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  3. Iván Turguéniev y la antropología. Una visión occidental

Iván Turguéniev y la antropología. Una visión occidental

Leif Korsbaek[1]

Escuela Nacional de Antropología e Historia

Fecha de recepción: 22 de noviembre de 2022
Fecha de aprobación: 22 de mayo de 2023

 

Leif Korsbaek, in memoriam

La tristeza que inundó las aulas y pasillos de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) el martes 18 de mayo de 2023 fue la señal de una ausencia profunda en la comunidad. Alumnos y profesores se unieron para colocar un altar en la entrada de la Dirección, con flores blancas, un ejemplar de la obra El joven Malinowski y cartulinas que anunciaban: “Buen viaje, Leif Korsbaek”.

Su partida deja un hondo vacío no sólo en la compleja tarea de formar nuevas generaciones de antropólogos a nivel de licenciatura y posgrado, sino en toda la comunidad antropológica de México que veía en él a un profesionista comprometido, abierto al diálogo, a un amigo y un ser humano lleno de calidez y generosidad. Leif Korsbaek era antropólogo social egresado de la Universidad de Copenhague, Dinamarca, doctor en Ciencias Antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana-unidad Iztapalapa, e investigador titular del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Sus líneas de investigación eran la teoría antropológica de tradición británica, la antropología política y el pluralismo jurídico, éstas últimas basadas en trabajos etnográficos de notable profundidad con pueblos campesinos e indígenas. Sus aportes a las ciencias sociales se disparan en múltiples direcciones y se concretan en un sinfín de publicaciones relativas a la defensa de comunidades en el marco del actual orden globalizante. Sus aproximaciones a los sistemas de cargos y fiestas, sobre todo en el Estado de México, revelan una densidad teórica que envuelve su labor etnográfica y que le permitió cuestionar los patrones de la antropología que suelen definir los rituales, por mencionar un ejemplo, como espacios autónomos sin considerar aspectos materiales de la vida en comunidad.

Las reediciones y traducciones de textos clásicos de la antropología estuvieron en sus inmejorables manos. De manera paralela a su quehacer etnográfico, destacan sus reflexiones metadisciplinarias e históricas que jamás se limitaron a reseñar el devenir de algún personaje o a seguir ensalzando las obras de tradición. Leif Korsbaek se esforzaba por descubrir tanto genialidades como errores y nuevas líneas de reflexión; lo hizo con Meyer Fortes, Evans-Pritchard, Edward B. Tylor, Bronisław Malinowski y muchos más. En ese marco, sus cursos de teoría antropológica y antropología política eran verdaderas cátedras de vida para los jóvenes estudiantes de la ENAH.

Cuando falleció Fernando Cámara Barbachano, Leif le dedicó unas líneas que bien funcionan para esta ocasión: “No cabe duda de que, con una libreta en el bolsillo, sigues anotando la vestimenta de los ángeles y sus comportamientos, así como los procedimientos de admisión al cielo”. Leif Korsbaek continúa observando y dialogando con nosotros. La revista Narrativas Antropológicas se complace en presentar una publicación póstuma que así lo confirma.

Blanca María Cárdenas Carrión

Introducción[2]

Yo soy antropólogo, pero me interesa la antropología y la interdisciplinariedad y, dentro de ese interés por la interdisciplinariedad, en particular me interesa la relación entre la antropología y la novela.

Para defender mi interés por la interdisciplinariedad, quisiera citar a Radcliffe-Brown, un antropólogo clásico y bastante tradicional, si no reaccionario, quien declaró que la antropología no es una disciplina, sino un conjunto de disciplinas: “La antropología, en el sentido en que dicho término se usa corrientemente, como, por ejemplo, en un plan de estudios universitarios, no es una materia, sino que abarca varias materias relacionadas de algún modo, al tiempo que excluye otras no menos relacionadas”.[3] La cita de Radcliffe-Brown es tal vez un tanto arbitraria y hasta contraproducente, pues en otro lugar de la temprana juventud de la antropología social señala el mismo Radcliffe-Brown: “Creo que una de las razones que explican la incapacidad de la antropología social para situarse en la posición que debería ocupar ha sido su incapacidad para reconocer que es completamente diferente de la sicología”,[4] así que si Radcliffe-Brown se ha vuelto profeta de la interdisciplinariedad, lo ha sido a regañadientes y tal vez contra su voluntad. Es posible que más bien nos recuerde que, junto con la especialización que fue promovida por los positivistas clásicos (de los cuales Radcliffe-Brown será tal vez “neoclásico”), es necesario evocar la necesidad de una síntesis, y es saludable recordar también que las “disciplinas” existen casi solamente en la docencia, en la investigación todo se vuelve inevitablemente “interdisciplinario”.

Para defender mi particular interés por la novela, quisiera citar a otro antropólogo clásico, pero menos tradicional, a Gregory Bateson, que en su famosa monografía “Naven” escribió acerca de la etnografía, que:

[...] tal exposición se puede intentar mediante el uso de uno de dos métodos: por medio de técnicas científicas o artísticas [...] por el lado artístico tenemos las obras de un pequeño puñado de hombres que no solamente han sido grandes viajeros y observadores, sino también escritores de gran sensibilidad, hombres tales como Charles Doughty; y también tenemos representaciones espléndidas de nuestra propia cultura en novelas como las de Jane Austin o John Galsworthy. Por el lado científico tenemos las monografías detalladas y monumentales acerca de un pequeño número de pueblos, y recientemente las obras de Radcliffe-Brown, Malinowski y la Escuela Funcionalista.[5]

El particular problema que quiero tratar en este texto tiene su origen en un comentario de Mario Vargas Llosa, que admiro como literato y novelista, aunque sus posiciones políticas no me convencen. Escribió Mario Vargas Llosa que, en varios periodos históricos, la crítica a la sociedad y sus desarrollos se ha llevado a cabo en la novela más que en las ciencias sociales.[6]

En este contexto, quisiera volver a subrayar que el texto es una incursión antropológica en la novela, y que carece de ínfulas literarias, aparte del hecho de que mi producción científica muestra con mucha claridad, que no me convencen en absoluto las etiquetas disciplinarias, pues el peso relativo y las fronteras varían fuertemente con la situación histórica. Admiro por muchas razones la labor de Bajtín, pero insisto en que la relación entre la expresión literaria y lo que podemos llamar “la realidad”, es muy diferente en diversos momentos y contextos históricos.

Es evidente que la literatura, y en particular la novela, fue un “prisma” privilegiado, y que la novela fue un reflejo muy fiel y muy cercano de la realidad socioeconómica y cultural. La prueba fehaciente de este postulado la encontramos en los diez años de Dostoyevski en Siberia, igual que Turguéniev recibió un castigo, aunque inmensamente más leve, después de la publicación de Memorias de un cazador, y se dice que el zar Alejandro II leyó la novela y encontró en ella inspiración para “liberar” los campesinos de su situación feudal unos años más tarde, en 1861. En resumen: la literatura nunca está desligada de la realidad socioeconómica, cultural e histórica (tal como debería saber Bajtín en sus varias estancias en Siberia), pero la relación varía inmensamente de un periodo a otro y el siglo XIX en Rusia representa un caso muy particular.

En una entrevista con Carmen Sigüenza en Chicago Tribune, el 5 de noviembre de 2012, confirmó Mario Vargas Llosa que “el Boom latinoamericano fue mucho más que solamente un fenómeno literario, tenía aspectos culturales y políticos”. Es evidente que Mario Vargas Llosa tenía en mente el Boom de la novela latinoamericana con su comentario, pero es una característica que encaja perfectamente a la tradición de la novela rusa en el siglo XIX, y más que en cualquier novelista a las novelas de Iván Turguéniev.

El postulado concreto del texto es que en la novela realista de Iván Turguéniev se desarrolla un estupendo análisis antropológico y sociológico del proceso sociocultural en la Rusia autocrática del siglo XIX, y que nos ofrece una excelente etnografía, tal como escribió Vissarion Belinski en una carta abierta a Gógol en 1847, hablando del público ruso: “Su carácter ha sido determinado por la sociedad rusa que contiene, aprisionadas, nuevas fuerzas en ebullición, que intentan liberarse; pero aplastadas por una pesada represión e incapaces de huir, producen desconsuelos, amarga depresión, apatía. Sólo en la literatura, a pesar de nuestra bárbara censura, aún hay cierta vida y progreso”.

Como trasfondo general de este postulado en el proceso que tratamos aquí, se presenta en el apartado 2 una semblanza de la situación de Rusia en el siglo xix, y el lugar de la novela realista en esa situación, mientras que el apartado 3 presenta al escritor Iván Turguéniev y sus novelas. En el apartado 4 se desarrolla el argumento en detalle, sobre todo con citas y ejemplos de la primera novela de Turguéniev, Memorias de un cazador, que fue publicada por primera vez en un solo tomo en 1852, aunque en una versión algo revisada en 1880, y como parte de sus obras completas en 1883.

Un comentario antes de ir al grano: es claro que existen muchos análisis en la literatura rusa que no he tomado en cuenta, pero podemos decir que el artículo da una impresión de la recepción de Turguéniev en el mundo occidental, principalmente en el mundo hispanohablante. Vale la pena recordar que Turguéniev fue el primer autor ruso que alcanzó fama en otras partes de Europa. En este sentido, podemos decir que mi texto de Turguéniev es doblemente una visión “desde fuera” pues, en primer lugar, no tengo ambiciones de ser un literato, soy antropólogo y el texto pretende ser una visión antropológica de la vida y obra de Iván Turguéniev. En segundo lugar, tal vez siento cierta simpatía por Turguéniev, que vivió unos cuarenta años fuera de su patria, igual que yo, antropólogo danés, ya llevo también mis cuarenta años fuera de Dinamarca, viviendo en México.

Me gustaría terminar esta introducción con un breve comentario acerca del problema: ¿es la Memoria de un cazador una novela o es, como piensan mucha gente, una colección de cuentos? Así lo percibía por ejemplo Ernest Hemingway; según él, la obra era “la mejor colección de cuentos de la literatura mundial”. Para mí es una novela, aun sin invocar la definición de E. M. Forster, un reconocido novelista y crítico literario: una novela es “cualquier obra de ficción en prosa de más de 50 000 palabras”.[7]

Pienso que la obra en cuestión es una novela pues, aunque los veinticinco capítulos del libro fueron publicados por separado, hay entre los diferentes cuentos una fuerte coherencia orgánica, todos comparten el mismo tema y tienen el mismo “tono”, no obstante que pocos llegan al nivel de resignación que “el médico rural” (que llega casi a la altura del famoso poema de Pushkin “ya vas lyubil”) o la misma ternura que “una reliquia viviente”. El texto transmite su mensaje como novela, pues el primer capítulo, “Xor y Kalinych”, funciona muy bien como introducción, y el último capítulo, “Bosque y estepa”, es una excelente clausura de la obra. Además, van a través de todos los capítulos dos personajes: el cazador y su amigo Yermolai. Podemos ver la obra como un ensayo general antes de iniciar su serie de “novelas grandes”, que inician con Rudin, de 1856, y termina con Suelo virgen, de 1872. De igual manera también podemos ver su Diario de un hombre superfluo, de 1850,[8] como un ensayo al respecto. Quisiera señalar una vez más que el presente texto es un acercamiento antropológico a la obra de Turguéniev, no tiene ambiciones literarias.

