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La perspectiva de género en el marco de la migración: actores en contienda

Pedro Antonio Be Ramírez
Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Autónoma de Baja California
pedro.be@uabc.edu.mx

Claudia Salinas Boldo
Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Autónoma de Baja California
claudia.salinas.boldo@uabc.edu.mx

Fecha de recepción: 31 de marzo de 2019
Fecha de aceptación:
23 de enero de 2020

El género desde la migración

La mirada de género permite complejizar otras dimensiones de análisis que dan cuenta de las condiciones que viven de manera particular mujeres y hombres durante la migración y otros muchos aspectos de la vida cotidiana. Uno de los ejes de análisis para comprender y proponer posibles soluciones al estudio de los procesos migratorios es representado por la perspectiva de género, la cual nos ofrece un panorama más amplio acerca del proceso que viven mujeres y hombres al integrarse a la migración, pues está demostrado que las diferencias entre los sexos formulan escenarios, problemáticas, beneficios y costos distintos para cada uno de ellos. Así lo asienta Daniel Cazés,[1] cuyo enfoque de género posibilita los elementos de análisis donde mujeres y hombres, como sujetos sociohistóricos, se relacionan e interactúan.

El género, en tanto construcción y sistema social de relaciones, se constituye a partir de la simbolización cultural de las diferencias sexuales, así como de las relaciones sociales que se construyen entre lo femenino y lo masculino.[2] A los anterior se suma una realidad enmarcada en las relaciones intersubjetivas e intercomunitarias, la cual se reelabora continuamente.[3]

En el caso de la migración, desde la década de 1980 se presentan estudios que versan sobre el cumplimiento de roles “tradicionales” dentro de los hogares, pero también, la doble jornada a la que están sujetas las mujeres ante la irregularidad del envío de remesas de los esposos, la capacidad de agencia adquirida, la discriminación que experimentan, además de la importancia del contexto sociohistórico donde se sitúan los migrantes, entre otros tópicos.[4]

En el caso del fenómeno migratorio, fue hasta la década de 1980 cuando la mirada antropológica contempló por primera vez la diferencia sexual, y con ello al género, como categoría de análisis para explicar y dar cuenta del proceso de la migración femenina, sustancialmente distinto, a la migración masculina.[5] A partir de esta diversidad de planeamientos sobre el género y la migración, es posible concluir que las mujeres siempre han estado presentes en el proceso migratorio internacional y que hasta hace poco tiempo, los estudiosos del tema se han detenido a analizar la importancia que han cobrado las mujeres en este complejo proceso migratorio, particularmente en la serie de cambios que la migración internacional ha generado en el interior de los hogares con relación a los roles tradicionales observados tanto por hombres como por mujeres. Sobre ello es lo que se trata en el presente artículo.

Método

Este trabajo se inscribe en los estudios de corte cualitativo empleando herramientas propias como la entrevista a profundidad y la observación participante, entre otras herramientas.[6] Se presentan tres testimonios que nos permiten comprender otras formas de organizar el mundo de vida, en el marco de la perspectiva de género. Se trata de Alicia Hernández,[7] Sonia Burgos y Dolores Jiménez. Ésos, por supuesto, son seudónimos, con el objetivo de proteger la identidad de las participantes, quienes firmaron un consentimiento informado antes de conceder las entrevistas.

La información que aquí se discute corresponde a diversos estudios, de entre 2010 y 2015, orientados a la migración interna e internacional sobre identidad, trabajo precario y prácticas socioculturales en contextos diferentes al lugar de origen. A través de estas experiencias migratorias, se podrá observar los motivos, tensiones o reinvenciones que experimentan las mujeres migrantes a partir del contexto donde se sitúan. Con cada uno de estos itinerarios se busca comprender el papel que ocupa lo que significa ser mujer, así como las expectativas inscritas en sus cuerpos y en sus prácticas cotidianas.

Migrantes en escena bajo la mirada del género

Sin el “qué dirán”

Ante su papel como jefa de familia, y a sus casi 50 años, la señora Alicia toma la decisión de salirse de Telchac Pueblo, Yucatán, para irse a Cozumel, Quintana Roo, a finales de la década de los ochenta del siglo XX. El dinero que en aquel entonces su esposo, Juan Lizama, le enviaba desde Estados Unidos y el trabajo que ella desempeñaba en el pueblo como modista y con el urdido de hamacas no redituaban mucho. El señor Juan había emigrado a la Unión Americana hace más de 30 años; de ahí que Manuel, José y Rubén, los hijos mayores, decidieron seguir sus pasos. Los tres llegaron a Los Ángeles, California, lugar donde se encontraba su padre, pero después decidieron trasladarse a la ciudad costera de Oxnard, perteneciente al condado de Ventura, California.

