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Usos sociales del dolor en las diversas culturas y sus representaciones en prácticas y modificaciones corporales actuales
Social uses of pain in different cultures and their presentations in current practices and body modifications

Mirna Isalia Zárate Zúñiga
Posgrado de Antropología Física, enah / mirnazarazun@yahoo.com.mx

Diana Monserrat González Lozano
ciesas-Sureste / ixtaslamiak@gmail.com

 

Resumen: Este trabajo presenta resultados de una investigación que se llevó a cabo en la Ciudad de México con un grupo de jóvenes; la finalidad fue explorar la experiencia que tuvieron con el dolor en algunas prácticas corporales como el tatuaje y la suspensión. La percepción que cada individuo tiene del dolor se ve atravesada por factores sociales, culturales, religiosos, sensoriales y subjetivos, que influyen en los significados que se le atribuye y en las formas que cada cultura adopta para ritualizar las prácticas que ejecutan. La pregunta a desarrollar es: ¿Cómo se ha transformado la percepción que se tiene del dolor a lo largo del tiempo y cómo ha influido en sus formas de interpretarlo en las prácticas corporales que se siguen retomando hoy en día? La metodología se basó en un análisis de corte cualitativo que consideró las narrativas de los sujetos, en articulación con la antropología simbólica y la noción de ritual de Victor Turner, según la cual las metáforas y los imaginarios materializan la interpretación de estos procesos.

Palabras clave: dolor, experiencia corporal, ritual, representación y vivencia.

 

Abstract: This work presents the results of an investigation that was carried out in Mexico City with a group of young people, whose purpose was to explore the experience they had with pain in some corporal practices such as tattooing and suspension. The perception that each individual has of pain is crossed by social, cultural, religious, sensory and subjective factors, which influence the meanings attributed to it and the forms that each culture adopts to ritualize the practices they carry out. The question to be developed is: How has the perception of pain changed over time and how has it influenced the ways of interpreting it in these bodily practices that continue to be taken up today? The methodology was based on a qualitative analysis that considered the narratives of the subjects, in articulation with symbolic anthropology and Victor Turner's notion of ritual, where metaphors and imaginaries materialize the interpretation of these processes.

Keywords: Pain, bodily experience, ritual, representation and experience.

Fecha de recepción: 31 de diciembre de 2021
Fecha de aprobación: 29 de marzo de 2022

El dolor es un elemento que acompaña a los seres humanos en varios episodios de su vida; por lo tanto, no se trata sólo de una reacción anatómica y fisiológica a determinados estímulos orgánicos. Desde un punto de vista antropológico, se cuestiona cuál es la trama social y cultural que impregna este fenómeno, sin olvidar la dimensión individual que constituye parte de la experiencia. La historia occidental muestra evidencias que ilustran cómo el dolor no es sólo un hecho biológico, lo cual a lo largo del tiempo ha influido en la manera como es percibido en las sociedades actuales. Tampoco precede únicamente a la lectura médica, ni a un problema propio de la sintomatología, sino que ocupa un sitio en la vida y en la cultura humana. Este elemento ha sido utilizado para cubrir objetivos sociales y personales, inmersos en una gran diversidad de eventos; sean ceremonias de purificación, ritos de iniciación, para alcanzar estados alterados de conciencia, medios de control y de castigo, prácticas de sanación, así como en pruebas de resistencia y fortaleza.

El objetivo de este trabajo se centra en comprender los motivos por los que los sujetos ritualizan y otorgan un soporte simbólico al dolor a través de algunas modificaciones corporales como el tatuaje y otras prácticas que realizan, como la suspensión corporal. Así, partimos de la propuesta de Marcial[1], quien define como modificaciones corporales aquellos recursos que sirven como vehículos identitarios, que pueden ser marcas o decoraciones permanentes, y que contribuyen a hacer evidente las diferencias culturales entre los grupos. Mediante ellas se construyen signos de identidad: el tatuaje, por ejemplo, constituye una escritura en el cuerpo, y es también memoria en la piel, narra momentos e historias de vida; a su vez, indica un estatus dentro de la comunidad, manifiesta pertenencia a un grupo, a un sistema social, especifica la afiliación religiosa, informa la pertenencia a un linaje, clan o grupo de edad. Por su parte, el dolor realza la importancia del momento y despierta una sensación de orgullo por haber sido capaz de resistirlo.[2]

A su vez, cabe mencionar que en otras culturas y dentro del mismo ámbito del body art y la modificación corporal en el medio urbano contemporáneo se llevan a cabo otras prácticas que utilizan el dolor como parte de la experiencia, ya sea como parte de un proceso ritual o performativo, y pueden o no dejar huellas permanentes en el cuerpo. Ejemplo de ellas son las suspensiones corporales, que consisten en la sujeción y el levantamiento del cuerpo con ganchos de acero atados a una estructura de metal; durante las suspensiones se perforan las pieles: en algunos casos por las rodillas, la espalda, el pecho o el abdomen. El practicante es elevado a una altura aproximada de 1.5 metros y se demora entre 15 y 60 minutos.[3]

De modo que es importante destacar que el hilo conductor de la serie de prácticas que a continuación desarrollaremos reflejan el dolor como el continuum que adquiere significado a través de prácticas exclusivas de ciertos grupos culturales. En este sentido, el dolor desempeña un papel importante, ya que le permite a los sujetos manifestar, revelar y externar lo que sienten y piensan, de tal suerte que “cada uno vive ante todo de piel para adentro, mientras que para los demás lo accesible es la superficie, de la piel para afuera”.[4] La anatomía y la fisiología no bastan para explicar esas variaciones sociales, culturales, personales e incluso contextuales. La relación íntima con el dolor depende del significado que éste revista en el momento en que afecta al individuo. La manera como nos apropiamos de la cultura, de sus valores y de su relación con el mundo, supone un entramado decisivo para su aprehensión, en este caso porque la experiencia que se tiene con el dolor es un hecho situacional.[5]

Por lo anterior, nos gustaría enfatizar que la lectura aquí propuesta se hace desde las perspectivas de autores que han trabajado la teoría social del cuerpo, en el entendido de que el cuerpo es una construcción que entreteje la dimensión cultural, social e histórica, de manera que el cuerpo sólo existe a partir de su interacción con todos los elementos de dichas dimensiones. Autores como Le Breton,[6] Turner[7] y Csordas,[8] entre otros, hablan sobre la corporificación, como un concepto dinámico de continua transformación del cuerpo, a través de la acción y la práctica, que no se da de manera aislada, sino que siempre ocurre en interacción intercorporal (con otros individuos) y en un espacio-tiempo determinado, lo que nos sitúa como sujetos históricos; es decir: “Nuestra corporificación requiere constantes y continuas prácticas de trabajo corporal, por medio del cual mantengo y presento de forma constante a mi cuerpo, en un marco social en donde mi prestigio, persona y status, giran en torno a los demás”.[9]

La propuesta que aquí presentamos se desprende de ese enfoque, por lo que emplearemos la noción de usos sociales del cuerpo para recuperar el sentido del tatuaje, y de otras prácticas que resultan ser representaciones orientadas hacia la materialización simbólica, plasmadas sobre la carne. Dichas representaciones simbólicas adquieren usos rituales y estéticos vinculados con experiencias humanas a menudo significativas.

