciendo al cuento, y uno no, como burro, ¡zaz y zaz!, al paso, pero no le afloja uno. Pero tienen la preferencia todos los muchachos nuevos”.

Las primeras actividades que Esteban llevó a cabo como trabajador agrícola fueron en el adelgazamiento, el deshierbe y la cosecha, estas labores son conocidas por la baja remuneración que reciben quienes las practican, en comparación con otras como el riego, o el manejo de maquinaria. También se distinguen porque se desempeñan de forma intermitente, por lo tanto, los trabajadores están en constante movimiento siguiendo el trabajo según el producto y la temporada del año.

Además de las labores ya descritas, Esteban se desempeñó en otros rubros de la industria alimentaria; por ejemplo, trabajó por cuatro años en la matanza de vacas, otros más en una compañía empacadora, y de planta en una compañía agrícola en Fresno:

Se llamaba la Pam Pak[16] pero le cambiaron el nombre a la Baloian, yo trabajé 13 años ahí en el campo, sembraban de todo, después ya metieron máquina. Estábamos pizcando brócoli, y vinieron unos de Sinaloa a mirar, a ver cómo era la máquina, no me va a creer que vinieron y ahora están comprando todo de allá, ya no lo siembran aquí, muchas plantas ya no siembran, las traen de todas partes de México. Pero esos de Sinaloa, llegaron unos señores de sombrero, [...] eran los meros rancheros que venían a ver de qué modo estaba la máquina, pos’ ahora ya esos rancheros mandan todo de allá, ya te digo.

[También] estaba trabajando en una fábrica que le dicen leones, ahí trabajaba la Fresa [era una] empacadora y todo eso, ahí se embota todo y lo mandan para otro lado [...] ahí trabajan mis muchachos también, nada más que está uno viejo y ya lo hace a uno pa’ atrás, [...] quieren pura gente nueva.

Durante el tiempo que Esteban ha trabajado en California ha sido testigo del proceso de transformación de los productos cultivados mediante la creación y mejoramiento de las semillas y los insumos, así como de la tecnificación de algunas cosechas; además, se ha percatado de cómo ese proceso de industrialización del campo dejó a muchas personas sin trabajo debido al uso de máquinas para la pizca de productos como el algodón, las almendras, la uva o el tomate:

Pa’ todo ya hay mucha maquinaria, porque más antes se pizcaba a mano, el tomate ahora con máquina lo pizcan, [...] la máquina va levantando toda la mata del tomate, entonces va separando el verde del maduro [...] la máquina tiene medida, entonces al maduro lo avienta para un lado y al verde pa’ otro lado, no, ¡si están cabrones!, y la basura que va la avienta el mismo aire pa’ afuera, nada más necesitan tres sorteadores a cada lado de la máquina para quitar el terrón, [...] eso es todo lo que necesitan, tres personas de cada lado. Pero yo decí [...] se va a hacer una revoltura, ¡nombre! crees que va separando la máquina [...] y de tamaño si no da la medida ahí se va pa’ abajo el más chico, ese ya no lo quieren, va la pura medida en la máquina.

Ahora la cebolla ya también la pizcan con máquina, muchos con gente y muchos con máquina, la máquina los va pizcando, la va sorteando y las van echando a unas trailas [...] la misma traila tiene un tubo y la van encostalándola, van echándola en costales, no, no, cosa notable, ya te digo.

Los distintos sectores productivos de la industria agrícola han contado con un importante grupo de intermediarios, administradores y coordinadores del trabajo. Los empleados pocas veces o casi nunca tienen contacto con los rancheros, son sobre todo los contratistas y mayordomos con los que mantienen trato directo. Estas figuras suelen ser mexicanos o mexicoamericanos, ya que conocen el idioma y pueden trasmitir las órdenes del empleador. Históricamente, son sujetos que han levantado un sinfín de controversias y sirven para exculpar de responsabilidades a los empleadores, ya que controlan las actividades de los trabajadores al dictar los tiempos de descanso, para ir al baño, para tomar agua, entre otros: “Antes se creían mucho los mayordomos, pero les empezaron a apretar bonito, porque mucha gente se ha muerto en el field; sí, mucha gente se ha muerto [...] ahora no, primero te ponen el agua en la orilla antes de entrar a trabajar y es lo primero que ponen y antes no, se hacían tontos, nos les daban agua, por eso la gente empezaba a quejarse, y mucha gente hasta morirse”.

Esteban tiene casi cinco años de haberse retirado, y trata de mantener contacto con su país de forma regular, le gusta México porque la gente se puede trasladar fácilmente de un lugar a otro caminando, pero en Fresno no, si la gente no tiene automóvil particular la movilidad se vuelve lenta ya que el servicio de transporte público es deficiente. Apenas un mes antes de la entrevista acababan de regresar de México:

Pasamos Navidad allá, nos venimos a pasar Año Nuevo aquí, allá la gente gustosa va de paseo, a hacer sus compras, mucha gente, [ya] viene el tiempo que va mucha peregrinación [...] Es más barato todo ahí, van a comprar muchas cosas, porque mira ahora que andábamos allá la gente cargada de colchas, de dulces, [...] el pueblo está tapado de dulces de pura mercancía. Había veces que, rogándonos con cajeta, y yo no puedo comer cosas dulces porque tengo azúcar en la sangre, y ya le decía a mi señora: “no les hagas el desaire”.

