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  • Por órdenes del señor amo, traigan ese torito: la danza de los nendro de San Marcos Tlazalpan, municipio de San Bartolo Morelos,

    Andrés Sandoval Forero Saúl Alejandro, García José Germán, Pérez


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    Revista de la Dirección de Etnología y Antropología Social del I


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    Revista de la Dirección de Etnología y Antropología Social del I


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  2. Publicación No. 2
  3. Por órdenes del señor amo, traigan ese torito: la danza de los nendro de San Marcos Tlazalpan, municipio de San Bartolo Morelos,

Por órdenes del señor amo, traigan ese torito: la danza de los nendro de San Marcos Tlazalpan, municipio de San Bartolo Morelos, Estado de México, vista desde la etnografía para la paz y la interculturalidad

Andrés Sandoval Forero
Centro de Investigación en Estudios de la Población, UAEMex
forerosandoval@gmail.com

Saúl Alejandro García
Universidad Pedagógica Nacional
otopame@yahoo.com.mx

José Germán Pérez Cárdenas
Danzante y promotor cultural
german.p3r3z@gmail.com

Fecha de recepción: 18 de marzo de 2019
Fecha de aceptación: 19 de marzo de 2020

San Bartolo Morelos es un municipio que se localiza al norte del Estado de México y alberga comunidades indígenas de origen otomí, entre las cuales se ubica la comunidad de San Marcos Tlazalpan, que de acuerdo con el INEGI (2010) cuenta con 2 441 habitantes; de ellos, 1 329, equivalentes a 54.4% del total, se consideran hablantes de la lengua indígena.

San Marcos Tlazalpan se encuentra al oeste de la cabecera municipal, donde pasa la carretera que une localidades de Jilotepec, Atlacomulco y Jocotiltán. La carretera propició facilidades de movilidad a las ciudades, incentivando la migración y junto con ello cambios socioculturales en la comunidad.

La comunidad de San Marcos Tlazalpan se compone de tres barrios: Centro, 2ª La Cañada, y Beltrán, además de dos colonias: Nueva y la Miguel Hidalgo, para un total de cinco.

Existen tres celebraciones importantes en la comunidad: la del 25 de abril, cuando se honra a San Marcos Evangelista; el 25 de julio, a Santiago Apóstol, cuya fiesta se lleva a cabo en la capilla del cerro de la Paloma, y la fiesta de los Xhita, danza realizada el lunes y el martes previo al Miércoles de Ceniza, por lo que esta celebración es movible.


Figura 1. Ubicación de San Marcos Tlazalpan al noreste de la cabecera municipal. Fuente: https://www.google maps.com.mx/maps/place/San+Marcos+Tlazalpan,+Méx.

A finales de la década de 1980 un grupo de estudiantes de la Facultad de Antropología y el profesor Eduardo Sandoval Forero visitaron varias comunidades otomíes para hacer un ejercicio etnográfico relacionado con la festividad de Día de Muertos.[1] En ese trabajo se recupera la cosmovisión de los pueblos indígenas a propósito de la festividad y cosmovisión de los Días de Muertos en el Estado de México, siendo San Marcos Tlazalpan una de las comunidades donde se emprendió el trabajo de campo.

Veinticinco años después, el autor del libro y Saúl Alejandro García, uno de sus exestudiantes, retornaron a la comunidad de una manera inusitada; por invitación del ingeniero José Germán Pérez Cárdenas, vecino de la comunidad y promotor de la danza de los nendro; la visita fue para conocerla, pues, de acuerdo con el ingeniero José, dicha danza se recupera después de 45 años perdida.

Retornar a la comunidad después de tantos años fue enriquecedor, porque se pudo observar cómo la comunidad ha crecido en infraestructura: caminos pavimentados y casas de tabique en sustitución de las de adobe con techos de dos aguas, de las que se asentó registro hace 25 años. Pero sobre todo, ver vivas algunas festividades como la danza de las pastoras, apaches y ahora la de los nendro, con la que la comunidad ha hecho de su pasado otomí la manera de reposicionar una identidad colectiva, que parecía ser parcialmente transformada por el fenómeno de la migración.

En otras comunidades de migrantes (nacionales o internacionales), con alta frecuencia de movilidad, se ha documentado que la estructura social se transforma y experimenta cambios sustanciosos en los roles de las familias y en la dinámica social y cotidiana; cambios en el sistema cultural, principalmente la transformación de algunos elementos culturales y otros como la pérdida de la lengua indígena.

