• INICIO
  • REVISTA
    • DIRECTORIO
    • NORMAS EDITORIALES
    • NÚMEROS ANTERIORES
  • RELATOS
  • MIRADAS
  • VOCES
  • RESEÑAS
  • N. Especiales

CONVOCATORIAS

Índice

  • Relatos

  • Jbak etaltik: nociones del cuerpo entre los jóvenes tseltales

    Delmar Ulises Méndez-Gómez


  • Maternidades haitianas: diferencias en el proceso de maternaje entre Chile y Haití y la emergencia de la violencia intersecciona

    Yafza Reyes Muñoz, Ketia Chatelier


  • Voz de roca. La importancia del testimonio como género discursivo en el reconocimiento de la violencia obstétrica

    Yaredh Marín Vázquez


  • Sacando adelante a mis hermanos. Reciprocidad e interdependencia en la familia nahua

    Yuribia Velázquez Galindo


  • Miradas

  • Un día de huaxmole en Hueyapan, Morelos

    Leonardo Vega Flores , Laura Elena Corona de la Peña, María Ale


  • Una visión antropológica a través de la cultura fotográfica

    Enrique Mena García


  • Nos merecemos un reportaje. Identidad cotidiana desde toda una calle por Nilot Fotografía

    Práxedes Muñoz Sánchez


  • Voces

  • Vivir la casa de migrantes: tránsito migrante desde el diario de campo

    Eric Oliver Luna González


  • Es mentira que el tiempo pasa. El tiempo se atora. Reflexiones acerca de una investigación antropológica en torno a la violenc

    Carina Elizabeth Gómez


  • Reseñas

  • Reseña del libro: Criminología neuroantropológica. ¿Crímenes pasionales o crímenes por infidelidades?

    Wilmer Edwin Valverde


  1. Numeros anteriores
  2. Publicación No. 7
  3. Vivir la casa de migrantes: tránsito migrante desde el diario de campo

Vivir la casa de migrantes: tránsito migrante desde el diario de campo
Living the casa de migrantes: migrant transit from the field diary

Eric Oliver Luna González
Doctorante, Posgrado de Ciencias Antropológicas, UNAM-I
eriol@xanum.uam.mx ericsociologiauam@gmail.com

Fecha de recepción: 12 de julio de 2022
Fecha de aprobación: 22 de septiembre de 2022

Vivir la casa de migrantes

El trabajo de campo que continúo realizando desde 2019 para comprender la presencia y trabajo humanitario de las llamadas casas de migrantes hacia las personas migrantes en tránsito irregular ha sido tanto situado como multisituado.[1] He logrado un vínculo con algunas casas de migrantes como: El Hogar Refugio para Personas Migrantes: La 72,[2] en Tenosique de Pino Suárez, Tabasco, México, con Casa Belén-El Ceibo,[3] en la Libertad, Petén, Guatemala, o mis visitas constantes en Ciudad de México a Casa Tochan.[4]

Dicho trabajo se ha extendido de formas que no esperaba y esto, gracias a la amabilidad y confianza de las personas migrantes y sus familias, quienes me han permitido conocer sus trayectorias antes, durante y después de estar en aquellas casas de migrantes mencionadas, particularmente La 72. El intercambio constante de mensajes e imágenes por WhatsApp o Facebook me ha permitido comprender de forma extensiva que mi diario de campo puede ser insuficiente para el registro; sin embargo: es la clave para no perderme en ese “mar” de historias migrantes y cómo esto se vincula y asocia en una red de experiencias y trayectorias de vida que, considero, se teje gracias al trabajo humanitario de las casas de migrantes.

Pido a quien lea este texto que sea paciente: los extractos de mi diario de campo pueden parecer accidentales o incompletos: se entenderá que tales son parte de algo más extenso. Cada extracto del diario aparece en cursivas para diferenciar las palabras propias de la reflexión respecto de las citas textuales de otros autores en quienes me apoyo para dar sustento a la misma.

Encontrándome en la casa

Diario de campo. (4ta semana de enero de 2020: en el módulo de voluntarios del Hogar Refugio para Personas Migrantes: La 72): Todos los días me levanto a las 6 de la mañana; a veces con animosidad otras, no tanto; sin embargo, ya no puedo quedarme en cama: el calor, el ruido de los ventiladores y las voces que parecen nunca cesar en la casa, me ponen alerta. Necesito café —me digo a mí mismo en un monólogo cotidiano y matutino—. Con cuidado me levanto; ocupo la litera de arriba: Miguel sigue dormido y Raúl lo mismo. Somos sólo nosotros como varones en el dormitorio de voluntarios, pero en el de mujeres, creo, hasta comparten un par de camas.

