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Relatos interespecies: coordenadas etnográficas para una aproximación al covid-19 como actor red y al miedo como problema existencial
Interspecies narratives: ethnographic coordinates for an approach to COVID-19 as a network actor and fear as an existential problem

Yully Mallerly Rodríguez Garzón
Maestrante en Psicología Clínica y de la Salud de la unini, México
 
yullyrodriguezgarzon@gmail.com

Jorge Sánchez Maldonado
Profesor investigador Corporación Universitaria del Meta -Unimeta
 
jorge.sanchez@unimeta.edu.co

Fecha de recepción: 21 de octubre de 2020
Fecha de aprobación: 20 de mayo de 2021

Día 22 de marzo de 2020. Apenas se empieza a escribir el presente texto a dos manos por una aplicación ofimática colaborativa que nos pone en contacto gracias a la red. Dicen que está por todas partes. En el aire, en las superficies que podemos tocar, que perdura por mucho tiempo y que sobrevive como una suerte de aerosol por horas, que en la ropa tarda más de 10 horas, que en el acero permanece hasta 48 días. Dicen, también, que aquí en nuestro país, Colombia, es el enemigo común que tenemos y que, frente a él, las tensiones políticas entre partidos y facciones de la sociedad se deberían disolver para dar un sentido de humanidad y comunión a la lucha por la vida, eso dicen.

Aquí, en lo más terrenal de nuestra existencia, en una ciudad que ha sido catalogada como la Puerta de los Llanos orientales y de la Orinoquía colombiana, el alcalde dijo que se requería un “sentido de nación para sacar al país de esta crisis”.

Las palabras del alcalde salieron por redes sociales, cuestionando la idea ya común, pero que existe como una verdad de a puño en nuestro país, de que sólo nos portamos como nación frente a eventos deportivos como el fútbol y el ciclismo. El alcalde cuestionaba un decreto presidencial que, al parecer, dejaba sin piso las medidas que a nivel local se habían tomado en los territorios para hacer frente a las urgencias suscitadas por el covid-19 en la ciudad en la que se había detectado el primer contagiado. Ya en la mañana, mientras escribíamos insumos para estas líneas, circulaban fotografías de taxistas de la ciudad que, a la altura de las fronteras entre Villavicencio y Bogotá, disponían sus vehículos para bloquear la entrada a foráneos.[1]

Por otra parte, conversaciones con los estudiantes de derecho de mi institución me llevaban a plantearles la pregunta acerca de la obediencia; concretamente, acerca de si podíamos ejercerla aun cuando nuestra conciencia estuviera en cuestión y cuando se trata de defender la vida ante el miedo que se generaba. Varias de esas discusiones se ventilaban ya en medio de un aislamiento social que llevaba a usar las redes sociales como principal medio de comunicación con seres cercanos y no tan cercanos. Esas mismas redes sociales han sido objeto de estudio, desde hace unos años, de la antropología y otras ciencias sociales.[2]

Este trabajo se mueve en los intersticios disciplinares de la antropología y la psicología social. Tiene como una de sus coordenadas más visibles las redes sociales y la forma en que, a través de ellas, el covid-19, declarado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud (oms), ha sido apropiada por actores sociales y gestionada en diversos niveles de interacción social y flujo de información. Ello nos lleva a estar atentos también, dentro de las posibilidades de observación de “lo social”, a una suerte de ejercicio etnográfico de ir tras las huellas del miedo y de un agente no humano reconocido mundialmente como covid-19, que se ha inmiscuido en los asuntos más recónditos de aquello que veníamos llamando humanidad.

Desde una antropología de las emociones, se quieren describir las primeras coordenadas para comprender, en el marco de una etnografía interespecies,[3] la forma en que el miedo se ha expandido y se transforma, cual actor red,[4] en una serie de emociones que parecen habitar los distintos espacios de existencia de la vida en sociedad, que ya pareciera demandar espacios de socialidad más que físicos y más-que-humanos. De este modo, en una suerte de vaivén de relatos etnográficos, nos proponemos representar espacios de socialidad, emociones, problematizaciones y eventuales espacios de recuperación de información en caliente para, por medio de un proceso de investigación más sosegado y que disponga de más tiempo, realizar un estudio en profundidad que permita comprender las implicaciones que covid-19 tiene en los entramados humano-naturales que constituyen las ecologías humanas.[5]

