• INICIO
  • REVISTA
    • DIRECTORIO
    • NORMAS EDITORIALES
    • NÚMEROS ANTERIORES
  • RELATOS
  • MIRADAS
  • VOCES
  • RESEÑAS
  • N. Especiales

CONVOCATORIAS

Índice

  • Relatos

  • Tiempo delicado: San Salvador, la lluvia y el ciclo agrícola en Atliaca, Guerrero

    Tonatiuh Delgado Rendón


  • De mitos, milagros y pedimentos. Tradición oral en el santuario de Las Peñitas en Reyes Etla, Oaxaca

    Ana Laura Vázquez Martínez


  • La aldea militar. Una etnografía del estado de sitio

    Yuri Alex Escalante Betancourt


  • ¿Fandango o son jarocho: dos ámbitos distintos de gestión?

    Amparo Sevilla


  • Lenguas indígenas y desplazamiento lingüístico: el caso de la lengua ombeayiüts (huave) de Oaxaca

    Gervasio Montero Gutenberg


  • La realidad virtual en la vida cotidiana de la familia urbana

    José Iñigo Aguilar Medina


  • Miradas

  • La Festividad de la Santísima Trinidad y Jueves de Corpus Pueblo de Culhuacán, en la delegación Iztapalapa, hoy alcaldía de Izta

    Narciso Mario García Soto


  • Voces

  • La Cuarta Transformación en el campo cultural: entre sueños y pesadillas

    Maya Lorena Pérez Ruiz


  • La perspectiva de género en el marco de la migración: actores en contienda

    Claudia Salinas Boldo, Pedro Antonio Be Ramírez


  • Ana Laura López, Amarela Varela Huerta, Mitzi Hernández Cruz


  • Migración y vejez: el caso de una monolingüe mixteca en la Ciudad de México

    Jourdain Israel Hernández Cruz


  • Quema de Judas, ritual carnavalesco, popular y satírico. El caso de la Quema de Judas en la calle República de Colombia, Centro

    Abraham Domínguez Madrigal


  • Por órdenes del señor amo, traigan ese torito: la danza de los nendro de San Marcos Tlazalpan, municipio de San Bartolo Morelos,

    Andrés Sandoval Forero Saúl Alejandro, García José Germán, Pérez


  • Disyuntivas y conflictos por el espacio público durante la visita del papa Francisco a San Cristóbal de Las Casas, Chiapas

    Enriqueta Lerma Rodríguez


  • Benito y lo tradicional: valoración de los insumos químicos y la agricultura de milpa en procesos de reconfiguración

    José Manuel Oyola Ballesteros


  • Perspectivas

  • Etnografía marica. Una discusión sobre metodología y epistemología antropológica

    Francisco Hernández Galván


  • Reseñas

  • Reseña del libro Culhuacán: Luz de la memoria, de Ana María Luisa Velasco Lozano, María Elena Morales Anduaga y Mario García Sot

    José Iñigo Aguilar Medina


  • Convocatorias

  • Convocatoria para enviar trabajos a la revista Narrativas Antropológicas

    Revista de la Dirección de Etnología y Antropología Social del I


  • Convocatoria para enviar trabajos a la revista Narrativas Antropológicas: Número 4, dedicado al análisis de la pandemia COVID19

    Revista de la Dirección de Etnología y Antropología Social del I


  1. Numeros anteriores
  2. Publicación No. 2

“Ya no más”. La historia de una mujer que desobedeció las fronteras y al patriarcado: Ana Laura López, fundadora de Deportados Unidos en la Lucha

Ana Laura López
Activista y empresaria
deportadosunidosenlalucha@gmail.com

Amarela Varela Huerta
Academia de Comunicación y Cultura, UACM
amarela.varela@uacm.edu.mx

Mitzi Hernández Cruz
tripleh_mitzi@hotmail.com

 

Fecha de recepción: 2 de abril de 2019
Fecha de aceptación: 2
1 de noviembre de 2019

Ana Laura López, mujer mexicana de 44 años. Migrante en Estados Unidos, madre, proveedora transnacional de remesas, activista sindical y por los derechos de los migrantes, madre en condición de “sin papeles”, deportada, de nuevo cabeza de una familia transnacional, radicada en la Ciudad de México y hoy, activista del entramado asociativo de deportados en México.

Ésta no es la historia de una joven dreamer a la que Estados Unidos deportó con todo y sus sueños, sino sin su hijo estadounidense. Sin su trabajo como organizadora comunitaria, sin sus 16 años de habitar Chicago, ilegalizada por las leyes que extranjerizan a cuerpos racializados, y trajo consigo años de gozo, de dolor, de rabias, de aprendizajes, de distancias con sus otros 4 hijos en México, motor inicial de su migración.

En las páginas que siguen conoceremos, de primera voz, la experiencia de una mujer que atravesó dos duelos migratorios, uno cuando se convirtió en migrante en Estados Unidos, en la década de los 2000, y otra cuando fue deportada a la Ciudad de México en 2016.

Construida con base en la metodología de historia de vida, pero haciendo un ejercicio de relato de vida, entendido como una modalidad de entrevista en profundidad que tiene por objeto conocer un proceso social a través de la experiencia vital del entrevistado. El relato biográfico ofrece una compleja diversidad de elementos para reconstruir procesos sociales.[1]

Si bien la deportación de mexicanos desde Estados Unidos no es un tema novedoso, pues la deportabilidad es uno de los elementos constitutivos del sistema migratorio estadounidense desde los tiempos del Programa Bracero,[2] y hoy representa un desafío para los estudiosos de la migración y el desplazamiento forzado. Por su volumen y características, estamos ante un dispositivo de gobierno de las migraciones cuyo objeto es romper los vínculos más elementales de las comunidades binacionales y transnacionales, a través de señalar, acechar y, finalmente, deportar a los sujetos proveedoras y proveedores de unidades familiares con estatuto legal mixto (legales e ilegalizadas). Esas deportaciones no sólo fragmentan las posibilidades de sobrevivencia básicas, sino que además debilitan los lazos afectivos, separando familias hasta desgarrarlas, a ellas y a sus comunidades.

En 2016, bajo el régimen del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, Ana Laura López llega a México después de ser deportada de la Unión Americana; su caso es uno de los cerca de cuatro millones de personas entre mujeres y hombres “devueltos” a México y América Central, después de permanecer largos periodos en aquel país. Se estima que la mayor parte de esa población son hombres, en su mayoría padres de familia. De acuerdo con los boletines estadísticos anuales de la Secretaría de Gobernación, de 2012 a 2018 se contabilizaron, aproximadamente, 155 805 mujeres, entre ellas 14 789 menores de edad, que fueron expulsadas de Estados Unidos.[3] En 2017, Rubén Aguilar[4] 4 analizó los datos presentados por la Segob e indicó que los deportados bajo el mando del expresidente Barack Obama formaban parte de la población económicamente activa (PEA), el 83.3% del total de los hombres deportados y el 33.5% del total de mujeres.[5]

Ese panorama coincide con dos fenómenos recientes en el mundo de la migración: el de la feminización de los flujos migratorios desde la neoliberalización de América Latina (en la década de 1990) y la puesta en práctica de andamiajes feministas para leer las migraciones. En este relato de vida veremos las tres dimensiones mencionadas. Es un relato en clave feminista, que explica la vida de las mujeres migrantes que son madres transnacionales, y que conforman a su vez familias transnacionales con los roles de género reconfigurándose constantemente.

En el relato de vida que el lector tiene entre sus manos, pueden leerse los motivos del éxodo de las mujeres migrantes, entre los que figuran: violencia, miseria, vulnerabilidad, maternidad. En la experiencia narrada de Ana Laura encontramos la descripción densa de “su” sueño americano. Una suma de reflexiones en torno a los condicionamientos al amor, a la maternidad transfronteriza. Además, encontramos reflexiones sobre la maternidad que puede ejercerse ilegalizada por las leyes de extranjería en Estados Unidos.