Hace casi meses que estoy en La 72 de nuevo y realmente puedo notar la diferencia entre el “yo voluntario estudiante de posgrado haciendo investigación” y el “yo voluntario que quería conocer la casa de mejor manera”. ¡Realmente ninguna de las anteriores visitas me había cansado tanto como esta!, en la que debo compaginar mi labor de investigación con el voluntariado. Afortunadamente, parece que a nadie le molesta mi presencia como “investigador”, a lo mucho, me hacen preguntas sobre qué investigo o más en sí, sobre qué es la antropología. Les causa más curiosidad que esté con la cámara de fotos durante el día: Eri, Eri, ¡présteme la cámara!, Eri, ¿me va a enseñar a usarla?, Eri, ¿y para qué la usa? —son los comentarios de siempre, y aunque algunas veces sí presto la cámara, me da un poco de angustia que la dañen (no es el equipo más caro, pero no voy a perder más de diez mil pesos así como así).

Cada que (re)leo mi diario, pienso que hacer etnografía implica exponer el cuerpo: el cansancio, el hastío o diversas sensaciones y emociones que se traducen o inciden en el hacer cotidiano etnográfico de investigación. Basta recordar algunas de las primeras líneas del diario de campo de Malinowski:

El lunes por la mañana, (día 19) le hablé a S. sobre las condiciones de mi estancia aquí y se sintió terriblemente embarazado por la crudeza con que abordé la materia. Muy desilusionado respecto a su amistosidad y desinterés, y combinado esto desde entonces con su poco atenta actitud hacia mi trabajo, he acabado por encontrarle aborrecible. Oh, sí, el domingo al anochecer fui en lancha hasta el pequeño barco de vapor, puse mal el pie en el estribo, y me caí al agua. Fue en realidad un incidente menor de lo que parece [...] Mi reloj y algunas cosas de cuero que llevaba en el bolsillo quedaron totalmente arruinados.[5]

Cómo me siento antes, durante y después de ciertas escenas o situaciones en el campo es algo que siempre me detiene en algún punto de mi viaje antropológico.[6] Pero cada que viajo a una casa, ya sea para conocerla o estar en ella: transito de mi cotidianidad a otra.

Diario de campo. (4ta semana de noviembre de 2021: entre el viaje en autobús desde Terminal de Autobuses del Norte, CDMX y la llegada al Hogar Refugio para Personas Migrante: La 72, Tenosique, Tab.): Salimos a las 5 pm y fue hasta Coatzacoalcos que viajé solo (ya casi siendo 8 horas de viaje): una señora se sentó en el contiguo a mí, pero entre su codo y su maleta que se metía en mi “espacio-tiempo-asiento” fue una mala noche. Afortunadamente, ¡no roncó! En algún punto entre Macuspana y Villahermosa se cambió de lugar y dejó el autobús: mis piernas lo agradecieron. Sin embargo, al llegar a Villahermosa me percaté que llevábamos más de 14 horas de viaje. Llegué a Palenque (Chiapas) a las 10:39 am y de Palenque [...] tardé casi 3 horas en llegar a Tenosique”.

A lo largo de mi formación antropológica he aprendido algo: la labor etnográfica que acompaña al trabajo de campo es muchas veces subestimada por quienes ven en ésta una salida al método cualitativo convencional; sí, tal vez a mi crítica le falté madurar y es obvio que no seré el único(a) que piense esto de alguna forma parecida. La labor etnográfica, por lo menos como quiero exponerla y he aprendido, no empieza cuando “piso” el campo: es, de hecho, una labor que comienza desde que despierto y vinculo mis actividades con el llamado trabajo de campo antropológico o sociológico:

En éstas, el trabajo de campo etnográfico sigue siendo un método inusualmente sensitivo. La observación participante obliga a sus practicantes a experimentar, en un nivel tanto intelectual como corporal, las vicisitudes de la traducción. Requiere de un arduo aprendizaje del lenguaje, y a menudo un desarreglo de las expectativas personales y culturales. Hay, por supuesto, todo un mito del trabajo de campo. La experiencia concreta, cercada de contingencias, rara vez alcanza la altura de lo ideal; pero como medio para producir conocimiento a partir de un compromiso intenso e intersubjetivo, la práctica de la etnografía conserva un estatus ejemplar.[7]

¿Qué autoridad tengo para hablar sobre sus vidas?, es una de las preguntas que deambulan en mi mente. Sí: mi labor antropológica en su sustrato es hacer una etnografía, discutir las prácticas sociales en la casa de migrantes (o fuera de esta) pero: ¿cómo llego a estas prácticas? Nunca he pensado que la investigación cualitativa-etnográfica esté limitada, pero sí considero que una buena labor etnográfica —en el sentido de abordar las prácticas sociales de forma presencial— sin duda abre un panorama de entendimiento y discusión más profunda. Tal vez por esto, Garfinkel abogaba por estar y aprender:

En el quehacer sociológico, tanto profesional como lego, toda referencia al “mundo real”, incluso a eventos físicos o biológicos, es una referencia a las actividades organizadas de la vida cotidiana [...] se debe asumir la lección (y usarla como política de investigación) de que la realidad objetiva de los hechos sociales vista como un logro continuo de las actividades concertadas de la vida diaria cuyas comunes e ingeniosas formas son conocidas, usadas y dadas por sentadas por sus miembros, es un fenómeno fundamental para aquellos miembros que hacen sociología.[8]

