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    María José García Oramas


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  • Reseña del libro: Nuestras semillas, nuestras milpas, nuestros pueblos. Guardianes de las Semillas del sur de Yucatán, de Margar

    Carmen Morales Valderrama


  • Reseña del libro: INAH. 80 años construidos por sus trabajadores. Ciencias Antropológicas, de Allan Ortega Muñoz, Hamlet Antonio

    Laura Elena Corona de la Peña


  • Reseña del libro electrónico: Geo-grafías comunitarias. Mapeo comunitario y cartografías sociales: procesos creativos, pedagógic

    Claudia Álvarez Pérez


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  3. Viaje a Tierra Sagrada Wixárika en tiempos de pandemia

Viaje a Tierra Sagrada Wixárika en tiempos de pandemia
Travel to the Sacred Land Wixárika in times of pandemic

María José García Oramas
Facultad de Psicología, Universidad Veracruzana, México
 jogarcia@uv.mx

Fecha de recepción: 17 de mayo de 2021
Fecha de aprobación: 19 de agosto de 2021

En 1983 visité la sierra tarahumara y a los rarámuri en la misión jesuita de Sisoguichi y en Guachochi. En aquel entonces era estudiante de la Licenciatura en Psicología Social y me interesaba profundamente conocer a los pueblos indígenas del país. Un año después fui a Chiapas, a las comunidades tzoziles y tojolabales, y mi fascinación por estas culturas siguió en aumento. Por ese entonces compré un libro de dos tomos titulado: Los huicholes. Una tribu de artistas (1934), obra de un antropólogo estadounidense, Robert M. Zingg, esperando un día poder visitar esta comunidad.

El libro se quedó en mis estantes durante muchos años, en los cuales me convertí en investigadora de la Universidad Veracruzana en la Facultad de Psicología en Xalapa, Veracruz, luego de haber concluido una maestría en Estudios de Género en la New School University, en Nueva York, Estados Unidos, y un doctorado en Ciencias de la Educación en París, Francia.

A lo largo de todos estos años pude visitar muchas comunidades, en el extranjero y en mi propio país; comunidades urbanas, rurales y también indígenas, interesada sobre todo en la condición de las mujeres en distintos contextos. Todo ello hasta que la pandemia de covid-19 me impidió, como a todos, seguir viajando y mucho menos realizar cualquier tipo de trabajo de campo.

Así, en medio del aislamiento social y luego de un año de no salir siendo como, ya lo he dicho, una viajera empedernida, se me presentó la oportunidad única de poder visitar una comunidad wixárika en la sierra de Jalisco gracias al contacto que con ella tiene Roxana G. Drexel, organizadora, junto con su hermana Patricia, del grupo de voluntarias “Por los Guardianes”, quienes apoyan a los wixaritári en la venta de sus artesanías. Roxana, a su vez, apoya en la difusión de su arte y durante aproximadamente 15 años ha trabajado de cerca con varios artistas de esta etnia en la zona metropolitana de Guadalajara, además de ser la gestora cultural de una colección privada —de la Fundación Hermes Música, A. C.— de instrumentos intervenidos con chaquira, que ella lleva a varios países.

Agradezco el apoyo en la realización de esta visita a Roxana G. Drexel, a Martin Camilo Aguilar y a Regina Alcocer, (ReginaAlcocer@ojodeaurea) y, sobre todo, a nuestra informante, por permitirnos acceder a su comunidad y publicar este escrito.

Quizá porque comprender la vida en aislamiento me parecía algo imprescindible a reflexionar en los tiempos que corren cuando el gregarismo nos ha afectado tan visiblemente, o porque entender cómo es que una comunidad en territorio mexicano podía permanecer intacta en sus tradiciones y cosmogonía después de siglos a pesar de la globalización, de la pandemia, del narcotráfico y de la violencia social siendo que, además, fueron los únicos pueblos que sobrevivieron, junto con los coras, al exterminio durante la conquista en Jalisco; o quizá porque necesitaba entender cómo es que el futuro se entrelaza con el pasado para crear un mejor presente volviendo para ello a los orígenes de la humanidad, siguiendo a quienes afirman que la única manera de salvar el planeta y la civilización es entender a los pueblos originarios en tanto “el futuro o es autóctono o no será”, lo cierto es que en abril del 2021 pude hacer realidad este sueño tan largamente anhelado, justo en el momento en que parecía imposible hacer realidad ningún sueño, lo que ya, de inicio, auguraba un buen comienzo.

El escrito que ahora presento ha de comprenderse como un diario de viaje, como una experiencia única de quien, sin ser especialista en la temática, ha elegido seguir al Dr. Robert M. Zingg para guiar sus reflexiones, sabiendo de antemano que hoy en día existen múltiples y reconocidos estudiosos sobre los wixaritári, hombres y mujeres, quienes han trabajado profunda y comprometidamente con este pueblo originario. Personalmente, el libro de Zingg me resultó especialmente valioso, porque al leerlo iba identificando en sus comentarios personales muchas de las sensaciones y la admiración por esta etnia que tantas personas hemos experimentado a lo largo del tiempo, además de disfrutar sus elaboradas y detalladas descripciones sobre las costumbres, los mitos, el arte y la vida de estos pueblos.

Me he interesado en brindar pequeñas reflexiones comparativas entre la obra de Zingg y la sociedad moderna en la que habito, pensando en que él, desde su contexto, en 1934, como buen hombre, estadounidense y cientificista, se preocupaba por llevar a cabo un estudio antropológico que fuera lo más descriptivo, fidedigno y objetivo posible sobre esta comunidad y sus costumbres, mientras yo me ubico, en un contexto de ser mujer, en 2021, en plena pandemia del covid-19 y en una posición de ir construyendo saberes desde un lugar que es situado en un determinado momento histórico y en un contexto específico.