En la breve conclusión se discute la solidez del argumento y se buscan casos similares en otras tradiciones literarias, recordando que Turguéniev fue el autor ruso con la relación más estrecha con el escenario literario en otras partes de Europa, principalmente en Alemania y Francia, pero también en España, tal vez por la influencia de Pauline Viardot, la amante de Turguéniev durante toda su vida.

Rusia en el siglo XIX

La Rusia de los zares en el siglo XIX es una paradoja: es una sociedad que se encuentra al mismo tiempo en desarrollo y en decadencia. Y también en el contexto de su lugar en Europa es una anomalía, pues mientras que el intermezzo de Napoleón tuvo como consecuencia un proceso sostenido de democratización en prácticamente todas las sociedades europeas —que llegó a su punto más alto en los disturbios sociales y políticos en 1848—, en Rusia, precisamente la derrota de Napoleón en 1812 llevó al país a un endurecimiento de la autocracia y restricciones en los derechos de los ciudadanos.

El imperio ruso era una sociedad enorme y dinámica, envuelta en un proceso de conquistas y ampliaciones. El imperio contaba en 1880 con una población de unos 115 millones de personas, de las cuales más del 80 % eran campesinos, y solamente un millón pertenecía a las clases privilegiadas. Una clase media apenas existía. Al decir “Rusia” en 1850 se refiere a la Rusia europea, pues el Cáucaso, que había sido conquistado al principio del siglo XIX, no llegó a ser completamente dominado hasta en 1859.

La historia de lo que es hoy Rusia tiene sus orígenes en los gobiernos de Pedro el Grande y Catarina II, donde la fundación de San Petersburgo en 1703, como una ventana hacia el occidente, y la construcción de una armada del Mar Báltico, constituyen junto con otras iniciativas, un importante acercamiento hacia Europa, que se tiene que ver junto con esfuerzos por modernizar las estructuras básicas de la sociedad.

Hay que ver el desarrollo histórico de Rusia, y tal vez, ante todo, el desarrollo de su autoapreciación, en el marco de su relación con Europa. Podemos decir que uno de los rasgos del siglo xix y del realismo en la novela rusa fue el desarrollo de una identidad nacional, un proceso que empezó ya en la literatura de los románticos, como Pushkin y Lérmontov. En su lucha por llegar a una consciencia de su propia identidad, se enfrentaron en la Rusia del siglo xix dos posiciones: los “eslavófilos” y los “europeístas”.

El desarrollo de esta consciencia nacional fue en muy alto grado influenciado por la participación de Rusia en las guerras del siglo.

El triunfo sobre Napoleón en 1812, conocido de la música de Chaikovski y algunas de las novelas de Tolstoi, sobre todo Guerra y paz, resultó en un auge de nacionalismo y confianza en sí misma de la sociedad rusa, y un deseo de acercarse más a la Europa occidental, continuando así el proceso de desarrollo iniciado por Pedro y Catalina.

Después de la debacle de Napoleón en 1812, con la victoria absoluta de un ejército ruso de medio millón de hombres sobre un ejército napoleónico de más de 700 000 hombres, asistido por el incendio de Moscú y el inclemente invierno ruso, que representa un importante repunte en el desarrollo de un sentimiento nacional, quedó abierto el acceso a la Europa occidental, un acceso que se agudizó con la entrada del zar Alejandro I a París en la primavera del 1814.

Esa nueva posición en la política europea se mostraba en la participación activa de Rusia en las diversas coaliciones, que llevó a la debacle de París, la rendición incondicional de Francia y la abdicación de Napoleón y su exilio en la isla Elba. Tales condiciones llevaron a Rusia a acelerar sus intentos por sustituir al imperio turco, una de las primeras manifestaciones de ese deseo de modernizarse fue una serie de conflictos con Turquía, que en aquel entonces era un imperio muy extenso, que controlaba el Medio Oriente y partes orientales de Europa, sobre todo los Balcanes. Un primer resultado de aquellos conflictos fue la anexión, por parte de Rusia, de varias regiones al norte del Mar Negro, un espacio hasta entonces controlado por Turquía, incluyendo la península de Crimea.

En ese contexto, la humillación que representa la derrota de Rusia en la Guerra de Crimea viene a constituir un parteaguas. La guerra, que duró de 1853 a 1856, y terminó con el tratado de París de ese último año, fue entre Rusia y una coalición occidental dirigida por Francia e Inglaterra, y tenía su origen en el miedo de los poderes occidentales de que Rusia llegara a controlar todo el espacio controlado por Turquía, incluyendo el Mar Negro. La Guerra de Crimea ha sido considerada como la última guerra “romántica”, donde los oficiales occidentales invitaron a sus esposas y, sobre todo, sus novias a seguir sus hazañas heroicas con binoculares; por otro lado, ha sido considerada también como la primera guerra moderna, con el uso de barcos de vapor, automóviles, etcétera, una especie de ensayo general de la guerra entre Prusia y Francia y la Primera Guerra Mundial, definitivamente, guerras muy modernas. La paz firmada en París en 1856 le cerró a Rusia tanto la confianza en el occidente como las posibilidades de un acercamiento. En efecto, creó una Rusia ensimismada y obligada a buscar sus aperturas hacia el espacio asiático.

Las guerras ruso-turcas, de las cuales, la última —que terminó en 1878— resultó en la independencia de Grecia de los Balcanes del “yugo turco”, y tuvo su origen en un nuevo intento de Rusia por llegar a controlar el espacio del imperio turco, en particular, el control del Mar Negro y la búsqueda de un acceso al Mediterráneo. Como una especie de objetivo corolario, Rusia buscó apoyar las luchas de los pueblos balcánicos —Serbia, Bosnia, Hertsegovina, Bulgaria, Rumania, etcétera— para liberarse de la dominación turca.[9]

Es cierto que cada una de aquellas guerras y sus muy variados desenlaces tenía sus efectos más o menos directos sobre el pensamiento y la actuación del gobierno autocrático, que aparte de ser absolutista, al mismo tiempo era algo volátil.

Toda la aventura de la Guerra Ruso-Turca fue en cierto sentido una prolongación de esta expansión “hacia dentro”, la cual tenía que ver con los deseos del imperio ruso de sustituir al “hombre enfermo” de Europa, el imperio turco, y tener el control del Mar Negro además de asegurarse una salida al Mediterráneo. A esas presiones desde fuera hay que agregar una creciente tensión dentro de aquel enorme imperio. Es en el marco de tal proceso que se tiene que ver el desarrollo muy complicado del pensamiento crítico en la Rusia del siglo XIX, del cual las novelas de Turguéniev representan una crónica. Como parte de este proceso corre otro proceso, la formación de una conciencia nacional.

En la Rusia de antes de Pedro el Grande existía una cultura popular con un fuerte componente religioso, pero con su afán de europeizar Rusia, un afán que tiene su representación simbólica en la fundación de San Petersburgo, en 1703, como una ventana hacia el oeste, y que tiene un inicio muy fuerte en la producción literaria de Pushkin, Lérmontov y Gógol, surgió en Rusia un pensamiento crítico, que asume la forma de una intelligentsia.

En el algo enredado desarrollo de esta intelligentsia había desde el primer momento una contradicción: la intelligentsia tenía sus ideas del pensamiento democrático en Europa occidental, y se tenía que aplicar en una situación de despotismo, una contradicción que reconocemos en todas las novelas de Turguéniev.

Ya en su primera novela, Memorias de un cazador, de 1848/1852, se nos presenta una idea que era absolutamente nueva: la idea de que los campesinos siervos podían ofrecernos un pensamiento crítico, y en efecto, encontramos en la obra el retrato de un integrante de una intelligentsia campesina. Un elemento en esta crónica es el desarrollo de la figura del hombre superfluo, que ya había sido desarrollado por quienes podemos llamar “los fundadores” de la moderna tradición rusa en la literatura, Pushkin, Lérmontov y Gógol. El punto más alto en el desarrollo del hombre superfluo es la publicación de la segunda novela de Iván Goncharov, Oblómov, publicada en 1859, que dio origen a un concepto popular que en español podemos traducir como “oblomivitis”, y que corresponde al concepto médico del “síndrome de Oblómov”, que se ilustra perfectamente en la película soviética Oblómov, en la cual se revela una cosa más: la indolencia, “oblomovitis”, de la clase dominante en Rusia fue una indolencia en francés y alemán, las clases privilegiadas apenas hablaban ruso, se sentían más a gusto hablando francés y alemán y, después de la debacle de Napoleón, en 1812, empezó a surgir el inglés como lengua preferida de los privilegiados. Turguéniev ya había presentado su retrato del hombre superfluo en 1850, exactamente bajo el título de “El hombre superfluo”. No obstante que la figura del hombre superfluo ya había sido desarrollada en las novelas románticas. Iván Goncharov se sentía dueño del concepto, hasta tal grado que cuando Turguéniev en 1859 publicó su principal retrato del hombre superfluo, la novela Nido de nobles, lo acusó Goncharov de plagio. Como todas las novelas de Turguéniev, en Nido de nobles se nos presenta el contraste del hombre superfluo y de la mujer coherente y determinada en el retrato de Lisa. En efecto, la traducción al inglés de esa novela lleva por título el nombre de Lisa, lo que le pareció adecuado a Turguéniev, pues el título de la novela no fue idea de Turguéniev, sino de su editor.

En su novela Primer amor, de 1860, encontramos un retrato del hombre superfluo, en los rusos acaudalados en el extranjero en el balneario y casino Baden-Baden, en Alemania.

No obstante que Turguéniev no estaba directamente involucrado en los movimientos populares en Rusia, es impresionante hasta qué grado estaba informado en la discusión a nivel nacional e internacional. Al principio de los años 1860 visitó Inglaterra, donde tuvo discusiones con varios rusos exiliados, notablemente Aleksandr Herzen y Mijaíl Bakunin; sentía un profundo respeto por Herzen, y mucho menos por Bakunin. De sus discusiones con Herzen resultó casi directamente una de las últimas novelas de Turguéniev: Humo, de 1867, en la cual se desglosa la futilidad e insuficiencia del pensamiento tradicional y la necesidad de un cambio radical en el pensamiento.

Todo eso se tiene que ver en el contexto del surgimiento de los campesinos en la discusión. A raíz de la creación de una serie de sociedades secretas en la década de 1860 en Rusia; en 1874 surgió el movimiento Zemliá i Volia (Tierra y Voluntad), que caló mucho más hondo en la sociedad rusa y que, sin embargo, ya en 1879 se dividió en dos grandes movimientos; en el movimiento liberal de Reparto Negro, del cual heredamos a Jorge Pléjanov, y por otra parte, el movimiento Narodnaya Volia (La Voluntad del Pueblo), con mucha influencia anarquista, del cual la principal herencia fue el terrorismo que le costó la vida a Alexander II en 1881 y rigió hasta 1917 y tiempo después.