La cotidianidad de la movilidad humana en su forma de tránsito irregular de personas migrantes conlleva en sí una práctica social: cómo subir al tren, qué carros abordar y cuáles no, o en qué posición es mejor viajar, todas ellas podrían parecer una serie de simples estrategias, pero inclusive yo he aprendido que, por nada del mundo, debo de poner mis pies “sobre los dientes”[9] del tren, a riesgo de perderlos sin que siquiera el tren haya iniciado marcha. Es un método, a final de cuentas: mi método para vincularme con las personas migrantes, con el campo y objeto de estudio, para poder desplazarme espacial y temporalmente en todo eso que conforma la unidad de campo es aprender sus prácticas.

Pero: ¿cómo llevar un registro etnográfico de esto? El diario de campo es útil para retratar a los otros y a uno mismo (a); su existencia se debe a lo que se vive-registra en el trabajo de campo o, como Eduardo Restrepo dice: “Ahora la etnografía es cotidianamente utilizada para estudiar a las gentes que residen aquí y que definen el nosotros del etnógrafo”.[10]

Diario de campo. La entrevista: fragmento de una entrevista realizada a Florencio, persona migrante albergada en La 72; Nota: EV=Eric voluntario; F=Florencio. (2da semana de enero de 2022: Módulo de registro de La 72):

[...]EV: ah, oye, y tu hijo es menor de edad o ya es mayor, ¿es el niño que está ahí afuera? (desde los cubículos de entrevista se puede mirar a la palapa).

F: (silencio) De pronto Florencio, un hombre ya mayor y de facciones rudas, empieza a sollozar y responde: es el chiquito ese. ¡Es el que me queda de tres! Los otros, esos desgraciados me los mataron. Todo por no venderles una parcela o ¡sabrá Dios por qué! ¡Son unos desgraciados! Primero se llevaron a uno y a los dos días se llevaron al otro. ¡Me los mataron! Y dije: me voy, le dije a mi mujer que me iba, que me pelaba. Y agarré al chiquito y me lo traje antes que me lo matarán también —las lágrimas en el rostro de Florencio no dejaban de caer.

EV: Sinceramente estaba impávido, no sabía que decirle a Florencio, así que tuve que hacer “tripas corazón” y levantarme de mi silla y decirle: dices que el niño ese es tu hijo, ¿quieres que entre con nosotros?

F: ¡sí, por favor! —Lo dijo en un tono de voz muy bajo—.

EV: en cierto modo, esto también era para cerciorarme de que en verdad eran padre e hijo; desafortunadamente en esta labor de registro hay que agudizar un poco los sentidos y la intuición para detectar alguna anomalía: no podía descartar que sólo estaba actuando, aunque una parte de mí me decía que todo era cierto.

Los agujeros negros

Diario de campo. Casa de migrantes Casa Belén-El Ceibo; La Libertad, Petén, Guatemala. (4ta semana de diciembre de 2021. En el patio de la casa de migrantes): “Las hermanas Rodríguez —como después pude conocerlas— estaban preparando la mesa para comer [...] Las mujeres son 3 adultas y hay con ellas un bebé de unos 3-4 años, dos jovencitas de entre 13-15 años y una más pequeña, de unos 9 años. También hay dos adolescentes bastante hiperactivos, de entre 12 y 17 años [...] La comida no es cuantiosa, como suele ser en este tipo de lugares: un trozo de pollo en caldo algo espeso que hicieron Juan y Agustín, que son los encargados de la casa. Trozos de verduras cocidas y un poco de pasta que nos bajamos con agua de jamaica. Y digo “nos bajamos” porque me senté con esta familia a comer, una costumbre que tengo desde que estoy en La 72 y pues, que me sirve para poder estar cerca de las personas y conocerlas [...].

Pues nosotras nos vamos mañana en la madrugada, como a las 5 —me decía Sara—. Yo creo que es lo mejor que podemos hacer, oiga. ¿Usté cree que el abogado nos pueda ayudar? —me preguntaba una de las hermanas—. Yo creo que sí, pero por si las dudas vayan atentas. Y ya en el caso más grave que las detenga migración, háblenle a Barjau, para que sepa que ya están aquí... ¡allá, pues! —les respondía tratando de darles una certeza, aunque en verdad me sentía un poco limitado. Sé muy bien como es el cruce de EL Ceibo y no podía aún creer que se irían de madrugada por el “paso escondido”. Este paso es un tramo de terracería que pasa por el lado izquierdo del puente fronterizo entre Guatemala y México (y así, poder ir a La 72) y es bastante peligroso, por lo que me han contado varias personas: violaciones, asaltos y secuestros sólo son unas de las tantas cosas que pasan en un tramo de unos 800 metros [...] Pues nos vamos a esa hora —recalca Sara mientras le dice a una de las menores que termine de comer. ¡Anda, come! ¡come! —le dice uno de los chicos, el mayor de estos—, ¡Come! ¡Que no sabemos cuándo vamos a comer de nuevo! ...bueno, mañana no sabemos si vamos a comer de nuevo en el día... ¡días! [...]