Esta narrativa parte pues de mi experiencia personal, de mi bagaje académico en tanto psicóloga social y comunitaria y la comparto con el franco interés de contribuir a la comprensión y difusión de los wixaritári. En mi caso, particularmente interesada en su estructura familiar y en el papel que desempeñan hombres y mujeres en su sociedad.

Zingg tituló su obra como: Los Huicholes. Una tribu de artistas, y, por lo menos, desde el punto de vista de los habitantes de San Sebastián Teponahuaxtlán —quienes nos acogieron—, ellos ni son huicholes ni son tribu, con lo cual un título así, aceptable en 1934 y hasta en 1982 (cuando el libro fue traducido y editado por el Instituto Nacional Indigenista con Juan Rulfo como jefe de Departamento de Difusión y Comunicaciones), hoy en día resulta, por lo menos para nuestros informantes, controversial.

Los gobernadores de San Sebastián Teponahuaxtlán nos dijeron que cualquier cosa que deseáramos transmitir sobre ellos habría de comenzar enfatizando en que el término huichol es ofensivo para su etnia, puesto que proviene de la palabra huitlacoche que significa negro, cuando ellos en realidad son wixárika, que significa Pueblo Grande, y su gente son wixaritári. Esta letra “x”, que en otras lenguas tiene un sonido suave, en este caso enfatiza la segunda “r”, porque, en su decir, ellos son Grandes.

Sin embargo, la antropóloga Marina Anguiano (2018), con más de 40 años de trabajo sobre este grupo, afirma que esta aseveración es inexacta y que no tiene certeza histórica. Huitlacoche (escuitlacochi) no tiene relación con huichol, que es un término en español cuyo origen proviene de una corrupción lingüística a raíz de la conquista y es relativo a un término similar como guisol, güisol, vitzurita, el cual derivó en huichol. La autora, sin embargo, corrobora que ellos mismos, en su propia lengua, se autodenominan wixárika en singular y wixaritári en plural, lo que significa “pueblo de sabios, curanderos, médicos”.

Sobre esta controversia, en una conversación reciente con otra especialista en la temática, Ingrid Arriaga, quien cuenta con diversos textos sobre los wixaritári tales como “Arte y procesos creativos en la circulación de la espiritualidad wixárika” (2018), considera que, en efecto, si bien es inexacta la aseveración de que el término huichol proviene de huitlacoche, no deja de ser interesante saber que los propios wixaritári sigan buscando nuevos significados, significados inmediatos, analógicos a la mirada externa sobre su propia etnia.

Por otra parte, sobra decir que, si bien Zingg diferenciaba a los indios pueblo de las tribus en tanto unos viven de manera gregaria y los otros viven de manera dispersa y por esta razón consideraba a los wixaritári (al igual que a los rarámuri) como tribus, este hecho hoy en día no es relevante para considerar a estos grupos como lo que son: una civilización cuyo arte forma parte de una cosmogonía excepcional y cuyas tradiciones se basan en saberes ancestrales, “antiguos”, en el sentido en el que también nos lo explicaron sus gobernantes, quienes usan este último término porque alude a que su pueblo se originó desde tiempos muy antiguos, inmemoriales, hace miles de años y, en su decir, ni siquiera ellos saben desde hace cuánto tiempo habitan estas tierras sagradas.

Durante mi estancia en tierra wixárika pude constatar que las tradiciones de esta cultura permanecen prácticamente intactas, tal y como las describiera Zingg, aun en estos tiempos de pandemia si bien allí, hasta ahora, la pandemia no ha llegado. En la actualidad, los wixaritári mantienen una relación mucho más cercana y cotidiana con el mundo exterior, incluso se les puede ver con celulares, con televisores y computadoras, puesto que sus comunidades cuentan ahora con luz y con mejores vías de acceso. Aun así, siguen sin tener ningún problema en convivir con otras culturas manteniendo a rajatabla la propia.

El saber desde la experiencia: “Es algo así…”

El trayecto de Guadalajara a la sierra Wixárika, en este caso a San Sebastián Teponahuaxtlán, es largo, aunque es frecuentemente recorrido por las y los integrantes de esta etnia. Guadalajara y Tepic son las ciudades a las que acuden con cierta regularidad para la venta de sus artesanías, para trabajar, acudir al médico o llevar a cabo alguna otra diligencia.

Nuestra guía y anfitriona vive en Guadalajara desde hace 16 años y es apoyada por la psicóloga y activista Patricia Ríos Duggan, quien desde hace más de tres décadas auspicia un centro de apoyo para personas wixaritári junto con grupos altruistas y organizaciones civiles tapatías. En ese albergue pueden pernoctar, comer y descansar durante su estancia en la ciudad.

Los autobuses que llevan a la sierra pasan por diferentes localidades y hay que transbordar de uno a otro en lugares como Trinidad García de la Cadena, Jalisco, y en Tlaltenango, Zacatecas, hasta llegar a Bolaños, pueblo minero donde inicia un camino de terracería que cruza las montañas hasta llegar a San Sebastián. Regularmente el trayecto dura 12 horas y las personas suelen salir muy temprano para finalizarlo concluyendo con una caminata que les conduce hasta sus pequeñas rancherías.

En nuestro caso, hicimos el recorrido en una camioneta particular, acompañadas y guiadas por nuestra informante, Rosa, y su pequeña hija, quienes, como todos los wixaritári, se identifican con dos nombres: uno en su lengua originaria y otro en español. En su lengua, nuestra pequeña acompañante de cuatro años se llama Umuari, que quiere decir única, y su mamá se llama Uaxima, que quiere decir maíz cuando ya está crecido.

Al inicio del viaje, la mamá hablaba poco y quien concentraba nuestra atención era la pequeña Lucecita con sus cantos y sus juegos. Nunca lloró ni preguntó ¿cuándo llegamos? como suelen hacerlo los pequeños en este tipo de viajes. Mientras tanto, nosotras disfrutamos la belleza de los paisajes, desde las plantaciones del agave, en Tequila, hasta los campos de cultivo de Tlaltenango, donde se cosecha, entre otros, la calabacita, el rabanito y el cilantro. De hecho, Rosa pasó de los 12 a los 16 años trabajando en estos cultivos junto con su hermana y su familia. El trabajo del campo, comenta, es duro y mal pagado, pero es una de las pocas alternativas de trabajo remunerado que tienen los pueblos wixaritári, tanto hombres como mujeres.