            Este estudio es resultado del trabajo de tesis “La significación del dolor en las modificaciones corporales”, presentada en el 2011.[10] La ruta metodológica consistió en un análisis etnográfico de corte cualitativo que se llevó a cabo durante el periodo que comprendió los años 2009-2011. Las etnografías se llevaron a cabo en dos estudios de tatuajes; el primero ubicado en la colonia Centro de la Ciudad de México, llamado Santo Oficio, y el segundo Estudio Nekromantix ubicado en la colonia Izcalli Jardines, en el municipio de Ecatepec, Estado de México. En ellos se obtuvo información de 14 personas, hombres y mujeres con edades de entre 20 y 40 años, a quienes se les entrevistó en profundidad para conocer el fenómeno a estudiar con mayor aproximación; sus nombres fueron cambiados para mantener sus identidades en el anonimato. Se asistió también a algunos eventos, donde personas involucradas en el medio de las modificaciones corporales practican también la suspensión corporal. Elegimos este tipo de herramienta metodológica como una manera de indagar en la trama de significados que se expresan en los usos sociales que se le dan al dolor, en la práctica del tatuaje y en la suspensión corporal. Siguiendo a Reguillo:

Al referirse a subjetividad, señala que se trata de una compleja trama de los modos en que lo social se encarna en los cuerpos y otorga al individuo históricamente situado, tanto las posibilidades de reproducción de ese orden social como las de su negación, impugnación y transformación. Es el intento por explicitar los dispositivos de percepción y respuesta con que los actores sociales enfrentan la incertidumbre y los riesgos epocales.[11]

Durante el trabajo etnográfico, los mismos informantes hicieron énfasis en que para ellos ese tipo de prácticas forman parte de rituales que llevan a cabo con el objetivo de simbolizar vivencias significativas; por tanto, el concepto de ritual fue propuesto como un eje de análisis para esta investigación. Las narrativas de los sujetos revelaron sus subjetividades como actores sociales y a través de ellas fue posible adentrarnos en las emociones, pasiones, sensaciones y sentimientos que experimentaron para comprender los sentidos y significados que les otorgaron. Por otra parte, se buscó referencias bibliográficas a propósito de las diversas prácticas corporales que se han llevado a cabo en distintas culturas y en distintos momentos históricos para comprender los usos sociales y significados que se le han atribuido al dolor.

 

El dolor en diversas prácticas corporales como parte de la experiencia y la ritualización

En el ámbito de las modificaciones corporales, se enfatizan dos dimensiones: la representación y la vivencia; en ese sentido podemos hablar de un cuerpo portador de signos y un cuerpo generador de significados y sentidos. La representación se refiere al conjunto de imágenes, en las que el cuerpo está caracterizado bajo una modalidad basada en un conjunto de visiones. De esta manera, el sentido de la vista es de vital importancia para comprender, conocer, relacionarnos con nuestro entorno y a partir de ella, establecer nuestras referencias socioculturales, creando una proximidad con el otro, y a su vez, un alejamiento que reconoce las diferencias, a partir de las corporalidades.[12]

En ese sentido, el cuerpo es resultado de un proceso cultural, donde los cambios que se le hagan se reflejan en sus indumentarias y decoraciones; representadas en perforaciones, imágenes, grafías, que corresponden a la parte tangible y visible que se muestra al mundo. Por otro lado, esas representaciones constituyen proyecciones simbólicas y metafóricas, que corresponden a esa parte intangible en donde el cuerpo inserta en su materialidad la subjetividad de sus valores, costumbres, creencias, cánones de belleza y significados aprendidos en un entorno cultural. Además, valdría la pena considerar que en sociedades occidentales, la vista porta un estatus dominante respecto de los demás sentidos; en el caso del cuerpo, éste adquiere también un énfasis en el que estéticamente lo visual se vuelve un elemento predominante para la producción del cuerpo.[13]

Por otra parte, el dolor como unidad expresiva se mantiene en distintos escenarios, pues la forma en cómo se despliega, revela el papel que tienen las construcciones sociales de la naturaleza humana en la comunicación del mismo,[14] sea a través de modificaciones corporales, ritos de iniciación, performances, entre otras prácticas. De tal forma que el dolor como experiencia fenoménica expone el universo particular de la cual se extrae; en esa relación entre lo físico y lo anímico tal como es vivido; es decir, la experiencia se ancla en la subjetividad. Al respecto Aisenson,[15] encarna esa subjetividad en la noción de cuerpo-persona, en la que un individuo, para tener conciencia de su existencia, debe hallarse en una determinada situación; es decir, la corporalidad tiene un sustrato temporo-espacial.

Turner[16] enfatiza que la vivencia necesita ser comunicada para llegar a ser transformadora. En ese sentido el dolor, al formar parte de una experiencia temporal con una estructura dinámica, “permite al momentáneo valor del presente, convertirse en una presencia significada”.[17] El dolor puede incluir una acción reparadora del pasado mismo, ser parte importante en la conclusión de experiencias, representar cierre de ciclos y participar en la asignación de nuevos estatus, como parte de la restauración del tejido social. Bajo esta perspectiva, Berger y Luckman[18] señalan que existe una realidad anclada a una experiencia cotidiana, percibida como limitada y continua. Estos momentos suelen transcurrir de forma procesual, introduciendo muchas veces a los sujetos en fases liminales, donde al incurrir en eventos socialmente dramáticos requieren de ciertos ritos de reacomodo para romper con incertidumbres grupales e individuales. De este modo los rituales constituyen:

Modelos que, a veces organizan las experiencias y las vivencias, las emociones y los sentimientos, promueven la reflexividad y la creatividad; son espacios lúdicos y de recreación, posibilitan los horizontes desde donde se puede ejercer la crítica de la propia sociedad y forma de vida; un ámbito de potencia subjuntiva, los rituales también son catárticos; dispositivos de poder, los cuerpos son disciplinados por y en ellos, y en ellos también hallan una loca y abandonada libertad”.[19]

Desde este punto de vista, Van Gennep[20] hace referencia a ritos de paso, cuando se trata de transiciones que involucran una crisis vital, un cambio de estatus, jerarquía, estructura, rango, condición o estado emocional; diversas culturas hacen usos de sus cuerpos en tales procesos, a través de ritos que muchas veces involucran el dolor como parte de esta experiencia. Estos procesos pueden incluir a su vez otros ritos preliminares: de separación, en donde se marca el alejamiento de un individuo de su situación anterior; liminares de margen, en ese momento el estado del individuo es ambiguo e intermedio, y postliminares de agregación, etapa que implica la incorporación o consumación del proceso.