Pero además del rol de madre y pareja, de hija/madre ausente pero proveedora, el relato de vida de Ana Laura nos ilumina sobre la amistad como práctica política que antecede a formas más tradicionales de participación política como el sindicalismo, y cómo éste la sumerge de lleno en las luchas migrantes, o movilizaciones específicas para las comunidades migrantes con las que nuestra protagonista se reinventa como mexicana, como trabajadora, como activista, pero que también transforma su “ser mujer misma” y cuestiona de raíz la auto identificación de Ana Laura con formas de habitar la vida.

Es una reflexión en primera persona acerca de la experiencia de la deportación, la vergüenza de ser expulsada, pero también la dignidad que provoca “salir de las sombras”. Es un ejercicio de autoreconocimiento sobre las formas de gestionar las culpas por decisiones que no se tomaron pero que afectan a su familia, respecto de formas de atravesar el duelo; sobre la soledad de una mujer que se reinventó y volvió a un territorio que permanece “atrapado” en relaciones patriarcales.

Es un relato que parece corte de caja, en el que Ana Laura reflexiona en voz alta a propósito de los saberes para convertirse de deportada a empresaria, estrategia esta última que le sirvió para tomar distancia de la etiqueta de “deportada”, que estigmatiza. Y también un ejercicio en el que Ana Laura imagina su futuro.

Autoetnografía de una madre transnacional, biografía de una activista de la movilidad

Los motivos del éxodo

Yo creo que voy a empezar por el principio para entender que la maternidad también es importante para mí, siempre la dejé en todos lados. Soy Ana Laura López y tengo 43 años, soy originaria de la Ciudad de México y yo me casé muy chica, tenía 16 años.

Mi historia familiar creo que era desgraciadamente muy típica de aquí de México, de la sociedad mexicana: mi papá siempre fue una persona alcohólica y golpeaba mucho a mi mamá. Éramos de una clase media, económicamente de chica no teníamos ningún problema, teníamos una vida tranquila y digna. Mi papá era el clásico macho mexicano que quería un varón. Mi mamá nunca se lo pudo dar; de hecho, mi mamá me crío a mí porque yo soy hija de una relación extramarital de mi papá, mi papá lo que siempre quería era un hombre, entonces se encargó de buscarlo donde fuera, y como típico macho me dijo un día: —Yo no voy a permitir que mis hijos anden por ahí rodando. De alguna manera me separan, hubo ahí una historia que no supe bien de mi madre biológica y yo me crío con mi mamá adoptiva y dos medias hermanas. Eso marcó mucho mi vida e hizo que yo me despegara muchísimo de mi familia, tal vez en algún momento influyó en que yo me casara tan joven.

Por desgracia, con la persona que me casé era 6 años mayor que yo, pero era un patrón similar: una persona alcohólica, golpeadora y muy agresiva. Él y su familia eran originarios de Jalisco, por eso a los 17 años, poco después de que nos casamos, nos mudamos a vivir allí. Vivíamos en un ranchito que se llama Las Margaritas, en los Altos de Jalisco. Con mi marido tuve cuatro hijos, tres niñas y un varoncito. Con los años las cosas se fueron poniendo cada vez peor: él se volvió aún más agresivo, más alcohólico, usaba drogas. Fue en ese tiempo donde empecé a tener contacto con la migración porque ahí en Jalisco, y en específico en ese rancho, la gente se va desde hace muchos años. Yo creo que aquí en Ciudad de México había escuchado el término de migración, pero nunca le había visto esa forma tan clara, verlo personalmente; recuerdo que de lo que más me llamaba la atención fueron las fiestas patronales, los novenarios. En un novenario se dedica un día a “los hijos ausentes”, como las fiestas de Las Margaritas coinciden con la época de todos santos, yo pensaba que el día de los hijos ausentes eran los hijos muertos; y no, los hijos ausentes son los que se van a Estados Unidos y son ellos los que financian estas fiestas patronales.

Así que empecé a ver la migración de otra forma, veía las casotas que había allí y pensaba: ¿cómo le hacen para tener estas casas? En esas fiestas patronales era muy común escuchar que llegaban “los del norte”, llegaban con unas camionetotas, muy alhajados y sacaban su fajote de billetes en dólares, me llamaban mucho la atención. Ya con el tiempo fui entendiendo que muchos de ellos no tenían papeles; algunos regresaban, estaban ahí y se quedaban dos o tres meses; tenían juntado lo de su coyote, llegaban y dejaban cosas para la gente de su pueblo, dejaban las camionetas y ya después se iban de regreso. Fueron ocho años que viví en Jalisco y es cuando me familiaricé con este tema migratorio.

Después me cambié porque me separé de mi exesposo... De hecho, la manera en que me pude separar de él fue convenciéndolo de que se fuera a Estados Unidos. Se fue para California, porque la gente de Las Margaritas se va para allá en su mayoría, pero estando allá siguió en las “andadas” y no me mandaba dinero, con eso aproveché para decirle “ya no más, se acabó nuestra relación”.

Para ese tiempo mi mamá había vendido su departamento de Ciudad de México y se había ido para allá, para Jalisco, porque le gustó, se fue con mi hermana. Mamá como pudo fincó una casita en otro ranchito cercano, como a 15 minutos de Las Margaritas, se llama Gabriel Leyva, mejor conocido como “El Chorreado”, yo ahí me fui a vivir con mi mamá y mis cuatro hijos; seguía sola y empecé a vender dulces, jumbananas, vendía dulces, empecé a trabajar en el campo cortando garbanza, iba a pepenar. Cuando pasan las trilladoras se va cayendo maíz, entonces te dejan algunos recogerlo, lo desgranas y lo vendes.

Me tocó hacer cosas que nunca había hecho en la Ciudad, trabajé en una granja de puercos, trabajé en una empacadora, pero sí era bastante difícil, fue una de las etapas en que me sentí más sola. Yo sólo tenía la secundaria, tenía 23 años en ese tiempo, cuatro hijos.

Yo me fui a vivir con mi mamá porque ya no podía pagar la renta del cuartito donde vivía con mi exesposo, creo que eran 500 pesos, y yo no podía pagarlos, pero me sentí bastante mal porque, como era un ranchito metido, los trabajos en el campo eran temporales y para trabajar en la granja tenía que ir caminando porque temprano no pasaba el camión, tenía que caminar hasta Las Margaritas y de ahí tomar un camión hasta Santa Elena, porque ahí te recogía el camión que te llevaba hasta Arandas, como a una hora. Llegó el momento donde ya no pude y mis hijitos estaban chiquitos.

Fueron de las peores épocas de mi vida porque dije: “Jamás en la vida vuelvo a pasar algo así”. A veces yo no tenía para darles de comer, iba yo con El Gringo, el que tenía la carnicería y le decía: “regálame huesitos esos para los perritos”, porque si teníamos un perrito y con eso se hacía un caldo de huesos con verdura, compraba un paquete de galletas marías y se las contaba para que todos alcanzaran. Yo ya no podía vivir con eso.

El tránsito

Surgió una oportunidad, conocí a un hombre que fue quién me llevó para Estados Unidos, este segundo hombre es el papá de mis hijos pequeños y él es ciudadano estadounidense, es 16 años mayor que yo, entonces eso complicó mucho la relación. Los 16 años que estuve en Estados Unidos él no accedió a arreglar mis papeles porque, decía, que el día que me arreglaran mis papeles yo lo iba a dejar. Y sí lo dejé, y no fue por eso sino porque llegó el momento donde dije “ya no más”.

Pero al principio de todo, él me invitó a irme para Chicago, me dijo “Allá te pones a trabajar, yo te echo la mano”. Lo conocí en las fiestas patronales porque él iba para allá para visitar a su familia, era separado.

Acepté. Él, Miguel, me pagó el coyote, habló con mi mamá.

Mis hijos estaban muy chiquitos, Josi tenía como 8 años, Jesús tenía como 6, Ximena tenía como 2 años y medio y July como año y medio.

Entonces me voy, trato de pasar por el lado de Laredo, pero me cobraban 1 500 dólares, tenía que pasar por el río y Miguel dijo que no, “así no”; me dijo de un coyote en Tijuana, “pasas por la garita, pasas caminando y está bien”. Ese cobraba 3 500 dólares; regresé a Jalisco y me fui para Tijuana en abril de 2001, contacté al coyote. Ahí las historias que pasa uno son medio pesadas, hay que tener mucho cuidado porque los coyotes se quieren “pasar de listos” con una, yo le contaba a Miguel y él, desde Chicago y por teléfono se encargaba de hablar con ellos.