Así, el texto en sus manos —y pantallas— es una primera aproximación a unas etnografías de los entramados socionaturales que tienen lugar en nuestra existencia y que cuestionan la idea general de que estamos hablando de algo exclusivamente humano.[6]

Surge la necesidad de seguir los rastros del miedo en los entramados y redes de nuestra sociedad y vida cotidiana; ésta que hoy abarca también la virtualidad. Tomando como punto de partida el imperativo de quedarnos en nuestras casas (con los males que eso implica a nuestras subjetividades) y la facilidad que aportan hoy los medios tecnológicos y las redes sociales, se opta por realizar una etnografía que se mueve entre lo analógico y lo digital, en la que el principal objetivo sería identificar las múltiples expresiones de miedo que surgen en los individuos a partir del aislamiento y las medidas preventivas para afrontar el covid- 19 en nuestras vidas.

El intento de seguir el rastro del miedo y su conexión con un agente invisible como el covid-19 en los marcos de nuestra vivencia actual nos ha hecho más sensibles a las múltiples manifestaciones de este sentimiento que varía en cada persona y que abarca temas tan básicos para la seguridad del hombre moderno como el miedo a perder los empleos, la ausencia de formas de sustento económico, al propio contagio y la afectación del cuerpo, así como a familiares pertenecientes a la población de riesgo, por mencionar aquí algunos.

Esperamos que las anotaciones y conclusiones aquí encontradas permitan entender el comportamiento de las personas en eventualidades como una pandemia y acercarnos desde la experiencia a la forma en que seres humanos y otras entidades no humanas (en este caso, el sars-cov-2) nos relacionamos en esta compleja red de relaciones de la que todos hacemos parte, aun cuando en medio de nuestro antropocentrismo no reconocemos, como deberíamos hacerlo, el papel fundamental que especies no humanas tienen en nuestro diario vivir. En los momentos en que escribimos este artículo, covid-19 irrumpe con tal fuerza, que de él está hablando todo el mundo sin que se sepa todo acerca de él.

Reconociendo a un actor no reconocido en la compleja red del covid-19

Desde la perspectiva de Latour, otras especies y “objetos” hacen parte de lo social. En otras palabras, no deberíamos aproximarnos a “lo social”, sino teniendo en cuenta que lo que existe en realidad son asociaciones entre elementos heterogéneos y que, en el marco de esas articulaciones, los no humanos tienen un nivel de agencia en la vida humana.[7] En este sentido, al rastrear el miedo podríamos mencionar que uno de los miembros de la familia, Zimba, un canino de dos años, se muestra más ansioso, suele montarse encima del computador o los libros para llamar nuestra atención. Zimba ha notado el cambio en los horarios de paseo y se le percibe un poco melancólico y triste.

Mientras el miedo de Zimba aumenta, el de otras especies del mundo disminuye y se permiten pasearse por calles que antes eran ruidosas y llenas de personas. Con sorpresa, habitantes del todo el mundo capturan con las cámaras de su celular pavos reales, jabalíes y cabras.[8] Ellos están aquí o más bien allí, con ocasión del covid-19, para decirnos que nuestra realidad moderna prepotentemente separada de aquello denominado “naturaleza”, es más compleja de lo que habíamos aceptado en nuestro afán de progreso.[9]

El covid-19 nos ayuda a cuestionar nuestras formas de comprender la realidad. Bastaría estar despiertos, atentos a las formas en que se conecta con nuestro entorno, las cosas que nos hace hacer, pensar, temer, la forma en que nos vestimos a partir del temor a contagiarnos, etcétera. En esto se basa nuestra etnografía. En el marco de esta apuesta de investigación, covid-19 es un actor en tanto que interactúa con cada miembro de la sociedad. Ha logrado modificar nuestras vidas, ha generado toda una serie de reestructuraciones y reacomodamientos de las relaciones sociales. covid-19 ha activado el miedo y desconfianza a nivel geopolítico entre potencias mundiales, ha llevado a reconsiderar aquello que entendíamos por “salud”, “educación”, “aprendizaje”, “autonomía”.