Con esos recursos simbólicos, los individuos y grupos que llevan a cabo ciertas prácticas que involucran sus cuerpos, instalan en sus realidades un antes y un después, lo cual no significa que dichos sucesos dejen de cobrar importancia, sino que logran trascenderse a partir de momentos significativos dentro de un mundo social. Por ejemplo, algunos individuos que fueron entrevistados mencionaron que por medio del tatuaje como una marca permanente dejan huellas de sucesos importantes de sus vidas, que no sólo implican modificaciones en el aspecto físico, sino que conforman una transformación fenoménica a nivel personal; además de aportarles una identidad propia, y a otros, los integra dentro de una colectividad; sea esta una tribu, un clan, una pandilla, una secta o un gremio que les permita reforzar sus relaciones sociales.[21]

 

Diversas miradas del dolor en distintos contextos socioculturales

El dolor es producto del contexto en el que éste se experimenta y está mediatizado por la cultura, razón por la que presenta diversas variaciones. En la cultura occidental los griegos pensaban que las enfermedades eran ocasionadas por los dioses. El dolor implicaba un castigo y era asociado con un sentimiento de pecado, también representado en la mitología. Posteriormente Hipócrates, en el año 377 a. C., separó a los dioses y a los espíritus de la enfermedad, esta última se explicó como un proceso biológico. A partir de ese hecho, el dolor se ha considerado un síntoma.[22] En aquella época la discriminación que existió hacia los esclavos negros propició que los castigos dolorosos fueran el medio de disciplina y control, estas ideas poco a poco provocaron que las sociedades occidentales, se hipersensibilizaran ante cualquier tipo de dolor.[23]

Durante la Edad Media, la Iglesia institucionalizó la Santa Inquisición como un medio de control, con el que los ortodoxos investigaban los casos de herejía, y perseguían a quienes atentaban en contra de la fe católica. Todos los sospechosos eran encarcelados y sometidos a un proceso de confesión que usaba como medio de control el castigo. En ese contexto, la comunidad cristiana vinculaba el dolor con el sufrimiento de Cristo en la cruz, y se utilizaba la flagelación y diversas torturas para que los herejes redimieran sus pecados y limpiaran sus malos actos. De esta manera la religión católica concibió un enfoque dualista: cuerpo y alma, de tal manera que “la carne”, al constituirse como un componente material de lo humano, se percibía como un obstáculo para la salvación y perfección del alma.[24]

Sin embargo, en otros contextos no occidentales, el dolor ha sido utilizado en ritos y ordalías de iniciación, para señalar cambios de estatus de los individuos como miembros de un grupo social. Por ejemplo, en Norteamérica, en el actual territorio de Estados Unidos, los indios mandan practicaban un rito en el festival Okeepa para asegurar la caza del año venidero; además, constituía un rito de pasaje para los hombres jóvenes. Desde la propuesta de Van Gennep,[25] durante el ritual de separación, se llevaba a cabo un retiro espiritual previo, en el que ayunaban y se purificaban con baños de vapor en una choza. Durante la fase liminal eran perforados con dos ganchos y colgados del techo de uno de los albergues donde se practicaba la ceremonia; sus cuerpos giraban suspendidos hasta que sus pieles se desgarraban y caían al suelo. En la fase de agregación los individuos ya adultos daban gran importancia a las cicatrices que quedaban en sus pieles, pues éstas representaban el coraje que mantuvieron durante la ceremonia.[26]

En otro ritual de iniciación realizado en Nueva Guinea por los benabena, en la fase preliminar los jóvenes acompañan a los adultos a una cabaña, donde se les señalan los deberes y obligaciones que tendrán que enfrentar como adultos. Durante la ceremonia, les muestran unas cañas que deberán tragarse; los golpean y los humillan, mientras deben mostrar respeto al recibir la enseñanza. Estas cañas, de aproximadamente 60 cm, deben pasar por el esófago y llegar hasta el estómago. Es una práctica peligrosa pero considerada necesaria. Así los benabena purifican sus cuerpos de la sangre femenina con la que se tuvo contacto en el vientre materno. Al introducir la caña al estómago se provoca un desgarre de órganos, lo cual les ocasiona vómito; ese proceso implica un rito de pureza en el que, de manera simbólica, se liberan de los fluidos femeninos que contaminaron sus cuerpos. Como lo afirma Douglas:[27] la suciedad es un desorden, por lo tanto, la descontaminación forma parte del sistema de creencias de algunos grupos. En el caso de los benabena, sacar la caña del cuerpo es la parte más importante del ritual, pues esa liberación los protegerá de las enfermedades y los hará hombres más fuertes y dignos en su tribu, así son reconocidos en la fase de agregación con un nuevo estatus.

En las culturas orientales la perforación del cuerpo es una vieja costumbre. En Singapur cada año se celebra un festival que dura dos días y está dedicado a honrar al dios místico Lord Bhurudan; aquellos que demuestran su devoción deben de completar un ritual que consiste en una peregrinación fuera del templo. Los ritos de separación consisten en una preparación que los individuos comienzan con varios meses de anticipación; meditan, no beben alcohol, no fuman y se abstienen de tener relaciones sexuales. El día de la peregrinación, el momento liminal consiste en una caminata conocida también como Kavadi. Durante la peregrinación, el que elige ser parte de la santidad porta en la cabeza una corona que pesa aproximadamente 15 kilos, sujetándola con cadenas y varas que van directamente a su piel; su cuerpo será horadado, perforarán su lengua y su tórax con varias varillas. En este contexto, el dolor es un medio para la purificación espiritual, y al reintegrarse de nuevo a sus vidas cotidianas en la fase postliminal se habrán librado de tensiones acumuladas y se habrán cargado de nuevas energías para dar inicio a un nuevo año y no quedarán estancados en ciclos karmáticos.[28]

Con la exposición de los anteriores ejemplos, se puede apreciar que tales prácticas están insertas en un orden social. Al respecto, Lozano[29] señala que en todos los tiempos y contextos se han situado cuerpos sociales y políticos, los cuales han sido objeto de regulación desde diferentes ámbitos: la religión, la moral, la costumbre, la tradición, la educación, la familia, la estética o el derecho. Es así que el dolor muestra que su uso social forma parte de la reglamentación y disciplina de los cuerpos, con el objeto de encajar en un estatuto determinado. Sin embargo, en la actualidad esa normativización continúa estando presente en sus múltiples facetas: pautas que marcan modelos de belleza, desórdenes alimenticios para alcanzar imágenes idealizadas, la moda como un elemento de cambio continuo que implica una rigidez de la indumentaria y la cirugía estética, en la cual el cuerpo es materia prima para la reconstrucción como tal del mercado actual, el cual exige cumplir con sugerencias y apariencias, con la esperanza de lograr un modelo seductor que habite un cuerpo estándar que logre ser aceptado en el escenario social.[30]

A partir de estas normatividades es que algunas personas, desde otras colectividades, han tratado de romper con esas biopolíticas, retomando otras prácticas corporales dirigidas a la reapropiación de los cuerpos y a la disidencia de los mismos. Por medio de otras opciones, los cuerpos pueden ser moldeables en su aspecto y a su vez productores de sentido, al transitar por la necesidad simbólica de no perder su espacio en el mundo social.[31], [32] Es entonces cuando el dolor cobra significado y cuando se le reconoce como parte de la corporalidad y de la experiencia vivida, pues los discursos simbólicos se hacen presentes y prescriben las formas en como se interpretarán las acciones tomadas sobre los cuerpos,[33] lo cual pudo rescatarse a partir del análisis del tatuaje y de la suspensión corporal.

 

Los significados del dolor en algunas prácticas corporales actuales: el sentido del tatuaje y de la suspensión corporal

El campo de la subjetividad se encuentra ligado a varios factores; es decir, la experiencia es situacional porque las condiciones productoras de la humanidad varían históricamente.[34] En la actualidad gran cantidad de personas modifican sus cuerpos por múltiples necesidades, entre éstas, reapropiarse de un cuerpo simbólico como referente de autenticidad. En dicho factor de autenticidad se imprime la paradoja que conllevan los usos sociales del cuerpo, ya que, en éstos, se aglomera la diversidad de convenciones sociales que persigue la estética y el ritual de las prácticas corporales, y a su vez el factor preponderante de la reinterpretación mediante la experiencia personal.