Intenté cruzar la primera vez, pero no pude, y a 16 años ese intento fallido me perjudicó en mi caso de migración, porque quedó precedente de ese primer intento de pasar por la garita con uno de los pasaportes que me dio el coyote. Me dijo “Busca a alguien que se parezca a ti”. Yo en ese tiempo estaba bien “paisana”, nunca me iba a imaginar que me deportarían, los coyotes te preparan sobre cómo te va a recibir el “migra” y que te tienes que aprender los datos del pasaporte, pero me puse muy nerviosa. Esa primera vez me agarraron y me sacaron, lo intentamos otra vez y me volvieron a agarrar. No logré pasar, más bien me mandaron a un centro de detención, donde estuve como una semana. Una semana en Estados Unidos. Me deportaron a Tijuana, Baja California.

Pensé “¿Qué hago?”, hablé con mi mamá, le dije que no había podido pasar y hablé con Miguel que me propuso:

—Inténtalo otra vez.

—Ya no quiero, en el centro de detención sí pasan cosas bien feas y estuve una semana, nunca había estado en una cárcel, porque eso es una cárcel. Ahí te sacan esposada de las manos y los pies hasta que te entregan a la migra mexicana.

Son cosas que nunca en la vida pensé que me iban a pasar, pero ya después pensé, recordé a mis hijos y dije: “Yo no voy a regresar como fracasada, tengo que entrar a Estados Unidos”. En el centro de detención conocí a una chica llamada Lorena y cuando salimos, nos sacaron bien en la noche y ella no tenía dinero y yo sí traía poquito, me dice:

—No traigo dinero y no sé dónde me voy a quedar y hasta mañana mi esposo me puede mandar.

—Yo traigo un poquito, ¿y sí nos quedamos en un hotelito?

Habló con su esposo y al otro día la acompañé a recoger su dinero, su esposo le dijo de otro coyote, pasaron a buscarla.

—Y, ¿tú?

—A mí ya me agarraron dos veces, voy a ver cómo le intento.

—Es que no has tratado con un profesional, inténtalo conmigo (dijo el coyote).

—Deja le digo a Miguel.

Miguel se puso de acuerdo con el coyote y dijo que sí. Es cómo me pasan, pero ya me pasan en la cajuela, porque yo no quise volver a intentar pasar por la garita con papeles de otra, me dio miedo. Me pasaron en una cajuela, de esas cosas que una hace, hace 20 años estaba más flaquita, éramos cuatro y yo era la única mujer porque la otra muchacha la mandaron en un viaje diferente porque iba para otro lado, por ser mujer me mandaron hasta la mera donde cierra para que pasara más aire, lo único que le quitan un empaquito y eso se lo quitan para que pase más aire, y me dijeron:

—No respiren, no se muevan y se aguantan la tosida.

Fueron casi dos horas metidos en la cajuela, me cobraron 3 500 dólares, sólo si pasabas te cobran, ahora no sé porque ya cambiaron las cosas con los coyotes, pero antes, cuando ya te pasaban, tu familiar que va a pagar les manda a ellos el dinero. Entonces pasé, por fin pasé, ya estaba del Otro Lado, y ya pasando en un centro comercial, nos separaron, de ahí tenían a otras gentes trabajando y me llevaron a otra casa. Ahí fue otro drama, porque estábamos en San Isidro, desde ahí a San Diego, luego había que pasar a San Clemente, de ahí a Los Ángeles y de Los Ángeles casi nunca mandaban porque hay más migra y es donde está más caliente el asunto. Me llevaron a San José, California, y me mandaron a Chicago y es así como yo llegué en un mes de abril y pasé un Jueves Santo.

Miguel me empezó a echar la mano, él estaba en casa de un tío, donde me recibieron también. Después empezamos a ser pareja y rentamos un departamento y fue así como, a los pocos meses de llegar pude vivir en un departamento aparte, empecé a trabajar, conseguí los papeles “chuecos”, con seguro social falso con una green card, que no era una green card, era la rosa, era de las que daban antes.

Yo llegué en abril y todavía estaba nevando, nunca se me va a olvidar porque cuando yo vi Chicago es como si estuviera en una película, las casas y las calles todo limpio, yo llegué como a las 10 de noche y estaba nevando poquito porque en abril ya casi no nieva tanto, ya son las últimas nevaditas que caen; entonces no me la creí. Empezó una nueva vida para mí, yo si llegué muy contenta y, cuando vi Chicago, me enamoré y sigo enamorada de Chicago porque viví los mejores años de mi vida.

Empecé a trabajar en una tienda de segunda, que fue mi trabajo por casi 10 años, trabajé en la Unique. Una vecina me consiguió ese trabajo, me dijo: “¿Quieres trabajar?” nos hicimos amigas porque era del distrito. Me trajo una aplicación, una solicitud de trabajo, hay mucha ayuda allá entre nosotros. Los días siguientes me habló una puertorriqueña que fue mi primera jefa porque entras por recomendaciones, porque los mexicanos tenemos la fama de ser trabajadores, entonces los mismos jefes dicen, “tráeme gente como tú, que sepa trabajar”.

Trabajé por muchísimos años, todo el tiempo era trabajar, aunque en un principio mi idea era trabajar de uno a dos años y volver. En ese tiempo era complicado tener comunicación con tu familia en México y aparte no teníamos teléfono, yo llamaba a una caseta y les avisaba que, por favor dile a Lulú (porque así le decíamos a mi mamá, así la conocían en el rancho), que le voy hablar los miércoles a tal hora. Entonces ya hablaba con ellos y para el dinero, no se manejaba mucho Western Union, creo que no existía, había una compañía que se llama México Express y mandabas en money order y te daban chance de mandar una cartita, todo eso era por cartas, les mandaba dinero, cartas, fotos, tengo muchas cartas de mis hijos que me mandaban, me decían que me querían mucho, que me extrañaban, Yosi y Jesús eran los que escribían porque las niñas estaban bien chiquitas, Yosi me ponía: “Ahora que hables regaña a Jesús porque no le hace caso a mi abuelita”.

Con los años, las niñas chiquitas comenzaron a escribir, por muchos años la comunicación era por carta, cada 15 días le mandaba su money order a mi mamá, y cada semana siempre hablaba, se vive muy diferente la migración en los ranchos que, en la ciudad, ahora ya es diferente con tanta tecnología, pero en esos años era muy diferente. Mi vida, de alguna manera fue muy normal, aunque ya con el tiempo me embaracé de Ángel y vine porque mi mamá se enfermó y fue la última vez que la vi porque después falleció mi mamá.

Le dije a Miguel: “Tengo que ir a ver a mi mamá, tengo que ir”, y me vine a Jalisco embarazada de Ángel, tenía ya casi los 9 meses, por eso Ángel nació en Jalisco. Estuve unos meses con mi mamá, que me decía: “Tú vete, trabaja y mándales a tus hijos y si me muero tampoco vengas, tú haz lo que tengas que hacer para sacar adelante a tus hijos”.

De regreso me llevé a Ángel recién nacido, lo pasó el coyote, curiosamente me pasó un coyote de Las Margaritas, que era conocido nuestro y su hijo nació casi por las mismas fechas que Ángel, lo pasaron con los papeles de su niño, pero yo ya pasé más fácil, me animé a pasar caminando.

Ya en ese tiempo había los Nextel, ya había un poco más de modernidad. Tenía que pasar, tenía que pasar, de hecho, vine a la basílica de Guadalupe, le dije a la virgen: “Por favor déjame llegar allá y que todo salga bien”; y pasé, porque me aprendí los datos del pasaporte que me dieron y hablaba un poco el inglés. Estaba viendo la fila porque hay torniquetes para pasar, dije: “¡Hay! Ojalá me toque ese muchacho”, porque se veía que estaban pasando bien rápido y estaba otra muchacha que estaba haciendo muchas preguntas y adelante de mí estaba una señora con su niña, que eran las que iban conmigo; ella me iba a subir a su carro y me iba a llevar a otro lado. Pero si dicen [algo los revisores]: “Tú no me conoces, si te agarran tú no me conoces, me conoces ya hasta que pasemos”, son muy rígidos en ese aspecto, no puedes decir que vienes con ella.