En 1989, una economía inestable llevó a la señora Alicia a irse con sus tres hijos menores, María, Raúl y Teresa, a trabajar a Cozumel, donde llegaron a vacacionar en primera instancia por invitación de Sara, su hija mayor, quien ya vivía en la isla. El éxodo de la señora Alicia y sus tres hijos, desde los planteamientos de Julia Fraga,[8] fue motivado, primero, por mejorar el ingreso familiar, y después, por un anhelo de superación. El desacuerdo de su esposo por abandonar el pueblo y la amenaza de la pérdida de “sus derechos como esposa” no le impidió trasladarse a la isla.

Ahí permaneció un año trabajando, primero en un restaurante por unos cuantos días, después como costurera y finalmente en un hotel como encargada de la lotería, auxiliar a las camaristas si requerían de algún artículo que hiciera falta en las habitaciones (como toallas o jabón), además de checar las entradas y salidas de los huéspedes para dejar en orden los cuartos. Quienes se escandalizaron por la nueva vida laboral de la mamá fueron Sara, su hija, y su esposo, bajo el argumento del “qué dirán” ante la mirada de amigos y conocidos del pueblo que estaban en Cozumel. Para la señora Alicia eso fue lo de menos, la situación económica apremiaba:

[…] en la radio oí que solicitaban una ayudante de cocina en el restaurante Gambrinos y al otro día me fui. Me dice mi hija: —¿a dónde vas? Voy a pasear con tu suegra —le dije; pero nomás fue la mentira que le eché. Fui a la calle, pedí el trabajo y me lo dieron. Al otro día ahí voy. Cuando se lo dije a mi hija puso el grito en el cielo, también su marido. Ellos alegaban que qué van a decir sus amigos cuando sepan que trabajo en un restaurante. Yo dije: —pos que digan misa, ellos no me mantienen. Yo vine aquí y nos animaron a que nos quedemos, ¿qué vamos a buscar allá en el pueblo?— (Alicia, ciudadana americana).

La ruptura de paradigmas en la señora Alicia sobre su papel como esposa, madre y mujer resulta contingente al espacio sociohistórico donde se sitúa. Tal como lo ha demostrado Castellanos,[9] la movilidad de las nociones sobre las expectativas de género, el papel “apropiado” de mujeres y hombres, entendido como una construcción social de lo masculino y lo femenino, se vuelve notoria, en este caso, al incursionar en el ámbito laboral. Durante esa época llegó a ganar entre 300 mil y 350 mil pesos quincenales, unos 140 dólares estadounidenses de entonces, que complementaba con las propinas que le daban, pese a que no era camarista. Por ello nunca descuidó sus empleos. A Telchac Pueblo iba una vez al mes para resguardar su vivienda y sus pertenecías.

Después de un año, sus hijos José y Rubén, al enterarse de su estancia en Cozumel, los “mandaron traer” hasta Oxnard para conocer la ciudad, pero principalmente para trabajar y ganar mejor en Estados Unidos. Su cruce fue sin documentos, con ayuda de un pollero y acompañados de Manuel, el mayor de la familia. La red de relaciones, sobre todo familiares, es esencial para cruzar “al otro lado”, pero también para amortiguar la experiencia migrante.[10] En febrero de 1990, la señora Alicia atravesó la frontera entre Tijuana y San Diego, pagando 50 dólares al pollero por sus cuatro hijos y ella, motivada por la superación y una mejor calidad de vida:

En Tijuana nos pasamos por la montaña. No me dio miedo, no fue muy difícil como lo es ahora. Subimos una barda y nos pusieron una escalara [para cruzar y bajando la montaña] entonces oímos: —¡Ahí viene la migra!—, y ahí retrocedemos y nos escondemos en los matorrales. Pasa una moto y avanzamos otro tanto, [y así lo hicimos. Una vez que bajamos corrimos hacia otra barda] y una reja de alambre, pero había un espacio como de 25 centímetros y en ese pedacito ahí nos metimos. Y no sólo yo, había un montón de gente que pasaron, eran como tres o cuatro los que nos dirigían, hasta que lo logramos. Fueron como 3 o 4 horas. Cuando bajamos la montaña, el coyote nos dijo: —Cuando crucen, salen en este pedazo que esta descubierto y se van caminando. Allá les van a estar esperando sus familias, no corran—, y eso hicimos (Alicia, ciudadana americana).