Hoy somos espectadores de celebraciones de cumpleaños en todo el mundo por medio de videollamadas, hemos modificado trabajos tradicionales a una versión de teletrabajo para procurar que nuestro mundo siga avanzando, que no se detenga del todo. El virus ha logrado desubicar todo cuanto nos rodea, reconfigura toda nuestra vida, la de los niños, los abuelos y abuelas, todos. Formas de aislamiento social que antes eran “opcionales”, hoy se nos presentan como obligatorias. Un actor es actor en tanto incide en el entorno. Por eso hablamos de covid-19, porque lo es, moviliza, paraliza, ha hecho que el mundo se mueva y se detenga de maneras diferentes, sin tener en cuenta aún en este trabajo las implicaciones economía global y los estudios profundos que se merece.

Otro ejemplo vivencial de la modificación de las formas de relacionarse y vivir de las personas se puede evidenciar en el siguiente relato:

El 28 de marzo le celebramos los cumpleaños a mi cuñada, cabe mencionar que se sentía extraña, nunca había pasado una fecha tan importante encerrada en casa, y desde hace algunos años, la celebración incluía salidas a discoteca, comidas en restaurantes y asistir a eventos sociales (diario de campo, marzo de 2020).

Ya en este punto podemos identificar variaciones sustanciales a la forma normativa de celebraciones, reuniones y espacios sociales que desde hace muchos años las personas comparten. Seamos o no conscientes de ello, no solemos preferir el encierro para celebrar un año más de vida, nuestra normalidad era otra. ¿Culturalmente está establecido que debemos ir de rumba cuando estamos de fiestas? covid-19 parece haber influido en un proceso lento de transformación de nuestros espacios y dinámicas sociales.

El relato continúa:

[…] Asistieron mis hermanas mayores que ya no viven en la casa, pero viven muy cerca, la mayor a dos casas, la segunda a una cuadra. Entonces mi hermana mayor se ahogó con la saliva y empezó a toser, la hermana menor se levantó de la silla y a modo de chiste le dijo que “le daba miedo que tosiera” […] mi hermana mayor y mi cuñada contaron anécdotas de las salidas que han hecho a comprar alimentos, “en una ocasión una señora tosió en el supermercado y la persona que se encontraba detrás se alejó tres metros” (diario de campo, 28 de marzo 2020).

Este tipo de reacciones a algo tan aparentemente inofensivo como un ataque de tos hacen parte de un conjunto de sensaciones, temores y respuestas humanas que han sido influenciados por una realidad que hoy reensambla lo social,[10] de la mano del miedo al covid-19. El miedo muta y sus expresiones pueden hacerse evidentes de formas más violentas.

El domingo 22 de marzo, último día del aislamiento preventivo que decretó el gobernador del departamento del Meta, llegó a la casa uno de nuestros familiares. Un amigo que hacía dos días había regresado de Bogotá, ciudad que, en el momento en que escribimos este artículo, se percibe como “la capital del virus”, porque allí se han dado la mayor cantidad de casos confirmados. Este hombre, apenas había detenido la moto y escuchó el grito de una mujer diciendo: “¡Se va por donde vino, que usted debe de traer el virus!”.

El señor se ofendió e hizo lo que aquella mujer le decía, en la casa quedó la sensación de que el comentario había sido cruel, pero todos los integrantes de la familia estuvieron de acuerdo con que haberlo hecho era lo mejor, alejar al amigo mientras no pasara un poco más de tiempo y se descartaran síntomas de covid-19.

Una vez más, el miedo parece motivar la regulación de unas relaciones sociales que se mueven entre algunas expresiones de repudio/distanciamiento y respeto por la vida que se ve amenazada. Éstas son manifestaciones que, en otras condiciones, parecerían innecesarias, pero covid-19 ha hecho que hoy se consideren razonables y justificadas, aunque no se esté muy de acuerdo con ella. Extrañamos los abrazos de los amigos.