El muchacho se entretuvo un montón con una persona y dije: “¡Ya valió!” Pasé con la migra mujer, le di mis papeles y:

—¿A dóndes vas?

—A San Isidro, de compras.

—Pásate.

Mis hijos no querían que me fuera, pero me pedían que les mandara cosas y es ahí donde empiezas a ver el cambio de la familia, sólo eres el proveedor y no el padre o la madre sino el proveedor, y bueno, suben los precios que hay que pagar por irse por una mejor vida.

La instalación, los primeros años de la aventura migratoria

Fue así como regresé a Chicago. Ángel lo tenía un coyote, le daban fórmula, la esposa del coyote lo cuidó, me dieron a Ángel y me lo llevé. Pasando lo de las Torres Gemelas empezó a haber más seguridad y ya no te animabas a ir.

Ya después me divorcié. Ha sido mi único matrimonio.

Tuve que pagar los dos abogados para que fuera más fácil, era como si yo estuviera aquí, él me puso la demanda de divorcio contra mí, por eso pagué los dos abogados. Fueron mil dólares, pero valieron la pena, quedé libre de él. Mi vida se manejó entre los dos lugares, yo al final ya no quería regresar, entonces iba a mandar por mis hijos, pero yo quería estar allá. Traté de llevarme a mis hijos, mi hermana la grande sacó su visa, fue a visitarme, ya platicando con ella, ella iba a tratar de tramitar las visas para mis hijos, ella iba hacer como que la tutora, primero hablé con el papá y le mandé el dinero para los pasaportes y un dinero extra como compensación para que hiciera eso y, al final, me dijo:

—Estando allá no me los vas a regresar y yo no quiero que mis hijos crezcan en Estados Unidos porque allá es horrible. Aquí mis hijos van a estar bien.

Nunca me los dejó llevar. Se hizo cargo de ellos cuando falleció mi mamá en el 2011, cuando yo tenía treinta y tantos, y mis hijos ya estaban grandes, ya estaban en la secundaria y en la primaria; cuando falleció mi mamá ellos ya se vienen para la Ciudad de México. Los grandes resintieron mucho, las niñas, como estaban chiquitas, no fue tanto, pero los grandes sí sufrieron.

Él se los trajo con su mamá, siempre ha estado con su mamá, y hasta la fecha ahí sigue. Mis hijos pasaron de una abuela a otra abuela. Les seguía mandando dinero, pero después a mi hija grande.

Seguí trabajando en la Unique, fue mi trabajo por mucho tiempo. Tenía el horario de la mañana, pero variaba porque en el verano va cambiando mucho porque hay que esperar las trocas y, como está nevando, las trocas llegan en la tarde, entonces para no pagarnos esas horas nos iban ajustando esos horarios.

Ya después nació Dani, también, que son los más chiquitos que tengo allá, ellos todo el tiempo estuvieron en las guarderías, todo el tiempo. Mi vida era normal. Daniel es gringo, nació allá. Mi vida era de lo más normal del mundo, nos llevábamos bien Miguel y yo, el único problema que había era su inseguridad de él por la diferencia de edad, él pensaba por un momento que yo lo iba a dejar por esa diferencia de edad, es buena persona, ha cometido errores por la inseguridad terrible que tiene, pero es buena persona, es buen papá, se hace cargo.

En el trabajo todas éramos mujeres, migrantes y la mayoría indocumentadas. Creamos un núcleo muy fuerte, seguimos siendo muy amigas. Éramos Las Únicas, así se llamaba nuestro grupo: Las Únicas, somos como familia realmente, porque muchos años pasamos juntas, todo iba muy bien, compré un carro, toda la vida que no pude tener aquí, allá la empecé a tener.

Para mí, la vida perfecta era el estilo de allá que siempre he soñado, ni rica ni pobre, viviendo dignamente, o sea, tener tiempo para mis hijos, así como las películas gringas que muestran lo que es el sueño americano, así era mi vida, yo estaba muy feliz

El problema empezó cuando nos avisan que iban a vender las tiendas. Yo hacía de todo. Y cuando vendieron las tiendas todo empezó a cambiar, las compró una compañía más grande de tiendas de segunda que se llama Seiver, pero son bien explotadores. Cuando llega Seivers empiezan a despedir a mucha gente y a dejar a ciertos empleados que sabíamos más, que teníamos más años, y lo que querían era que entrenáramos a los nuevos, entonces ya se empezaba a notar que e iba a implementar el Libery Five, que tenían derecho de comprar una tienda y hacer una revisión de papeles inclusive a los empleados que teníamos tiempo trabajando ahí, es la verificación electrónica que es muy común. Ya tiene años que en muchos trabajos se utiliza, porque es una base de datos que comparte Migración con la oficina del seguro social; es entonces cuando checan el número que viene en tu green card y tu número de seguro social.

Para ese momento, yo estaba estudiando. Cuando crecieron más mis hijitos, empecé a estudiar para sacar el GD, que es el equivalente de sacar la prepa abierta, y empecé a estudiar inglés; fue un año en que me la pasaba parándome a las 4 am porque yo entraba a las 6, le pedía a mi jefa que me dejara un horario fijo, salía a las 4:30 y de ahí me iba. En menos de media hora llegaba a la escuela y de ahí hasta las 10 de la noche estudiando.

Fue un año complicado y logré sacar el GD. Ya para finales de ese tiempo fue cuando pasó esto, entonces mis amigas me empezaron a decir “Oye Anita, qué vamos a hacer, tú eres la que estas estudiando, investiga qué hacemos”.

Era la que más hablaba inglés, era la que más sabía usar computadora, entonces me puse a investigar y en Google me apareció una organización que se llama Arise Chicago;[6] me comuniqué con ellos y me avisaron de un taller. Arise Chicago es una organización que tiene un proyecto, un worker center del que yo formaba parte; fui y tomé un taller de derechos laborales. Dije: “¡Wow! Tenemos derechos laborales a pesar de estar indocumentadas”.

Aprendiendo a ser organizadora sindical

Iba con mis amigas, éramos 15, mexicanas y ecuatorianas y una salvadoreña. Organizamos una reunión y les dieron el taller de derechos laborales a todas y ahí empieza a planificarse todo eso: cómo nos podemos proteger, qué podemos hacer, y es donde surgió la idea de sindicalizarnos. Tuvimos citas con sindicatos para decidir a cuál nos podíamos afiliar e inició esta campaña. Y entonces la empresa, mi jefa, se molestó conmigo, incluso la sacaron a ella y pusieron a una americana.

Como ya nos habían dado la cátedra de los derechos laborales, sabíamos que si nos íbamos nos lo iban a tomar como que dejamos el trabajo, lo que hicimos fue comprar cartulinas en una tienda, empezamos a escribir y empezamos a dar vueltas por la banqueta. Se armó un merequetengue porque vinieron los de Arise Chicago, Desing Manager, empezamos hablar con ellos y llegamos a un acuerdo, es ahí donde surge la campaña de sindicalización, pero la empresa, a su vez, armó una contracampaña.

Nos secuestraban porque nos metían dos horas en un cuarto, viendo películas de lo malo que eran los sindicatos, cómo iban a dañar y cómo te iban a quitar tu dinero. Eso hizo que muchos, sobre todos los afroamericanos, no confiaran, cuando llegó la votación la perdimos por una pequeña diferencia, una semana más y nos despidieron.

Levantamos una demanda ante Junta Nacional de Relaciones Laborales y la ganamos, pero era lo mismo, porque lo que habíamos ganado era que nos regresaran el trabajo, pero para regresar el trabajo ellos tenían todo el derecho de pedirnos los papeles y hacer revisión de papeles, entonces fue un triunfo simbólico porque ya nadie pudimos regresar al trabajo.