El dolor es un elemento que acompaña ese tipo de prácticas, y a cada persona que las lleva a cabo le recuerda su presencia en el mundo, además: “Desencadena una serie de resignificaciones, simbolismos, recomposición de identidades y nuevas normas encarnadas en el cuerpo”.[35] Como fenómeno, el cuerpo es aprendido en un contexto social, cultural e histórico, cuya percepción y manifestación conforman un lenguaje propio que señala una herencia cultural.[36]

Las distintas narrativas recabadas durante la investigación etnográfica permitieron describir la percepción que tienen los individuos respecto de su manera de experimentar el dolor, lo que posibilitó identificar los referentes culturales que han influido de manera directa en su interpretación. En ese sentido, es notable la constante que alimenta de significado al cuerpo doliente bajo la concepción de un ente fragmentado de manera dual en cuerpo físico o carnal y en alma. Por ello, algunos informantes del grupo de estudio asumen una dicotomía entre dolor físico y dolor emocional:

[...] Siento dolor cuando me tatúo o me perforo, pero no lo defino tanto como un dolor, yo digo que hay dolores más fuertes y que no son de carne, porque la carne se queda aquí, se entierra, es un sentimiento carnal que duele, pero yo siento que lo que llevas en el alma duele más, yo sí creo que hay una separación entre dolor del alma y del cuerpo (Mónica, 23 años).[37]

La religión judeocristiana también ha sido un referente en varias ideas que aún se reproducen en la actualidad. Por ejemplo, persiste la idea de que el cuerpo es perecedero y objeto de pecado, y el dolor es un medio que puede servir como castigo para purificar el alma.[38] Algunos entrevistados señalaron que el dolor que les han provocado algunas de sus modificaciones les ha servido para superar sentimientos de culpa:

Mi primer tatuaje que me hice en la espalda, es un cráneo con alas de mosca, de hecho, ese dibujo lo hice yo. Para mí las moscas siempre están en lo podrido, de alguna forma me sentía así porque había abortado un bebé y traía esa depresión, por eso le puse también el cráneo simbolizando esa muerte y esa pérdida, me lo hice en la espalda para simbolizar que cargaba con un peso o una culpa, para martirizarme, recordarlo y no olvidarlo. Para mí, la espalda es el centro del cuerpo y donde se distribuye mejor el peso, por esta razón también es una zona del cuerpo que tiene como función sostener el cuerpo es el centro de gravedad (Denise, 27 años)[39] (figura 1).


tatuaje de Denise: cráneo con alas de mosca, representa un aborto. Fotografía de Mirna Zárate, 2009.

Cuando falleció mi hermano me hice una marca en el pecho, una quemada, yo la verdad me enteré de que falleció como un año después, me dolió mucho el no haber estado ahí en sus últimos días cuando se enfermó y cuando lo enterraron. Para mí, en el pecho está lo que sentimos, fue así como una autoflagelación, como un sentimiento de culpa, como para recordarme ese error mío de no haber estado ahí; fue una forma de aminorar un poco más esa carga (Mikel, 39 años).[40]

Otro aspecto que también ha influido en la negación del dolor es ponerlo en manos del sistema biomédico. Siglos atrás, los avances de la medicina lograron el desarrollo de la anestesia, cuyo uso proporcionó gran ayuda en diversas prácticas médicas. De esa manera, la idea de que el dolor obedece a estímulos nerviosos lo convirtió en parte de la sintomatología, y por ello el consumo de anestésicos ha sido importante para eliminar las molestias.[41] A partir de esta idea Vigarello[42] destaca que en la actualidad existe un aborrecimiento del dolor y se enfatiza en que se ha transformado en un enemigo de nuestra comodidad. En uno de los relatos, una de las informantes afirma que el dolor no es necesario cuando se realiza tatuajes y que sería mejor eliminarlo:

Yo preferiría que no existiera el dolor, no creo que sea parte importante en el proceso; es muy molesto y luego si te duele pues te mueves y puede pasar que salga mal el diseño, pues lo mejor sería usar algo, pero sé que no se puede anestesiar, la lidocaína como que no es muy buena, entonces pues prefiero aguantarme (Fangoria, 35 años).[43]

Sin embargo, otros relatos señalan que la vivencia con el dolor que se tiene en este tipo de prácticas la hacen una experiencia única. Otras personas mencionaron incluirlo como parte de una filosofía de vida que se adhiere a algunas corrientes posmodernas que buscan una pluralidad de opciones y, sobre todo, nuevas experiencias encarnadas en el cuerpo.[44] Esto ha influido en los cambios que se aprecian en la percepción personal y social que configuran esas modificaciones, al otorgarles un peso simbólico:

Todo es simbólico, es una reacción para tu subconsciente, por medio del dolor yo cierro ciclos en mi vida, o me pongo a prueba para las experiencias de vida que vivo y que quiero dejar de vivir, o cuando quiero dejar de hacer cosas en mi vida que me hacen daño, para dejarlas tienes que pasar dolor y yo, por medio del ritual del tatuaje, me hago el recordatorio de esas acciones que ya no quiero vivir, y sé que este dolor sólo es representativo, porque el dolor de la experiencia del dejar hacer pues es más doloroso, es un proceso que termina, pero mientras dura, duele (Marisa, 42 años[45]) (figura 2).


Tatuaje de Marisa que representa un duelo de pareja. Fotografía de Mirna Zárate, 2009.

Como se aprecia, una de las funciones sociales de tales prácticas es reparar aquellos detonantes que irrumpieron vidas cotidianas. De acuerdo con Turner, esas personas experimentaron un estado liminal que les permitió confrontar sus experiencias previas con las del presente, además de definir gustos y principios de distinción, donde también el dolor puede participar en la construcción de redes sociales en la conformación de algunos grupos, clanes o pandillas. Un ejemplo es el caso de la Mara Salvatrucha,[46] cuyos miembros hacen uso del dolor en una de sus ceremonias de iniciación. En ella los individuos que ingresan a la pandilla realizan un rito que denominan “Brincamiento”, que consiste en dar una golpiza al iniciado por 13 segundos. En este contexto, el dolor opera como un recordatorio de lo que involucra formar parte del grupo; por otra parte, es una advertencia de que las tareas encomendadas no serán fáciles, ya que implicarán riesgos, muertes y pérdidas de seres queridos, sean familiares o miembros del barrio, además de que esos eventos los van recordando a través de tatuajes en sus cuerpos.[47]

Precisamente una de las entrevistadas, quien pertenece a uno de esos grupos, una pandilla de cholos, mencionó que para ellos los vínculos que construyen son muy fuertes, y que, lamentablemente, le ha tocado sufrir varias pérdidas por la muerte de sus amigos cercanos. Uno de sus tatuajes que es alusivo a este vínculo de grupo identitario es el de tres puntos que tiene tatuados en el rostro; y que significan “mi patria”, “mi barrio” y “mi familia”, frases con las que se identifican como grupo y que también comparten con la Mara Salvatrucha. Otro de sus tatuajes también representativo de estas vivencias es:

El calendario azteca que tengo tatuado lo asoció con mi vida, el tiempo que yo he vivido con mi familia, con mis amigos, con gente que convives y ni conoces y luego estás pasando un mal o un buen momento; recuerdo a mis amigos que ya no están aquí por andar en la vida loca. No cierro un ciclo, para mí siguen presentes en el recuerdo (Mónica, 23 años).[48]