En otros casos, la dinámica económica y social hace que las comunidades recuperen algunos valores culturales comunitarios debido a las inquietudes de las nuevas generaciones. En este sentido, San Marcos Tlazalpan pudiera haber sido una comunidad condenada a la violencia estructural y a la extinción de la lengua y algunas tradiciones; sin embargo —y para sorpresa nuestra— la comunidad ha encontrado en sus raíces identitarias la manera de enfrentar las violencias estructurales y culturales originadas por el modelo capitalista neoliberal. El rescate de las lenguas indígenas o la danza constituye la base de los valores para las reivindicaciones de los pueblos otomíes ante las adversidades cotidianas y violentas que genera el sistema económico-político local.

Lo que el lector encontrará en este escrito es una reflexión y una descripción de los hechos culturales de la danza desde la mirada de un investigador y un exestudiante que documentaron datos de la comunidad hace 25 años. En esta descripción etnográfica-testimonial, el principal actor es el ingeniero José Germán Pérez, vecino y promotor de la danza y del uso de la lengua otomí. De esta manera, la voz del ingeniero resulta importante porque desde la etnografía para la paz, se plantea:

Las reflexiones (que) se realizan mediante el análisis crítico del observador y los sujetos sociales, lo observado y el contexto; tiene definido como propósito elaborar etnografías para la paz teniendo en cuenta los grupos sociales, étnicos, religiosos, culturales, políticos y de género, donde la dimensión temporal se encuentra determinada por lo cotidiano y lo espacial, por dimensiones macros o micros.[2]

El ingeniero José Germán Pérez es descendiente otomí de San Marcos Tlazalpan y ha sido un impulsor de su cultura al rescatar la danza de los nendro desde la coreografía hasta los diálogos de la danza. También se ha dado a la tarea de recuperar la lengua otomí a través de una mujer hablante de la localidad, quien funge como maestra de la lengua, y recientemente, en abril del 2019, el ingeniero ha puesto su interés en recuperar y reproducir una flor de orquídea que, de acuerdo con lo que cuenta, está asociada a un ritual de la milpa.

Él fue quien coordinó todo el trabajo de la recuperación de la danza de los nendro, siendo a la vez el danzante del torito. Por otro lado, Eduardo Sandoval y Saúl Alejandro, quienes habíamos visitado la comunidad en 1991, y por invitación del Ingeniero, decidimos conocer la danza y la manera en como habían encontrado los mecanismos para revivirla. Así, nos convertimos en “cómplices” más que investigadores, ya que hemos sido testigos y acompañantes del proceso de renacer de la danza de los nendro en la fiesta del santo patrono celebrada en el mes de abril.

Y en noviembre del 2016, finalmente, en el Coloquio Internacional de Otopames, reunido en Toluca, quienes escribimos el presente artículo presentamos los avances de este trabajo.

La danza de los nendro desde la etnografía para la paz y la interculturalidad: una aproximación metodológica

Desde hace más de 80 años la etnografía mexicana se caracterizó por la descripción y estudios de los pueblos indígenas y campesinos fundamentados en la necesidad de conocer las tradiciones y costumbres que mantenían con su pasado histórico.

La llamada etnografía mexicana describió todas las manifestaciones culturales en las que vivían los pueblos indígenas y sus contextos locales. Obras clásicas como la de Gonzalo Aguirre Beltrán y Julio de la Fuente, entre otros,[3] permitieron conocer al México profundo que para muchos resultaba desconocido. Esta etnografía de los pueblos indígenas estaba auspiciada por el Instituto Nacional Indigenista (INI) que a través de sus programas editoriales recopilaron aspectos cotidianos y culturales de los pueblos originarios.

Esta etnografía mexicana se desarrolló hasta la década de los setentas, cuando con base en el marxismo los jóvenes antropólogos propusieron una manera distinta de abordar y describir la realidad mexicana; mirar, describir y ser copartícipes de los movimientos de reivindicación cultural de los pueblos originarios indígenas, de los campesinos que viven en un estado de marginación, y los estudiantes protestaban por las acciones del gobierno y, en términos generales, por lo que vivían las clases populares de las ciudades y colonias marginadas.