Desde su llegada como indocumentada al país vecino del norte, tuvo diversos empleos, como repartir el periódico de la localidad, el trabajo en el field o plantíos de brócoli y repollo, además en el deshierbe, y también en el empaque de la naranja en Santa Paula y Oxnard. Con su estatus de ciudadana, adquirido desde 2002, la vida de la señora Alicia se entreteje en ambos espacios transnacionales. Sabe que Estados Unidos es un país de oportunidades, basta con tomarlas y hacerles frente. Actualmente, con su pensión es posible invertir ese ingreso entre sus hijos y nietos para darles todo lo que no pudo antes.

Los “cuerpos flexibles” para el turismo

Un caso de precariedad laboral la encontramos en la experiencia de las camaristas que se desempeñan en la zona hotelera de Cancún, Quintana Roo; una ciudad construida y habitada por migrantes, donde los yucatecos representan el grupo de mayor presencia de migrantes interregionales, con un 43 % en la entidad, de acuerdo con el dato censal del INEGI en 2000.[11] El caso del hotel resulta emblemático pues el trabajador, además de mostrarse feliz y sonriente como reflejo de la empresa, las jornadas laborales e incluso la rotación de turnos obligan a los “cuerpos flexibles” a ofrecer más de sí mismos. Una buena imagen como camarista, mesero o botones siempre se pone a prueba y vigilancia mediante una especie de panóptico que opera entre los supervisores para con los trabajadores, quienes continuamente son inspeccionados y corregidos en sus actividades.

La presión se encuentra a lo largo del día laboral, donde el cliente, invariablemente “siempre tiene la razón”. Así que el trabajo también requiere cuidarse, sobre todo cuando la oferta laboral se encuentra a expensas de las necesidades de la empresa y, más que nada, de las temporadas cuando arriban los turistas. Así, encontramos un desequilibrio entre aquellos que afirman el lado amable del trabajo en un hotel, sobre todo en los puestos operativos, pero al mismo tiempo se evidencian las exiguas condiciones óptimas para el trabajador. Para contrastar estas experiencias, aquí se muestra una imagen con Sonia Burgos, una migrante yucateca de 21 años, estudiante de la licenciatura en Turismo, en una universidad de Cancún:

[En una ocasión que visitamos un hotel, hicimos un recorrido] por las áreas que no se ven, es decir, que no están abiertas al público en  general y al ver eso no me gustó. Esas áreas están pintadas en colores grises, con tuberías, y luego el calor que se siente. [Quienes están en] la lavandería [sufren] con el calor y sentí un ambiente pesadísimo. Cuando vi todas las áreas donde se encuentran los turistas marcados con bonitos colores, limpio, pensé en los trabajadores que trabajan en condiciones malas y mejor dije que no a la hotelería. Depende mucho del hotel (Sonia, perteneciente a la segunda generación de migrantes yucatecos radicados en Cancún).

El testimonio de Sonia deja en claro las condiciones laborales que no retribuyen ni reconocen la capacidad del trabajador en un hotel. Aún siendo estudiantes, durante sus prácticas profesionales, algunos estudiantes reportan haber sido presionados por los responsables del área para cumplir con los tiempos y movimientos del departamento, como ocurre con el puesto de ama de llaves. En unos casos, los jóvenes practicantes observaron los malos tratos de los jefes hacia los supervisores y otros empleados, tanto que a veces a ellos mismos les tocaba una reprimenda cuando no llevaban de manera efectiva alguna operación determinada. En otros resulta evidente la explotación, sino esclavitud, que ocurre entre los trabajadores, sobre todo con las mujeres jóvenes, ya sea para asistir en días feriados o cubrir turnos mediante la figura de “comodín”.

En las prácticas que hice en un hotel quería conocer cómo se trabajaba y me iba con los camaristas. Me fui de supervisora de lo que hacen las camaristas, luego en lavandería donde la mayoría son puros hombres, estuve en ropería, y así vi todas las áreas [que cubre el puesto] de ama de llaves. Así vi que una chica que venía de Tabasco, como vivía sola, ella siempre la tenían como “comodín”, para que hiciera de todo hasta cubrir turnos o faltas y nunca decía que no. Entonces se fijan de quién eres, de dónde vives y quién tiene menos responsabilidades para aprovecharse. En una clase se discutía que en Cancún existe mucho suicido de gente que se traslada aquí y al ver que están solos, sin trabajo, pueden cometer suicido. Por eso dicen que es mejor que los ocupen para que se sientan útiles y no dejarlos ahí, pero no es motivo para usarlos de esa manera (Sonia, perteneciente a la segunda generación de migrantes yucatecos radicados en Cancún).