Turguéniev y sus novelas

Iván Serguéievich Turguéniev nació en 1818 en una gran hacienda en la provincia Oriol, al suroeste de Moscú. Nació en una familia de nobles, su padre, Serguei Nikolaevich Turguéniev era dueño de una pequeña hacienda, pero estaba cerca de quebrar, así que se casó con Petrovna Lutovinova, dueña de una hacienda mucho más grande, con más de 5 000 siervos.

Aparte de los cuentos y el teatro, su vida fue la novela, y es hoy recordado principalmente por una serie de novelas destacadas. Según Harold Bloom, uno de los gurúes literarios de Estados Unidos, Turguéniev es un genio literario de la talla de Shakespeare; un férreo admirador de las novelas de Turguéniev, sobre todo de su primera novela Memorias de un cazador, fue Ernest Hemingway.

Como sucede con cualquier novelista, aunque en grados diferentes, una buena parte de las novelas de Turguéniev tienen carácter de autobiografía, y hasta cierto punto tenía en su propia familia los modelos de las figuras en sus novelas. Su padre, que era débil y amable, falleció en 1836, y la madre, una mujer extremadamente déspota, tomó las riendas de la familia y la hacienda, educando a Iván y a su hermano.

Podemos decir que los estudios del amor, en sus mil formas, van como un hilo rojo, a través de sus novelas y a través de su vida; en efecto, sus estudios del amor son como de observación participante: observó atentamente y participó activamente. También podemos decir que la cosmovisión de Turguéniev es que el amor es la fuerza que mueve al mundo, y ciertamente movió el mundo de Turguéniev.

Puesto que los campesinos y las campesinas, eran propiedad absoluta de los señores —como los esclavos en otras partes del mundo—, era sumamente fácil para un joven señor seducir a una campesina, en una especie de relación asimétrica y unidireccional. Y, así sucedió: el joven Turguéniev se enamoró de la hija de una costurera de su madre, ésta se embarazó y dio a luz una hija. Para Turguéniev, el asunto era relativamente sencillo, y se quería casar con la muchacha. Pero se le olvidó que él no tomaba las decisiones sobre su propia vida, las tomaba su madre, a quién no le gustó la idea en absoluto. Mandó muy lejos a la costurera, su hija y su nieta recién nacida; sin embargo, allí no termina la historia, pues después de la muerte de su madre, Turguéniev insistió en adoptar a su hija y costear su educación. Pero aquí tampoco termina la historia, pues al principio del 1843 se fue al teatro en San Petersburgo, donde se enamoró perdidamente en la soprano Pauline García Viardot, de origen español y radicada en París, que estaba casada con el literato Louis Viardot, quien le llevaba veinte años.

En el invierno de 1841 a 1842 tuvo una romance con Tatiana Bakunina, hermana de Mijaíl Bakunin, uno de los pilares del anarquismo, rico hacendado que tuvo que abandonar Rusia y vivir en el exilio en Paris y Londres, donde conoció a Turguéniev.

En algún momento en los años 1840 tuvo también un romance con la hermana de León Tolstói, María Nikolaevna Tolstaya, y de parte de ella el asunto fue tan serio que abandonó a su esposo, con la esperanza de casarse con Turguéniev.

En 1850 se enamoró de una lejana prima suya, Olga Alexándrovna Turguénieva y, ya que la atracción fue mutua, pensaba en la posibilidad de casarse con ella, un proyecto que al mismo tiempo le daba miedo.

Tal vez lo más interesante de todos esos amores es que a Turguéniev las diversas mujeres le servían de modelos para las mujeres en sus novelas, así que la hermana de León Tolstói la volvemos a encontrar como Verochka en su cuento “Fausto”, de 1856, y su prima Olga volvió a la vida en la figura de Tatiana en la novela, Humo, de 1867.

Con Paulina García Viardot el asunto fue diferente, entre otras razones, porque ella ya estaba casada. Su amor empezó temprano, en 1843, y el mismo año Turguéniev se escapó a Baden-Baden, Alemania, y luego a París, donde vivía con el matrimonio Viardot. La madre de Turguéniev evidentemente no aceptó su relación con una mujer casada, y además extranjera, y los tres primeros años Turguéniev tuvo que vivir sin ingresos en París; creo que fue la única vez en su vida que su apariencia no correspondiera a la idea del “ruso rico”, una figura bien conocida en la vida nocturna en París. Hubo otro aspecto más en que se distinguió el amor por Paulina Viardot de los demás amores de Turguéniev: fue duradero. Durante 38 años vivió Turguéniev, que nunca se casó, en una especie de triángulo amoroso con el matrimonio Viardot, y cuando falleció en 1883 fue en París, cerca de la residencia de los Viardot. en los brazos de Paulina.

Ya que estamos discutiendo la novela rusa en el siglo xix, sería imposible tratar a Turguéniev sin tomar en cuenta su relación con Dostoyevski y, en particular, su relación con las novelas de éste. Es muy sencillo caracterizar la relación entre los dos novelistas: no eran amigos, pertenecían a dos diferentes grupos de literatos con posiciones diametralmente opuestas: uno a los eslavófilos, el otro a los europeizantes, Dostoyevski no quería a Turguéniev y viceversa. Cuando Turguéniev publicó Humo (1867), Dostoyevski (como prácticamente todos los pensadores eslavófilos en Rusia) lo criticó duramente, una crítica que repitió en sus novelas El idiota y Los demonios.

“Dostoyevski inventó la novela polifónica, un nuevo tipo de novela”, dice Bajtín,[10] y la polifonía se define como la coexistencia de varias voces, con cierta autonomía cada una, dentro del marco de una obra literaria, así que es imposible resistir la tentación a preguntar si la novela Memorias de un cazador es también polifónica, y de qué manera. Ya que Bajtín invoca antecedentes de la polifonía tan lejanos como Dante Alighieri, podemos también admitir la polifonía de Memorias de un cazador y, a un nivel más general, podemos decir que el descubrimiento de Bajtín de la polifonía va muy bien con el descubrimiento, en los mismos años, de los elementos plurales de la personalidad de Sigmund Freud y, también más o menos en los mismos años, con el descubrimiento de los antropólogos de que su objeto de estudio, que sea la “cultura” o “la estructura social”, tampoco es monolítico, está compuesto de elementos que ocasionalmente se encuentran en cierto estado de incompatibilidad.

Los temas de las novelas de Turguéniev son, aparte de los campesinos pobres y marginados, principalmente tres: el hombre superfluo, el amor y la protesta social. El hombre superfluo es el tema central de sus primeras novelas. Turguéniev fue fantástico para forjar nuevas palabras, y una de sus contribuciones a la cultura de la Rusia del siglo XIX fue la cantidad de nuevas expresiones que inventó, de las cuales la primera fue la del hombre superfluo. La idea del hombre superfluo existía en la literatura rusa antes de Turguéniev, pero con su novela corta de 1850 Diario de un hombre superfluo la expresión fue moneda corriente en aquella literatura. La figura ya la encontramos en Eugeni Oniegin, de Pushkin, ya de alrededor de 1830 y en Un héroe de nuestro tiempo, de Lérmontov; pero con la novela de Turguéniev de 1850 se establece como una figura permanente bajo este nombre, se repite en prácticamente todas las novelas de la juventud de Turguéniev, pero tal vez llega a su máxima fama con la novela Padres e hijos de 1862. Cómo se mencionó, el máximo desarrollo del concepto lo encontramos en la novela Oblómov, de Iván Goncharov de 1859, que creó un neologismo en la lengua rusa, que en español debe ser “oblomovitis”, y en la medicina se inventó “el síndrome de Oblomov”.

Turguéniev heredó la figura literaria del hombre superfluo de Pushkin, Lérmontov y Gógol, pero no solamente la heredó y la desarrolló, sino que le dio un nuevo giro. Pues, este hombre superfluo adquiere un nuevo aspecto en su desarrollo hacia una participación activa en el proceso histórico: de aristócrata desarraigado a terrorista muy activo, y luego en la forma de un movimiento social de protesta, desembocando en la Revolución de Octubre, en 1917, treinta años después del fallecimiento de Turguéniev.

Turguéniev es conocido como un autor de novelas de amor, una especie de Jane Austen ruso, y como tal, siempre se distingue de los autores políticamente más militantes, es decir, como un autor reaccionario. Es cierto que, a diferencia de rusos exiliados como Bakunin, Alexander Belkin y Visarión Belinski no participó activamente en las protestas, así que, por ejemplo, cuando vivió en el París de la Revolución francesa de 1848, solamente contemplaba los eventos. Si consideramos a Turguéniev como miembro de la nobleza rusa, podemos decir que fue fiel a su clase; sin embargo, podemos afirmar también que existen dos modos de relacionarse con los eventos políticos: un modo desde dentro de los eventos y participando activamente en ellos, en la jerga antropológica lo podemos llamar “el modo émico”, y el otro modo podemos llamarlo antropológicamente “el modo ético”, como observador de los mismos eventos. “Como ya en el tiempo de los zares, se enseña a todos los estudiantes que se puede estudiar las profundas transformaciones de la conciencia nacional que ocurrieron entre 1840 y 1880 a través de la impresionante galería de los personajes creados por Turguéniev”.[11]

De este modo, podemos llamar a Turguéniev “el cronista de la protesta social en Rusia”, pues en sus novelas sigue y analiza el desarrollo de los integrantes de dicha protesta, desde los nobles críticos y descontentos en el movimiento de los decembristas en 1825, pasando por el terrorismo sistemático (es cierto que Turguéniev no inventó el concepto de “nihilista”, pero vale la pena recordar que con su novela Padres e hijos, de 1862, en la cual introdujo el retrato de un nihilista, Bazarov, la palabra adquirió derecho de piso en la lengua cotidiana; lo mismo vale para otros conceptos como por ejemplo “el hombre superfluo”, que ya había sido introducido por Pushkin y Lérmontov, pero se hizo popular con el título Diario de un hombre superfluo, de 1850), hasta una protesta más popular, que desembocaría en la Revolución de Octubre en 1917.

Turguéniev inició su carrera de novelista con una novela acerca de los campesinos, Memorias de un cazador, en 1852, y podemos decir que terminó su carrera también con otra novela acerca de los campesinos, pues Suelo virgen, de 1877, es también acerca de los campesinos, pero ya no se habla de los campesinos individuales y su cultura, sino acerca de la organización política de esos campesinos, con énfasis en “la marcha hacia el campo” de 1873-1874. Un paso hacia la organización política del pensamiento crítico en la Rusia de los zares.

Después de Suelo virgen, Turguéniev publicó principalmente poesía, con la excepción de la pequeña novela Clara Milich, que vio la luz en enero de 1883, poco antes de que el escritor falleciera en agosto de aquel año. El libro tiene como subtítulo Después de la muerte, y trata de nuevo del amor y es, tal vez, todavía más autobiográfico que sus demás novelas.