Como se puede percibir, los estilos de vida y los distintos andares en ella implican que el dolor se vea inmerso en un nuevo núcleo de valores, creencias, actitudes y representaciones en torno a los usos que les dan a sus cuerpos. Así, estas prácticas denotan una manera de expresión que se plasma en los significados de las vivencias personales, mientras que a otros les han ayudado a cerrar ciclos y sanar heridas emocionales: “En algunos casos cuando me he sentido mal por situaciones que no sé cómo curarlas, pues es cuando pienso que si les doy forma física se van a volver costra, se van a caer y se va a salir eso que traigo por dentro” (Octavio, 27 años).[49]

En los relatos aquí expuestos se pueden apreciar algunas de las metáforas con las que se interpreta el dolor y la intención de los individuos entrevistados por simbolizar eventos significativos de sus vidas. Desde esa perspectiva, la piel se asume como un lienzo viviente; a través de las marcas el cuerpo siente y habla, los sujetos logran descubrir sus emociones y hacer que fluyan en sus cuerpos, y aunque para las culturas occidentales el dolor ha tenido una carga social negativa, se aprecia que para algunas de estas personas tal elemento les ha permitido trascender y resignificar sucesos:

Era mi primera perforación la que me hicieron en la nariz, pero para mí es muy significativa, aunque sé que ahora que regrese a mi país mi familia se molestará, para mí es un recuerdo grato de haber trabajado aquí, y haber estado estos meses en México apoyándolos, además de que nunca en mi vida había tenido contacto con gente diferente. Este viaje me cambió la vida, no sentí mucho dolor, ni miedo, porque en ese momento había mucha gente conmigo y se me hizo divertido, además de que después de mí, se perforaron otros (Juta, 23 años).[50]

Además, en otras narrativas se observa que estos sujetos logran conectar sus cuerpos con sus emociones, desfragmentado la idea dual que se tiene de cuerpo y mente, lo que en la actualidad significa un progreso espiritual que trasciende en esta era posmoderna, agregándole un sentido al cuerpo y a la vida personal. La marca es, entonces, una línea simbólica impresa en la piel, fija un límite en la búsqueda de significación y de identidad, es una especie de firma de sí mismo en la que el individuo se afirma en una identidad elegida.[51]

Yo escogí hacerme tres calaveras en la pierna, ya que éstas simbolizan la muerte y a mí en lo particular es algo que me recuerda una experiencia familiar. Estas tres calaveras somos mis dos hermanos y yo, uno de ellos ya no está aquí, por medio de las calaveras yo junto a mi familia, haciéndole ver a él, esté donde esté, que seguimos con él en cuerpo y alma (Meco, 25 años).[52]

Las marcas de mi cuerpo son la señal de los madrazos de mi vida, las ves y las recuerdas, pero hasta ahí, puedes aprender de eso, son cicatrices de las experiencias de vida, pero ahí van a estar siempre conmigo hasta el final (Octavio, 27 años).

Desde estas perspectivas, la piel constituye la envoltura del cuerpo, el espacio de representación en el cual el interior se proyecta hacia el exterior. A partir de ese tipo de relación, el cuerpo se convierte en un territorio para el arte y la comunicación.[53] La piel es el límite de nuestro cuerpo, cohesiona la “unidad frente a sí mismo y a los demás, es un lugar de afirmación de la autonomía”.[54] En otros relatos se identificó que, además de que el dolor permite simbolizar algunas vivencias, también se le da importancia a la experiencia sensorial: “Cuando me he perforado me da como un dolor en el estómago, pero es como de emoción, angustia, desesperación de que sabes que te van a picar, como emociones encontradas, me dan nervios, como que se me duermen los brazos y me sudan las manos de los nervios” (Fangoria, 35 años). Ese aprendizaje implica identificar las sensaciones y las zonas del cuerpo que se experimentan, sin embargo, hay quienes también consideran que el dolor no siempre puede provocar miedo, angustia o rechazo, sino lo contrario, puede causar emoción y adrenalina al lograr convertirlo en placer:

Me sudan las manos cuando me empieza a doler, siento también como excitación. Cuando me tatuaron varias partes del brazo, el pecho, las costillas, sentía unas cosquillas tan chistosas, como cuando tu pareja te besa el cuello y te echan vapor caliente, empiezas a sentir como un escalofrío en la espalda, pero a la vez son cosquillas, eso siento cuando me están tatuando pero sólo en ciertas zonas, y en otras más sensibles sí me he llegado a excitar a tal grado de sentir que me vengo y con el ruido de la máquina y la manera en cómo pasa la máquina sobre de ti, sí llego a sentir eso que estoy a punto de tener un orgasmo (Karla, 31 años).[55]

A lo largo de estos relatos se percibe que el dolor es un elemento de autoconocimiento; así se logra profundizar en sensaciones, emociones, resistencias y fortalezas, incluso también otras personas señalaron que pueden lograr estados alterados de conciencia, experimentando sensaciones extracorpóreas en las que combinan bienestar y placer.

Como ya se mencionó, entre otras prácticas que también se llevan a cabo dentro del ámbito del body art está la suspensión corporal. Algunos de los entrevistados que las han llevado a cabo dijeron experimentar otro tipo de sensaciones, en las que exploran en lo que consideran fuera de lo convencional. Los principales retos a los que se enfrentan son el dolor y el miedo a lo desconocido. Al superar esos temores, la percepción de sus personas y del mundo que los rodea se ha visto modificada de manera positiva:

La segunda vez que me suspendí duré como 35 minutos y fue cuando experimenté esa sensación de vuelo; el espacio era amplio. La primera vez no lo viví así; fue menos tiempo y yo creo también que el espacio era muy reducido. Definitivamente, la segunda vez ha sido la más significativa de todas, pude volar, en ese momento no experimentaba ni tiempo, ni espacio, podría decir que es como cuando comes hongos alucinógenos, como tener un viaje ácido [...] yo no veo el dolor como algo malo, para mí al contrario es algo que me hace trascender, por lo tanto se convierte en un placer, la suspensión te relaja tanto que en verdad sientes que estás volando, me sentí liberado porque considero que cualquier perforación te libera de energía (Pedro, 36 años).[56]

Otros informantes mencionaron que esta práctica es una forma de ritualizar el dolor y de poder ofrendarlo a otras personas. Por ejemplo, Daniel, quien se dedica al trabajo de la construcción, mencionó que por medio de las suspensiones corporales, él recuerda a sus compañeros que murieron laborando en las obras públicas donde ha trabajado; subrayó que éste es un trabajo muy riesgoso, y a su vez, considera que esta experiencia es tan importante que desea compartirla con quienes son importantes en su vida. También señaló que muchas de estas prácticas las lleva a cabo en sus espacios laborales, donde se encuentra trabajando en esos momentos, y con apoyo del equipo con el que labora, como las palas mecánicas (figura 3). Por otra parte Ulises, quien se dedica al trabajo de las perforaciones y los tatuajes desde hace ya varios años, comentó que en varias exposiciones y eventos practica la suspensión corporal como un acto ritual de ofrendamiento (figura 4):

La primera suspensión la hicimos en una exposición de tatuajes, fue como un ritual con danzantes prehispánicos, la danza me ayudó mucho para concentrarme. Cuando me empezaron a elevar, empecé a llorar, porque sentí súper padre, sientes como si volaras, olvidas lo material, olvidas odio, rencores [...]. Yo en ese momento les agradecía a todos su compañía y mi dolor se lo dedique a toda mi clientela que he tenido a través de toda mi trayectoria como modificador, no lo dije abiertamente, pero yo pensé: les ofrezco este dolor a todas las personas que se los he causado, por alguna perforación o un tatuaje (Ulises, 35 años[57]).