La figura de “comodín”, como lo señala Sonia, significa que si algún trabajador se ausenta por determinados motivos, entonces se percatan de aquellos empleados que tienen menos responsabilidades de índole familiar para aprovecharse de su situación. La trabajadora cumple su horario habitual, pero puede, mediante esta figura, cubrir turnos cuando sea necesario para la empresa, independientemente del horario que se desempeñe (matutino, vespertino o nocturno), como se pudo constatar en uno de los hoteles ubicados en Punta Sam, al norte de la ciudad. Esto es claro ejemplo de la flexibilidad laboral y del empleo al que están sujetos los trabajadores, tal como afirman[12] Landa y Marengo (2011). La realidad actual de Cancún consiste en jornadas intensas de trabajo, temporadas altas o bajas de turistas y sueldos que no son correspondientes al trabajo efectuado.

Sentimientos (in)apropiados de Dolores

A la edad de 12 años, Dolores Jiménez emigró a la ciudad fronteriza de Mexicali, Baja California. Su motivación era estudiar el bachillerato ya que una economía precaria le impedía hacerlo en San Idelfonso, su lugar de origen, ubicado en el centro del país. Fue su madre quien le dijo que no podría continuar con sus estudios en el pueblo para que sus hermanos menores estudiaran y así, Dolores ayudara en las actividades del hogar aunque esto no le pareciera. De ahí que decidió irse al norte del país, pero algunas situaciones familiares la obligaron a regresar al pueblo.

Este retorno al lugar de origen le permitió observar las diferencias de costumbres, prácticas cotidianas y comportamientos que se practican en ambos espacios donde ha convivido. Por supuesto, hay ciertas situaciones que son “mal vistas” en el pueblo, pero que en Mexicali resultan muy comunes, como el platicar con hombres jóvenes. Con todo, Dolores se casó en el pueblo y junto con su esposo decide regresar a Mexicali ya que los trabajos en su lugar de origen eran mal pagados y, ya con dos hijos, el sueldo resultaba insuficiente. A lo largo de más de 10 años mantuvieron una familia estable y participando en la vida comunitaria de los paisanos que residen en Mexicali.

Dado que el sueldo no era suficiente para la economía familiar, decidió emprender un negocio de venta por catálogo de cosméticos y otros productos. Este apoyo familiar no fue bien visto por su padre y hermanos, ya que había una doble observación: en primera, el hombre es quien provee y satisface en todo a la esposa y a los hijos; y en segunda, la mujer debe estar en su casa y atender e los hijos. Aun así, la necesidad de recursos económicos dejó de lado las molestias que generaban en su padre y hermanos, pese a que ella ya estaba casada. Un evento que afectó la vida de Dolores y de su familia fue la pérdida de un bebé, deceso que trastocó la dinámica familiar:

Hace 6 años falleció mi bebé y tomé la decisión de decirle a mi familia que quería trabajar y distraerme porque sentía que iba a morir. No estaba bien y aún no me repongo. Mi padre y uno de mis hermanos me decían que estaba loca y debía quedarme en mi casa porque soy mujer. El único que me hizo caso fue su esposo, me apoyó y me dijo que buscara en qué trabajar (Dolores, migrante radicada en Mexicali).

Para Dolores ha sido una situación difícil, pues percibe que su sentir es lo de menos. Se invalida lo que siente y lo que desea, dejando de lado su propio bienestar. El papel como esposa y como madre resulta de una mayor importancia, pues debe atenerse a su esposo y a su familia. Desde la emotividad, Dolores no existe. No existe lo que piensa, lo que desea y mucho menos lo que sienta. “Esas cosas de mujeres” resultan poco valoradas y sin interés para los requerimientos del hogar.

Aunque yo me dedicaba a la casa, seguía vendiendo [diversos productos de belleza y suplementos alimenticios]. No me considero una persona quieta… tengo que estar haciendo algo, tengo que estarme moviendo [...] ya cuando nos cambiamos de casa empecé a hacer bisutería, empecé a vender mole  y dije: —Tengo que ver la forma de hacer algo porque entonces sí me voy a morir. Más que una necesidad fue una obligación de mantener mi mente ocupada y el que, por más que me decían mis hijos, si entras en depresión si te hundes (Dolores, migrante radicada en Mexicali).