Ya cada quien empezamos agarrar nuestro camino, fue muy bonito porque todas llegamos hasta el final, aunque fue una derrota pero todas ganamos mucho porque todas ganamos ese valor de pararte de frente y decir: “Ya no más, ya no me vas a estar humillando ni me vas a estar insultando, ya no vas a estar abusando de mí”.

Ahí me di cuenta de que dos de mis compañeras, Aurorita y Tachita, no sabían leer y escribir y ellas ya llevaban 25 años trabajando para Unique, son las que llevaban más tiempo. Empezamos hacer revisión de cheques, a ver por dónde atacar y ya con ellas nos dimos cuenta de que había mucho robo en el salario, como no sabían leer ni escribir les daban el cheque y no sabían lo que les estaban pagando. Yo les empecé a dar clases de alfabetización, por lo menos les ayudé con el a, e, i, o, u, a escribir su nombre y cositas así. De ahí cuando salimos empecé a dar clases de alfabetización en el Centro Monseñor Romero,[7] porque si es grande ese problema y son de las cosas que más me sorprendió que hay mucha gente analfabeta en Estados Unidos, mucha, y eso era trabajo voluntario, aunque tratamos de sacar un fondo monetario, pero no se podía, porque por ejemplo el consulado mexicano decía: “Nosotros no podemos porque no todos son mexicanos”, porque yo tenía alumnos salvadoreños, guatemaltecos y de otras nacionalidades.

Después de que me corrieron, me fui a buscar trabajo. Entonces entré a una agencia temporal de colocaciones, ésos son los peores explotadores laborales que pueden existir, puedes conocer gente que tiene 15 años trabajando en un mismo lugar en calidad de temporal, lo que significa que no tienes derechos de nada. Lo que pasa es que cuando hay lesiones no tienes derecho a nada, te corren simplemente, como es temporal ya no hay trabajo y no se hacen cargo. Ya para ese tiempo yo ya sabía de todo esto de los derechos laborales y fue así como yo dije: “Ya no quiero trabajar en nada de eso y quiero algo diferente para mi vida”.

Tomé una decisión radical en mi vida, dejé de trabajar año y medio y viví de mis ahorros, que ahora me hacen falta, pero de alguna manera lo que aprendí en ese año y medio ha sido mi herramienta para sobrevivir aquí; en la Ciudad de México, el dinero se me hubiera acabado en menos de eso.

Empecé a estudiar computación y empecé a ir a otros cursos, me involucré con Mujeres Latinas en Acción,[8] tomé un curso de liderazgo de mujer latina, tomé el de “Empresarias a Futuro”, gracias a eso nació Deportados Brand,[9] porque ellos te enseñan, te dan educación financiera y de la nada puedes crear un negocio.

Estaba más con mis niños, ya estaban grandecitos, ya tenían como 12 y algo. Ese año me la pasé aprendiendo de Mujeres Latinas en Acción, que es una organización muy reconocida en Estados Unidos y trabaja con sobrevivientes de la violencia doméstica y empecé a involucrarme mucho porque a la par yo tenía muchos problemas, pues mientras más años pasaban yo quería ir a México, quería un mejor trabajo y eso creó conflictos entre mi pareja y yo porque él no quería.

En ese aspecto en Estados Unidos estás muy protegida como mujer, pero a la vez estas desprotegida porque, aunque yo viví con él por 16 años, eso no me da derecho a nada. Si me hubiera casado él me hubiera podido aplicar otro tipo de visa, pero nunca quiso.

Por eso me fui al grupo de Mujeres Latinas en Acción, por los grupos de apoyo, y aprendí más de la violencia doméstica, que no es nada más física y que es muy común; aprendí que había muchas mujeres como yo, cuyas parejas eran ciudadanos y a través de esto ejercían un control sobre nosotras. Yo me sentí cómoda con mis amigas y creamos un grupo muy bonito, tengo mucho contacto con ellas hasta la fecha, porque creamos unos lazos muy padres con ellas; además empecé a ser voluntaria en Arise Chicago, fui a Latino Union of Chicago,[10] también ahí colaboré.

Latino Union trabaja más con jornaleros, personas que trabajan por día y que se ponían en las gasolineras y los Home Depot, ahí va gente y los contrata, pero mucha gente sufría de abusos y los empezó a organizar sobre cómo pueden trabajar de manera organizada, cómo pueden estar protegidos, cómo pueden hacer valer sus derechos laborales.

A Miguel, el padre de mis hijos, le valía porque de alguna manera él tenía el control, yo no me podía ir a rentar porque siempre me dio una buena vida, vivimos en una zona muy bonita de Chicago, al norte de la ciudad, porque el sur sí es complicado, hay más violencia, desgraciadamente. Siempre vivimos en el norte, en una zona de anglosajones, o sea él sabía que yo no iba a cambiar esa vida por mis hijos y si yo lo hubiera dejado, me tenía que ir al sur y poner en riesgo a mis hijos. Él, de alguna manera, sabía que tenía el control; seguro pensaba: “Que se divierta, que haga lo que quiera, que se entretenga” y muchas cosas no sabía que yo hacía, pensaba que era más socialite, como que me iba con mis amigas a tomar el té, él realmente no puso mucha atención a lo que yo hacía.

Miguel maneja un camión y tiene un tráiler, siempre ha ganado decorosamente, me empezó a ayudar, me daba un poquito de dinero, no es malo, su único problema fue el machismo, su inseguridad y el miedo a la soledad.

Anduve de arriba para abajo, ya me enseñé a manejar, yo estaba muy contenta y a Arise Chicago le llamó la atención el interés que yo tenía, entonces me empezaron a invitar a más cursos, me empezaron a pagar capacitaciones en la Universidad de Illinois sobre liderazgo y organización comunitaria.

Luego empecé a tomar cursos de computación para manejar lo básico de Office, que me ha servido bastante, y luego por parte de Osha —que es la Agencia de Seguridad y Salud Ocupacional— me ofrecieron una beca y me quedé como coordinadora de educación de Arise Chicago.

Los intensos años como Community Organizer

Me quedé como encargada de los cursos de derechos laborales, en esa organización me pagaban a 21.75 dólares la hora, en Unique me pagaban 8.50 la hora, el salario mínimo pues, en la organización me pagaban incluso “las millas”, la gasolina desde que sales de tu casa. Yo daba talleres de derecho laboral, derecho de salud y seguridad social porque son leyes aparte. Estaba feliz de la vida.

Luego desgraciadamente tuve un problema fuerte con Miguel, peleamos bastante fuerte y llegó la policía, se lo llevaron detenido a él y ahí como que cambió mucho porque yo tenía una orden de restricción, aunque podíamos convivir en la misma casa, pero no se podía meter en mi vida.

En ese tiempo, como aquí, me invitaban a las reuniones del consulado, y es ahí donde Miguel me empieza a cuestionar por qué y dije: “Ya no más, quiero ser independiente, quiero irme con mis hijos”, y le propuse que se fuera pero que me ayudara con la renta del departamento, que sí era bastante; él no quería irse, por eso saque la orden de restricción.

Ya cada uno estaba en su cuarto, ya llevábamos tiempo así. Todo esto lo supieron en Arise Chicago, yo me empecé a involucrar con una organización de una líder que salió de Mujeres Latinas en Acción, que había creado su organización que se llama Un Nuevo Despertar;[11] yo empecé a colaborar, luego su fundadora me daba otro poquito de dinero por estar apoyándola en el grupo, estaba muy contenta y hablé con la gente de Arise Chicago y estábamos viendo la posibilidad de proyecto, y que ellos me “patrocinaran” para obtener mis papeles, pensaba que no tenía récord criminal. El proceso para regularizarme era riesgoso porque tenía que salir de Estados Unidos, estamos hablando que yo ya llevaba en Chicago 15 años, era el 2016, todo ese año fue prácticamente ir pensando en eso y no nos asesoramos bien y no nos imaginamos lo que iba a pasar. Tomé la decisión y dije: “Me la voy a jugar”.