Turguéniev es antes que nada novelista, pero algunos rasgos de su prosa lo convierten en un excelente etnógrafo, en seguida intentaré contestar la pregunta: ¿qué factores hacen que Turguéniev se puede caracterizar como un excelente antropólogo?

En otra ocasión he escrito:

Los siguientes rasgos parecen ser una especie de denominador común de las variadas definiciones de la antropología: 1) es una disciplina cuyo concepto fundamental es el de “cultura”; 2) es la única disciplina dedicada explícitamente al estudio de la alteridad, más exactamente al estudio de la articulación entre la tradición y la modernidad; 3) recoge su información por medio del trabajo de campo, conocido también como etnografía, y 4) mantiene su ambición holista.[12]

Confrontamos los textos de Turguéniev con esta definición, punto por punto, empezando desde atrás y dejando la cuestión de cultura al final. No es mi intención postular que la antropología sea la única disciplina que haya intentado domesticar la alteridad, pero a través de toda su trayectoria histórica, la antropología ha mantenido una relación constante con la alteridad, así que el investigador de alguna manera tiene que pisar terreno desconocido: está fuera de su propia sociedad y cultura, y tiene que observar, sistematizar y reportar de una manera comprensible. En el caso específico de Turguéniev, podemos decir que su propia cultura es el ambiente de los hacendados, tal vez la nobleza rusa, Una notable incursión en la alteridad es su estudio de la cultura de los campesinos pobres y esclavizados, principalmente en su primera novela, Memorias de un cazador.

En lo referente a la problemática de la alteridad, el postular el estudio de la alteridad como uno de los rasgos definitorios de la antropología no excluye la posibilidad de aceptar el uso del concepto de “cultura” como uno de los elementos que definen a la antropología, pues es a través de la alteridad y la posibilidad de comparar con la sociedad y la cultura propias que se abren las perspectivas de la antropología, como ya señaló Franz Boas.

María Ana Portal se refiere explícitamente a la modernidad,[13] un problema que hemos explorado recientemente en el análisis del sistema de cargos en las comunidades indígenas en el Estado de México.[14] En varias ocasiones ha sido una preocupación antropológica que “los salvajes se están acabando” (eso fue uno de los factores que llevaron a los antropólogos a dedicar su atención a las sociedades complejas),[15] pero quisiera llamar la atención a una observación que se hizo hace muchos años: mientras más se modernice la comunidad de San Juan Chamula, más tradicional se hace su sistema de cargos,[16] una dialéctica que sigue pareciéndome importante y relevante en la actualidad, más que nada en el caso del Estado de México.

No solamente en la antropología se hace trabajo de campo. Mi dentista (que sabe muy bien que soy antropólogo) dice que empieza a hacer trabajo de campo cuando me abre la boca, pero de nuevo, el trabajo de campo es fundamentalmente diferente cuando implica una confrontación con la alteridad. Es interesante el desarrollo histórico del trabajo de campo en la tradición rusa. Podemos decir definitivamente que no se desarrolló como parte del evolucionismo, que dominaba todo el siglo xix, pues éste se destaca como “antropología de gabinete”, más bien tenemos que buscar sus raíces en la economía y en el estudio del folklor.

Es sabido que el concepto de cultura no fue muy popular en la etapa clásica de la antropología social británica, no obstante que fue introducido en la antropología por el padre de la antropología moderna británica, E. B. Tylor,[17] y que Radcliffe-Brown[18] declaró que no servía para nada, de manera que el concepto de cultura prácticamente fue expatriado de la antropología británica, para ser adoptado por la antropología cultural norteamericana (en su reformulación por Kroeber,[19] y Leslie White).[20] Vale la pena, sin embargo, notar que Meyer Fortes, el seguidor más incondicional de Radcliffe-Brown, se vio forzado a introducir el concepto como contrabando, bajo la denominación de “capital humano”.[21]

Aparte de eso, hay en las novelas de Turguéniev una serie de factores que fácilmente las convierte en descripciones etnográficas. Antes de iniciar mi intento por presentar a Turguéniev como antropólogo será justo mencionar que algunos de mis argumentos se podrían aplicar a la mayor parte de los novelistas del mundo, mientras que otros son precisos exactamente en el caso de Turguéniev. Este escritor es conocido como el gran maestro de la prosa en la tradición rusa, y su prosa es sumamente apta para la descripción etnográfica. Al respecto, es interesante comparar una temprana pieza de la prosa de Turguéniev con su último texto cuando su prosa realmente se había desarrollado a su máxima expresión: el texto de Diario de un hombre superfluo, de 1850, cuando Turguéniev tenía 32 años. El último texto en prosa de Turguéniev fue la también autobiográfica novela Clara Militch, que publicó en 1878, pocos años antes de su fallecimiento, en un periodo cuando escribió casi exclusivamente poesía; pero su última novela tiene una prosa que es tan perfecta que no hay una sola palabra innecesaria. No obstante los casi cuarenta años que separan sus textos tempranos y sus últimos textos, la prosa que desarrolló fue una prosa tan clínica y eficiente que sirve de maravilla para descripciones etnográficas, tanto sus retratos psicológicos como sus piezas paisajísticas.

Dirigiéndonos al problema de la alteridad, podemos decir que la mayor parte de sus novelas, como por ejemplo Rudin, de 1856, y Padres e hijos, de 1862, tienden a describir su propio ambiente y su propia cultura: las familias acomodadas en sus haciendas y en su situación de nobleza. Sin embargo, su primera novela, Memorias de un cazador, representa una mayor incursión en la alteridad, en la cultura de los campesinos pobres y esclavizados, una cultura que definitivamente se distingue de la cultura de los ricos hacendados. Eso parece reflejar el hecho de que mientras que la mayor parte de los hacendados sencillamente vivían de los campesinos, Turguéniev vivía con sus campesinos.

Hay varios factores que hacen que podemos considerar al novelista Turguéniev un antropólogo consumado: Una contribución importante de Turguéniev al pensamiento ruso, que podemos considerar una aportación de primera al pensamiento sociológico, es el hecho de que su serie de novelas en conjunto constituye una historia del pensamiento crítico en Rusia en el siglo XIX y la primera parte del siglo XX, que incluye la transformación de la intelligentsia en un movimiento social para después convertirse en un movimiento obrero y campesino, hasta la Revolución de Octubre en 1917, donde se manifiesta como un proletariado industrial.  El punto de partida de esta historia inicia ya en tiempos de Pedro el Grande y sus reformas en el siglo XVII, tendrá su primera manifestación organizada en la rebelión de los decembristas en 1825, y después va, a través de un proceso histórico algo enredado, hasta desembocar ya en lo que se conoce como la Revolución de Octubre en 1917. Aquí quisiera señalar un tema de primera importancia que, sin embargo, no cabe en ese texto: Ya se mencionó que las ciencias sociales, en su precaria existencia en aquel entonces, realmente no participaron mucho en este proceso histórico, su vehículo fue principalmente la literatura, y sobre todo la novela. Para Turguéniev, como representante e integrante del desarrollo de la novela realista, este viaje empieza con sus estudios del hombre superfluo, una figura que ya había sido desarrollada por los románticos al principio del periodo del realismo en la literatura rusa: Pushkin, Lérmontov y Gógol.

En Pushkin, el hombre superfluo es emblemáticamente Eugenio Oneguin, pero no solamente eso. Ya está empezando la transición hacia la oposición organizada: es también miembro del pensamiento crítico y la oposición culta en las filas de los oficiales del ejército. “Ya no soporto la Santa Rusia”, escribió en 1825, al inicio de su cuarto confinamiento administrativo a la hacienda de su padre en Pskov. Pushkin inició la costumbre romántica de dejarse matar en duelo. Murió en 1835, en un duelo contra un diplomático holandés en San Petersburgo.

En Lérmontov, encontramos a Pechorin, acerca de quien opina Vladimir Nabokov que “no debemos tomarnos con tanta seriedad como la mayoría de los comentaristas rusos las afirmaciones que hace Lérmontov sobre que el retrato de Pechorin se ‘compone de todos los vicios de nuestra generación’. En realidad, el aburrido y extravagante héroe es el producto de varias generaciones, algunas de ellas no rusas: es el descendiente novelesco de cierto número de personajes novelescos introspectivos”.[22] Mijaíl Lérmontov murió en 1841, en un duelo contra otro oficial del ejército.

En Gógol, el pathos de los románticos se pierde y es sustituido por lo cómico, que esconde la crítica social tan poco que sus obras fueron prácticamente prohibidas y su autor arrinconado, hasta tal grado que su entierro en 1852 fue un escándalo. El discurso que leyó Turguéniev en esta ocasión resultó en su encarcelamiento. Sus dos obras maestras, Las almas muertas y El inspector general, abren una nueva línea en la literatura rusa, combinando lo cómico con la crítica social.

En la primera novela de Turguéniev, Memorias de un cazador, la presencia del hombre superfluo es discreta, pues el foco de la novela es la vida de los campesinos. Sus estudios del hombre superfluo empieza en 1850, con la novela corta Diario de un hombre superfluo, en la cual, aparte del amor que es siempre ingrediente en las novelas de Turguéniev, nos presenta un hombre que pertenece a la clase privilegiada y vemos que su papel está cambiando: nota ser un terrateniente, una pieza fundamental en la maquinaria social dentro de una sociedad donde el 80 % de la población eran campesinos, quienes representaban la base económica de la nación, en una Rusia donde los zares y la clase burocrática soñaban con un país moderno e industrializado no solamente en lo objetivo, y estos últimos se hicieron innecesarios, también se sentían como incómodamente marginados, y es tal vez en este aspecto que la novela tiene su fuerza.

La figura del hombre superfluo se desarrolla más en la mejor conocida novela de Turguéniev, Padres e hijos, donde se presenta el aspecto subjetivo de la superfluidad de tales hombres y se combina con esa figura como un tipo psicológico en un inevitable conflicto intergeneracional. Como parte del pensamiento crítico de Turguéniev, propone en esta novela el concepto de “nihilista”, que refleja el cambio del pensamiento crítico organizado de ser el malestar y pasividad de una clase objetiva y subjetivamente superfluo y pasivo, a ser una clase activa que exige su lugar en el proceso histórico. Este cambio se expresa en el proceso social en el movimiento del terror, la lucha de los nihilistas.

Su acercamiento a la naturaleza es notable y merece unas palabras. Escribe un comentarista que “si Turguéniev fue un fervoroso analista de los caracteres, siempre situó esta indagación en el paisaje natural y social de su época y de esta forma logró una recia trabazón entre los dos fundamentos de toda obra literaria: el proceso mental y el entorno histórico” (Zúñiga, 2011: 11). Es cierto que Turguéniev es, antes que nada, un observador de la psique humana, pero sus observaciones psicológicas no solamente se colocan en sus muy ricas y detalladas descripciones de la naturaleza, más bien podemos decir que nos presenta un proceso integrado de la psique humana y la naturaleza, podemos decir que la naturaleza es cómplice en tal proceso.