Las expectativas de género en las mujeres se convierten en repositorio de las tareas del hogar y el cuidado de los hijos. Por ende, existe una vigilancia en los cuerpos, las expresiones y necesidades de las mujeres que, ante la hegemonía patriarcal, salen sobrando. Dolores lo sabe y debe sortear estas exigencias que ocurren entre el deber ser y el querer ser. A fin de cuentas, es una pugna que implica una ruptura y al mismo tiempo, un regreso a su ser mujer “tradicional”.

A manera de conclusión

A lo largo de este trabajo se ha abordado la importancia de la perspectiva del género para una comprensión más holística de la migración interna o internacional. Esto nos ayuda a conocer las interrelaciones entre las y los migrantes con el nuevo contexto sociocultural, así como la conformación innovadora de sus elementos socioculturales, su historicidad, sus identidades y el impacto en los lugares de origen y destino. Los elementos culturales aprendidos e interiorizados en el terruño son recreados en los lugares de acogida, por lo que los papeles asignados a mujeres y hombres a sus expresiones genéricas, también se reconstruyen. Es ahí donde reside la aportación que ofrece el género en esa resignificación o reinvención de sus pertenencias.

Las maneras en que mujeres y hombres se relacionan, el (des)encuentro con el otro, las exigencias o demandas que el nuevo escenario les plantea, la actividad sexual, los espacios laborales, las decisiones tomadas sobre quién debe migrar, entre otros aspectos, pueden ser ampliamente documentados desde los planteamientos del género enmarcado en el diálogo de saberes. De ahí que al estar en el lugar de acogida, sea de migración interregional o internacional, se propicie una reconstrucción constante a la luz de las relaciones intersubjetivas e intercomunitarias de los individuos en razón de los elementos que se han cruzado tanto en el lugar de origen como los producidos en el lugar de destino.

El estar en una dinámica de interacción comunicativa permite que se matice el nuevo espacio físico, social y cultural con las experiencias y vivencias de los “recién llegados” y, al mismo tiempo, es posible concebir a éstos como actores sociales activos, guiados por la influencia de sus estructuras culturales que intervienen en la creación y conformación de su realidad. La tarea reside en ser sensibles ante esos cambios y reinterpretaciones, para contribuir como un comentarista a través de un análisis en conjunto que sirva para discutir y participar en la comprensión sin pretender dirigir o cambiar algo.

Bajo este panorama, la migración es un fenómeno de reajustes, de cambios e intercambios, de relaciones; y en ese sentido, a partir de una comprensión desde la perspectiva del género se pondrá en evidencia cómo la migración va permeando los espacios socioculturales y cómo influye en las relaciones entre mujeres y hombres. Así, el migrante representa un actor social activo guiado por la influencia de sus estructuras socioculturales, las cuales intervienen en la creación y conformación de su realidad, donde el estudio del género forma parte de sus explicaciones y que trasciende más allá de las fronteras físicas, simbólicas e incluso culturales.