 


Suspensión realizada en Ecatepec, Estado de México. Fotografía de Mirna Zárate, 2010.


Suspensión en expo de tatuaje Naucalpan, Estado de México Fotografía de Mirna Zárate, 2009.

Estas prácticas tienen además como función expresar la performatividad de los cuerpos, donde la posibilidad de transformación queda al descubierto. De este modo, Butler[58] señala que el performance, en sentido artístico, resulta estrechamente ligado a los modos de revelar las múltiples construcciones posibles del cuerpo y la identidad, de tal manera que se acentúa la profusión de imágenes y rasgos mediante los cuales los cuerpos son significados. A través de la escenificación del dolor se manifiesta un carácter subversivo, crítico y reflexivo, con el objetivo de causar una reacción en los espectadores y tener una comunicación con el público que va más allá de poner sólo la atención en el borde de la piel y percibir los límites del cuerpo. En ese sentido, tal tipo de performances hacen presente una catarsis desde los cuerpos, con el fin de escapar de los obstáculos que imponen el género, la familia, la religión y la sociedad, donde desde lo político el cuerpo es un espacio para la agitación y la protesta.

A partir de esa posición teórica, el cuerpo como material performativo trata de recuperar el rito como práctica social, en el que el artista es una especie de intermediario o chamán al servicio de la audiencia. Así, el soporte del cuerpo lleva un discurso de reflexión, en el que los individuos cuestionan sus existencias y además ejecutan acciones que sobrepasan lo permitido o legítimo en una sociedad, por ello el activismo y las expresiones contraculturales son componentes esenciales en las prácticas aquí descritas.[59] Ante estas cuestiones, es posible plantear la pregunta sobre ¿qué es arte y qué no? o cuándo determinadas prácticas pueden considerarse como formas artísticas. Pues bien, en el caso de la suspensión corporal, el acto performativo, reside en el instante en que el cuerpo se prepara para iniciar la exhibición del acto de suspenderse, como tal, éste es un evento de carácter colectivo, cuyo sentido se exalta a través de la composición o montaje del cuerpo en suspensión. Mientras que, en el caso del tatuaje, la experiencia queda adherida a las formas y figuras en la piel de manera permanente. En este caso, el arte se desenvuelve en un proceso diacrónico, que incluso va modificando el significado del tatuaje a lo largo del tiempo. Otro aspecto que vale la pena destacar es que, en el caso del tatuaje, es un rito más individualizado, quizá hasta más privado que se reduce a la interacción entre el tatuador y el cliente. Como tal, no existe una preparación del cuerpo para una exhibición o escenificación de este proceso, pero el arte se hace cuerpo en el individuo que la porta. En ambas prácticas, el topos artístico no es un lienzo, ni una arcilla, es el cuerpo como medio de expresión. Ahora bien, las prácticas de este tipo confrontan la estética hegemónica occidental al grado de ubicarse como posibilidades antiartísticas y subversivas.

 

Consideraciones finales

Los usos sociales que los distintos pueblos y sociedades le han otorgado al dolor permiten ilustrar que los sistemas de creencias impregnan sus marcas en los comportamientos y valores a modo de un inconsciente cultural. El dolor vivido no es jamás pura experiencia sensorial, sino que más bien radica en una percepción compleja que se integra en la experiencia acumulada de vida de un individuo. En ese sentido, la experiencia dolorosa es simultáneamente sentida, evaluada e integrada en términos de significación y valor.[60] El dolor como percepción es construido de diferentes formas en las diversas culturas y también se ha visto modificado a lo largo de la historia occidental. Sin embargo, aunque no todas las prácticas corporales dejan una marca en el cuerpo, el uso social del dolor radica en cumplir con mecanismos que incluyen la transformación de la conciencia; por ello en muchas culturas no occidentales logran a través de él un poder cultural significativo, que se ve expresado en los ritos y ordalías que llevan a cabo.[61]

En las sociedades actuales muchos grupos han retomado la modificación corporal, el performance y el body art presente desde la década de 1950, como modalidades para emplear el cuerpo como un material artístico y utilizan el dolor para encontrar sus límites corporales, además de recuperar los ritos como prácticas sociales.[62] El objetivo de este tipo de arte corporal es profundizar en el dolor para que los seres humanos se puedan enfocar en un conocimiento pleno de sí mismos, con la mira en proponer una nueva cultura que permita explorar no sólo en los límites del cuerpo, sino en todas las esferas subjetivas que acompañan esta vivencia; placer, pulsión, crueldad, empatía, etcétera.

Como se ha ejemplificado con varias de las narrativas, dichas prácticas corporales son llevadas a cabo en contextos que los mismos sujetos ritualizan, donde han experimentado cambios en su situación física y emocional, los cuales favorecieron transformaciones integrales en sus personas, materializadas en los símbolos que les permitieron concluir una experiencia. No obstante, la ritualización de las prácticas corporales, como hemos buscado mostrar, puede ser expuesta ante la colectividad, pero también puede tratarse de una ritualización individualizada o personal, que le da sentido a la reinvención del cuerpo.

Es en el ritual, según Turner,[63] donde se expresa lo que a los humanos les conmueve; en tal sentido, el dolor en esos procesos adquiere la capacidad para canalizar emociones, con el fin de provocar una eficacia en la sanación y reparación de los tejidos sociales, donde los símbolos ejercen poder en la vida social. En 1973, Douglas[64] también señaló que el término magia, concebido en muchas sociedades tribales, sirvió para nombrar las acciones simbólicas que se consideran eficaces en la alteración de acontecimientos en curso, lo cual denota que los sistemas de creencias se plasman en los cuerpos, y es en estas intervenciones donde los símbolos tienen un efecto mientras inspiren confianza para producir cambios. Las mismas personas entrevistadas afirmaron que con ese tipo de recursos han logrado sanar vivencias a través de la resignificación, y al dejarlos en sus pieles de manera permanente, representan sucesos de sus historias de vida que no podrán borrar, pero a la vez permanecen en la perpetuidad del cambio.

Para concluir, hacemos énfasis en que el carácter social también alude a las convenciones colectivas que se le atribuyen al contenido simbólico, ya que poseen entramados con el tejido de las experiencias individuales, las cuales los dotan de significados únicos y de gran valor para la persona que los porta. Cabe mencionar que, para el grupo de estudio, la práctica del tatuaje fue descrita como un proyecto corporal que se caracteriza por la posibilidad de poner en juego la creatividad y, como marca permanente, inscribe una cualidad particular con una carga semiótica, dado que posee un sentido textual que alude a experiencias de vida; algunas de ellas dolorosas, que se plasman a través de este recurso simbólico.

El dolor de esta manera se afianza e impone un nuevo paradigma en el cuerpo, permitiendo así la trascendencia de los individuos a partir de que el dolor puede expresarse como una experiencia individual que se representa en el cuerpo, dejando así ese sello distintivo con los otros.[65] En otras palabras, las modificaciones corporales también responden al deseo de territorializar el cuerpo como un constructo cultural en el que se expresan las particularidades del entorno en el que se vive; es decir, conforman un referente significativo de identidad no sólo del grupo al que se pertenece, sino también de apropiación significativa de pensamientos y maneras de ser, que se dejan ver reflejadas en el mundo. Así, las modificaciones corporales, también establecen una conexión estrecha e integral con la percepción autónoma, el modo de comunicar y el estilo de vida de quien lo practica o realiza.[66] Hoy en día las invenciones de estas prácticas van más allá de una filiación colectiva, pues con el trabajo etnográfico se demuestra que las decisiones llevan un trasfondo personal, en el que se imprime la trascendencia y el sentimiento de profundidad, que subraya la subjetividad propia.