Turguéniev etnógrafo

Mi postulado es que Turguéniev, aparte de ser un novelista de primera, se destaca como un excelente antropólogo que produce una rica etnografía, y me voy a limitar a considerar su primera novela, Memorias de un cazador, pues no es solamente su primera novela, sino también la novela de su vida.

La novela consta de veinticinco pequeños textos con cierta autonomía, de los cuales publicó el primero, “Jor y Kalinych”, en 1847, mientras que hizo la redacción final del último, el muy breve “El bosque y la estepa”, en 1874. La novela fue publicada como obra acabada en 1852, el mismo año que falleció Nikolói Gógol, a cuya memoria Turguéniev pronunció un discurso en su sepelio, que no fue nada popular con las autoridades: lo condenaron primero a la prisión, donde quedó un mes, y después lo confinaron a su hacienda en Oriol, al sur de Moscú; sin embargo, en la opinión de Turguéniev mismo, la razón de su condena no fue el discurso sobre Gógol, sino la publicación de su novela Memorias de un cazador el mismo año.

Memorias de un cazador fue un enorme éxito, no solamente en Rusia, sino también fuera de Rusia; unos meses después de su publicación en ruso fue traducida al francés y publicado en París; la primera traducción al español fue en 1894, en la Revista Internacional. No obstante, su clara inspiración en las novelas de Gógol, el tema fue novedoso: “Turguéniev, en aquellos relatos escritos de 1847 a 1852 (es decir Memorias de un cazador), aunque trazaba perfiles diversos de tipos provincianos, el mayor espacio estaba dedicado a campesinos que mostraban poseer toda la riqueza de matices espirituales y emocionales que nadie reconocía sino en las clases superiores. Las figuras sucias y despreciables de los mujiks tenían aquí las cualidades morales, la profundidad psicológica, la aguda inteligencia natural, la capacidad de piedad y ternura, todo aquello que define la grandeza humana”. (Zúñiga, 2011: 14).

Se nota que la traducción al español está salpicada de expresiones del mundo de los campesinos (mujik) rusos, y de sus viviendas (isba) y expresiones de la normatividad en el mundo semifeudal de esos campesinos (hasta tal grado que la edición en español tiene al final un vocabulario ruso). La barshchina y el obrok son diferentes obligaciones económicas y materiales de los campesinos para con sus señores, que se titula barín. Vale la pena mencionar, ya que estamos cerca de la fecha de la liberación de los campesinos de su servidumbre (que se efectuó en 1861), que la libertad tuvo su precio: los campesinos tuvieron que comprarla en un arreglo muy complicado, donde el 20 % del precio de su libertad se tuvo que pagar en el momento de la liberación, y el otro 80 % se pagó con préstamos al 8 % al año, una deuda que solamente se canceló con la revolución liberal en 1905.

El primer cuento, “Jor y Kalinich” es un estupendo retrato psicológico doble de dos campesinos que, en la etnografía de Turguéniev, podemos considerar como “tipos”, constituyendo así una tipología. El texto inicia con una comparación de dos distritos, dando así pie a una teoría de determinismo geográfico:

Quien haya tenido ocasión de trasladarse del distrito de Voljov al de Zhizdra habrá notado con asombro la radical diferencia que existe entre las gentes de Orlov y la de Kaluga. El mujik de Orlov es de pequeña estatura, cargado de hombros, adusto; mira de soslayo, vive en miserables isbas de pobos y está sometido a la barshchina, no ejerce el comercio, come mal, calza laptis, mientras que el mujik kalugués, que practica el obrok, habita en amplias isbas de pino, es alto, mira audaz y alegremente, muestra una cara limpia y blanca, trafica con aceite y resina, y los días de fiesta calza botas (p. 43).

No solamente se presentan esos tipos para caracterizar y contrastar los diferentes campesinos, los retratos psicológicos se desarrollan hasta tornarse en auténticas historias de vida, una de las herramientas predilectas de la antropología cultural estadounidense. Esas historias de vida son —por supuesto— muy diferentes de carácter, profundidad y extensión, pero podemos tener confianza del comentario de Tolstói (que admiraba a Turguéniev y su prosa, pero no todo el tiempo, en un momento retó a Turguéniev a duelo): “Turguéniev  escribe dos o tres renglones y podemos oler el ambiente”.

La más completa y extensa de esas historias de vida es la de Yermolai, que nos sigue a través de toda la novela, que volvemos a encontrar en varias ocasiones, y está presentado “en lo redondo” y no solamente como tipo, realmente se nos presenta como un ejemplo de un miembro de una “intelligentsia campesina”.

Se nota también que este texto, igual que los demás de la novela, está repleto de información que podemos llamar “etnográfica”, en muchos casos a través del uso de la lengua, una lengua que contiene muchos conceptos que eran desconocidos por los lectores “cultos”, que probablemente sabían más de la historia de Francia y Alemania que de la de los campesinos rusos.

En el segundo cuento, “Yermolai y la molinera”, se revela más claramente el desarrollo de una etnografía específica de Turguéniev, como un doble movimiento “de pinzas”, entre la descripción del paisaje y el análisis psicológico. Al inicio del texto encontramos una descripción de varios aspectos de la naturaleza que muestran no solamente el amor de Turguéniev por la naturaleza, sino también su profundo conocimiento de esta misma naturaleza.

Un ejemplo de la descripción de la naturaleza es la introducción a “Agua Rosada”:

A principios de agosto los calores suelen ser insoportables. En esa época del año, desde las doce hasta las tres, el hombre más resuelto y entregado a la caza no se siente con ánimo para cazar, y el perro más leal empieza “a limpiarle las espuelas al cazador”, es decir andar tras él al paso, guiñando morbosamente los ojos y con dos palmas de lengua fuera, y en respuesta a los reproches de su dueño menea humilde el rabo y se muestra turbado, pero no avanza ni un paso [Y después de esta introducción nos dirigimos a la acción:] “Precisamente un día así me encontraba yo cazando”.[23]

Turguéniev es muy cuidadoso con las introducciones a sus capítulos, en los cuales se nos presentan las condiciones generales del ambiente en el cual se va a desarrollar la acción. Son muy ricas descripciones de un rincón de la naturaleza, y siempre desde el punto de vista de un cazador. En efecto, sería posible reunir las introducciones a los veinticinco capítulos y publicarlos en la forma de un libro con el título “Las estaciones del año en Oriol”.

Un ejemplo de la introspección psicológica nos mete adentro de la vida y el pensamiento del médico rural:

Por fin, sin poder aguantar más, voy y me levanto. Pienso: “iré a ver qué hace la paciente”. Su alcoba estaba junto al salón. Bueno, me levanto, abro despacito la puerta, ¡y cómo me palpitaba el corazón! Miro: la doncela duerme, abierta la boca y hasta ronca …¡qué bestia! La enferma yace, con la cara vuelta hacia mí y los brazos extendidos, ¡la pobrecita! Me acerco …. Cuando de pronto, abre los ojos y se me queda mirando.[24]

Podemos decir que la descripción de la naturaleza corresponde a la etnografía tal como se manifiesta en la antropología social británica,[25] mientras que las descripciones psicológicas se acercan a la etnografía tal como se practica en la antropología cultural norteamericana, en particular en la orientación conocida como “cultura y personalidad” (cuyos representantes más conocidos son Ruth Benedict y Margaret Mead, y de la cual se encuentra una buena presentación y análisis en Rutsch, 1987). Turguéniev como buen novelista no utiliza la palabra “cultura”, pero logra “describir”, sin hacerlo explícito definir, en primer lugar, con una notable empatía describir la cultura de los campesinos rusos de una región, la región de Oriol, un poco fuera de Moscú y, en segundo lugar, “captar” la cultura suya, la cultura de los pequeños y medianos hacendados (la baja nobleza), que podemos suponer sea más homogénea a través del enorme país que es Rusia

Podemos decir que Turguéniev, en sus incursiones etnográficas, no solamente logra captar las dos culturas mencionadas, sino también hacer un notable avance en un problema que normalmente es considerado como la propiedad de la antropología: el problema de lo inter-cultural, que en años recientes se ha vuelto la gran moda.

El texto de “Yermolai y la molinera” está lleno de sutiles observaciones, de las cuales quisiera mencionar tan sólo dos. En primer lugar, el concepto “intelligentsia” es de origen ruso, y Turguéniev ha contribuido mucho a su definición, desarrollo y explotación. Históricamente, el concepto tiene que ver con el hecho de que, al principio del siglo XIX, la intelligentsia era propiedad de la nobleza que paulatinamente, sobre todo a partir de la rebelión de los decembristas en 1825, y bajo la influencia de las ideas de los filósofos ilustrados franceses, se hizo propiedad de una nueva clase, la burguesía citadina. Turguéniev no solamente contribuyó al desarrollo del concepto como propiedad de la burguesía, podemos decir que las características de Yermolai vienen a constituir un retrato de una “intelligentsia campesina”.

La otra observación genial tiene que ver con la clase social del propio Turguéniev, los hacendados agrarios, que se desarrollan copiando a la cultura citadina. En el retrato de Zvierkov, en el cual Turguéniev revela la total falta de sensibilidad y empatía de los que tienen el poder en la Rusia del XIX, y en el retrato doble de la estupidez e insensatez del hacendado en contraste con la sensibilidad y sabiduría de la campesina Anna, presenta Turguéniev toda una teoría causal del sufrimiento de la enorme mayoría de los rusos.

En este relato de Yermolai hay otro detalle que llama nuestra atención, el breve comentario de Anna: “No, yo no soy sierva... era sierva”. Este comentario nos recuerda el contexto histórico de la novela de Turguéniev: la novela fue publicada en 1852 y la liberación de los siervos en Rusia sucedió en 1861, y dicen los chismes que el zar, Alejandro II, había leído la novela y que su idea de liberar a los siervos proviene en parte de su lectura de la novela. Si es así, podemos decir que la novela de Turguéniev no solamente es una obra de antropología, es una obra de antropología aplicada.

El texto “El médico rural” es notable en el sentido de que es el primer acercamiento de Turguéniev a lo que será el tema favorito de toda su vida: el amor y, en este caso, el amor y la muerte. Es una muy tierna historia de un médico rural que será llamado a una hacienda, muy pobre pero con unas gentes muy cultas, para atender a una joven que está enferma, y la madre anciana está fuera de sí y no sabe qué hacer. Balbucea el médico: “Le confieso francamente —ahora no hay por qué ocultarlo— que me enamoré de mi paciente” [y prosigue] “cree usted que yo mismo estaba también a punto de morirme”.[26]

En “Mi vecino Radilov” aparece una nueva figura, ya no se trata de campesinos o de profesionistas provinciales, sino de la clase de Turguéniev mismo: la baja nobleza rural.