Entre tanto, en otros espacios, un grupo de docentes de la Arquidiócesis de Granada, un municipio del departamento del Meta, recibía la orden de regresar a sus lugares de trabajo. Esos docentes por lo general son bien recibidos por parte de las comunidades en las que trabajan debido a que llevan la educación a territorios apartados; sin embargo, catorce de ellos fueron interceptados por la comunidad y obligados a quedarse en una casa de paso durante 14 días hasta que se confirmara que ninguno tenía síntomas de covid-19. El miedo a un posible contagio aquí se visualiza con límites difusos hacia la violencia, pues la comunidad amenazó con linchar a aquellos que no cumplieran con los 14 días de “acuartelamiento”. Más allá de los métodos, vemos también que las formas locales y comunitarias en las que se gestiona el riesgo vinculan prácticas y enfoques que tienen que ver con maneras de ser culturalmente arraigadas y que el covid-19 parece no ser el mismo para todos, en todos lados.

Antes de empezar el aislamiento, y por el miedo ante un posible contagio de covid-19, en casa de uno de nosotros se usaba un filtro purificador de agua: “Mi madre vio entonces un video que decía que el agua debía ser hervida para eliminar el coronavirus del precioso líquido, y desde entonces cocina el agua todos los días para que podamos beber agua sin el virus” (diario de campo, 30 de marzo 2020).

El covid-19 y el miedo a contagiarnos nos ha motivado además a la creación e implementación de rituales que antes sólo concebíamos en películas: lavarnos las manos cada hora, desinfectar a toda persona que llega a las casas, usar el tapabocas obligatorio en cada interacción próxima necesaria con otro individuo, son comportamientos que poco a poco se agregan a nuestro repertorio conductual.

Por otro lado, nuestras relaciones con los demás se modifican también conforme cambian los roles de autoridad y las normas a seguir. El 18 de abril, en una videollamada una de las asistentes mencionaba que en el día que tenía autorizado para salir a realizar compras de abastecimiento decidió salir, animada por ver la ciudad en este estado; manifestaba, sin embargo, que no pudo estar tranquila durante toda la salida y que constantemente se sentía perseguida por la policía. Todo esto a pesar de tener “pico y placa”[11] y autorización para estar fuera de su casa.

El miedo y sus diferentes expresiones conductuales en la cotidianidad

Entender el miedo como una emoción colectiva permite iniciar la descripción detallada de algunas experiencias comunes de la vivencia que genera los cambios de vida a raíz del aislamiento, para disminuir la posibilidad de contagio. Con la declaración de pandemia primero (oms, 2020) y con el aislamiento social preventivo (Gobierno Nacional, 2020) después, empezaron a desatarse toda una serie de incertidumbres.

El anuncio presidencial terminó después de aproximadamente quince minutos, pero la perplejidad del contenido de este mensaje se extendió un par de minutos más, hasta que llegó el verdadero miedo. Esa emoción que se supone moviliza a huir, dejó inmóvil a una buena cantidad de personas en el mundo.

La situación apremia y exige (por ahora), quedarse en casa. Principalmente el miedo obligaba a obedecer, a pesar de que la transmisión del virus requiere del contacto con otras personas, daba la sensación de que abrir la puerta y salir de casa ya nos exponía. Parecía, por los comentarios y bromas en las redes sociales, que se transmitía en el aire aquel monstruo invisible que aseguraba la muerte de quien le tocará. En este sentido, además de paredes, piel y personas, el miedo atraviesa megabytes y la red del internet le sirve como agente transportador a la emoción.

No tardaron en llenarse las redes sociales con videos, imágenes y miles de contenidos sobre el virus. Al principio con la función de informar y preparar a la población, después, generando sobreinformación y aumentando el pánico en aquellos con menos mecanismos saludables de afrontamiento: personas manifestando incapacidad para conciliar el sueño, textos desesperanzadores sobre el futuro, miles de preocupaciones cotidianas expresadas en tweets, estados, historias o publicaciones ¿De qué vamos a vivir? ¿Qué pasará con nuestros empleos? ¿Cómo pagaremos las deudas? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Qué pasa si se acaban los víveres?