¡Las hermanas se fueron y no me percaté!, por lo que me contó Agustín, salieron un poco antes de las 4 de la mañana. No puedo evitar cierta angustia por su salida y me incomoda un poco la indiferencia de Agustín ante el hecho.

Es importante señalar que las mujeres migrantes en tránsito no sólo son una estadística. Al analizar sus trayectorias, podemos dar cuenta de cómo sus experiencias están atravesadas por los procesos sociales propios de nuestra época, en los que todo tiene valor y donde la sociedad las etiqueta, las discrimina y les pone precio. En el territorio mexicano, el cuerpo de las y los migrantes vale; los espacios que recorren significan violencia, miedo, cansancio, frío, hambre, sed; pero también esfuerzo, resistencia y, sobre todo, esperanza de llegar a Estados Unidos.[11]

Las casas de migrantes han sido el campo de estudio etnográfico sobre el cual me he desplazado de forma muy accidentada. El pasaje anterior sólo es parte de una circunstancia que, desde la propuesta que hago, muestra la forma en que se vinculan las personas migrantes, las casas de migrantes, las violencias y vulnerabilidades que afrontan, pero también: cómo se manifiesta ese gesto o símbolo que se puede traducir en la búsqueda o el mantener la esperanza como acto en la movilidad humana.[12]

¿Qué es o cómo ver la esperanza en el tránsito irregular de las personas?, era la pregunta que Lucas y yo nos planteamos como algo que está presente en las casas de migrantes mediante el discurso, ya sea de estas mismas como organización humanitaria o desde las propias personas en su tránsito, como una luz frente a una incertidumbre que muestra muchas de las veces violencia, frustración y desesperación. Aun así, esta esperanza parece estar diluida por momentos: “No sabemos si vamos a comer de nuevo”, esa frase es ciertamente estremecedora, si se concibe que la distancia entre El Ceibo y la casa de migrantes La 72 es de 60 kilómetros, que bien se pueden recorrer en transporte público por 50 pesos mexicanos, en una hora.

Parece que las personas migrantes atraviesan por agujeros negros mientras llegan a lugares y espacios de cierta seguridad para sus cuidados corporales, emocionales y, claro, espirituales. Esta idea de agujeros negros no es una ocurrencia y aunque aún no la logro más allá de la metáfora, es algo que otro compañero, Edgar (Córdova), aplicó para problematizar desde el ser y no ser en los campos de refugiados en la isla de Lesbos.[13] Él retoma la idea por la propuesta de Liliana Suárez que, aplicando la metáfora desde la Física, observa a los campos de refugiados en Europa como espacios en donde la “fuerza gravitatoria” los absorbe, pero con el resultado de ser negados en las sociedades “de acogida”, una falla y falta de la modernidad, apunta ella:

[...] un agujero negro de la modernidad. Esta metáfora de la física puede aplicarse en nuestro contexto para gráficamente representar cómo ciertos fenómenos históricos de largo recorrido a los que habíamos dado cobertura legal —como la movilidad humana a través de las fronteras o la huida y el tránsito entre sociedades que nos persiguen y otras donde esperamos vivir mejor—, son absorbidos por la fuerza gravitatoria del agujero que los niega.[14]

Hago uso de la metáfora de agujero negro para referirme a espacios y distancias en donde las violencias y vulnerabilidades múltiples que pueden encarar las personas migrantes en sus tránsitos se materializan o son latentes y, con particularidad, me refiero a esos caminos y distancias que recorren a pie o en transporte; ese agujero negro puede ser la distancia entre las fronteras sur y norte de México, u otros posibles agujeros negros, como el Tapón del Darién, entre Panamá y Colombia; la Frontera Corinto, entre Honduras y Guatemala, y más al norte, entre Piedras Negras, México y Eagle Pass, Texas, por mencionar algunos. 

Diario de campo. Intercambio de mensajes de texto y notas de audio con Cinthia.