[1] Rogelio Marcial, “Cuerpo significante: emblemas identitarios a flor de piel. El movimiento fetichista en Guadalajara”, Relaciones, núm. 117, vol. XIX (2009): 159-179.
[2] David Le Breton, El tatuaje (Madrid: Casimiro, 2013).
[3] Cupatitzio Piña, Cuerpos posibles, cuerpos modificados. Tatuajes y perforaciones en jóvenes urbanos (México: UAM-X, 2004).
[4] José Luis Catalán, “Psicología del cuerpo 1987”, acceso enero de 2009: http://www.cop.es/colegiados/a-005 12/psico.cuerpo.html.
[5] David Le Breton, Antropología del dolor (Barcelona: Seix Barral, 1999).
[6] David Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad (Buenos Aires: Nueva Visión, 2002).
[7] Victor Turner, El proceso ritual (Madrid: Taurus, 1988).
[8] Thomas Csordas, “Embodiment as a Paradigm for Anthropology”, Journal of the Society for Psychological Anthropology, 18 (1990): 5-47.
[9] Turner, El proceso..., 13.
[10] Mirna Zárate Zúñiga, “La significación del dolor en las modificaciones corporales” (tesis de licenciatura, ENAH, México, 2011).
[11] Rossana Reguillo, “Políticas de la mirada. Hacia una antropología de las pasiones contemporáneas”, en Educar la mirada. Políticas y pedagogías de la imagen, comp. por I. Dussel y G. Gutiérrez (Buenos Aires: Flacso / Manantial / osde, 2006), 51-74.
[12] Ana D’Angelo, “La experiencia de la corporalidad en imágenes. Percepción del mundo, producción de sentidos y subjetividad”, Tabula Rasa, núm. 13 (2010): 235-251.
[13] Mariana Cantarelli, “El cuerpo en perspectiva histórica: A propósito del estatuto actual del cuerpo” 2000, acceso en abril de 2000: http://www.cancerteam.com.ar/cbib023.html.
[14] Lucía Galazzi, “Reflexiones sobre el dolor: Un análisis a partir de la forma que se despliega”, Aisthesis, núm. 45 (2009): 122-133.
[15] Aída Aisenson Kogdan, Cuerpo y persona. Filosofía y psicología del cuerpo vivido (México: fce, 1981).
[16] Victor Turner, La selva de los símbolos (Madrid: Siglo XXI, 1990).
[17] Turner, El proceso..., p. 154
[18] Peter Berger y Thomas Luckman, La construcción social de la realidad (Buenos Aires: Amorrortu, 1990).
[19] Rodrigo Díaz. Archipiélago de rituales. Teorías antropológicas del ritual (Barcelona: Anthropos, 1998).
[20] Arnold van Gennep, Los ritos de paso (Madrid: Ediciones Taurus, 1986).
[21] Mirna Zárate Zúñiga, “Cuerpos modificados: la piel como un vehículo para la memoria y la producción de significados, a través de la noción de experiencia”, en Antropología física, disciplina bio-psico-social, coord. por Lauro González Quintero y Anabella Barragán Solís (México: Secretaría de Cultura, 2017), 443-472.
[22] Gerardo Romero, V. García-Olivera, N. Hernández-Vázquez, M. Romero-Salinas, J. Sandoval-Pallares, M. Gutiérrez-Cárdenas y R. Cruz-Mejía, “El dolor y su significado a través de la historia”, Enlace: Expresiones de la Sociedad Civil (Revista Digital de la Unidad para la Atención de las Organizaciones Sociales), vol. 4, núm. 4 (2006), acceso en agosto de 2009: http://www.organizacionessociales.segob.gob.mx/uaosrev4/El_dolor.html.
[23] David Morris, La cultura del dolor (Santiago de Chile: Andrés Bello, 1994).
[24] Elias Norbert, El proceso de civilización. Investigaciones Sociogenéticas y Psicogenéticas (México: fce, 1997).
[25] Van Gennep, Los ritos...
[26] Rodrigo Ganter, “Cuerpos suspendidos: Cartografías e imaginarios de la piel en jóvenes urbanos”, Polis, vol. 4, núm. 11, especial Gestión del cuerpo y control social (2005): 2-13.
[27] Mary Douglas, Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú (Madrid: Siglo XXI, 1973).
[28] Sant Rajinder Singh Ji , “Festival vegetariano” (s. l., Ed. Ciencia de la espiritualidad, 2008), acceso en julio de 2009: http://www.sos.org/spanish/ultimo/news20.htm.
[29] Rian Lozano, “Cuerpos políticos y contra-representaciones”, Cuerpo y Alteridad. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas 2 (2010), 343-352.
[30] Elsa Muñiz, La cirugía cosmética: ¿Un desafío a la “naturaleza”? Belleza y perfección como norma (México: uam-a, 2011).
[31] Elsa Muñiz, “Las prácticas corporales”, en De la instrumentalidad a la complejidad en disciplinas y prácticas corporales. Una mirada a las sociedades contemporáneas, coord. por Elsa Muñiz (México: uam-x, 2010), 17-50
[32] Josefina Ramírez, “Cuerpo y emociones. Un nuevo horizonte para la comprensión del sujeto”, Diario de Campo, núm. 10 (2012): 22-27.
[33] Cupatitzio Piña, “Cuerpos posibles... cuerpos modificados. Modificaciones corporales en jóvenes urbanos: tatuajes y perforaciones” (tesis de licenciatura, uam-i, México, 2003).
[34] Cantarelli, “El cuerpo...”.
[35] Zárate Zúñiga, “La significación...”. p.15
[36] Anabella Barragán Solís, Vivir con dolor crónico (Buenos Aires: Libros de la Araucaria, 2008).
[37] Mónica es devota de la Santa Muerte, trabaja en un centro comercial, tiene piercings y tatuajes. Todos los diseños de sus tatuajes están basados en experiencias personales. La elección del área donde se haría sus tatuajes fue siempre en regiones corporales discretas, debido a que pensaba que su padre no se los aprobaría. Sus primeras modificaciones se las realizó en los tianguis, la edad en que inició con estas modificaciones fue a los 17 años.
[38] André Frossard, El sufrimiento. En Dios en preguntas (Buenos Aires: Antártida, 1991).
[39] Denise comenzó sus modificaciones corporales a los 12 años; además, ha practicado la suspensión corporal.
[40] Mikel, al momento de la entrevista, se desempeñaba como comerciante y artesano. Sus primeras modificaciones fueron los piercings. Inició con estas prácticas corporales a los 26 años. La zona que decidió marcar de su cuerpo tiene una relación con la región corporal donde el identifica las emociones: el pecho.
[41] Germán Zuluaga, “Dolor físico y mental. Aproximaciones desde la medicina tradicional”, en Memorias del Congreso Internacional “Medicinas Tradicionales, Interculturalidad Y Salud Mental” (Tarapoto-San Martín: s. e. 2009, acceso junio de 2010, http://docs.google.com/viewer?a=v&q=cache:ornjom_zri4j:www.cemi.org.co/images/dolor%2520fi%25cc%2581sico%2520y%2520mental%2520gzr.pdf.
[42] Georges Vigarello, Lo sano y lo malsano desde la Edad Media hasta nuestros días (Montevideo: Ediciones Trilce, 1995).
[43] Fangoria comenzó a realizar modificaciones en su cuerpo a la edad de 17 años, el diseño de sus tatuajes busca un sentido estético. Se hizo su tatuaje en el estudio Tonatiuh Cuerpo Adornado, de la Ciudad de México; decidió hacerse unas flores en el hombro —ya que en esa región no son tan visibles— y menciona que tenía esa preocupación por no ser aceptada en un futuro en el ámbito laboral. Cuando se lo hizo tenía 26 años y a esa edad ella ya tenía la madurez para poder decidir bien lo que quería hacer y en qué parte del cuerpo. Su tatuaje sanó muy rápido, porque utilizó una crema que ahí mismo le recomendaron y era muy buena.