Esas preocupaciones dieron paso al egoísmo al parecer innato humano. La monopolización de recursos y víveres; se saturaban los mercados y las plazas; en algunos lugares del país el miedo se hizo observable en conductas de compras compulsivas. Mientras algunos tenían suficiente papel higiénico para aislamiento de un año, quienes no se habían preparado para la situación no podían adquirirlo, se había agotado en muchos supermercados, el acaparamiento llevó a que se determinara un tope máximo de dos artículos del mismo tipo por persona y, de esta manera, garantizar que otras pudieran adquirir los productos. También es importante ver cómo el consumismo se dispara o regula, ante la inseguridad, se generaron una serie de prácticas que aún no se terminan de analizar a nivel barrial.[12]

Ante la urgencia de abastecerse, algunos coparon su cupo en tarjetas de crédito, adquiriendo deudas que una vez pasada la urgencia les restarán tranquilidad y libertad financiera. Por otro lado, la religiosidad hace más evidente su relación con la sensación básica del miedo y, motivada por el temor infundido por el covid-19, se hace patente en nuestros círculos sociales cercanos. El miedo, la mejor arma usada por la inquisición y en algunas sectas religiosas para conseguir fieles a sus dogmas, vuelve a ejercer su función. Si bien hoy la religiosidad comprende todo un universo de problemáticas para la investigación como campo de estudios, aquí lo que se quiere presentar es la forma en que se articulan ciertas prácticas y representaciones de la religiosidad con todo esto que ha causado covid-19.

No se había convertido muy bien en recuerdo la noche del 20 de marzo, en que el presidente anunció los cambios y medidas adoptadas para el país, cuando profesores de adscripción católica y protestante empezaron a subir videos en redes sociales orando, rezando e invitando a quienes les observan a sumarse a las peticiones al Todo Poderoso. Mientras hablaban con una performance de llanto y dolor, se escuchaba una melodía acústica de fondo. Una vez más, la manera en que el miedo por aquello que viene, la certeza de lo que no se ve, la fe, motiva a los individuos a unirse, a hacer llamados a la solidaridad, el altruismo, la oración y a las cadenas.

Algunos dieron rienda suelta a la teoría del juicio final, autoproclamándose más preparados para la llegada de su Dios a la tierra, publicaron fragmentos del Apocalipsis que comprueban que ya estaba escrito: que “el coronavirus es el nombre que ha otorgado la ciencia a la gran venida”. Incluso, instituciones oficiales como la Policía Nacional hacen brigadas por los barrios llevando mensajes de fe y esperanza a los ciudadanos mientras hacen la invitación a orar y unirse en familia. Un presidente nos encomendó a la Virgen de Chiquinquirá, mientras tomaba medidas económicas con las que no todos estaban de acuerdo.

Sin embargo, el miedo no sólo hace emerger el lado más espiritual y bondadoso del ser humano, sino también el más violento. Mientras algunas empresas e industrias como Arroz del Llano, panaderías como la reconocida Veracruz, entre otras, hacen donaciones de mercados y comida, otros, respondiendo a la crisis del covid-19 de una manera menos constructiva, movilizan sus formas de trabajo ilegal en la ciudad mediante un anuncio público en el que las redes sociales permitieron tomar correctivos a las autoridades.

Ladrones de sectores de la ciudad que cargan un fuerte estigma social por sus niveles de inseguridad, al mismo tiempo que invitaban a la población a cuidarse, anunciaban que no tendrían compasión para robar lo que se pudiera por la difícil condición en que se iban a encontrar.[13] Este despliegue de altruismo y maldad parece normativo en la humanidad cuando se favorecen las condiciones de posibilidad del miedo.

Conclusiones (inacabadas)

Sin duda alguna, aunque el miedo tiene muchas expresiones conductuales, detrás de cada una de estas se esconde, en los más remotos lugares del aparato psicológico el miedo primigenio, el mayor miedo de cada hombre y mujer que habita este mundo, el miedo a la muerte.[14]

En el caso de la realidad que nos apremia, pensar siquiera en la muerte de los seres queridos —si se está en la adultez— y el miedo por la propia muerte, si se forma parte de aquellas clasificadas como “poblaciones de riesgo”, no es una exageración, sino una realidad diaria que se transforma en pensamientos recurrentes cada vez que se consulta la tasa de contagios y se confirma, desesperanzadoramente, que estos aumentan día a día.

Es este miedo a lo desconocido lo que se evidencia en las situaciones cotidianas que aquí hemos tratado de describir. Quizá ésa sea la razón por la cual el miedo se hizo palpable los primeros días del aislamiento: al tratarse de una situación novedosa para la mayor parte de la población mundial, no se tenía dentro del repertorio conductual una reacción para la declaración de una pandemia mundial y el consecuente aislamiento que produjo.