Después de una vida dedicada al trabajo agrícola, y sus diversas ramas productivas, de haber pasado por distintos sectores y estatus migratorios, y de haberse jubilado apenas hace cinco años, Esteban sigue de vez en cuando haciendo labores en el campo, cuando dice va a ayudar a sus vecinos a recoger ramas. Y a pesar de la añoranza que de vez en cuando siente por su tierra y sus dinámicas, reconoce que su vida ya está establecida en Estados Unidos. Vive en una casa ubicada al este de Fresno con su esposa, nietos, su hijo y nuera, pero sobre su estancia en ese país reflexiona: “Me gusta acá mi vida, si está bonito donde quiera, pero pos’ ya me engrí a vivir aquí [...] De todos modos, está uno aquí. Ya se me fueron todos [mis hijos], unos para un lado y otros pa’ otro”.

El testimonio de Esteban es cercano al de otros exbraceros mexicanos que como él se fueron quedando de a poco a vivir en ese país. Ello fue posible debido a que la mayoría se contrató varias veces y muchos de ellos habían pasado por distintos estatus migratorios, aspectos que los ayudaron a acumular experiencia, conocimiento sobre el espacio, sobre los procesos de contratación laboral y a establecer redes que les permitieron, de a poco y sin planearlo, asentarse en Estados Unidos.


[1] A la par se desarrolló un acuerdo conocido como Programa Bracero Ferroviario, el cual estuvo vigente de 1943 a 1945.
[2] Francisco J. Ayvar Campos y Enrique Armas Arévalo, “El flujo migratorio en México: Un análisis histórico a partir de indicadores socioeconómicos”, Cimexus, Revista Nicolaita de Políticas Públicas, vol. ix, núm. 2 (2014): 71-90.
[3] Por lo general, los braceros no estaban enterados de la existencia de las huelgas o de los conflictos laborales del lugar adonde llegaban a trabajar, su prioridad era ser contratados, e incluso pasaban por alto las deplorables condiciones laborales y de vida a las que eran sujetos.
[4] Este testimonio fue elaborado durante la estancia de investigación que realicé para la tesis de doctorado en Historia por la unam, la cual fue posible gracias al apoyo de Conacyt mediante su programa de becas mixtas.
Conocí a Esteban García gracias al acercamiento que tuve con Leonel Flores Bustamante, líder del movimiento de exbraceros, en Fresno, California, dedicado a exigir la devolución del fondo de ahorro, esto es, el descuento del 10 % de su salario que les hicieron cuando estaban contratados como braceros. Esteban había participado en las actividades de este movimiento y no había recibido dinero alguno, pero conservaba la esperanza de ser uno de los beneficiarios.
[5] Esteban es un hombre delgado, de estatura promedio, con la piel del rostro maltratada por el sol, le faltan varias piezas dentales y es muy risueño. El testimonio fue recopilado en su casa, ubicada a las afueras de la Ciudad de Fresno, en el vecindario Edison, sobre la calle East Church, en los límites donde la ciudad se junta con los campos de cultivo. Su casa es sencilla y de madera, una construcción de la década de los treinta. Con él y con su esposa viven algunos de sus nietos, su hijo y nuera, los demás (tiene nueve hijos) están distribuidos en otras entidades de Estados Unidos.
[6] Nació unos meses antes de la firma del primer convenio de braceros, el cual quedó ratificado el 4 de agosto de 1942 mediante el intercambio de notas diplomáticas entre ambos países. [7] Mario Cerutti, “La construcción de una agrociudad en el noroeste de México. Ciudad Obregón (1925-1960)”, Secuencia, núm. 64 (2006): 113-143, 123.
[8] Jorge Durand, “El programa bracero (1942-1964). Un balance crítico”, Revista Migración y Desarrollo, núm. 9 (2007): 27-43, 38.
[9] El Centro, California, fue la ciudad donde estaba ubicado un centro de recepción de braceros, ahí llegaban para después ser distribuidos en los campos de trabajo para los que habían sido contratados.
[10] Azadón de mango largo.
[11] Para mayor información véase Cozzens Taylor, “Defeating the Devil's Arm: The Victory over the Short-Handled Hoe in California Agriculture”, Agricultural History, vol. 89, núm. 4 (2015): 494-512.
[12] Estaba estipulado que ese descuento les sería devuelto al finalizar el contrato, cuando regresaran a México. Para mayor información sobre el fondo de ahorro de los braceros véase: Abel Astorga Morales, Historia de un ahorro sin retorno. Despojo salarial, olvido y reivindicación histórica en el movimiento social de ex braceros, 1942-2012 (México: Universidad de Guadalajara, 2017), 334 pp.
[13] Hasta el momento de la entrevista, Leonel Flores Bustamante había organizado en Fresno a los exbraceros que solicitaban la devolución de su fondo de ahorro.
[14] Ésta es la forma coloquial que utilizaban para referirse al ejercicio de cruzar la frontera subrepticiamente, se trata de una alusión a los alambres que existían en algunos espacios fronterizos para dividir el territorio de ambos países.
[15] El espacio laboral agrícola en California estaba dominado entre finales del siglo xix y principios del xx por trabajadores chinos y japoneses, entre otros; sin embargo, las leyes de exclusión contra estos grupos firmadas durante los mismos periodos propiciaron que los mexicanos se convirtieran de a poco en la principal fuerza de trabajo.
[16] Es una compañía productora, empacadora y distribuidora de alimentos, creada por una familia armenia que llegó a Estados Unidos a principios de siglo xx, se establecieron en Fresno en 1920, y desde entonces la han ido trasformando y se han asociado con otras empresas. Véase: http://www.baloianfarms.com/

Compártelo

  • Hamburgo 135, Colonia Juárez, Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, CP 06600
  • (55)4166-0780 al (55)4166-0784

Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la opinión del editor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin la previa autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Contacto: narrativas_antropologicas@inah.gob.mx