(2da semana de mayo de 2022): Habrán pasado unos 15 días desde que miré a Nahún y Cinthia en la CDMX: ¡por fin lograron su traslado desde Tenosique a Monterrey!, gracias a que obtuvieron el reconocimiento como personas refugiadas en México [...] Hoy en la mañana les escribí, pero no obtuve respuesta. Había visto el perfil en Facebook de Cinthia, pero no había actualizado nada. Lo último que supe fue hace como 5 días, que se iban a Piedras Negras (Coahuila): “Sí Eri, nosotros mejor nos movemos [decía el mensaje en WhatsApp]. Allá en Piedras Negras vamos a ver si podemos cruzar”, fue el último mensaje [...] Tuve que escuchar su nota de audio en WhatsApp varias veces ya que tampoco había un buen volumen, pero entendí que en el camino entre Monterrey y Piedras Negras el autobús en que viajaban fue secuestrado. Un Futura —decía ella, refiriéndose a la línea de autobús [...] Al final, el secuestro del autobús terminó hasta que lograron que algunos de los que aseguraron, les vaciaran sus cuentas de banco. Un golpe de ¿suerte? dijo Cinthia que sólo bajaron a los hombres, pero a las mujeres no las tocaron: Nahún no llevaba el teléfono ni mucho dinero (casi todo lo cuida Cinthia) así que rápidamente fue descartado del grupo y se hizo pasar por viajar solo.

La historia de Cinthia y su familia —así como de las hermanas Rodríguez— es una breve muestra de ese agujero negro latente en el camino y tránsito irregular migrante, pero retomo un poco la idea de Lucas sobre la esperanza como otro “elemento” paralelo a los agujeros negros:

Mi idea es entender cómo la migración es pensada por los migrantes como una posibilidad para tener un “futuro mejor” y no sólo como un acto de desesperación, a pesar de los grandes riesgos y pocos beneficios que puedan encontrar en su camino [...] Al centrarme en su experiencia subjetiva, a veces abandoné las explicaciones “racionales” u “objetivas” que damos a la migración desde un punto de vista académico y/o militante, para comprender que la esperanza de los migrantes, al igual que su fe, a menudo saca su fuerza de lo inexplicable y absurdo que encuentran en su camino.[15]

Cómo me siento. Cómo me percibo en el campo

Diario de campo. El tren. (2da semana de febrero de 2020. Hogar Refugio para Personas Migrantes: La 72: cerca de las 8 pm): En eso se escucha: ¡El tren, el tren! Y empezó la revolución dentro de la casa. Entonces los compas, de a dos, tres, cuatro, salieron corriendo; algunos agarrando su mochila y con la botella de agua en la mano, los zapatos sin amarrar; gritos eufóricos:

¡Arre!, ¡Arre!; ¡A’monos!, ¡A’monos compa!, ¡Córrele o te quedas! —son los gritos y llamados. El paso que queda entre los conos naranja y la puerta principal es una fiesta completa: ¡Sale compas, suerte!, ¡Suerte! —los gritos de todos lo que nos quedamos y los vemos: ¡Si no se van, regresan, ya saben!, ¡Tienen media hora para volver! ¡Ya es de noche, no se vayan a quedar allá afuera! —les gritamos. Todo esto no toma más de cinco o diez minutos y en este pequeño espacio las pisadas son presurosas y las siluetas se dibujan con las luces de los focos: hombres y mujeres se van. A lo lejos se escucha la locomotora, con su marcha, y el silbato de ésta anuncia que está por estacionarse; las vías están a unos cien metros saliendo por el centro de convenciones. Si fuera de día, haríamos monitoreo, pero no a esta hora; además, no hay nadie del equipo base que nos acompañe: hemos de esperar que todo salga bien [...]

Hasta 2020, el tren pasaba por la casa de migrantes en este punto de Tabasco y cada que eso ocurría (un par de veces a la semana) era un evento completo. No había una hora precisa, así que había vigías en el techo de la casa para ver cuando se acercara el tren, ya que la vía y estación de Tenosique no está muy lejos de La 72, y así se hace para avisar con el grito: “¡el tren!, ¡el tren!”, como pudo leerse líneas arriba. Considero que una de las situaciones más complejas de narrar en el diario de campo han sido las formas en que me he sentido física y emocionalmente durante el quehacer etnográfico: miedo, alegría, tristeza, cansancio, malestares y dolencias, cariños y afectos surgen y conviven en el campo a diario; y claro, esto impacta de algún modo la situación en el trabajo etnográfico.

Diario de campo. Reunión de voluntarios a propuesta de Julia para tener una sesión de autocuidados como grupo. (4ta semana de enero de 2020. Sala común de voluntarios en La 72: cerca de las 9 pm): Bueno, no quiero que se sientan forzados o algo así; se me ocurrió que podíamos reunirnos y platicar sobre cómo nos sentimos y esas cosas. Sentirnos acompañados y si alguien se siente mal, triste, pues primero demostrarnos solidarios y ver si podemos hacer algo —Julia tiene formación en técnicas pedagógicas y de psicología. Por tanto, ella es una especialista en esta actividad—. ¿Nadie? —seguía tratando de animar la plática mientras todos volteaban a otra parte—. En un momento ya iba a alzar la mano, pero, de cierta manera me molesta tener que tomar la iniciativa la mayoría de las veces. En eso, fue Felicia quien comenzó a hablar: Yo me siento bien, cansada, han sido días complicados. Los menores me quitan energía, pero estoy feliz; esta semana logramos que a Kevin le dieran su refugio y hay otros más ahí que vamos. Pero lo que pasó con Dulce (hace una pausa), eso me hace sentir mal, enfurecida, triste por ella. Pero bueno, ya se hizo lo que se pudo y hay que seguir. Es todo, no sé qué más decir —finalizó, mientras cruzaba sus pies y agarraba sus rodillas en el sillón junto a Julia— [...] Me tocó, alcé la mano después de que Marcia dudará de hablar o no: “Pues no sabría por dónde empezar; por un lado, me siento, sí, un poco cansado. Les pido una disculpa si de pronto estoy como más apartado o algo así, pero ¡en verdad trato de estar más con la población y termino bastante cansado! Pero también: me siento bien, me siento cuidado por ustedes” [...]