Ángel, mi primer hijo con Miguel, es mexicano y los abogados me dijeron que tenía que salir y hacer un trámite para legalizarse, por eso nunca se hizo porque nos daba miedo, ahora que ya estoy acá en Ciudad de México me doy cuenta que Ángel califica como ciudadanía derivada por ser hijo de un ciudadano norteamericano, apenas hace unos meses encontré a la persona que lo llevará a cabo, gracias a un centro comunitario en Chicago.

Así fue como tomé la decisión de venir a México en junio de 2016, sabía que era riesgoso venir, pero dije, “No tengo récord criminal, no creo que haya ningún problema sólo es pagar el trámite del perdón y lo que se tenga que pagar”. Compré el boleto para viajar el 30 de septiembre. Quería darles una sorpresa a mis hijos, los primeros días, había planeado, iría a un hotel y después les daría la sorpresa a mis hijos de que yo andaba por acá, serían sólo unos meses.

La deportación

Nosotros, mis abogados de Arise Chicago y yo, calculamos que era un trámite de unos 7 u 8 meses, máximo un año. Lo que cambió todo fue cuando llegué y documenté mi maleta, todo iba bien, yo entré casi al último porque me estaba despidiendo de mis hijos, pasé Seguridad Nacional y ya para llegar al avión, estaba una línea muy corta, ya para abordar, y fue cuando vi a dos agentes de ICE en la puerta del avión. Los vi y luego, luego y dije: “Todo está bien, te vas a tu país”.

Cuando me ven y se acercan y me dicen: “Déjame ver tus papeles”, entonces se los entregué, mi pasaporte mexicano y el pase de abordar.

—Ana Laura López, nos tienes que acompañar.

—¿Por qué? ¿Hay algún problema?

—Nos tienes que acompañar.

Son de esas cosas que cuando lo he platicado no sabes cómo reaccionar, la gente se quedó viendo. Los “acompañé”, me llevaron a sus oficinas que tienen dentro del aeropuerto, me preguntaron si había estado deportada en anteriores veces y les dije que yo no tenía por qué hablar, “¿Por qué me estás preguntando?, entonces ya no me dijeron nada y me revisaron las huellas, y la computadora dejó ver las dos “agarradas” que tuve cuando yo ingresé a Estados Unidos. Dije: “¿Puedo hacer una llamada?”, no me contestaron.

Fueron como 20 minutos, ya estaba espantada, lo que estaba pasando por mi mente era el centro de detención y pensaba “me van a hacer pasar otra vez por ese infierno”. Fui torpe, porque son cosas que yo había hablado y que incluso había recomendado en mis talleres, pero cuando me dijeron “Firma aquí”, firmé, estaba petrificada pensando que me iban a mandar a un centro de detención. Para mi sorpresa, me guiaron hasta el avión, y todavía me dicen: “Que tengas buen viaje”.

Yo me quedé con una inmensa vergüenza. Y, ahora, ¿qué?

—Oiga, ¿y mi pasaporte?

—Lo tiene ella (la sobrecargo de la aerolínea Volaris).

Nunca he vuelto a usar esa aerolínea, actuaron como agentes de migración. Tomé mi asiento y las miradas de las gentes, ¡qué pena!, pasaron por mi mente muchas cosas, ya no hubo tiempo de hacer llamadas, ya no hubo nada que hacer. Ya volando, empecé a revisar los papeles y veo que era una deportación y que me habían dado una penalización de 20 años para no regresar. Fueron cuatro horas y media de pesadilla, yo quería bajarme. Fue una impotencia terrible. Ya cuando llegamos a México, traté de bajarme rápido para hablar por teléfono, entonces la sobrecargo me dice:

—No se puede bajar porque aquí tiene que esperar.

—Deme mi pasaporte.

Pero me retuvieron como media hora ahí hasta que llega otro trabajador del aeropuerto.

—Él la va a dirigir a la puerta.

Me tenían detenida y la aerolínea actuaba como agentes de migración. Me llevaron a Migración mexicana y Migración confirmó que sí soy mexicana, me dejaron salir. Traía como 200 dólares en la bolsa y mi tarjeta del banco, mi maleta estaba intacta.

Nada más me instalé en un hotel le llamé a Miguel; sólo dijo: “Te dije que no te fueras”.

Después llamé a los de la organización que me pidieron que escaneara los papeles y se los enviara para que los revisaran. Al día siguiente busqué a mis hijos, dentro de lo malo eso fue lo bueno, el reencuentro con ellos, 16 años de no verlos, mis hijos ya cambiados completamente. Nos llevamos bien, pero, no es como me llevo con mis otros hijos, con los chicos que hay mucha confianza hasta para regañarlos. A ellos los he querido regañar por cosas y me han dicho: “Tú qué te metes, si no estuviste con nosotros”.

La primera Navidad me la pasé sola porque ellos estuvieron aparte, se reúnen con la familia de su papá, ellos tienen un enojo grande. A ellos los quiero y saben que ahí estaré cuando ellos necesiten para escucharlos y económicamente también, los apoyo en lo que puedo; pero ellos han preferido mantenerse así, menos Jesús, que es el que vive conmigo y trata de tener un acercamiento conmigo porque las niñas no, son los precios que hay que pagar. Yo hice lo que pude, les mandé lo que pude. A veces reclaman, pero Yoselin y Jesús son los que más recuerdan de cosas difíciles que pasamos cuando me fui y no las volvieron a pasar.

Sí ha sido difícil porque de repente existe una culpa en mí por muchos años de estar allá, no me arrepiento de haberme ido, me arrepiento de haber tomado esa decisión, mejor me hubiera quedado allá como indocumentada.

Cuando me deportaron mis amigos de allá me dijeron que me regresara. Les dije “Quiero ver la forma de arreglar mis papeles”. La única forma sigue siendo Miguel. Desde entonces y hasta ahora me ayuda, me manda dinero, pero con ese tema no, quien sabe qué pase por su mente. Yo creo que ahorita ya no me casaría con él, todo esto me ha servido para ser independiente en muchos aspectos. Sí quiero regresar y quiero estar con mis hijos, pero regresar es perder lo que he logrado aquí, el darme cuenta que sí puedo sola, que puedo pagar la renta yo sola, que estoy sacando mi negocio con mis compañeros de Deportados Brand. Eso sí ha sido un triunfo, sobre todo, porque al principio se me empezaron a terminar mis ahorros, mi dinero.

Hablé con los de la organización (Arise Chicago) y me dijeron que no se puede hacer nada porque hay una deportación de por medio, cuando vieron los papeles dijeron que ya no se podía hacer nada, ya era difícil, muy complicado. A los abogados con quien he preguntado me ofrecen una sola vía: casarme con Miguel y que él pague el “perdón”, luego hacer una petición de reagrupación familiar o esperarme a que mis hijos cumplan 21 y hagan un proceso similar de unificación familiar, para eso segundo faltan 5 años.

Ahora mismo, son mis únicas dos opciones, pero para hacer reunificación familiar mis hijos tienen que tener un número de seguridad social que, a lo mejor su papá se las da, quién sabe. Por eso me he enfocado en Deportados Brand, porque quiero reunir elementos, soy una empresaria y así quiero manejarlo. Yo quiero reunir elementos para facilitar ese regreso, algún día, que sí se va a dar, pero es triste que en estos años, que ya nadie me los va a devolver, esos momentos con mis hijos. El que ha venido a visitarme es Dani, Ángel no viene porque está en ese proceso de regularizar sus papeles. Dani dice que aquí no le gusta.

Me pregunta cómo se saca una visa y más o menos le he explicado. De alguna manera ellos saben que son la vía para que yo pueda regresar a Estados Unidos.

Mi deseo es tener una libre movilidad, mi deseo es poder ir y venir porque aquí quiero a mucha gente, sobre todo a mis hijos, aunque no estén apegados a mí, pero yo los quiero mucho, de alguna manera una vez al mes puedo verlos, además está toda la gente que he conocido, como Deportados Brand. Allá sigue mi casa, el espacio donde viví tantos años, están mis plantas, mis hijos, mis amigas. Me gustaría regresar a Chicago, siento más mi casa en Chicago qué aquí. Quiero luchar por eso.