San Miguel de Bolaños es el último punto mestizo antes de llegar a tierra sagrada wixárika. Ahí hay una enorme efigie de venado decorado a la usanza indígena, que nos recuerda su condición de Dios principal para este grupo. Y justo en el momento en que subíamos la montaña para adentrarnos en su tierra sagrada, Rosa comenzó su tarea de comunicarnos su cosmogonía y costumbres. Nos explicó que su pueblo tiene cinco dioses: el ojo de dios (tzilkuri), el venado azul (maxa), el abuelo fuego (tatewari), el peyote (híkuri) y el maíz (‘iku). Sin embargo, nos explicó que ella no podía hablarnos de los dioses porque no había experimentado el trayecto sagrado de los peyoteros a Wirikuta, en Real del Catorce, y sólo quienes habían experimentado el contacto directo con ellos podrían hablar a ese respecto. Ella nos dijo que así como a las personas no les gusta que otros hablen de ellas, de su historia, de sus costumbres, a los dioses tampoco les gusta que hablen de ellos otras personas que no los han conocido. Por esta razón, cada vez que nos explicaba algo de su cultura, complementaba con esta frase: “es algo así”.

Gracias a que Rosa pidió permiso a sus dioses para adentrarnos en su tierra sagrada contamos con su protección a lo largo del trayecto, especialmente durante 5 horas en la terracería, ya cerca del atardecer, donde no nos topamos con ningún otro vehículo o persona transitando por esta vía. Mientras repetíamos una y otra vez: ¡Estamos en medio de la nada! Ella nos escuchaba pacientemente. Nuestra “nada” en realidad es su “todo”, y sí, ciertamente nos alejábamos de nuestro “todo” para entrar en el suyo, pero aun sin la apertura suficiente para adentrarnos en esta experiencia, abrazarla y luego poder decir “algo así” sobre la misma porque, en efecto, las experiencias hay que vivirlas en carne propia.

Estar en medio de la nada es algo así como vivir una experiencia radicalmente diferente a nuestro mundo conocido: no hay ruido, no hay personas, no hay tiendas, no hay congregaciones. En cambio, hay una naturaleza esplendorosa, animales silvestres y un pueblo único que se anuncia al borde del camino con un letrero que dice: “Bienvenidos a la Sierra de la Región Wixárika: área de alto valor para la conservación biológica y cultural”.

Al llegar a su comunidad, Calabacías, el lugar que nos acogió y donde vive su familia, Rosa comentaría a sus parientes nuestras reacciones y miedos durante el camino y todos se rieron abiertamente, y con justa razón, de nosotras. Incluso, porque al llegar encontramos un temible alacrán güero en la puerta de nuestra habitación. Ella, muy tranquilamente nos mostró que no iba a picarnos: puso su mano cerca de él, le habló en su lengua y cuando constató que el animal no se movió para atacarla, entonces tomó una pequeña vara y lo alejó. De todos modos, Roxana pensaba que los alacranes siempre vienen en pareja así que, a pesar de la enseñanza, buscó en vano al compañero del alacrán durante el resto de la noche.

Lo cierto es que nadie nos asaltó, ningún alacrán nos picó, no nos enfermamos y, por el contrario, una vez despejados nuestros miedos, pudimos al fin experimentar lo que se siente cuando se llega a una tierra sagrada donde el día dura muchas horas, durante las cuales suceden historias inigualables, “algo así” como mágicas, únicas en la vida, y cuando, de noche, se pueden tocar las estrellas con las manos y reconocer la inmensidad de nuestro cosmos, la diversidad de nuestra especie y la bendición de venerar a nuestra naturaleza que, en efecto, se compone de muchos dioses que nos protegen.

“Tú eres mi kurika”: La familia wixárika

Nada más llegar, niños pequeños van saliendo de todas partes para conocer a las visitantes. Así, desde el momento que llegamos hasta nuestra partida, siempre estuvimos rodeadas de estos pequeños dispuestos a jugar, a comer, a escuchar y sobre todo a seguir todos nuestros movimientos con gran curiosidad.

Así como lo describió Zingg, los niños parecen un poco “malcriados” porque en realidad crecen en absoluta libertad. Desde que nacen hasta que cumplen 4 o 5 años son cuidados por la comunidad en su conjunto. Sus padres, hermanos y hermanas se ocupan de ellos sin privarlos prácticamente de nada. Y es que estos pequeños son muy apreciados por sus familias, así que se dedican a jugar y a correr de un lado al otro persiguiendo animales, en sus bicis o con algún otro juguete, razón por la que no resulta raro verlos cubiertos de polvo de la cabeza a los pies.

Al llegar, Lucecita fue la primera en bajarse de la camioneta para salir corriendo a jugar con sus primos. Revoloteando a nuestro alrededor, en un momento cualquiera se acercó a mí y me dijo: “Tú eres mi kurika”. Pregunté qué quería decir “kurika” y me contestaron que quiere decir “hermana”. Así, de esta forma tan natural y espontánea ella me había convertido en parte de la familia.

La calidez con que fuimos recibidos provenía no sólo de los pequeños sino también de los adultos. En primer lugar nos recibió el cuñado de Rosa, con su esposa y sus hijos. No sólo dispusieron para nosotros de su mejor cuarto, recién construido, sino que estuvieron en todo momento pendientes de lo que necesitáramos. Al despedirnos, de la misma manera en que Lucecita me llamó hermana, él se despidió de nosotras con lágrimas en los ojos diciendo “Nunca las voy a olvidar”.