Cada palabra que vacío en mi diario de campo describe también una parte del cómo me siento en ese momento. No siempre es tan obvio o visible al leerlo e inclusive yo mismo debo releer algún pasaje, como tratando de confirmar que no me dejé llevar tanto por mis pasiones y emociones de modo que esto influyera en lo que redacté para construir el dato posterior. En ocasiones, estar en la casa de migrantes conlleva tensiones con las demás personas que la habitan. Es increíble, pero en ocasiones yo mismo podría decir que quien se siente extranjero... soy yo. Soy una clase atípica (o muy extraña) de extranjero y extraño en un lugar y espacio que da atenciones y cuidados humanitarios a quienes se les cataloga como migrantes irregulares. El roce de mi cuerpo con otros que me pueden hablar en creole, en francés o en inglés me sitúa como un extraño obligado a aprender a comunicarse de alguna manera.

Mi cuerpo, en todo esto, es testigo y siente; se siente atraído o repelido con las voces, los humores, los demás cuerpos. En un espacio donde todos y todas somos ese extranjero o extraño y a la vez, dejamos de serlo. Finalmente, también debo apropiarme del espacio y sus significados, como Olga Sabido reflexiona sobre esto al ser un extraño:

La forma en que se delimita y se construyen las fronteras del cuerpo expresan límites sociales que permiten constituir “umbrales de sensibilidad” y una vez atravesados establecen sentidos y significados de pertenencia y extrañamiento, y es por ello que puede definirse qué resulta agradable o desagradable, atractivo o repulsivo, apreciable o despreciable. Comprender al espacio desde una perspectiva sociológica abre un abanico de posibilidades en donde el cuerpo abandona el papel reducido a objeto ubicado dentro de un espacio físico cualquiera, para devenir en criterios de apropiación del mismo, significación y forma en que el cuerpo se apropia o se ve excluido del espacio.[16]

Lo cotidiano de vivir como extraño y entre extraños se vuelve permisivo, y con esto empiezo a abordar la vida cotidiana y sus prácticas; en la casa de migrantes soy Eric, soy el voluntario, pero también soy Eri’, como ellos y ellas me llaman, con ese acento que en ocasiones me cuesta trabajo entender. Poco a poco ellos y ellas saben de mí y mis costumbres, pero yo también de las suyas: aprendo sus códigos, como silban o mueven sus cuerpos cuando no quieren que algo se sepa a más, cómo ocultan sus enojos o descubrimientos, por mínimos que sean estos: “En el sentimiento de seguridad que nace del carácter inteligible y familiar de los cotidiano, el uso ordenado del cuerpo tiene un papel esencial [...] El hombre está afectivamente en el mundo, sus conductas no son solamente un reflejo de su posición simbólica en la trama de clases o grupos sociales”.[17]

La pregunta sigue siendo constante y es: ¿quién soy y qué lugar me asignan los demás? Este ejercicio lo podría proponer como el ser “uno mismo (a)” aceptando que habrá momentos y espacios en donde se es aceptado o no, inclusive en un lugar tan delimitado como es el interior de una casa de migrantes o los espacios vinculados a ella. Esto, de una forma más refinada y desde otra perspectiva, aunque parecida a la mía, la hallo en lo que Soledad Álvarez dice respecto de su experiencia y reflexiones a propósito de su trabajo etnográfico en torno a la migración irregular del sur global: “El cúmulo de aprendizajes que mujeres y hombres migrantes irregularizados me impactaron de tal forma que mis preguntas de investigación fueron desechadas, mi forma de hacer etnografía fue cuestionada, mi rol y presencia en el campo fueron transformados”.[18]

Retomando un poco el cómo me percibo y cómo escucho o sé que me perciben los demás, me gustaría retomar un pasaje de mi diario de campo y algunas ideas y comentarios de algunas personas voluntarias y migrantes en la casa, La 72:

Diario de campo. Mathilde explicándome por qué, le molesta un poco no hablar bien español. (3ra semana de enero de 2020. Sobre la calle 20 camino al centro de Tenosique, por la tarde): “Oye, ¿y cómo te sientes después del problema con el chavo ese que te quiso tocar o no sé, ¿qué pasó? —le preguntaba sobre un incidente de acoso que tuvo hace unas semanas. [...] Sí, esos chavos ya se fueron, se pasan. ¡Pero en fin!, es como decimos: no todos los compas llegan con buenas formas o a veces se aprovechan de la situación. No todos, afortunadamente [...] —le comenté. ¡Bueno, pero tú eres hombre! además, estás así (hace un ademán de fuerza) y te les impones. A nosotras luego nos andan mirando como si nos desnudarán. Tu puedes ir y gritarles y no se enojan, yo les digo algo serio y ni caso me hacen [...]