Nuevamente, el proceso de instalación a la nueva realidad

Aquí realmente no tengo muchos amigos, ni familia, los que me ayudaron cuando llegué fueron algunos amigos de años atrás, con quienes seguíamos en contacto por Facebook. Un amigo me prestó su departamento en Coyoacán. Gracias a eso es como surge el modelo de atención y apoyo de Deportados Unidos en la Lucha (DUL); fueron mis amigos quienes me fueron guiando, realmente yo había estado fuera de esta ciudad como 24 años, porque fueron 16 años en Chicago y 8 en Jalisco.

Mis amigos eran de la secundaria, fueron mi apoyo, Ernesto y Antonio, me acompañaban a Arcos de Belén para conseguir una copia de mi acta de nacimiento, me fueron guiando en cómo obtener mis documentos de aquí. Con base en ese apoyo surge esta atención que dábamos en Deportados Unidos en la Lucha.

Quería estar sola. Empecé a buscar donde rentar, el único lugar que conocía es Valle de Aragón y de hecho mis hijos viven allá.

Está bien bonito el departamento, pero cualquier cosa que se descompone yo la he pagado. No tengo vecinos, soy la única que vive ahí. Primero mi hijo me pidió vivir conmigo, como está estudiando Enfermería y empezó hacer su servicio social en una clínica que está muy cerca.

Ya va para un año que está conmigo. Pero, el primer año me la pasé sola, eso me hizo muy bien. Empecé a buscar trabajo y encontré en una escuela cerca de ahí, daba clases de inglés a niños de kínder.

Con mis amigos de Chicago comencé a trabajar en investigar qué se podía hacer por mi caso, me hablaron de Sederec (Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades), de la Secretaría del Trabajo, y en esta secretaría aplica un seguro de desempleo. En diciembre me avisaron que iba a haber una entrega del seguro de desempleo en el museo Franz Mayer, fui sola. Entré y estaba un político de Chicago, Chuy García, lo conocía por varios eventos de Arise Chicago.

Me invitó a pasar el presidio y estaba la entonces secretaria del Trabajo de la Ciudad de México, Amalia García, yo la conocí en Chicago por cuestiones laborales cuando hicimos la campaña de las trabajadoras domésticas, y fue alguna vez a compartir experiencias. Cuando le tocó hablar hizo una pequeña mención sobre mí, por lo que estaba pasando en Estados Unidos, que soy una persona que se dedicaba a los derechos de los trabajadores y que estuviera pasando por esto era injusto, me dio la bienvenida.

Cuando terminó el evento uno de los muchachos me preguntó:

—¿Tú viviste en Chicago?

—Sí, ¿tú también?

Resultó que todo el evento era para apoyar a retornados y deportados, yo no había puesto suficiente atención, decidí quedarme para tomar un café con los demás, éramos alrededor de 200. Empezamos a platicar cosas parecidas: que era difícil adaptarse aquí, lo difícil de encontrar trabajo, en dónde vivir, que tu familia no te quería a veces, y el estar separado de tu familia de allá, y les dije:

—¿Por qué no formamos un grupo?, yo tengo esta experiencia para visibilizar lo que está pasando.

Aceptaron, me puse a tomar teléfonos ese día y les estuve llamando, algunos no me hicieron eco, otros sí. Fijamos una cita y nos reunimos diez días después afuera del Museo Franz Mayer, donde nos reunimos muchos meses.

Yo ya estaba trabajando. Me pagaban 6 000 pesos al mes, era muy poquito, además aquí te pagan por quincena, te cuentan 5 días hábiles, no es como allá que un viernes cobras y otro no, aquí son 15 días, pero sí, literal son 3 semanas. Así que estaba cobrando 1 000 pesos por semana, ¡no es nada por 40 horas a la semana! y luego tenía que estar en fines de semana también, porque en épocas de Navidad tenías que enseñarles las canciones de Navidad y aparte estar en el festival. Yo pagaba 4 000 mil de renta, pero todavía me quedaba dinero, pagué con lo último, tenía para el depósito, traía dinero de mis ahorros. En eso se fue, compré un refrigerador, una estufa.

Nosotros cuando nos reuníamos era para ayuda emocional, para platicar, Chava fue de los primeros que estuvo conmigo realmente y las primeras reuniones fueron de mucho alivio para nosotros, el contarnos nuestras historias, podíamos hablar de lo mismo y por fin alguien me entendía, alguien se siente como yo, y así empezamos a reunirnos cada semana, y luego las siguientes semanas se fueron sumando uno, y después otros dos y así fue como creció el grupo; y empezamos a ir al aeropuerto, porque ellos me dijeron que nadie los recibía, sin nadie que les prestara un teléfono y no se podían comunicar, que los de ICE les rompían sus identificaciones, todo eso y fue así como fuimos a ayudar.

Empecé a investigar cuando llegaban los vuelos, pero con el INM (Instituto Nacional de Migración) nunca conseguí información. Los martes alrededor de las 11 de la mañana empezamos a ir a la terminal 2 del aeropuerto y no había nadie ni tampoco otras organizaciones y la Secretaria del Trabajo, sólo daban folletitos y nada más, no se acercaban para ver qué ocupas, qué necesitas, nada. Eso fue lo que nosotros empezamos a hacer, les prestábamos nuestros teléfonos, los acompañábamos a llegar al metro, alguna dirección y había algunos que ya habían estado aquí. Era interesante porque había unos que llevaban más tiempo aquí, decían cómo llego aquí y ya les explicábamos. Luego se hizo una red solidaria muy agradable cuando empezó el grupo.

Deportados Unidos en la Lucha, organizarse en el destierro

Antes de la deportación estuve trabajando en el consulado mexicano en Chicago, ya tenía un círculo de gente que me conocía. Y cuando pasó lo de la deportación, sentía vergüenza, hasta que un día dije: “Tengo que decirlo, ni modo, si no, ¿cómo voy a encontrar ayuda, cómo voy a encontrar quién me pueda ayudar?”.

Total, que cuando formamos DUL mi preocupación central era cómo regresar a Estados Unidos, quería hacer una campaña y no iba a poder si no decía que había sido deportada. La única manera era decirlo.

Soy la única mujer en DUL, de los aviones que llegan son muy pocas las mujeres que llegan. La mayoría de los que deportan son hombres, las pocas que conocí fue porque estaban cruzando por primera vez y las otras pocas que he conocido es en procesos similares que el mío, es decir, arreglando sus papeles fueron deportadas, no en los vuelos que fletan sino en vuelos diferentes.

Un día decidí dedicarme completamente a Deportados Unidos en la Lucha. Dejé ese trabajo y desde esa fecha, que fue como en enero del 2017, DUL se ha convertido en mi vida.

Lo que hice primero fue darnos una identidad, mandé a hacer playeras para que nos identificaran y la gente de Chicago me decía “va a haber esto, presentante aquí, presentante allá”. Ellos sabían más que yo aquí. Me avisaron de una protesta el 20 de enero de 2017, que fue la toma de posesión de Donald Trump en el Ángel de la Independencia.

No teníamos dinero, ni trabajo, vendimos dulces, que fue lo que aprendí en Mujeres Latinas, hicimos unos stickers y las playeras venían con logotipo de la campaña, dos manos agarradas con esposas, de hecho, me fusilé el diseño y después hablé con Adelina, la diseñadora, y me dijo: “No te preocupes, que es para la comunidad”, y empezamos a salir a vender los dulces.

Andábamos por Bellas Artes, nos íbamos al Zócalo y al Monumento a la Revolución, allá andábamos y la gente empezó a querer comprar las playeras. Hablábamos con la gente: “Mire no somos criminales, somos padres separados de nuestros hijos”.

Había gente que se sensibilizaba y había otra que decía que para que nos fuimos, siempre encontrábamos esos aspectos. Después creé la página de Facebook, si no nos podían comprar un dulce, que nos dieran un like en la página. Gracias a eso de salir a la calle a platicar con la gente fue como ganó seguidores la página. Se le quedó Deportados Brand 100 % Mexicanos.

Después fue creciendo esto con el proyecto de la Secretaría del Trabajo y el Fomento al Autoempleo (FAT). Y eso fue porque una vez mis amigos en Chicago me dijeron que iba a estar Mancera en el Museo de Memoria y Tolerancia y fuimos 3, compramos cartulinas y escribimos: “Somos deportados”. Busqué ponerme hasta en frente y cuando acabó su discurso, que no recuerdo de qué era, me paró y le platiqué lo que nosotros hacíamos.