La fuerza de la estructura familiar en las comunidades tradicionales y particularmente entre los wixaritári es Grande como su etnia y, junto con la religión, es el soporte sobre el cual se estructura este grupo social. Los niños son considerados una bendición y por eso se les malcría de pequeños: no se les enseña “formalmente” nada, no se les pone “límites”, simplemente se les deja hacer lo que deseen y no están vetados de ninguna actividad que realicen los adultos, ni de participar en ningún acontecimiento familiar y social. Por el contrario, se les permite que observen todo a su alrededor y que se dediquen a jugar desde que amanece hasta que se duermen.

¿Cómo se transmiten entonces los conocimientos y tradiciones de los wixaritári a las nuevas generaciones? Pues justamente así: observando, compartiendo y participando de la convivencia cotidiana a fin de que miren y aprendan de sus mayores. Por esta razón, particularmente en los ritos y ceremonias religiosas, les incitan a estar presentes para que a fuerza de la repetición aprendan sus tradiciones, de tal suerte que en la vida adulta conocen de memoria cada uno de los elementos que la componen.

Conforme crecen, las cosas cambian y se pueden establecer diferencias entre las tareas y las formas de socialización para hombres y mujeres. Chuy, su cuñado, tiene 4 hijos: Liz, de 15 años; Omar, de 13; una pequeña de 2 y un bebé varón de 4 meses. Como lo he comentado, todos cuidan indistintamente de los pequeños y en este caso era frecuente ver a Omar cargando al nuevo bebé, muy feliz de que hubiera en la familia otro varón como él, mientras que su pequeña hermana lloraba amargamente de que ya no fuera ella a quien cargaran, así que todo el tiempo hacía enojar a su hermano para llamar la atención de sus padres, como lo hace cualquier infante desplazado por el que viene.

Omar trabaja con su papá en el campo y además asiste a la escuela, al primer año de secundaria. Esta escuela, junto con la primaria, se encuentra en su propia comunidad y opera mediante el sistema Conafe, con instructores comunitarios bilingües. En la secundaria, además de ser bilingüe, se aprende también el inglés, lo que a Omar le gusta mucho. En cambio, Liz ya no acude a la escuela y únicamente terminó la primaria. Se dedica a las labores del hogar: a tortear (hacer tortillas), acarrear agua, lavar trastes, lavar la ropa, barrer, entre muchas otras actividades de cuidados.

Como todas las mujeres del lugar, Liz también borda y hace los tradicionales collares, pulseras y anillos creados con pequeñísimas cuentas de chaquira multicolores. Es la primera en levantarse y la última en acostarse, simplemente, como el resto de las mujeres, no para.

Al igual que en muchas comunidades tradicionales, si se trata de dar estudio a los hijos el privilegiado es el hombre, mientras que se espera que las mujeres realicen las labores de cuidado. En el caso de Liz, se recarga en ella gran parte del trabajo doméstico dado que su mamá recientemente dio a luz a un nuevo hermano.

Hablando con ella, me cuenta que la llevaron a Guadalajara pero no quiso quedarse allí, prefirió regresar a su comunidad puesto que allá los hombres, al decir de Chuy, la buscaban solo para casarse con ella, y es común que los wixaritári no formen familia con mexicanos o extranjeros, únicamente con otros miembros de su comunidad.

Además de la familia de Chuy, en este espacio familiar conviven otros miembros de la familia de Rosa junto a sus respectivos hijos y sus familias. En realidad, se trata del hogar de su abuela, a quien ella considera su verdadera madre, pues fue quien la crio, con lo cual estábamos en un espacio familiar donde vivían 4 familias separadas por sus respectivos patios. Lo mismo sucede en el resto de Calabacías, siendo que al momento de unirse con su pareja, mujeres y hombres pasan a formar parte de la familia del cónyuge. En el caso de Chuy, él vive con la familia de su mujer, si bien es cierto que la suya vive enfrente, sólo a unos metros de su casa.

A la par de nosotros, otra hermana de Uaxima llegó de visita. Se trataba de su verdadera madre, quien vive ahora con otra pareja en la comunidad de San Miguel. Ellos llegaron a pie y a lomo de burro luego de 3 días de andar por la sierra. Venían con dos hijos: Regina, de 14 años, y su hermano de 12. Comentaban que a los wixaritári les gusta transportarse caminando puesto que, en su decir, si tienen pies ¿para qué querrían usar otro medio? El viaje sagrado a Wirikuta, por ejemplo, suele durar a veces algunas semanas y muchos todavía realizan todo el trayecto, ida y vuelta, a pie.

Al igual que Liz, Regina vive con su familia y apoya en las labores del hogar. Al no ir a la escuela, es común que las chicas de esta etnia se casen muy jóvenes en matrimonios generalmente arreglados por los padres. Rosa dice que a otra de sus tías le escogieron esposo a los 12 años, edad en la que se fue a vivir a su casa. Nos cuenta que el matrimonio no se consumó sino hasta que ella tuvo 18 años y mientras tanto la cuidaron en casa del varón como si fuese otra hija más. Una vez que se unieron formalmente han durado muchos años juntos, tienen dos hijos y Rosa dice que son muy felices. Por el contrario, su hermana (la mujer que se encuentra de visita y quien es en realidad su madre), nos contó que muy joven se quedó viuda con dos pequeños y que tuvo que dejarlos porque no tenían para comer y justifica su ausencia diciendo que siempre les envió dinero, pero que no supo que el recurso nunca les llegaba.

Las mujeres wixaritári

Resulta difícil acercarse a las mujeres wixaritári. En su libro, Zingg dice que las consideraba bonitas, amables y complacientes, pero que poco pudo hablar con ellas porque por pudor y temor casi no se le acercaban. Ciertamente, las mujeres difícilmente salen de sus casas y cuando lo hacen es para llevar a cabo acciones muy puntuales. Aunque amables, son muy tímidas y reservadas.