Sin duda, dentro de estas reflexiones como investigadores destacamos la importancia de tener en cuenta las especies no humanas dentro de la compleja red de relaciones que tejemos sin si quiera notarlo con cada acción. Aunque no podamos verlos y aunque no seamos conscientes, muchos elementos como los microorganismos hacen parte de lo que hemos denominado nuestra realidad. El mundo que nos rodea es mucho más extenso que las personas y las construcciones que hemos edificado.

Reconozcamos o no la incidencia de estos artefactos, nos convertimos poco a poco en ciborgs, mitad humanos y mitad máquinas, cuando ya no podemos soltar el móvil, ni tenerlo a más de un metro de distancia sin sufrir un ataque de ansiedad o intranquilidad. Y así nuestra realidad se hace una compleja amalgama dentro de la que se destacan múltiples elementos, virus, computador, energía, miedo, ira, tweets, publicaciones, familia, amigos, tapabocas, policía. Lista que podría ser infinita y que no es otra cosa que el resumen de la realidad que hoy por hoy vivimos con el nombre de “una nueva normalidad”.


[1] “Taxistas bloquean entrada a pasajeros provenientes de Bogotá”, Periódico del Meta, Villavicencio, 19 de marzo de 2020, acceso el 8 de diciembre de 2021, https://periodicodelmeta.com/taxistas-bloquean-entrada-a-villavicencio/.
[2] M. Castells,  La era de la información. Economía sociedad y cultura (Madrid: Alianza, 2000).
[3] J. Sánchez-Maldonado, “Familias-más-que-humanas. Sobre las relaciones humanos y no-humanos y las posibilidades de una etnografía interespecies en Colombia”, Desenvolvimiento e Meio Ambiente, vol. 49, diciembre 2017, acceso el 8 de diciembre de 2021, doi: 10.5380/dma.v49i0.53754.
[4] B. Latour, Reensamblar lo social. Una introducción a la teoría del actor-red (Buenos Aires: Manantial, 2005).
[5] Sánchez-Maldonado, “Familias-más-que-humanas...”
[6] Latour, Reensamblar lo social.
[7] B. Latour, Nunca fuimos modernos. Ensayos para una antropología simétrica (Buenos Aires: Siglo XXI, 2007).
[8] “Coronavirus en el mundo: ¿Por qué hay animales silvestres en las calles?”, El Espectador, 1 de mayo de 20202, acceso el 3 de mayo de 2020,  https://www.youtube.com/watch?v=N40vz9jmEVc/.
[9] Luisa Corradini, “Philippe Descola: ‘Los hombres no son los reyes de la naturaleza’”, La Nación, Buenos Aires 23 de agosto de 2006, acceso el 8 de diciembre de 2021, https://www.lanacion.com.ar/cultura/philippe-descola-los-hombres-no-son-los-reyes-de-la-naturaleza-nid833801/
[10] Latour, Nunca fuimos modernos...
[11] “Pico y placa” responde a una medida de regulación del tránsito de vehículos para mejorar la movilidad en las ciudades. Con la pandemia del coronavirus, la medida se ha ido aplicando también a la circulación de personas, usando como referente de organización el último número de sus documentos de identidad. Se lo conoce también como “Pico y Cédula”.
[12] J. Sánchez-Maldonado y Yully Rodríguez-Garzón, “Una aproximación al covid-19 como Actor-Red y las mutaciones del consumo”, en Impacto del covid-19 desde la perspectiva socioeconómica en el contexto global. Colección Unión Global, coord. por Yamarú del Valle Chirinos Araque Dolores Guadalupe Álvarez Orozco Judeira Batista de Abreú Dorkys Coromoto Rojas Nieves (Santa Ana de Coro: Alianza de Investigadores Internacionales. Alinin sas, 2020).
[13] James Andrés Almanza, “Capturan en Villavicencio a hombre por amenazar con hurtos y homicidios”, RCN Radio, 28 de marzo del 2020, acceso el 8 de diciembre de 2021 https://www.rcnradio.com/colombia/llanos/capturan-en-villavicencio-hombre-por-amenazar-con-hurtos-y-homicidios.
[14] V. J. Domínguez García, ed., Los dominios del miedo (Madrid: Biblioteca Nueva, 2002).

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Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

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