A través de todos los textos se siente la presencia de un fantasma, unos de los temas principales de Turguéniev, el proceso de decadencia y empobrecimiento de los hacendados de la baja nobleza rural, que surge del hombre superfluo y se desarrollará para ser el pensamiento crítico en Rusia y desembocar en la Revolución de Octubre en 1917. A veces este proceso adquiere figura humana, como en el inquilino de Radilov Fiodor Mijiejich:

Aparentaba tener unos setenta años, su levitán de nanquín colgaba tristemente de sus secos y huesudos hombros. Bailaba ora dando intrépidos saltos, ora manteniéndose inmóvil y movía la calva cabecilla, estiraba el fibroso cuello, pataleaba, ora doblaba con notable dificultad las rodillas. Su desdentada boca dejaba escapar una débil vocecilla. Radilov adivinó, sin duda por la expresión de mi rostro que el “arte” de Fiedia no me producía gran placer... También fue un hacendado —continuó mi nuevo amigo—, y de los más ricos, pero se arruinó, ahora vive en mi casa.[27]

Y surge también otra figura que será un habitante permanente de las novelas de Turguéniev: la mujer sólida, coherente y confiable —además, guapa e irresistible—, a diferencia de los hombres que logran arruinar sus haciendas con su falta de constancia y talento, “le escuchaba con atención, a la par que a hurtadillas miraba a Olga. No era muy guapa, pero la decidida y tranquila expresión de su rostro, su ancha y blanca frente, sus espesos cabellos y, sobre todo, sus ojos castaños, no muy grandes, pero inteligentes, claros y vivos, hubieran impresionado a cualquiera que hubiera estado en mi lugar”.[28]

Gran parte del libro son descripciones de la vida de los campesinos, en los años antes de 1861 todavía siervos, con una impresionante empatía, y descripciones de la vida de los pequeños, y a veces no tan pequeños, terratenientes, siempre críticas y ocasionalmente con un sarcasmo que revela la herencia de Gógol.

Pero la introducción a “El odnodvorets Osianikov” (pp. 105-107) es un texto casi normativo que nos presenta un ejemplo de un pequeño hacendado que vive como, en la opinión de Turguéniev, debe vivir, la vida moralmente correcta, y el consecuente respeto de sus vecinos.

El séptimo capítulo, con el título “Lgov” es uno de los capítulos más tiernos y dramáticos. Como todos los capítulos, empieza con una breve introducción que nos coloca en el escenario, desde la estrictamente profesional visión del cazador: “Vamos a Lgov —me dijo un día Yermilov, a quien ya conoce el lector— allí podemos dispararles a los patos a placer”.[29] Y sigue una presentación de los placeres y los defectos de la caza a patos.

El capítulo podría servir de manual de antropología: ¿cómo sacar información de un diálogo? Pues, en un breve diálogo logra Turguéniev transmitir al lector una apreciable cantidad de información acerca de las condiciones de vida de los siervos campesinos, condiciones que también le eran desconocidas al lector, que sea un ruso culto de la burguesía o un extranjero.

El relato más famoso de los cuentos que conforman la novela Memorias de un cazador es probablemente la historia de “El prado de Biezhin”, que se destaca de varias maneras. En primer lugar, ya se mencionó que ni en la antropología decimonónica ni en la siguiente antropología marxista se desarrolló en Rusia el trabajo de campo y la etnografía, ésta se desarrolló más bien en la economía, con nombres como Aleksandr Chayánov y Yevgueni Preobrazhenski, pero existe otro reducto de la etnografía, igual que en la tradición británica: en el estudio del folklor. Y “El prado de Biezhin” contiene una preciosa pieza de estudio del folklor ruso, disfrazada como un diálogo nocturno alrededor de la fogata entre un grupo de cinco jóvenes que hacen trabajo de pastoreo:

—¿Así que has visto al domovoy?

No, al duende no le he visto, no se le puede ver —respondió Illiuscha con voz ronca y débil, cuyo sonido no podía reflejar mejor la expresión de su rostro—, le he visto... y no solamente yo.

Y ¿por dónde acostumbra andar? —intervino Paulusha.

Por la vieja robria...[30]

En este diálogo, que tiene un fuerte olor a etnografía, encontramos en la traducción al español todo un aparato de notas al pie de la página, que ayuda al lector extranjero y desorientado.

Todo este aparato nos deja con dos preguntas:

1) ¿qué tanto conocían los rusos esta tradición de folklor? Ya que la enorme mayoría de la población rusa eran campesinos, podemos suponer que sí les eran conocidos esos datos; sin embargo, ya que la gran mayoría de aquella masa de campesinos eran analfabetos, tenemos que plantearnos la pregunta: ¿cuántos miembros de la clase privilegiada sabían de esas cosas? Una pequeña parte de esa clase privilegiada eran urbanos y seguramente no sabían gran cosa al respecto. Y ¿de los terratenientes de la nobleza? Seguramente eran pocos los que, como Turguéniev, convivían con los campesinos y conocían sus tradiciones y creencias.

2) Tomando en cuenta que, tal como se desprende con claridad de las novelas de Turguéniev, la clase de terratenientes principalmente se comunicaban en alemán o en francés, y que muchos de ellos apenas hablaban ruso, podemos preguntar: ¿qué tanto de eso realmente sabían y entendían, y qué tanto realmente les interesaba?

En segundo lugar, se distingue la prosa de Turguéniev, que ya en su primera novela se reconoce como una prosa de una notable economía verbal, lo que, sin embargo, se reconoce en todos los capítulos de la novela.

En tercer lugar, Turguéniev no solamente ha desarrollado una prosa que está cerca de la perfección, y se hizo famoso mundialmente, también ha desarrollado un método de su uso, de manera que en toda la novela podemos distinguir tres tipos de prosa, que se manifiestan en tres tipos de uso, situación que tal vez se muestra más claramente en “El prado de Biezhin”. El primer tipo de prosa podemos llamar prosa panorámica, que sirve de introducción a cada capítulo y que define el ambiente, el tiempo y el espacio, todo dentro de la visión de un cazador. “El prado de Biezhin” inicia así:

Era un maravilloso día de junio, uno de esos días que se ven solo cuando el tiempo se ha fijado para largo. Desde el amanecer el cielo está sereno, la aurora no ofrece fulgores de incendio, sino que se difunde en dulces tintes rosados. El sol no despide fuego, no está al rojo vivo como durante la tórrida sequía, no tiene el tono purpúreo mate que ofrece antes de una tormenta, sino que brilla límpido y resplandeciente y emerge apaciblemente de una nubecilla estrecha y larga, irradiando un cierto frescor, sumiéndose de nuevo en la malva neblina. El finísimo borde superior del alargado estrato, cuyo brillo recuerda el de la plata batida, resplandece serpenteante.  Pero los juguetones rayos surgen de nuevo y el potente astro se eleva risueño con impetuoso impulso.[31]

Ya hemos definido el ambiente general y se requiere un medio para articular este ambiente general con lo que es el ambiente más estrecho y específico del tramo; para eso sirve la prosa de transición, que en “El prado de Biezhin” se presenta así:

Un día como ése me dedicaba yo a cazar urogallos en el distrito de Chern, en la provincia de Tula. Tropecé con gran número de aves y cacé bastantes, y mi repleto morral dañaba sin piedad mi hombro; el crepúsculo se apagaba ya, y en la atmósfera, clara aún, pero no iluminada por los rayos del sol que se ponía, comenzaban a espesarse y esparcirse frías sombras, cuando decidí, por fin, regresar a mi casa. Recorrí a grandes pasos una gran extensión —plóshad— de matorrales, subí a un cerro, y en lugar de la conocida llanura, con su pequeño robledal a la derecha y su bajita iglesia blanca en la lejanía, apercibí un paisaje completamente desconocido.[32]

Por fin entramos en la acción del texto y de la trama que es, por supuesto, diferente en cada uno de los capítulos de la novela y que, sin embargo, se mantienen unidos por el marco general: todo es el cuento de una temporada de caza. En este capítulo particular, “El prado de Biezhin”, ya se inicia el tramo en la prosa de transición, en la cual se pierde el cazador e intenta encontrar su camino, pero tropieza con cinco muchachos que cuidan unos caballos y pasan la noche en el bosque. Este hecho da pie a una galería de retratos individuales de los cinco jóvenes:

Los muchachos estaban sentados a mi alrededor, y también los dos perros que habían intentado devorarme. Durante largo tiempo no pudieron habituarse a mi presencia y entornando adormilados los ojos y mirando de reojo al fuego gruñían de vez en cuando con un singular sentido de su dignidad; primero gruñeron y luego rezongaron ligeramente, como si lamentaran no haber podido satisfacer su deseo. Los chicos eran cinco: Fiedia, Paulusha, Illiusha; Kostia y Vania. Supe sus nombres al oírlos hablar y ahora me propongo presentarlos, lector.[33]

Luego siguen cinco pequeñas biografías, asignándole a cada uno de los cinco muchachos su propio carácter y temperamento:

Al primero, el mayor de todos, Fiedia, le echarías catorce años. Era un muchacho bien proporcionado. De rasgos agradables y finos, quizá demasiado menudos, rizados cabellos rubios, ojos claros, que siempre sonreían, medio alegres, medio distraídos. Debía pertenecer, según todos los indicios, a una familia acomodada, y si se encontraba allí no era por necesidad sino como entretenimiento. Llevaba una camisa de percal de colores con ribete amarillo, el pequeños armiac, a modo de esclavina, apenas se sostenía sobre sus estrechos hombros; de su cinturón azul colgaba un peine. Sus botas, de caña baja, eran efectivamente suyas, no de su padre.[34]

Es evidente que Fiedia es el líder de los muchachos. En este retrato colectivo nos muestra Turguéniev su maestría en la creación de caracteres y el manejo de los mismos pues, de cada uno de los cinco muchachos se nos ofrece no solamente una cuidadosa etnografía, es decir, una descripción de lo observable, sino que después de unas tantas palabras, cada uno de los jóvenes ya tienen su propia “personalidad”, los “conocemos”. Parafraseando a Tolstói podemos decir que “unos pocos pincelazos, y ya tenemos una persona” y, no solamente tenemos una firme y precisa imagen de los cinco sujetos, sino también de sus diferencias y su interacción.

El segundo chiquillo, Paulusha, tenía el pelo negro, desgreñado, los ojos grises, los pómulos salientes, la tez pálida, castañada, la boca grande, aunque correcta, la cabeza enorme —una barrica de cerveza, como suele decirse— el cuerpo achaparado, torpón [...]

Las facciones del tercero, Illiusha, eran bastante insignificativas: nariz aguileña, cara alargada, cegato; su expresión reflejaba una preocupación resignada, enfermizo [...]

En cuanto al último, Vania, al principio no me había dado cuenta de él: estaba echado en el suelo, acurrucado pacíficamente bajo una burda esterilla, y solo de vez en cuando asomaba su rubia y rizada cabeza. Tendría siete años como máximo [...]

El cuarto, Kostia, un chiquillo de unos diez años, atrajo mi atención por su mirada penetrante y triste, Su carita era menuda, delgada, pecosa, puntiaguda como la de una ardilla, apenas sí se le distinguían los labios, pero sus grandes ojos negros, brillantes con débil destello, producían singular impresión.[35]

La última noticia de Paulusha, que era el más aventurero fue que “Por desgracia tengo que añadir que Pavel murió aquel mismo año. No se ahogó, pero se murió al caer de un caballo. Qué pena, qué buen muchacho era”.[36] Es con cierta razón que Turguéniev es clasificado como “realista psicológico”, pues en sus descripciones que yo llamaría etnográficas, se destacan las características físicas, visuales, pero se vislumbran también, con una enorme economía verbal, una serie de temperamentos.