[1] Daniel Cazés, “Metodología de género en los estudios de hombres”, La Ventana 8 (1998): 100-120.
[2] Mabel Burin, “Estudios de género. Reseña histórica”, en Género y familia. Poder, amor y sexualidad en la construcción de la subjetividad, coord. por Mabel Burin e Irene Meler (Buenos Aires: Paidós, 1998), 19-29; Pierrette Hondagneu-Sotelo, “La incorporación del género a la migración: ‘no sólo para feministas’ —ni sólo para la familia”, en El país transnacional: migración mexicana y cambio social a través de la frontera, coord. por Marina Ariza y Alejandro Portes (México: Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, 2007), 423-451; Martha Lamas, “Cuerpo e identidad”, en Género e identidad, ensayos sobre lo femenino y lo masculino, coord. por Luz Gabriela Arango y Magdalena León (Santa Fe de Bogotá: Tercer Mundo y Ediciones Unidas, 1995), pp. 61-81; Álvaro Campos y José Manuel Salas, Masculinidades en Centroamérica (San José, Costa Rica: Lara Segura, 2002); Roy Rivera y Yajaira Ceciliano, Cultura, masculinidad y paternidad: las representaciones de los hombres en Costa Rica (2a. ed.) (San José, Costa Rica: Flacso, 2004); Joan Scott, “El género: una categoría útil para el análisis histórico”, en El género: la construcción cultural de la diferencia sexual, comp. de Martha Lamas (México: PUEG, 1996), 265-302.
[3] Ivonne Szasz, “La perspectiva de género en el estudio de la migración femenina en México”, en Mujer, género y población en México, coord. por Brígida García (México: El Colegio de México / Sociedad Mexicana de Demografía, 1999), 167-210.
[4] Patricia Arias y Gail Mummert, “Familia, mercados de trabajo y migración en el Centro Occidente de México”, Nueva Antropología 32 (1987): 105-127; Marina Ariza, “Género y migración femenina: dimensiones analíticas y desafíos metodológicos”, en Migración y relaciones de género en México, ed. por Dalia Barrera y Cristina Oehmichen (México: Instituto de Investigaciones Antropológicas-UNAM / Gimtrap 2000), 33-62; Macrina Cárdenas, “La función social de las esposas de los migrantes a los Estados Unidos: el caso de Chavinda, Michoacán”, en Primer Foro Regional sobre Investigación y Cambio Social (Zamora, Michoacán, 1983);  Bianet Castellanos, Return to Servitude. Maya Migration and the Tourist Trade in Cancun (Minneapolis: University of Minnesota, 2010); María Eugenia D’aubeterre Buznego, “Mujeres trabajando por el pueblo: género y ciudadanía en una comunidad de trasnmigrantes oriundos del estado de Puebla”, Estudios Sociológicos 23, núm. 67 (2005): 185-215; María Eugenia D’aubeterre Buznego, “Género, parentesco y redes migratorias femeninas”, Alteridades, 12, núm. 24 (2002): 51-60; Julia Fraga, “La migración yucateca hacia la franja turística del Caribe mexicano. Sobrevivencia o superación” Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán 7, núm. 183 (julio-septiembre de 1992): pp. 55-59; Jennifer Hirsch, “En el norte la mujer manda: gender, generation, and geography in a mexican transnational community”, American Behavioral Scientist 42, núm. 9 (1999): 1332-1349; Hondagneu-Sotelo, “La incorporación del género...”; Pierrette Hondagneu-Sotelo, Gender Transitions. Mexican Experiences of Immigration (Berkeley: University of California Press, 1994); Gail Mummert, “Mujeres de migrantes y mujeres migrantes de Michoacán: nuevos papeles para las que se quedan y para las que se van”, en Movimientos de población en el Occidente de México, coord. por Thomas Calvo y Gustavo López (Zamora: El Colegio de Michoacán / CEMCA, 1988), 281-290; Andrea Rodríguez, Jennifer Wittlinger y Luis Manzanero, “The interface between internal and international migration”, en Mayan Journeys. U.S.-Bound Migration from a New Sending Community, ed. Por Cornelius Wayne, David Fitzgerald y Lewin Fischer (San Diego: University of California / Center for Comparative Immigration Studies-UCSD, 2007), 73-88; Szasz, “La perspectiva de género…”; Laura Velasco, Desde que tengo memoria: narrativas de identidad en indígenas migrantes (México: El Colegio de la Frontera Norte, Conaculta / Fonca. 2005); Ofelia Woo, Las mujeres también nos vamos al Norte (Guadalajara: Universidad de Guadalajara / Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, 2001).
[5] Cristina Oehmichen Bazán y Dalia Barrera Bassols, introducción a Migración y relaciones de género en México, ed. por Dalia Barrera Bassols y Cristina Oehmichen Bazan (México: Instituto de Investigaciones Antropológicas-UNAM / Gimtrap, 2000), 33-62.
[6] Nelly Patricia Bautista, Proceso de la investigación cualitativa. Epistemología, metodología y aplicaciones (Santa Fe de Bogotá: Manual Moderno, 2011); Gregorio Rodríguez Gómez, Javier Gil Flores y Eduardo García Jiménez Metodología de la investigación cualitativa, 2a. ed. (Granada: Aljibe, 1996).
[7] Los nombres de los participantes así como los de ciertos lugares fueron modificados para guardar su confidencialidad.
[8] Julia Fraga, “La migración yucateca...”.
[9] Castellanos, Return to Servitude...
[10] Rodríguez, Wittlinger y Manzanero Rodríguez, “The interface between internal...”.
[11] Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Perfil sociodemográfico de Quintana Roo. XII Censo General de Población y Vivienda 2000 (México: INEGI, 2000).
[12] María Inés Landa y Leonardo Gabriel Marengo, “El cuerpo del trabajo en el capitalismo flexible: lógicas empresariales de gestión de energías y emociones”, Cuadernos de Relaciones Laborales 1, núm. 29 (2011): 177-199.

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Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

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