Nosotras tuvimos la oportunidad de reunirnos con un grupo de alrededor de 15 mujeres, todas ellas de Calabacías; ellas se acercaron a recoger los víveres que les habíamos traído a través de la organización Por Nuestros Guardianes. Estuvieron poco tiempo y todas venían acompañadas de sus hijos, incluso alguna de ellas de su esposo. Intentamos entablar una charla con ellas, lograr que permanecieran con nosotras para conversar sobre temas de su interés, pero no lo conseguimos. Rosa incluso les dijo que yo era “doctora” y que podían hablar conmigo de sus problemas familiares, de los conflictos con sus esposos o de lo que ellas quisieran con confianza, que yo estaba ahí para escucharlas y apoyarlas.

Ninguna quiso acercarse, temerosas y silenciosas prefirieron tomar los víveres, agradecernos amablemente por el apoyo y regresar a sus casas y a sus labores. Aun así, Rosa nos dijo que existían muchos conflictos entre las parejas en la comunidad por infidelidades y maltratos, pero que ellas parecían aún no estar preparadas para hablar sobre ello.

Zingg refiere en su libro estas situaciones conflictivas siempre recalcando el carácter complaciente de las mujeres. Sin embargo, relata que una de ellas se atrevió a decirle que la religión era una pesada carga para las mujeres de su comunidad. Hoy en día, podemos afirmar que ciertamente las mujeres viven estas situaciones como un pesado destino imposible de transformar, dado que la violencia se naturaliza. El silencio y conformidad de algunas mujeres wixaritári frente a las normas tradicionales forma parte de un fenómeno recurrente en la gran mayoría de nuestras sociedades, sean tradicionales o modernas.

Recuperar la voz de las mujeres que aún no tienen voz es una tarea pendiente. Rosa piensa que esto tiene que cambiar y que tienen que aprender a hablar sobre lo que les sucede porque es la única manera de salir adelante, tal y como ella ha aprendido a hacerlo ante una experiencia propia de violencia doméstica.

Y no sólo lo denunció ante las autoridades civiles, sino también ante los gobernadores tradicionales de su comunidad, de tal suerte que ese hombre, con el cual ya no tiene ningún contacto y que al final quedó libre luego de un par de años, tiene prohibido de por vida pisar tierra wixárika.

A su vez, destaca la admiración y el cariño que siente por su cuñado Chuy, un buen padre, buen hombre y buen amigo, como nosotras también lo pudimos constatar. Como muchas otras mujeres, Rosa considera que tener un buen marido es cuestión de suerte pero, a la vez, se cuestiona qué tendríamos que hacer las mujeres para no sufrir situaciones de violencia, y se pregunta si en el futuro ella podrá ser una guía para las mujeres de su comunidad, a fin de transformar estas situaciones sin con ello sentir comprometida su lealtad y pertenencia a su comunidad.

Este camino ya lo han transitado muchas mujeres indígenas, quienes organizadas colectivamente hoy en día afirman que las tradiciones no justifican los actos de violencia contra ellas y que es necesario transformar cualquier práctica social que genere desigualdad y sufrimiento para las mujeres. Sobra decir que Roxana y yo la animamos reiteradamente a emprender esta importante labor.

Hombres fuego, Mujeres lluvia

Los dioses del sol y el fuego son los dioses masculinos, los de la lluvia son los femeninos. Juntos, crean la vida y fecundan la tierra. Estamos en tiempos de seca y cerca del fin del ciclo religioso de la primera parte del año, que comienza en enero y culmina con la Semana Santa. El fuego ha estado presente en todo nuestro recorrido, particularmente cuando las temperaturas descienden abruptamente: en las pequeñas fogatas que se encienden en las casas al amanecer para tomar café con pan o galletas, hasta las del anochecer, que alumbran y dan calor en el momento en que las familias se reúnen al concluir el día. Incluso, en algunos casos, es común que se queden todos dormidos alrededor del fuego.

Los hombres, fuertes, potentes y dotados del poder de la luz, ostentan los puestos de poder tanto civiles como tradicionales en la comunidad wixárika. No es raro entonces que esas funciones las realicen siempre cerca de enormes fogatas, que forman parte de los rituales tradicionales. Zingg pensaba que, aunado al carácter amable y dócil de las mujeres, la diferencia de su fuerza con la masculina es lo que las colocaba en posición de debilidad frente a ellos.

El agua, fecunda para la vida como las mujeres, abunda en la sierra proveniente de las montañas y hace de las tierras campos fértiles para el cultivo del maíz, que en sus diferentes variantes tiene una calidad inigualable.

Los wixaritári también tienen ganado y en época de lluvias se dispersan aún más en sus ranchos para pastarlos. Sin embargo, en los últimos años las tierras se han ido secando y concretamente, en 2021, la sequía ha sido un fenómeno muy preocupante que ha afectado a gran parte del territorio nacional. Las mujeres, a pesar de ser consideradas un sexo débil, son quienes acarrean el agua en esta comunidad y en tantas otras en los lugares donde no existen sistemas de distribución de agua potable.

Con el agua sagrada, traída de sus peregrinajes desde las cuevas y pozos de Wirikuta, llevan a cabo sus ceremonias tradicionales, pero en el día a día las mujeres la extraen de los ríos y los pozos aledaños a sus comunidades. La acarrean con tambos y carretillas.

Llegando a Calabacías pudimos vislumbrar una gran presa llena de agua estancada. Rosa nos dijo que era una obra inconclusa del gobierno y que está en desuso. Lo mismo sucedió cuando vimos un contenedor de cemento construido para generar electricidad y distribuir el agua potable. Tampoco sirve. En realidad, la única ayuda gubernamental visible durante nuestra estancia fueron las buenas condiciones en que se encuentra el camino de terracería que conduce de Bolaños a San Sebastián, debido a la reciente visita del presidente en turno, Andrés Manuel López Obrador. De igual manera, a la entrada de San Sebastián hay un par de kilómetros de camino empedrado con cantera rosa, rasgo característico de la actual administración.