En este sentido, la etnografía se transforma, al igual que el pensamiento antropológico contemporáneo, y no se limita a ser utilizada como un mero método para la recopilación de datos. Las nuevas realidades sociales y culturales derivadas de las violencias estructurales y simbólicas de la década de los ochenta y noventa del siglo pasado han obligado a que los actores sociales deban ser reflexionados y comprendidos desde su propia realidad, ya no como objetos o sujetos antropológicos de estudio, sino como actores sociales que buscan, desde sus contextos sociales y culturales, describir sus procesos. Y también desde las organizaciones civiles para afianzar y respaldar sus acciones.

En esta tesitura, los estudios de la etnografía de la paz y la interculturalidad, plantea que son los propios actores y el investigador quienes a través de un diálogo entre iguales construyan o reconstruyan procesos históricos y reivindicativos que direccionen o recuperen procesos identitarios de su propia realidad. De esta manera, el presente trabajo muestra diferentes visiones en torno a un mismo interés: la danza de los nendro abordada desde diferentes perspectivas, pero que al final termina siendo un diálogo reconstructivo y reivindicativo.

Encuentros y reencuentros con la comunidad de San Marcos Tlazalpan

Fueron 25 años atrás los que el regreso a la comunidad de San Marcos Tlazalpan trajo a nuestra memoria para recordar la primera vez que conocíamos la comunidad. Una población con menos de 2 000 habitantes que se dedicaban en su mayoría a actividades agrícolas. La mayor parte de las casas eran aún de adobe con techos de dos aguas y con ventanas pequeñas de madera, por las que sus habitantes se asomaban cuando escuchaban a personas pasar por el camino. La iglesia del pueblo con su patio y pocas tiendas que había en el centro de la comunidad.

La visita a San Marcos Tlazalpan se llevó a cabo en el marco de la festividad del Día de Muertos de 1991. Entonces, para acceder a la comunidad había que hacerlo por el único camino que tenía, de terracería. Los camiones locales que recorrían la vía de San Bartolo Morelos a Jiquipilco eran el único transporte, aunque también hay caminos locales que conducen de la cabecera municipal a la comunidad.

La visita que realizó un grupo de estudiantes de Antropología de la Universidad Autónoma del Estado de México en compañía del doctor Sandoval Forero sirvió para describir la festividad de muertos[4] y con ello otras costumbres que, para nuestro asombro, siguen vivas en la actualidad.

Así, en la comunidad de San Marcos Tlazalpan, municipio de San Bartolo Morelos, existen otras costumbres que en su momento fueron registradas, al menos en los diarios de campo, y que a la fecha siguen vivas, como un legado de la comunidad que se niega a morir. Además de la lengua otomí, que aún la hablan los viejos de la comunidad, hay otras manifestaciones que vale la pena mencionarlas.

Durante la festividad local (25 de abril, san Marcos Evangelista) se pudo observar cómo las imágenes del pueblo y de otras zonas vecinas son adornadas con collares de palomitas de maíz. Llama la atención que los jóvenes de las nuevas generaciones van a visitar la iglesia y como recuerdo de esa visita se ponen un collar de palomitas de maíz.

Estos collares son usuales en las comunidades mazahuas de San Felipe del Progreso y algunas de San José del Rincón. Pero de las comunidades otomíes no existe registro alguno de esta expresión cultural. Esto puede ser interpretado como parte de un intercambio cultural mazahua-otomí en la región.


Figura 2. Fuente: archivo personal, Saúl Alejandro García, 2016.


Figura 3. Fuente: archivo personal, Saúl Alejandro García, 2016.

Para los jóvenes y adultos que visitan la comunidad es importante ponerse un collar de palomitas de maíz como símbolo de identidad en este día en especial. Las personas jóvenes, además de vestir a la moda, tener celulares y escuchar la música grupera, son partícipes de estas tradiciones, lo cual constituye una forma de resistir los embates de la modernidad.[5]

Como parte de la festividad, no podían faltar las danzas tradicionales que visten la fiesta del pueblo. Las danzas que se bailan son la de los apaches y la danza de las pastoras. La danza de los apaches, conocida como tapachi, es de la comunidad (esta danza se ha ido perdiendo y también era característica del pueblo; actualmente se está retomando la danza de concheros original, ya que han llegado danzantes de los llamados “la mexicanidad”) pero la de pastoras sí lo es.