Después de esta cuidadosa preparación, llegamos a la acción: los antropólogos tenemos fama por nuestra atención a los detalles en la descripción pero, ya que circulamos entre auténticos científicos, tenemos también la reputación de ser muy torpes e imprecisos en la explicación. Creo que Turguéniev, en lo concerniente al detalle, puede competir con cualquier antropólogo-etnógrafo:

Todos volvieron a guardar silencio. Pavel echó al fuego un puñado de ramas secas que, al contacto con la resplandeciente llama, ennegrecieron bruscamente, chisporrotearon, humearon y comenzaron a alabearse, elevando las calcinadas puntas. El reflejo de la luz se difundió con temblante titileo, por todas partes, sobre todo hacia arriba. De repente, sin saber de dónde, hizo su aparición un pichón blanco y se dirigió directamente a la luz, revoloteó asustado en un mismo sitio. Envuelto todo él en un ardiente brillo, y desapareció batiendo las alas.[37]

Aparte de los intereses míos que mencioné al inicio de este texto, quisiera mencionar uno más: atrae mi atención la Escuela de Mánchester, que fundó Max Gluckman en la entonces colonia británica Rhodesia del Norte (ahora la república de Zambia) en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, y volvió a fundarla en Mánchester en 1948, en la Universidad de Victoria. La Escuela de Mánchester me interesa tanto que he publicado una descripción general de ella, que no es una escuela de antropología, sino de antropología y sociología[38] y una descripción del método de esta escuela,[39] además de que recientemente he publicado la traducción de una serie de los más importantes artículos de Max Gluckman.[40] La razón por la cual menciono este interés es porque la más importante innovación que ha contribuido la Escuela de Mánchester es el método del análisis situacional y, estirando un poco el argumento, me parece que las novelas de Turguéniev en general y, en particular Memorias de un cazador, con el cuidadoso tratamiento de los elementos del texto, se pueden ver como prefigurando algunas de las virtudes del método de análisis situacional de la Escuela de Mánchester.

En su tratamiento de los hombres y las mujeres, y también en su discusión del abismo generacional, por ejemplo en Padres e hijos, Turguéniev se acerca al método comparativo de los antropólogos. Como un elemento de su agenda política, siempre presenta a una persona políticamente avanzada, en contraste con otra persona con todas las opuestas características. Su serie de personajes no es solamente un estudio histórico del pensamiento  crítico en la Rusia de los zares, es al mismo tiempo el sepelio del viejo mundo con sus aristócratas conservadores y recalcitrantes.

En algunos lugares Turguéniev se vuelve muy sencillamente y de manera explícita sociólogo, invocando visiones y métodos sociológicos: “Cualquier persona ocupa cierta posición en la sociedad, y tiene también algunas relaciones, y a todo siervo se le dan si no algunos gajes, por lo menos algunos víveres”.[41]

En sus estudios de esas familias campesinas y de nobleza baja —Nido de nobles, como se titula una de sus novelas—, se acerca inevitablemente a otra de las obsesiones de los antropólogos, el estudio del parentesco. En “Mi vecino Radilov”, el tal Radilov, que es viudo, vive evidentemente con Olga, la hermana de su difunta esposa, pero sin casarse con ella, pues la iglesia ortodoxa prohíbe a los viudos, y las viudas, casarse con parientes del difunto o la difunta.

Conclusión

¿Qué podemos concluir, cuál ha sido la importancia de Turguéniev, en el campo etnográfico y en otros campos, y, cuál es la justificación de sacar del baúl del olvido colectivo a un autor de novelas que falleció en 1883?

Su primer mérito es, evidentemente, haber elevado la prosa en la literatura rusa a un nivel de perfección nunca antes visto, y tampoco después. Con mucha razón la prosa de Turguéniev ha sido alabada por su limpieza y economía verbal. Aun viviendo en Francia una buena parte de su vida, su vida fue dedicada al desarrollo de la prosa en su lengua materna, el ruso. Muy cerca de ese mérito encontramos a otro: su contribución al desarrollo de la novela en la literatura rusa. El siglo xix fue en gran medida el siglo de la novela realista, y en particular, durante esa centuria la literatura rusa está repleta de novelistas de un nivel extraordinario: empezando con los fundadores Aleksandr Pushkin, Mijaíl Lérmontov y Nikolái Gógol, encontramos, aparte de Turguéniev, a León Tolstói, Fiódor Dostoyevski, Iván Goncharov y otros más.

Es la opinión general entre los especialistas que el desarrollo de la novela de Turguéniev es un proceso histórico autóctono, dentro de Rusia, evidentemente con fuertes influencias de Pushkin, Gógol y Lérmontov, pero con poca influencia de novelistas de otros países, mientras que es generalmente aceptado que Turguéniev mismo ha ejercido una fuerte influencia en el desarrollo de la novela en otras tradiciones nacionales. En la literatura anglosajona es manifiesta la influencia de Turguéniev sobre todo en la novela de Henry James, con quien Turguéniev convivió en París durante un año. También en la novela francesa encontramos fuertes influencias de Turguéniev, sobre todo en Gustave Flaubert y Guy de Maupassant. Si nos dirigimos a la novela en Dinamarca, encontramos una influencia directa de la novela rusa en el desarrollo de ésta, pues leer a la obra del romántico Steen Steensen Blicher es como leer a Gógol, y la prosa de Henrik Pontoppidan, uno de los más importantes representantes del realismo decimonónico en Dinamarca, tiene una fortísima similitud con la prosa de Turguéniev.

Opina la investigadora estadounidense Roberta Rubinstein,[42] que hubo una especie de “fiebre rusa” en Inglaterra entre 1912 y 1922; es decir, un entusiasmo por el pensamiento ruso que llegó a influir sobre el desarrollo de la modernidad en Inglaterra. Quien en particular captó esta “fiebre rusa” fue Virginia Woolf, y específicamente se menciona primero a Dostoyevski como vehículo de esta influencia, luego a Tolstói, y más tarde se menciona a Turguéniev como fuente. De esta manera, Turguéniev habría influido directamente no sólo sobre el desarrollo de la novela en la tradición británica, lo que es evidente y generalmente aceptado, sino también sobre el desarrollo del pensamiento moderno en Inglaterra.

Sin embargo, quisiera subrayar otros dos méritos, que no se mencionan con la misma frecuencia: por lo regular, Turguéniev es considerado un autor tradicional y reaccionario pues, aunque vivió en París en 1848, el año de la revolución en Europa, no participó en esta revolución, a diferencia de otros rusos exiliados; es evidente que para el gobierno soviético fue difícil recoger a su seno a un autor considerado por los revolucionarios como reaccionario, y al mismo tiempo le fue problemático para el mismo gobierno ruso, algo nacionalista, distanciarse de un autor mundialmente famoso, como lo fue Turguéniev. Para mayor complicación, Turguéniev fue el autor favorito de Lenin. Así que se creó un Turguéniev marxistamente aerodinámico. En resumen, por una especie de justicia poética tenemos hoy una imagen de Turguéniev como precursor e inspiración de la Revolución de Octubre, un Turguéniev que es aceptado tanto de la derecha como de la izquierda.

El otro mérito es evidente: si se considera que el caso de Rusia en el siglo XIX es como la encarnación y ejemplificación del postulado de Mario Vargas Llosa, vale la pena subrayar que los evolucionistas, que dominaron la antropología durante todo aquel siglo, nunca desarrollaron un trabajo de campo sistemático, eran antropólogos de gabinete, y el trabajo de campo no fue desarrollado hasta por Franz Boas en los años 1880 y, una generación más tarde, por Malinowski, en 1922 (pues el trabajo de campo de Radcliffe-Brown, también en 1922, fue mediocre). Sobre este trasfondo es justo decir que los estudios preparatorios para la primera novela de Turguéniev, Memorias de un cazador, representa el inicio de una tradición de trabajo de campo y etnografía en Rusia. Así que, al mismo tiempo de nombrar Turguéniev el cronista del pensamiento de crítica social en Rusia, lo podemos también llamar “padre del trabajo de campo en Rusia”.

Se ha postulado recientemente que tanto la etnografía como la antropología tienen su origen entre Rusia y Alemania: “yo muestro cómo ‘etnografía’ empezó como trabajo de campo entre los pueblos de Siberia (Rusia asiática) en los años 1730 y 1740, fue generalizada como ‘etnología’ en los centros académicos de Göttingen (Alemania) y Viena (Austria) en los años 1770 y 1780, y luego fue adoptado por estudiosos en otros países”.[43] Lo que es una contribución sumamente valiosa, y que, sin embargo, no obliga a uno a estar de acuerdo en su planteamiento. En eso, lo único nuevo es el énfasis en la situación en Rusia, Alemania y Austria, pues en varios textos Evans-Pritchard ha insistido en que la antropología es hija de la Ilustración, lo mismo ha hecho Marvin Harris.

Los ilustrados rusos y germánicos hicieron muchas cosas, y tal vez es cierto que hicieron trabajo de campo, pero no hicieron trabajo de campo antropológico. Esas observaciones nos obligan a plantear la pregunta: ¿Qué es el trabajo de campo antropológico?, y ¿en qué se distingue de otros tipos de trabajo de campo? Sin meterme en una larga y enredada discusión, quisiera distinguir dos cualidades, que destacan el trabajo de campo después de Boas y Malinowski.

En primer lugar, la reflexividad, que surge en el momento que el investigador descubra que sus objetos de estudio son al mismo tiempo sujetos que tienen, para usar la palabra de un conocido antipositivista, Friedrich Nietzsche: “tienen voluntad”. En segundo lugar, los objetos de estudio (es decir, los sujetos) tienen dignidad; como ilustración de eso, quisiera invocar a mi profesor de hace muchos años en la Universidad de Copenhague, Johannes Nicolaisen (ahora difunto).  Era su opinión que la antropología, antes que nada, pertenece a la educación pública, pues opinaba que su objetivo es crear la necesaria sensibilidad para coexistir con gentes de otras culturas; en eso estoy cordialmente de acuerdo, y creo que nunca ha sido más cierto que en los actuales tiempos de globalización y convivencia universal. Mientras que el respeto por los objetos de estudio (de ninguna manera sujetos) se limitaba al respeto que un gobierno totalitario, imperial y absolutista, que es lo absolutamente mínimo, el respeto por los campesinos es más que evidente no solamente en Memorias de un cazador, sino en varios detalles de la vida de Turguéniev.