Diario de campo. Acompañamiento a Fer y otros. (3ra semana de febrero de 2022. Metro CDMX, línea 1 hacia Casa Tochan. Cerca de las 8pm): Eran poco más de las 8 cuando iba con Fernando (Venezuela) y con otros 5 conocidos más. Llegaron a San Lázaro hace rato y entre que iban a la del Norte (la terminal de autobuses) o meterse a un hotel, les convencí de ir a Casa Tochan, ahí con Gaby. Al único que conozco realmente es a Fer [...] no pasó mucho de su mensaje cuando al otro día o algo así, no recuerdo bien (debo anotar esto con cuidado) me mandó mensaje por WhatsApp Alejandra: resulta que ella está en el comedor con Norma (Las Patronas) y estaban buscando quien pudiera orientar a los chicos con la compra de boletos en la terminal de autobuses para ir a San Luis Potosí. ¡estos muchachos han pasado ya por todas las casas posibles! [...] ¿Se acuerda allá cómo nos recibió?, ah usted siempre bien firme, pero se notaba lo noble de usted. Hasta los más malillos (entiendo, como malintencionados) le hacían caso. Ah es que usted si se notaba que nos ayudaba. Uno luego llega a la puerta y nomas le dicen a uno largas. Yo por eso no quise pasar a quedarme. Que nos querían quitar el celular y así. No pues no. Yo me acuerdo clarito cómo le dijo al guardia que nos dejara pasar para bañarnos, ahí fue donde dijimos: Ése es el jefe. —Fer tenía esos recuerdos más claros que yo, o por lo menos tenía una perspectiva desde donde no me había colocado antes—. Y mire ahora, ¡Hasta nos trae acá cuidándonos! Es usted un buen amigo. Se le estima [...]

Este tipo de vivencias me hacen recordar el ejercicio de reflexividad en el que Rosana Guber nos hace tanto énfasis en realizar como parte de nuestra formación etnográfica; me hace pensar en cómo cada uno(a) de quienes hacemos etnografía nos enfrentamos a situaciones que nos pueden rebasar corporal, emocional y socialmente, pero aun así, es dónde ponemos en juego toda esa madurez reflexiva y profesional y sobre todo: lo falibles que podemos ser para seguir nuestro viaje antropológico:

Aturdida, sentí que me transformaba en una columna más del edificio. Sin reaccionar todavía, me dije que debía registrar el acto y que, después de todo, no tenía nada que ocultar ni de qué avergonzarme [...] Ante eventos como éste los investigadores podemos optar por desentendernos de lo ocurrido y “pasar a otra cosa” atribuyendo el traspié a un malentendido, a mala fe o a la ignorancia.[19]

Una etnografía en vínculo

Quiero cerrar este texto mencionando que el trabajo que he llevado a cabo, etnográficamente, es claramente el resultado de cómo me he vinculado con ciertos actores y grupos a lo largo del tiempo y espacio del trabajo de campo; utilizo la palabra vincular porque me remite a los lazos emocionales y físicos que he tendido y estrechado con las personas migrantes, personas voluntarias y trabajadoras en las casas de migrantes y fuera de ellas. Como mencioné en algún punto, la honestidad ha sido parte fundamental de mi actuar, pero con esto también el saber (y reaprender a) comunicar y colaborar profesionalmente.

He aprendido a dar luz a mis emociones en el diario como algo que sucede, pero también a las de los demás; también, aprender a cuidar mi cuerpo y ver el de los demás como sus propios territorios y no sólo apropiarme de éstos en pos del trabajo etnográfico y antropológico. Al tono, rescato lo dicho sobre el hacer etnografía por Luis Reygadas:

Porque como dijo Gramsci, todos somos filósofos. Y las etnografías realizadas en el diálogo con una pluralidad de sujetos pueden ser muy ricas, porque todos somos etnógrafos. Los antropólogos tenemos que revalorar, de una manera muy especial, las contribuciones que realizan las personas con quienes hacemos nuestro trabajo de campo, que no son meros informantes o asistentes, sino participantes cruciales en el proceso de producción del conocimiento antropológico.[20]