El comisario ejidal nos dijo que el gobierno quería pavimentar todo el pueblo, pero que ellos se rehusaron porque, ¿cómo es que iban a pavimentar la tierra sagrada que habían pisado sus ancestros borrando con ello sus huellas? Así que el nuevo diseño de pavimento empedrado a la usanza de Morena quedó tan inconcluso como las obras pluviales.

Shamanes y parteras

Si bien en la mitología wixaritári abundan los dioses y las diosas, la única autoridad femenina que pudimos identificar durante nuestra visita fue a la madre-abuela de Rosa. Una mujer ya entrada en años y prácticamente la única persona que en estos tiempos de pandemia usaba cubrebocas debida su avanzada edad y a la tos crónica que la aqueja. Ella es viuda y en la actualidad la familia de Rosa gira en torno a ella. Además, es la partera del lugar, la cuidadora de los templos y la encargada de las vasijas votivas.

Con la gentileza y buena disposición que les caracteriza, accedió a abrirnos los santuarios sagrados que en ese momento permanecían cerrados. Estos santuarios en realidad forman parte de una unidad familiar (ampliamente descrita por Zingg), que consta de un conjunto de cuartos y pequeños templos para los dioses, alrededor de un patio circular con una enorme fogata al medio. Es en esos patios, junto al fuego, donde se llevan a cabo los rituales tradicionales.

Impresionaba encontrar este lugar ahora abandonado luego de que su dueño, hermano de la abuela de Rosa, lo hubiera dejado. Y es que los wixaritári no acostumbran a vivir sin una mujer así que su tío, al morir su esposa, se fue a otra comunidad donde volvió a casarse y ya no quiso volver a Calabacías, dejando a cargo de la abuela todo el conjunto.

Esta misma disposición compuesta por un conjunto de casas para personas y pequeños templos para los dioses, que conviven juntos durante los días y sus respectivas noches, la encontramos en la casa del shamán curandero, el maracame. El tío de Rosa y el maracame son las personas con más jerarquía en la localidad, y por ello el conjunto de casas de su abuela y de su respectiva familia no cuenta con estos templos para los dioses ni tampoco con un patio circular tan grande con su enorme fogata rodeada de graneros, lo que denota una posición inferior en este grupo social.

Dado que la abuela-madre no hablaba español, Rosa nos tradujo todo lo que ella iba diciendo. Fue la ocasión en la que más se esmeró por explicarnos a detalle todo lo que estábamos observando. Contrastó bastante con lo que sucedió con el maracame, puesto que si bien ella estuvo un largo tiempo hablando en wixárika con él, al momento de traducirnos redujo todo el contenido a un par de frases. Así que deduzco que ella elegía lo que podía decirnos y lo que le parecía mejor y más importante transmitirnos. Ya entradas en confianza, vacilaba de ello con Rosa: ¿a poco de veras eso fue todo lo que dijo? Ella solo se reía de nuestra falta de comprensión de sus costumbres y de su lengua de la misma manera en que anteriormente lo había hecho al respecto de nuestros desproporcionados miedos y preocupaciones.

Y es que las y los wixaritári no le tienen miedo a nada, y de ahí también su carácter tranquilo y apacible. Sus dioses los protegen en la vida y en la muerte. Al nacer, son bautizados con el agua bendita de Wirikuta, y al morir les basta con que el shamán los encamine al encuentro de sus ancestros y con que los guardianes de las vasijas sagradas cuiden de su alma. Problemas actuales como la pandemia (que, como lo he expresado, aquí hasta ahora no ha llegado) y la inseguridad por el narcotráfico, no es cosa de ellos, conviven con estos acontecimientos como lo han hecho con muchos otros desastres que han vivido los mexicanos durante la Revolución, las guerras, los cambios en el gobierno, etcétera.

Hoy en día, si bien es sabido que algunos trabajan en cultivos de amapola y marihuana, pertenecientes al narco, no conocen a los capos y trabajan con intermediarios de menor rango. Así, durante el camino de regreso, mientras nosotros seguíamos con el alma en vilo por sabernos en tierras distantes poco habitadas, Rosa disfrutaba de los narcocorridos que en su lengua natal tenía grabados en su celular.

Una vez dentro del pequeño santuario, Rosa y la abuela-madre nos explicaron el contenido de las ofrendas del altar, consistente en ornamentos que son bastante sencillos pero profundamente significativos. Se basan en imágenes muy borradas por el tiempo de santos y dioses, flechas y decoraciones, velas para la ofrenda y el cofre con las vasijas votivas que tienen a su resguardo.

Rosa desenvolvió las antiguas vasijas guardadas en un paño dentro del cofre, nos mostró sus decoraciones de chaquira con venados y diversos motivos sagrados y nos explicó que esas almas estaban allí contenidas aun cuando sus cuerpos hubieran ya desaparecido. Se trataba de sus ancestros ya difuntos que permanecen con ellos aún luego de su muerte.

Así como el cuidado del alma de los muertos, el cuidado de los recién nacidos también está a cargo de la abuela-madre. La abuela ha asistido a numerosos partos en la comunidad y Rosa también ha colaborado en alguno de ellos. Ambas conversaron sobre esto y sobre el cuidado que hay que tener con las ofrendas, porque las velas encendidas pueden generar mucho humo y en ocasiones han provocado incendios.

Por su parte, una tarde visitamos al maracame de Calabacías para solicitarle un trabajo de sanación. Durante el día había salido a cazar venado junto con el esposo de la hermana-mamá de Rosa, quien goza de fama de ser buen cazador, aprovechando su visita desde la comunidad aledaña de San Miguel. Así que lo encontramos, ya entrada la tarde, sentado en su silla especial reservada para las autoridades wixaritári, junto a la enorme fogata encendida del dios abuelo fuego.

Se encontraba rodeado de los parientes de Rosa provenientes de San Miguel. Esperamos un largo rato mientras ellos conversaban y eran atendidos por el maracame, quien como buen curandero del alma les brindaba consejos para aliviar sus preocupaciones, penurias y problemas. Finalmente Rosa, con enorme respeto, se acercó a él para preguntarle si podría atendernos, a lo que respondió afirmativamente.