Desde hace dos años, se incorporó una danza que, en palabras de sus danzantes, es “una danza que se bailaba hace 45 años, y hoy es rescatada”. La danza de los nendro es una historia sobre un torito que anda suelto por las montañas del pueblo. Ese torito despierta el interés del hacendado e intenta capturarlo, por lo que manda a su caporal y éste a su vez envía a los peones. La danza va describiendo a través de diálogos y música las peripecias del torito al que, por más intentos que se emprendan para domarlo, no logran hacerlo.

La danza culmina cuando el torito es capturado después de muchos intentos, aunque antes de ello el torito embiste a varios peones, incluyendo al señor Palacio, que resulta muerto bajo los cuernos del torito. Al final el torito es capturado, muerto y destazado y repartidas sus piezas a los presentes en un diálogo chusco e irreverente.


Figura 4. Fuente: archivo personal, Saúl Alejandro García, 2016.

Figura 5. Fuente: archivo personal, Saúl Alejandro García, 2016.

El torito desde el ruedo...

La danza de los nendro es todo un proceso reivindicatorio y un movimiento cultural que nace dentro de la propia comunidad. Más allá de la danza encontramos toda una organización social de varias familias que buscan revalorar las costumbres, porque además de la danza, hay varias actividades que han desaparecido y que hoy intentan recuperarlas.

Como parte de ese proceso, el ingeniero José Germán narra en este trabajo compartido, la manera en como recuperaron la danza, así como sus expectativas y percepción.


Figura 6. Fuente: archivo personal, Saúl Alejandro García, 2016.

Preguntamos al ingeniero:

—¿Cómo fue que surgió la idea de retomar la danza? ¿Qué hicieron para tal fin? ¿Cuáles han sido los problemas a los que se han enfrentado? ¿Qué piensan las personas de la comunidad y qué reacción han tenido los vecinos de la comunidad? ¿Qué ha significado para ustedes el haber recuperado esta danza además de otras actividades como la lengua otomí, etcétera?

El ingeniero comenta:

—La idea de rescatar la danza surgió de dos paisanos que en su niñez vieron las últimas presentaciones. Las que son ahora capitanas comenzaron a preguntar por la música y a entrevistar a algunos abuelos que habían participado y se inició a recuperar sus recuerdos. Cuando me invitaron tenían algunos videos de las entrevistas y la música. Y yo comencé a buscar referencias, como el reporte de Jacques Soustelle “México tierra india” y su semejanza con otras danzas, como la danza de vaqueros de Coatetelco y la danza de tecuanes; y se comenzó a armar el rompecabezas. Se reunieron los abuelos y sus recuerdos fueron creciendo, unos recordaban algo y otros complementaban. Nos enseñaron los tonos de los rezos y algunos parlamentos, también los pasos de la danza y lo que se hacía con el Torito.

”Los principales problemas son la falta de apoyo de los paisanos. Hay mucha desconfianza por experiencias anteriores, que usan estas actividades para fines personales.


Figura 7. Fuente: archivo personal Eduardo Sandoval Forero, abril de 2016.


Figura 8. Fuente: archivo personal Eduardo Sandoval Forero, abril de 2016.

”Tras dos años desde que la danza fuera retomada, los paisanos tienen más confianza y se habla en buenos términos de ella. Se espera mayor participación. Recuperar la danza de los abuelos nos da identidad y se recobra el orgullo de pertenecer a un pueblo indígena. Cada actividad enfocada a recuperar costumbres y lengua busca inculcar en niños y jóvenes ese sentido de pertenencia a una raza indígena muy antigua. Así, los niños y jóvenes pueden salir a prepararse sin tener ningún sentimiento de inferioridad o vergüenza de ser del pueblo, pueden darse cuenta de sus necesidades y regresar a buscar mejorar las condiciones del mismo.

Nosotros comentamos:

—Muy interesante, inge, y a partir de esto, ¿hay otras actividades que han intentado rescatar, como lo es la lengua otomí? ¿Han pensado en pedir apoyo a las instituciones de gobierno o universidad? ¿Qué otro tipo de actividades han pensado rescatar que atañe con su pasado cultural? Por lo que se pude observar, la comunidad también gusta de la danza, en este sentido, los abuelos que la habían visto ¿qué dicen?, y las mujeres pastoras u otros grupos, ¿qué opinan?