Nos dieron una cita en la Secretaría de Economía y juntaron a varias secretarías para ver qué pueden hacer con nosotros y en qué apoyarnos. En ese momento fue con la Secretaría del Trabajo como ingresamos al FAT.

Teníamos el compromiso con la Secretaría del Trabajo por un año. Y esa población siempre se ha concentrado mucho en el colectivo, en personas arriba de 40 años, personas que no traen el inglés como herramienta laboral, personas que no traen un alto nivel educativo y regresan con el mismo nivel con el que se fueron, como la primaria y la secundaria, y que lo principal que hicieron en Estados Unidos fue: jardinería, construcción, lavar carros o restaurante o trabajador en general.

Eso ha dificultado la reinserción y encima de todo, para el gobierno es como si sólo existiera el perfil de los Dreamers, piensan que son la mayoría, que tienen capacidades excelentes, muchos las traemos, pero aquí el gobierno tiene ese perfil de los jóvenes y ha dejado de lado a esta población, la labor del colectivo ha sido visibilizar esta población, que también existe y necesita una atención diferente.

Ha sido difícil porque cuando yo conocí a la mayoría de mis compañeros estaban en una situación muy vulnerable y aquí de alguna manera es cuando se unían. Después de unos meses esa situación de vulnerabilidad va cambiando, van agarrando más confianza y cuando ya tienen cierta confianza con ellos mismos no es fácil que acepten que una mujer esté al frente de ellos, ni de una organización, ni de un grupo, y eso ha generado conflictos en que he tenido que decirles que así es. Esto se inició así y de alguna manera yo tengo un poco más de experiencia.

Me ha tocado decir, Deportados Unidos nació conmigo, tiene una visión y una misión. Llegué a ser cuestionada de por qué yo tomo las decisiones, nadie de los deportados había tomado parte del activismo en Estados Unidos, eso ha sido una de las cosas más difíciles que he pasado, ser una mujer desarrollando un liderazgo y no es bien visto. Al principio cuando ellos llegan a esa situación vulnerable lo aceptan, pero con los meses te cuestionan por qué tú. De alguna manera el colectivo ha cumplido su objetivo de empoderamiento, desarrollo de liderazgo, porque del mismo grupo se hizo otros colectivos.

Deportados Brand como proyecto de Secretaría del Trabajo, cumplió su ciclo y al cumplirse el año ya somos dueños del equipo. Por eso estoy en ese proceso, porque no sé a dónde voy a dirigir mi vida. Definitivamente quiero dedicarme a Deportados Brand, que es mi emprendimiento, quiero hacer que crezca bastante. Los diseños los saca Gustavo quien está estudiando Diseño, y muchas son colaboraciones con diseñadores que quieren aportar a la causa, juntos trabajamos en los diseños.

Dentro de mis planes siempre está regresar a Estados Unidos, no es algo que me quite el sueño ni me deprima, ni algo que me angustié. Lo que es seguro es que no quiero estar en Ciudad de México, quiero irme a vivir a otro lado. Lo que ahorita me gustaría es meterle todo mi tiempo a Deportados Brand para que se consolide como una microindustria, que abra puertas en otros lugares para llevar los mensajes en las playeras, me gustaría establecerme en un lugar más tranquilo y que mis hijos se sientan cómodos al venir, que no les de miedo y estar más tranquila.

Quiero iniciar una vida normal, en estos dos años me he enfermado aquí, en Chicago era una persona muy sana porque practicaba yoga y meditación, la vida aquí me cambió mucho. El primer año tuve un preinfarto, tengo ansiedad. Estos dos años ha sido de lidiar con mi salud.

Estoy en el proceso de cambiar mi lenguaje, para sanar, ya no soy deportada sino una persona que pasó esa experiencia de deportación y aprende a verlo por fuera, ya no quiero ser la víctima.


[1] Daniel Bertaux, Los relatos de vida: perspectiva etnosociológica (Barcelona: Bellaterra, 2005); Franco Ferrarotti, “Las historias de vida como método”, Convergencia 14, núm. 44 (2007): 15-40.
[2] Nicholas De Genova y Nathalie Peutz, “The deportation regime. Sovereignty, space, and the freedom of movement”, en The Deportation Regime: Sovereignty, Space, and the Freedom of Movement (Durham: Duke University Press, 2010), 44-76.
[3] Boletín Estadístico Anual [PDF], Secretaría de Gobernación, acceso el 25 de mayo de 2020,
http://www.politicamigratoria.gob.mx/es/PoliticaMigratoria/Boletines_Estadisticos.

[4] Rubén Aguilar, “Los deportados de Obama Y Trump”, Animal Político, 24 de enero de 2017, acceso el 25 de mayo de 2020,
https://www.animalpolitico.com/lo-que-quiso-decir/los-deportados-obama-trump/.

[5] Cerca de la mitad de éstos “retornados” tienen entre 30 y 45 años. Es decir, Ana Laura es un ejemplo de uno de cada diez deportados y deportadas en México.
[6] Worker center, o centro de trabajadores, un modelo de organización alternativo a los sindicatos, que surge para empoderar a trabajadores migrantes sin papeles y, por lo tanto, poco adeptos al sindicalismo tradicional. Los Workers Centers han construido un modelo llamado “sindicalismo social” que implica organizar a los trabajadores dentro y fuera de sus centros de trabajo, tejiendo redes de solidaridad comunitaria. Un ejercicio de organización que capacita a los propios migrantes con y sin “papeles” para la autodefensa migrante. Información sobre este Worker Center en particular puede consultarse en la página de Arise, acceso el 24 de abril de 2020
https://www.arisechicago.org/history.

[7] El Centro Romero, afincado en Chicago desde la década de 1980, cuando llegaron los primeros salvadoreños exiliados de la guerra contrainsurgente en su país, fue fundado con el propósito de generar, a través de diferentes programas de formación política, jurídica y de alfabetización, la autosuficiencia de las comunidades refugiadas y migrantes en Estados Unidos. Lleva el nombre del hoy canonizado monseñor Arnulfo Romero, defensor de los derechos humanos en El Salvador, asesinado en 1980, mientras celebraba una misa. Página del Centro Romero, acceso el 24 de abril de 2020:
http://centroromero.org.

[8] Organización sin fines de lucro, cuya misión es el empoderamiento de las mujeres latinas en Estados Unidos, afincada en Chicago. Página de Mujeres Latinas en Acción, acceso el 24 de abril de 2020,
https://mujereslatinasenaccion.org/.

[9] Deportados Brand es una microempresa que crearon algunos de los activistas de Deportados Unidos en la Lucha; es un esfuerzo de autoempleo basado en los saberes de diseño gráfico, serigrafía e impresión, además de las habilidades en mercadeo que los miembros de este colectivo traían en las mochilas vitales antes de ser deportados y que, como diversas experiencias, pusieron en una apuesta colectiva para autosustentarse. Perfil de Facebook de Deportados Brand, acceso el 24 de abril de 2020,
https://www.facebook.com/DBSerigrafia/.

[10] Organización de mujeres migrantes que surgió en el año 2000, buscando mejorar las condiciones de contratación en agencias temporales y que hoy se dedica a la educación en derechos sindicales y derechos humanos de migrantes con y sin papeles. Véase la página de la Latino Union of Chicago, acceso el 24 de abril de 2020,
https://www.latinounion.org/.

[11] Organización sin fines de lucro dedicada al acompañamiento de procesos contra la violencia doméstica en la comunidad latina. Acompañan desde jurídicamente hasta en aspectos emocionales y empoderamiento económico. Véase la página de Un Nuevo Despertar, acceso el 24 de abril de 2020,
http://www.unnuevodespertar.org/.

Compártelo

  • Hamburgo 135, Colonia Juárez, Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, CP 06600
  • (55)4166-0780 al (55)4166-0784

Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la opinión del editor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin la previa autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Contacto: narrativas_antropologicas@inah.gob.mx