En este escenario de veneración y sanación, guardamos absoluto silencio y discreción mientras el shamán curandero escuchaba atentamente a Rosa y posteriormente atendía a la persona que buscaba ser curada. Actuó con su característica pequeña vara de madera y plumas, exactamente de la misma manera que lo describe Zingg en su multicitado libro: mediante fricciones, escupidas, gestos y succión, a fin de sacar los malos espíritus que iba encontrando en forma de gusanos.

Dado que 5 es el número místico wixárika, los maracames tienen que ver a la persona enferma cinco veces, durante las cuales, en sus respectivas noches, sueñan con el caso para hablar con sus dioses y así deciden cuál es el procedimiento a seguir para la sanación, lo que generalmente consiste en entregar alguna ofrenda a sus dioses en alguno de sus templos a fin de obtener su ayuda y protección.

Mientras el maracame actuaba, comenzó a oscurecer y el cielo se empezó a cubrir de estrellas. La escena quedó grabada en mi memoria: el shamán curandero, los pequeños santuarios, la gente alrededor del fuego, el cielo estrellado. Era magia pura, una sensación de ser una con el cosmos, experiencia que creo sólo acontece en estas tierras donde todo es sagrado y, por ende, nosotros también devenimos seres sagrados. A partir de ese mágico momento, los wixaritári dejaron de ser para mí “algo así” y se convirtieron en pueblo de Grandes, y comprendí porqué su nombre se escribe con una x que no es suave sino una doble r que acentúa su grandeza.

Los gobernantes de San Sebastián Teponahuaxtlán

Al resto de autoridades, así como a la comunidad más amplia de wixaritári, los encontramos en la cabecera municipal: San Sebastián Teponahuaxtlán, que está a algunos kilómetros de Calabacías. Allí nos esperaba nuestra otra guía, Rosalba y su familia. Como bien nos lo advirtieron, dado que eran los últimos días de celebración, en el pueblo prácticamente todos estaban borrachos, si bien allí tampoco se registraban rastros de la pandemia.

La borrachera también es parte importante de la cultura wixárika. Se trata de un estado sagrado mediante el cual se manifiesta el desahogo y la algarabía. Primero beben tejuino (maíz fermentado) y luego cerveza, y son sobre todo los hombres quienes beben hasta caer tirados en el piso.

Durante nuestro encuentro pudimos constatar que Rosalba, quien estaba bastante sobria en medio de tanta gente embriagada, ha logrado ser una joven mujer independiente. Es youtuber y constantemente sube a los cerros para buscar señal de internet y colgar selfies en la red. Además, administra una pequeña tienda de abarrotes en el centro de San Sebastián. Es también buena amiga de Roxana, por lo que, al igual que en Calabacías, fuimos recibidas con enormes muestras de afecto, lo que nos valió ser distinguidas con una bienvenida formal de los gobernantes del lugar. También nos permitieron entrar a la iglesia, eso sí, advirtiéndonos que no podríamos tomar fotos ni videos de lo que viéramos, por lo que habríamos de guardar esta experiencia en nuestro corazón.

La Iglesia cristiana en honor de San Sebastián data de 1814. Cuenta con un gran patio donde hay una cruz de madera muy sencilla. Para entrar a la iglesia hay que rodear esta cruz por detrás de la misma forma que en todos los espacios sagrados: hay que rodearles para cruzarlos, nunca se entra de frente y siempre se camina mirando a los altares y a las autoridades.

Nos recibió el encargado del templo, un hombre joven que también se encontraba en estado de ebriedad. Justo al momento en que pensábamos entrar, llegó un grupo de peyoteros que recién regresaban del viaje sagrado de Wirikuta. Eran alrededor de 20 hombres con algunos niños, todos ataviados con el traje y sombrero típico. A estos hombres se les considera intocables puesto que han estado en contacto con el dios Híkuri.

Todos ellos estuvieron en la iglesia un rato haciendo bulla, tronando cuetes y rezando para llevarse envuelta una de las imágenes sagradas que toman prestadas para las celebraciones en sus rancherías. La belleza de sus trajes contrastaba con el estado de purificación en el que se encontraban, por lo que uno no podía hacer nada más que observar, prestar silencio a su paso y, en efecto, guardar estas imágenes en el corazón.

Al salir los peyoteros, el cuidador del templo nos acercó al altar, nos explicó el significado de sus imágenes, donde nuevamente destacamos su sencillez, puesto que su verdadero valor se encuentra en su antigüedad, particularmente en cuadro de la virgen de Guadalupe y un san Sebastián de bulto. Para nuestra protección, nos ofreció algunas de las flores de maíz que cuelgan de estos cuadros e imágenes y luego nos condujo frente a los gobernadores.

Una vez que los gobernadores se instalaron en sus lugares asignados: el gobernador tradicional y el juez en su banca y el comisario ejidal en su silla (del mismo tipo que la del shamán curandero), los topiles (policías) nos flanquearon y nos condujeron a nuestro lugar de pie frente a las autoridades. La ceremonia comenzó con el comisario ejidal dándonos la bienvenida y explicándonos algunos aspectos importantes relacionados con su pueblo, cómo debíamos nombrarlos, como ya lo he narrado, y el hecho de que estuviésemos frente al ancestral palo de la justicia y la cruz del centro ceremonial, describiéndonos detalladamente los rituales y juicios tradicionales que se celebran en ese triángulo sagrado que ahora teníamos el privilegio de pisar.

Se quejó de la Comisión de Derechos Humanos, que en estos tiempos ya no les deja hacer justicia por su cuenta del modo ancestral, mostrándonos también los cepos que son las cárceles que utilizan para los condenados, quienes en ocasiones también recibían algunos azotes con correas. Ahora, al no poder hacer justicia según sus usos y costumbres, los habitantes no cumplen con sus deberes y, entre otras cosas, se quejaba el funcionario, se meten al narcotráfico sin que ellos puedan detenerlos.