El ingeniero comenta:

—Son pocas nuestras danzas. Las más típicas son la de los, tapachis, la de pastoras y ésta. En el nzeké o carnaval los xita danzan con los mismos pasos, pero más lentos. He visto que este zapateado es el mismo para todos los que hacen alguna danza, pero en diferente velocidad. Los mayordomos de la fiesta de julio también danzan cuando reciben y entregan cargo. El mismo zapateado.

”El nzeké se estaba desvirtuando a una fiesta de disfraces de monstruos y como grupo hemos investigado y se han donado máscaras típicas de abuelo que eran las que se usaban. Hubo necesidad de convencer al abuelo que tocaba la música de flauta de carrizo para que me enseñara los sones ya que hubo 2 años en los que ya no participó y la fiesta sin ésta música no es la misma. Hoy ya hay dos flautistas más y otro aprendiendo.

”En enero de este año iniciamos el curso para revitalizar la lengua otomí y los abuelos están contentos y se acercan para seguir informando sobre sus recuerdos y la danza se va completando más. Las pastoras también están contentas porque eran los dos grupos los que siempre salían juntos. El uso del tihta (Temazcal) fue uno de los primeros trabajos de rescate. Con inversión propia. Los trabajos actuales se apoyan por paisanos que creen en nosotros y envían dinero para cubrir los gastos, muchos piensan que nos llega mucho dinero y generan rumores que a su vez generan incertidumbre. El gasto fuerte actual es el del curso.

Nosotros preguntamos:

—¿Cuándo fue que el maestro de la universidad de Querétaro se incorporó con ustedes para apoyarlos en el otomí y en las plantas medicinales? ¿Yqué dice su familia de todo esto? sus hijos, su familia. ¿Y qué dicen los vecinos de otras comunidades? Los han invitado a otras fiestas de otros pueblos? Al cerrito de Santa Cruz Tepexpan, ¿los han invitado?

El ingeniero comenta:

—A los profesores de Querétaro, Ewald Hekking y Aurelio Nuñez, los conocí cuando presentaron su diccionario otomí-español y allí vi que ese material nos podría ser muy útil y poco a poco se fue dando la ocasión de conocerlos más hasta que nos aventuramos a iniciar el curso y actualmente nos siguen apoyando. Intercambiamos información. Aún no nos han invitado a otras fiestas como la del cerrito, que cuentan los abuelos que era obligatorio ir con la danza; los abuelos y abuelas reportan que se iban en peregrinación hasta el santuario y se quedaban varios días. Allí era donde se encontraban con otras cuadrillas de otros pueblos y los toritos peleaban, ganaba siempre el torito de San Marcos y se ganó el mote del “Ganador”.

”Tengo dos hijas. Una está por terminar Arqueología y la otra está buscando que estudiar. A ellas les platico y me acompañan cuando quieren al pueblo, mi esposa no es del pueblo así que no lo toma tan en serio, pero me apoya.


Figura 9. Fuente: archivo personal Eduardo Sandoval Forero, abril de 2016.


Figura 10. Fuente: archivo personal Eduardo Sandoval Forero, abril de 2016.

Nosotros comentamos:

—Arqueología, ¡qué bien! ¿Y ella qué le dice de todo esto? Suponemos que ella está entusiasmada por esto. Sus amigos y amigas, ¿qué piensan de lo que hacen? ¿Otros jóvenes también se interesan?

El ingeniero comenta:

—Mis hijas han estado conmigo aprendiendo. La grande a veces me lleva información o referencias de consulta y vamos aprendiendo. Algunos de sus compañeros han ido al pueblo y les ha tocado ver costumbres. El objetivo es trabajar con los niños y jóvenes para que sean ellos quienes continúen. Hay en la clase de Otomí una niña de 12 años muy interesada en aprender.


Figura 11. Fuente: archivo personal, Saúl Alejandro García, 2016.