Expreso, por último, una palabra acerca de las denominaciones, “etnografía” y “etnología”, que ocupan un lugar muy importante en la monumental obra de Vermeulen; que me importan relativamente poco, y me permito utilizar la etiqueta “antropología” a través de todas esas fronteras. En otro contexto he escrito: “Es curioso que esa disciplina que tiene un nombre tan arrogante, la antropología, el estudio del hombre, tiende a cristalizarse en pequeñas tradiciones nacionales, a veces nacionalistas, de manera que es posible hablar de una antropología social británica, una antropología cultural norteamericana, y hasta una antropología danesa y una cubana” (mi comentario es del manuscrito de un libro con el título Los primeros veinticuatro años, acerca de la antropología británica en Melanesia entre 1898 y 1922; el libro es una discusión de la contribución muy poco mencionada de otros antropólogos británicos a la revolución teórica y metodológica que por lo regular se le adjudica a Malinowski: tres profesores,  Haddon, Rivers, Seligman,  y siete estudiantes, Radcliffe-Brown, A. M. Hocart, Gerald Camden Wheeler, Diamond Jenness, Gunnar Landtmann, John Willoughby Layard y, finalmente, el propio Malinowski. El manuscrito ha sido aprobado para publicación por una editorial alemana).

Las distinciones son a menudo arbitrarias y de poca relevancia. Les doy un ejemplo de mi propia experiencia: hace un poco más de cincuenta años que un famoso sociólogo, que se llevaba bien con la rectoría de la Universidad de Copenhague, estuvo en peligro de ser desempleado. Como solución al problema se inventó una Facultad de Sociología Cultural. Con cierta razón se puede preguntar: ¿qué es sociología cultural? La respuesta es sencilla: la sociología cultural es estudios socioculturales, según los lineamientos de la Escuela de Fráncfort. La facultad siguió existiendo durante más de cincuenta años, y solamente recientemente se cerraron sus puertas. Es un caso extremo, y la mayor parte de las “etiquetas” tienen una razón histórica, como por ejemplo, la distinción entre antropología social británica y la antropología cultural norteamericana, que se explica por sus diferentes orígenes y sus diferentes estilos de trabajo de campo y etnografía, en mi opinión.

Con frecuencia, las novelas de Turguéniev son clasificadas como “literatura universal”, lo que es evidentemente una tontería. Como ha comprobado Alfred Kroeber, la novela surgió históricamente solamente en tres culturas: en el occidente, en Japón y en China (Kroeber, 1951). Sin embargo, es impresionante hasta qué grado exactamente las novelas de Turguéniev logran iluminar las condiciones en una situación geográficamente muy alejada del universo de esas novelas. Y no será una exageración decir que la primera novela de Turguéniev, Memorias de un cazador, es una fiel representación de la situación política y cultural en México de hoy en día. En 2018 sucedió en México lo que muchos habían considerado imposible: una revolución por la vía de las urnas electorales, después de casi veinte años de lucha contra el sistema fue elegido Andrés Manuel López Obrador como presidente del país, con una votación a su favor el 57 % de los votos. En los breves años de existencia de un auténtico Estado de derecho mexicano, nos hemos dado cuenta qué tan difícil es hacer una revolución sin violar las leyes, está muy cerca de ser una misión imposible.

Leemos en las Memorias de un cazador que “el barín era como debe ser un barín (el barín siendo el terrateniente, es decir el dueño de los siervos,[44] es exactamente uno de los “argumentos” de la oposición silenciosa en el pueblo mexicano, criticando a la falta de elegancia del nuevo presidente en su lucha contra la corrupción, olvidando que la elegancia de los políticos corruptos, que tanto admiran, es financiada por ellos mismos, por la vía de la corrupción.


[1] Antropólogo social de la Universidad de Copenhague en Dinamarca, doctor en Ciencias Antropológicas por la UAM-I en la Ciudad de México, Profesor de tiempo completo en el Posgrado de Antropología Social de la ENAH. Leif Korsbaek lleva cuarenta años viviendo y trabajando en México, donde es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).
[2] El presente texto ha sido elaborado en el transcurso del Diplomado de Literatura Rusa que se impartió en San Ildefonso 2021-2022.
[3]  (Radcliffe-Brown, 1931: 63)
[4]  A. R. Radcliffe-Brown, “Los métodos de la etnología y la antropología social”, South African Journal of Science, vol. XX (1921), 39.]
[5] Gregory Bateson, Naven. The culture of the Iatmul people of New Guinea as revealed through a study of the Naven ceremony (Stanford: Stanford University Press, 1958  [2a. ed: en español: Naven, análisis de un ritual iatmul, Barcelona: Jucar, 1990]), 1.
[6] Mario Vargas Llosa,  La civilización del espectáculo (Lima: Alfaguara, 2012).
[7]  E. M. Forster, Aspectos de la novela, 5a. ed. (Madrid: Debate, 2000)..
[8] Iván Serguéievich Turguénev, Diario de un hombre superfluo (Madrid: Nórdica, 2019).
[9] En mi estancia en Sofia, la capital de Bulgaria, alrededor de 1970 tuve una curiosa experiencia, que me enseñó que el proceso histórico no es tan sencillo, ni tan blanco y negro como nos enseñan los libros de texto: primero me di cuenta que la mayoría de los búlgaros glorificaban al estalinismo y, en consecuencia, despreciaban a la Rusia prerrevolucionaria; luego descubrí en el centro de Sofia un monumento dedicado al zar Nicolás II, en gratitud por su contribución a la liberación de los turcos en 1878.
[10] Mijaíl Bajtín, Problemas de la poética de Dostoyevski (México: FCE, 2003).
[11]  Manuel de Seabra,  introducción a Ivan Turgueiev, Suelo virgen (Madrid: Cátedra, 1992), 9-72, 61-62.
[12] Leif Korsbaek,  “La etnografía de una comunidad matlatzinca en el Estado de México: el sistema de cargos y la neoetnicidad en San Francisco Oxtotilpan, Municipio de Temascaltepec” (tesis doctoral, Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México, 2009), 4.
[13] María Ana Portal, “El desarrollo urbano y su impacto en los pueblos originarios en la Ciudad de México”. Alteridades, núm. 46 (2013): 53-64.
[14]  Leif Korsbaek y Felipe González Ortiz, “La población indígena en el Estado de México en el marco del municipio”, Revista Quivera de la Facultad de Planeación de la uaem, núm. 2  (noviembre de 1999): 45-56; Leif Korsbaek y Felipe González Ortiz, “Trabajo y comunidad. Reproducción social, económica y cultural de la población indígena del Estado de México”, Revista Convergencia de la Facultad de Ciencias Políticas de la UAEM, año 6, núm. 19 (mayo-agosto, 1999): 275-303; Leif Korsbaek y Felipe González Ortiz, “Hacia una tipología del sistema de cargos en las comunidades étnicas del Estado de México”, Cuicuilco, núm. 19 (2000): 55-82.
[15] Michael Banton,  The Anthropological Study of Complex Societies (Londres: Tacistock, 1965).
[16] Leif Korsbaek, “El desarrollo del sistema de cargos de San Juan Chamula: El modelo teórico de Gonzalo Aguirre Beltrán y los datos empíricos”, Anales de Antropología, vol. 24 (1987): 215-242.
[17] Edward B. Tylor,  Primitive culture, researches into the development of mythology, philosophy, religion, language, art and custom (Londres: Murray, 1871)  [republicación en 1958 por Harper en Nueva York, con introducción de Paul Radin; traducción al español: Cultura primitiva, 1-2, Madrid: Ayuso, 1977]); Edward B. Tylor, Anthropology: An introduction to the study of man and civilization (Nueva York: D. Appleton, 1881 [existe una republicación de 1960 por la University of Michigan, con introducción de Leslie White, y existe una traducción al español hecha por Antonio Machado y publicada en Madrid, por la Editorial Progreso, en 1889]).
[18] A. R. Radcliffe-Brown, “Los métodos de la etnología...”; A. R. Radcliffe-Brown, El método de la antropología social (Barcelona: Anagrama, 1975), 25-59; A. R. Radcliffe-Brown, “‘El estado actual de los estudios antropológicos’. Disertación presidencial ante la Sección H de la Asociación Británica para el Fomento de la Ciencia, centésima reunión en Londres (1931)’, en A. R. Radcliffe-Brown, El método d la antropología social, Barcelona, Anagrama, 1975: 25-59.
[19] Alfred L. Kroeber, (1951), “The novel”, en Alfred L. Kroeber: The nature of culture (Chicago: The University of Chicago Press, 1952: 409-417 [originalmente publicado en University of California Publications in Semitic Philology, vol. xi, 1951: 233-241]); Kroeber, Alfred L., “Lo superorgánico”, en Alfred L. Kroeber, The Nature of Culture (Chicago: The University of Chicago Press, 1952), 22-51.
[20] Leslie White, “The expansion of the scope of science”, Journal of the Washington Academy of Science, vol. 37, núm. 6 (1947): 181-210.
[21] Fortes, introduction a Jack Goody, (ed.) The developmental...
[22] Vladimir Nabokov,  introduction a M. Lérmontov: A hero of our time (Nueva York: Everyman’s Library, 1992), 11.
[23] Iván Serguéievich Turguéniev, Memorias de un cazador (Madrid: Cátedra, 2007), 73.
[24] Turguéniev,  Memorias..., 88.
[25] Véase, por ejemplo, Adam Kuper, Antropología y antropólogos. La Escuela Británica (Barcelona: Anagrama, 1975).
[26]  Turguéniev, “El médico rural”, en Memorias de un cazador (Madrid: Cátedra, 2007), 90-91.
[27]  Turguéniev, “Mi vecino Radilov”, en Memorias de un cazador (Madrid: Cátedra, 2007), 98.
[28]  Turguéniev, “Mi vecino...”, 99.
[29]  Turguéniev, Memorias..., 125.
[30]  Turguéniev,  Memorias..., 146.
[31]  Turguéniev, Memorias..., 139.
[32] Turguéniev, Memorias..., 140.
[33] Turguéniev, Memorias..., 144.
[34] Turguéniev, Memorias..., 144-145.
[35] Turguéniev,  Memorias..., 145-146.
[36] Turguéniev,  Memorias..., 160.
[37] Turguéniev,  Memorias..., 153.
[38] Leif Korsbaek,  “La Escuela de Mánchester. Colonialismo británico en el marco del Estado de bienestar”, Anales de Antropología, vol. 52, núm. 1 (2019): 99-115.
[39]  Leif Korsbaek, “La prehistoria de la Escuela de Mánchester. El Instituto Rhodes-Livingstone en el centro-sur de África”, Estudios de Asia y África, núm. 159  (2016): 199-235.
[40] Leif Korsbaek, La antropología de Max Gluckman (Puebla Costa Amic, 2020).
[41] Iván Serguéievich Turguéniev, “Agua rosada”, en Memorias de un cazador (Madrid: Cátedra, 2007), 75.
[42] Roberta Rubinstein, Virginia Woolf and the Russian thinking (Nueva York: Macmillan 2015).
[43]  Han Vermeulen, Before Boas. The genesis of ethnography and ethnology in the German enlightenment (Lincoln / Londres, University of Nebraska Press, 2015), XIII.
[44] Turguéniev, “Agua...”, 80.

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