[44] Gonzalo Pasamar, La historia contemporánea, aspectos teóricos e historiográficos (Madrid: Síntesis, 2000).
[45] Marisa se realizó su tatuaje en el estudio Santo Oficio, en la cadera, a la altura del hueso sacro. La imagen que se tatuó tiene una flor con dos alas; una de murciélago, del lado derecho y otra de un ángel del lado izquierdo. Tomó la decisión de hacerse ese diseño para tapar otro tatuaje que tenía de un logotipo de un zorro. Esa decisión la tomó porque terminó con una relación larga y el primer tatuaje representa el logotipo del negocio de motocicletas de su expareja, y después de la traición y el dolor que le causó el rompimiento decidió cerrar ese ciclo con un nuevo tatuaje. El tatuaje tardó en sanar aproximadamente tres semanas y siguió todas las recomendaciones que le indicaron en este estudio.
[46] La Mara Salvatrucha o MS13, es un agrupamiento al estilo de pandillas conformado por jóvenes marcados por la precariedad y la pobreza, de origen salvadoreño. Como grupo, crecieron en los contextos urbanos de la década de 1980, durante la Guerra Civil. Influyeron en ellos los pachucos y cholos, como grupos juveniles que les aportaron un repertorio simbólico con elementos que se definen a través del lenguaje, el cuerpo significado (tatuaje, gestualidad y vestuario), el graffiti y sus formas de organización. Véase José Manuel Valenzuela, “La Mara es mi familia”, en Las Maras. Identidades juveniles al límite, coord., por José Manuel Valenzuela Arce, Alfredo Nateras Domínguez y Rossana Reguillo Cruz (México: uam-i / El Colegio de la Frontera Norte, 2013), 33-62.
[47] Guadi Calvo, “Maras, el estigma como identidad”, Revista Zoom, Política en Sociedad (2009), acceso en enero de 2010: http://revista-zoom.com.ar/articulo3177.html.
[48] Mónica se hizo sus tatuajes en el Estudio Nekromantix, el calendario azteca se lo tatuó en la región sacra de la cadera. Tomó la decisión de hacerse esa imagen después de haber sufrido varias pérdidas de amigos de su pandilla; además, lo relaciona con la representación del tiempo, en el que ella pueda convivir con familia y amigos importantes. Sin embargo, estos lazos en cualquier momento pueden terminar, porque todo tiene un fin, aunque siempre estarán presentes en el recuerdo. No mencionó cuánto han tardado en sanar sus tatuajes, sólo que siempre ha llevado a cabo los cuidados que le recomiendan para tener un buen resultado.
[49] Algunos tatuajes de Octavio se los realizó en el estudio Santo Oficio. Un zombie, que se hizo en el brazo y del cual tomó la decisión de realizarlo después de haber terminado con una de sus parejas; para él, representa algo que murió y no debe dejarse revivir, con ello él simboliza haber cerrado un ciclo para no sufrir y no hacerse daño. Mencionó que sus tatuajes sanan rápido siempre y cuando siga las recomendaciones. Algunos más que tiene en otras partes de su cuerpo, se los ha tatuado él solo. La finalidad de ello fue aprender a tatuar y decidió hacérselos él mismo, para ir perfeccionando sus técnicas; también mencionó que sus tatuajes son representativos de sus vivencias y con ellos ha marcado ciclos de su vida.
[50] Juta trabajaba en la uta, cuyas siglas significan: Unión de Trabajo Autogestivo. La uta es un bar que en sus inicios fue un escenario subterráneo de las culturas goth, punk y dark de la Ciudad de México.
[51] Le Breton, Antropología del cuerpo...
[52] Meco se tatuó en el Estudio Nekromantix, decidió hacérselo en la pierna derecha después de años de que falleció su hermano mayor. Las tres calaveras simbolizan la muerte, y que en esa dimensión él y su otro hermano lo siguen acompañando; también mencionó que era una especie de ritual para poder recordarlo siempre y un homenaje en nombre de toda su familia. No mencionó cuánto tardó en sanar su tatuaje, pero llevó a cabo todos los cuidados para que al final el diseño quedará bien en su piel.
[53] Eva Mesas, “El dolor de cuerpo presente. Sobre la representación del dolor en las experiencias dolorosas de Body Art”, blog Cuando Dios Era Mujer (2009), acceso en enero de 2009: http://cuandodioseramujer.blogspot.com/2009/01/El-Dolor-de-Cuerpopresente-Sobre-La_08.html.
[54] Víctor Payá, “Cuerpo rayado, cuerpo significante: El tatuaje en prisión”, en Tinta y carne, coord. por Edgar Morín y Alfredo Nateras (México: Contracultura, 2009), 75-109.
[55] Karla tiene varios tatuajes en su cuerpo; se los ha hecho en varios lugares y con diferentes tatuadores. Ella mencionó que comenzó a tatuarse y perforarse en la adolescencia, cuando empezaba a buscar una identidad con grupos góticos y punks, además de marcar vivencias importantes, pues para ella es como ritualizar esas experiencias y dejarlas en su cuerpo como un lienzo que representa la historia de su vida. También comentó que siempre ha llevado a cabo todas las recomendaciones, sin importar el tiempo que tarden en sanar, ya que este proceso también varía mucho y depende del tamaño de sus tatuajes.
[56] Pedro se inició en las prácticas corporales a la edad de 18 años, es tatuador y, al momento de la entrevista, era empleado en un bar.
[57] Ulises comenzó sus modificaciones corporales a la edad de 19 años, es tatuador y perforador. Tiene múltiples tatuajes y piercings. Ha practicado suspensiones corporales tipo Okeepa (sostenida por región pectoral) y tipo suicida (desde la región escapular derecha e izquierda).
[58] Judith Butler, Deshacer el género (Barcelona: Paidos Studio, 2006).
[59] Reinaldo Bustos, “Elementos para una antropología del dolor: El aporte de David Le Breton”, Acta Bioethica, vol. 6, núm. 1 (2000): 105-111.
[60] Bustos, “Elementos: 105-111.
[61] David Morris, La cultura del dolor (Santiago de Chile: Andrés Bello, 1994).
[62] Ana María Sedeño, “A vueltas con el dolor y el cuerpo: El performance contemporáneo de Ron Athey” Boletín de Arte, 30-31 (2010), 511-518.
[63] Turner, La selva...
[64] Douglas, Pureza y Peligro...
[65] Zárate Zúñiga, “La significación...”.
[66] Valentina Rodríguez, Las modificaciones corporales como formas de expresión comunicativa (Bogotá: Universidad Santo Tomás-Facultad de Comunicación Social, 2019).

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Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

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