Al final de su discurso, el comisario ejidal, quien es una autoridad civil, invitó al gobernador tradicional a brindarnos unas palabras. Cuando comenzaba a hacerlo, los borrachos empezaron a hacer escándalo y no le permitieron hablar, lo cual le enojó bastante e hizo que finalizara abruptamente. Varios lugareños fueron llevados como costales a las afueras del centro ceremonial, mientras otros se quejaban amargamente del desaire que el pueblo había hecho a su gobernador.

En todo caso, la ceremonia terminó cuando nos ofrecieron sendos vasos de tejuino, recalcando que este sí era el verdadero tejuino y no el que ofrecían los mexicanos en las ciudades. La bebida es bastante amarga y como nosotras no pudimos terminarla, Rosa tuvo que hacerlo para evitar un nuevo desaire a las autoridades, con lo cual regresó a Calabacías con un fuerte dolor de cabeza y advirtiéndonos que no dijésemos nada a la abuela-madre porque se enojaría mucho si se enterara de que ella había bebido tanto tejuino.

El arte wixárika

Así como prácticamente todos los rarámuri son corredores, los wixaritári son artistas. Pareciera que luego de tantos siglos, estas habilidades las tienen incorporadas en su genética. En sus tierras, cada casa cuenta con un pequeño taller artesanal que consta de una mesa, hilos, agujas, chaquiras y otros materiales, y por las tardes es común ver a las mujeres bordando su ropa, sus tradicionales morrales, o creando aretes, pulseras, collares de chaquira. Las obras más grandes las realizan hombres y mujeres por encargo y las comercializan a través de vendedores que van a ofrecerlas a las ciudades y a los lugares turísticos.

La venta de su arte complementa su economía, pero este año, debido a la pandemia, no han podido venderlas. Por eso y por la sequía, la comida escasea y básicamente se sostienen del maíz cosechado el año anterior. Es por estas razones que se creó el grupo de apoyo “Por Nuestros Guardianes”.

Los grandes artistas que intervienen piezas de animales, instrumentos musicales y prácticamente cualquier objeto con chaquira, o bien los cuadros realizados con estambre que ilustran su cosmogonía, son piezas de arte muy apreciadas que se encuentran en comercios especializados en las ciudades y centros turísticos. Se ofrecen a precios sumamente elevados y generalmente son adquiridos por extranjeros más que por mexicanos. Muestra de ello son las piezas emblemáticas que se encuentran en museos nacionales y extranjeros, como la que está en una de las entradas del Museo de Louvre en París, por mencionar sólo algunas.

Existen múltiples libros y catálogos de arte que exhiben la belleza y complejidad del arte wixárika, entre los que destaco: Grandes maestros del arte wixárica, acervo de Juan Negrín (2019) o la colección de objetos musicales que tiene la Fundación Hermes Música, A. C. (2017) mismos que se presentan en giras por numerosos museos y espacios de arte de todo el mundo.

Al no ser tampoco una especialista en estos temas, lo que puedo decir es que me impresionó la destreza y cuidado que implica elaborar estas piezas y esto puedo ejemplificarlo con una anécdota sobre Rosa que nos hizo reír mucho durante todo el trayecto de regreso a Guadalajara. Y es que Lucecita no volvió con nosotros porque se quedó al cuidado de su hermana y de su familia por unos meses así que, ya de salida, con la premura de irnos para que la pequeña no se entristeciera demasiado por su partida, Rosa olvidó desayunar el huevo de gallina que le habían dado, así que sin darse cuenta lo echó en su morral. El huevo llegó intacto a Guadalajara luego de muchas horas de trajín en la carretera durante las cuales lo trajo encima en el morral sin siquiera percatarse de ello. Pienso que a mí no me hubiese durado mucho y sin duda hubiera terminado estrellado dentro de mi bolsa. No así en su morral.

Finalmente, puedo decir que encontré en esta tierra sagrada todo lo que venía a buscar, particularmente, una renovada esperanza en la especie humana en estos tiempos difíciles de pandemia. Creo que en verdad nuestro futuro como especie está en voltear la mirada a estos pueblos ancestrales y sabios que han sorteado sabiamente tantos acontecimientos, incluso considerados globales como lo es la pandemia de covid-19 y concluyo este escrito con las mismas palabras de Zingg (1934): “Si se me hubiese brindado la oportunidad de escoger, en el momento de mi nacimiento, entre la opción de ser estadounidense (en mi caso mexicana) o huichol, habría elegido esta segunda forma de vida, a pesar de que no conozco otra en la que me hubiese gustado nacer”, porque éste es un lugar donde los dioses que conforman nuestra naturaleza permanecen vivos y junto con ellos, todavía se puede encontrar entre los wixaritári: “esa bondad y serena dignidad que otorgan a la vida huichol su calidad de nobleza expresada en la existencia cotidiana y en las numerosas ceremonias de belleza extraordinaria”. (p. 51)

Bibliografía

Anguiano, M., Los huicholes o wixaritári: entre la tradición y la modernidad. Antología de textos 1969-2017 (México: CNDH, 2018).

Arriaga, I. y D. Negrín, “Arte y procesos creativos en la circulación de la espiritualidad wixárika”, en Entre trópicos. Diálogos de Estudio Nueva Era entre México y Brasil, coord. por Carlos Alberto Steil, Renée de la Torre y Rodrigo Toniol (México: CIESAS, 2018).

Negrín, S., Grandes maestros del arte wixárika, acervo Negrín (Guadalajara: Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco, 2019).

Saucedo, A. y A. G. Maldonado, Arte wixárica. Instrumentos musicales decorados con arte huichol (México: Fundación Hermes Música, A. C., 2017).

Zingg, Robert, Los huicholes, una tribu de artistas (México: Instituto Nacional Indigenista, 1934).

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Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

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