[1] George Marcus, “Etnografía multisituada. Reacciones y potencialidades de un Ethos del método antropológico durante las primeras décadas de 2000”, Etnografías Contemporáneas, núm. 7 (octubre, 2018), 177-195.
[2] El Hogar Refugio para Personas Migrantes: La 72 es una casa de migrantes en el municipio de Tenosique de Pinos Suárez, Tabasco, en México a 65 kilómetros de la frontera El Ceibo, con Guatemala. Dicha casa es —posiblemente— una de las más grandes, con cerca de 3 300 metros cuadrados y está en funciones desde abril de 2011. Si bien mi trabajo de campo inició formalmente a partir de 2019, he estado de forma intermitente en La 72 como voluntario desde 2017. La 72 es parte de la Provincia Franciscana del Sureste y de Red Francisca para Migrantes.
[3] Casa Belén-El Ceibo se localiza en el departamento de El Petén, municipalidad de La Libertad, en Guatemala; se ubica aproximadamente a 800 metros de la frontera con México, en el puente fronterizo de El Ceibo. Una casa pequeña, alrededor de una quinta parte de La 72, la Casa Belén es parte de la Pastoral de Movilidad Humana de Centroamérica.
[4] Casa Tochan A. C. es una casa que inició trabajo desde 1980 en ayuda a las personas que huían de la guerrilla en El Salvador; ahora sirve a las personas migrantes en condición de refugiados. Casa Tochan está en el poniente de la Ciudad de México y es parte del Comité Monseñor Romero.
[5] Bronislaw Malinowski, Diario de campo en Melanesia, trad. de Alberto Cardín (España: Júcar Universidad, 1989),53.
[6] Esteban Krotz, “Viaje, trabaja de campo y conocimiento antropológico”, Alteridades, núm. 1(1991), 50-57.
[7] James Clifford, “Sobre la autoridad etnográfica”, en Dilemas de la cultura: Antropología, literatura y arte en la perspectiva posmoderna, trad. de Carlos Reynoso (Barcelona: Gedisa, 2001), 41.
[8] Harold Garfinkel, prefacio a Estudios de etnometodología, trad. de Hugo Antonio Pérez Hernáiz (Barcelona: Anthropos, 2006), 1.
[9] Es una manera coloquial entre personas migrantes para referirse al mecanismo de acople entre vagones del tren.
[10] Eduardo Restrepo, “Cap. 2: Trabajo de campo”, en Etnografía: alcances, técnicas y éticas (Bogotá: Envión, 2016), 36.
[11] Alejandra Uribe, “Espacios y representaciones: mujeres migrantes centroamericanas en tránsito por México”, El Cotidiano. Migración forzada en tiempos del covid-19, núm. 230 (noviembre-diciembre, 2021), 21.
[12] Lucas Aguenier, “La esperanza en los caminos de la migración del sur de México”, El Cotidiano. Migración forzada en tiempos del covid-19, núm. 230 (noviembre-diciembre 2021), 7-16.
[13] Edgar Damián Córdova Morales, “Voces desde los agujeros negros de Lesbos: una etnografía fronteriza sobre los regímenes autoritarios en los márgenes del Mediterráneo”, (tesis de maestría: ciesas, 2017), 54-74.
[14] Liliana Suárez-Navaz, “Introducción: etnografías y emergencias en el Mediterráneo: agujeros negros de nuestra modernidad”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares. Migración y refugio en el Mediterráneo más allá de las fronteras: Temas Emergentes, vol. 70, núm. 2 (julio-diciembre 2015), 265-276, 267.
[15] Aguenier, “La esperanza en los caminos ...”, 8.
[16] Olga Sabido Ramos, “Cohabitar el espacio y la presencia de los cuerpos. Vivir entre extraños”, en: El cuerpo como recurso de sentido en la construcción del extraño. Una perspectiva sociológica (Madrid: Sequitur-uam, 2012), 62-63.
[17] David Le Breton, “Una estésica de la vida cotidiana”, en Antropología del cuerpo y modernidad (Buenos Aires: Nueva Visión, 2022), 92.
[18] Soledad Álvarez Velasco, “Legados de la primera inmersión en campo. Desmantelando preconcepciones del sentido común, la selectividad nacionalista, y politizando la etnografía del tránsito migratorio irregularizado”, en Micropolíticas de la violencia. Reflexiones sobre el trabajo de campo en contextos de guerra, conflicto y violencia, de Yerko Castro Neira y Adele Blazquez, coords. (México: Laboratorio Mixto Internacional [Cuadernos de Trabajo, 5], 2017), 50.
[19] Rosana Guber, “El investigador en campo”, en La etnografía. Método, campo y reflexividad (Bogotá: Norma, 2001), 102.
[20] Luis Reygadas, “Todos somos etnógrafos. Igualdad y poder en la construcción del conocimiento antropológico”, en La etnografía y el trabajo de campo en las ciencias sociales, de Cristina Oehmichen Bazán, edit. (México: unam-iia, 2014), 108.

Compártelo

  • Hamburgo 135, Colonia Juárez, Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, CP 06600
  • (55)4166-0780 al (55)4166-0784

Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la opinión del editor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin la previa autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Contacto: narrativas_antropologicas@inah.gob.mx