Cabe decir que don Germán —y su familia— es un gran promotor cultural de su propia comunidad. Él mismo escribió un texto[6] muy interesante sobre la danza de los Xhita que vale la pena recuperar:

La fiesta de los xhita se ha mezclado con la religión católica y se baila en los tiempos de lo que es el carnaval. Inicia días antes del Miércoles de Ceniza y su origen se remonta al mito sobre el origen de los otomíes que dice: “Que todos los nacidos provienen de un viejo padre y de una vieja madre que vivían en una cueva que se llamaba ‘Chiapa’, el viejo Padre y la vieja Madre tuvieron hijos y uno de ellos dio origen a la raza otomí”. Xhita es abuelo viejo muy viejo. Los hombres y niños se disfrazaban originalmente de abuelos y de abuelas e inician visitas a las casas del pueblo encabezados por un gran abuelo “Ndetha” xhita y una gran abuela “ndetha chuchu”, llevando su alegría y música, aún se conserva música indígena de flauta y tambor que acompaña una danza de petición de permiso a los 4 vientos. Los participantes son recibidos con alimentos y bebidas. El día lunes antes del Miércoles de Ceniza la mayoría del pueblo sale en busca de leña junto a los xhita. En una gran procesión con jinetes, música, xhita y pueblo, la leña es apilada en grandes hogueras en un campo deportivo con los santos en los extremos y al anochecer las hogueras son encendidas dando inicio a una espectacular carrera de caballos en donde compite un equipo blanco y un equipo rojo; esto no es más que una manifestación indígena de la lucha eterna del día y la noche, ya que al día siguiente, al filo del mediodía, la fiesta culmina con otra competencia de carreras de caballo. En otros pueblos otomíes la gente lleva los tizones encendidos de las hogueras a sus casas, garantizando así que no faltará el calor en sus hogares ya que finalmente el gran creador Kha se manifiesta a través del sol, el rayo y el fuego.


Figura 12. Fuente: archivo personal Eduardo Sandoval Forero, abril de 2016.

Conclusiones

Desde los estudios para la paz y la interculturalidad, este trabajo de manera colectiva representa la forma de ver un proceso de reconstrucción social, de reivindicación cultural y sobre todo de contribuir en el entramado de relaciones sociales que se han gestado por los propios pobladores de San Marcos Tlazalpan. Más allá de ser sólo un trabajo etnográfico, es una oportunidad de ser parte de un movimiento social que nace de la propia comunidad, desde abajo, y que a través de este escrito, pretende ser un registro y legado para las futuras generaciones de jóvenes otomíes.

Este rescate de la danza de los nendro de San Marcos Tlazalpan, además de su propia organización, el ritual escenográfico, los movimientos corporales de los danzantes, la música, los estandartes, cuerdas, vestuarios, morrales, la mente, el corazón y el espíritu en comunión con lo sagrado, los coros, los versos y la alegoría de espectadores en el espacio público y religioso del atrio de la iglesia, trasciende a la vida simple y compleja de una comunidad que se dispone a entretejer su cohesión social en un tiempo histórico, social y económico en el siglo XXI. Es una danza del torito pinto, del “Ganador”, que además de la representación artística, remite a un pasado que compartieron los ancestros, los abuelos, es decir, a una memoria de la comunidad como parte de la construcción de identidad colectiva otomí en San Marcos Tlazalpan.


[1] Eduardo Andrés Sandoval Forero, Cuando los muertos regresan (Toluca: UAEMex, 1997).
[2] Eduardo Andrés Sandoval Forero, “Etnografía para la paz, la interculturalidad y los conflictos”, Revista de Ciencias Sociales (Cr) III, núm. 141 (2013): 17.
[3] Eduardo Andrés Sandoval Forero, Educación para la paz integral, memoria, interculturalidad y decolonidad (Santa Fe de Bogotá: ARFO editores, 2016).
[4] Sandoval, Cuando los muertos regresan.
[5] Este concepto de “modernidad” lo enunciamos, como investigadores, para indicar que a pesar de que existe un sistema económico que privilegia el mercado y que las relaciones sociales se fragmentan para favorecer la individualidad a través de las redes sociales, el trabajo excesivo, el desinterés por los problemas locales y la felicidad basada en el consumo —como señalan en sus estudios tanto Bahuman como Tourain—, la juventud de origen otomí y de otros pueblos originarios, encuentran en sus costumbres y tradiciones, mecanismos de solidaridad y convivencia porque son espacios de interacción social, donde manifiestan cara a cara su pensar en torno a la vida cotidiana de su comunidad y de sus sentires, cuando salen a trabajar en las ciudades u otros estados de la república. Vid. Zygmunt Bauman, La modernidad líquida (México: FCE, 2004); Alain Tourain, Crítica a la modernidad (México: FCE, 2006).
[6] Recuperado de la página Nuestro México, acceso el 28 de abril de 2020 http://www.nuestro-mexico.com/Mexico/Morelos/San-Marcos-Tlazalpan/.

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Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

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