• INICIO
  • REVISTA
    • DIRECTORIO
    • NORMAS EDITORIALES
    • NÚMEROS ANTERIORES
  • RELATOS
  • MIRADAS
  • VOCES
  • RESEÑAS
  • N. Especiales

CONVOCATORIAS

Índice

  • Relatos

  • La envidia y la brujería como obstáculos para el desarrollo comunal en Guadalupe Atenco, Estado de México

    María Isabel Hernández González


  • El mito de los alimentos fríos o calientes y su realidad nutricional

    Mayán Cervantes, Gabriela Zapién


  • La disputa por el agua: una aproximación a la defensa de los saberes y bienes comunes en contextos de despojo

    Eliana Acosta Márquez


  • El tianguis de Ozumba de Alzate, Estado de México y la venta de maíces criollos e híbridos

    Laura E. Corona de la Peña, Leonardo Vega Flores


  • Contar esa historia. Memoria e identidad afromexicana de una mujer joven de la Ciudad de México

    Cristina V. Masferrer León


  • Retos para el ejercicio de la paternidad-maternidad. El caso de la zona metropolitana de la Ciudad de México

    José Iñigo Aguilar Medina


  • Miradas

  • Mi canto tiene raíz

    Amparo Sevilla


  • La comida festiva. Pueblo de Culhuacán

    Narciso Mario García Soto


  • Voces

  • La triste historia de los mantenimientos lacustres y su desaparición

    Ana María Velasco Lozano


  • La historia de Aureliano: una voz en defensa de la justicia y la dignidad

    Giovanna Gasparello


  • Las voces de las ecoaldeas. Entrevista con Sabina, miembro de la ecoaldea Teopantli Kalpulli

    Alice Brombin


  • Reseñas

  • Reseña de la tesis de doctorado

    Verónica Ruiz Lagier


  1. Numeros anteriores
  2. Publicación No. 1
  3. Retos para el ejercicio de la paternidad-maternidad. El caso de la zona metropolitana de la Ciudad de México

Retos para el ejercicio de la paternidad-maternidad. El caso de la zona metropolitana de la Ciudad de México
Challenges for Exercising Paternity-Maternity: The Case of the Mexico City Metropolitan Area

José Iñigo Aguilar Medina
Dirección de Etnología y Antropología Social, INAH
inagdeas@inah.gob.mx

Resumen: Hacer familia en el contexto de una gran urbe supone nuevos retos. Este trabajo pretende reconocer y exponer algunas características relacionadas con cómo está ocurriendo el proceso de reproducción para así concienciar a las familias y a las instituciones respectó de qué estrategias elegir para fomentar un efectivo reemplazo del total social que asegure un mayor bienestar; la intención es que aquellas condicionantes que han propiciado, en los países más desarrollados, que cada vez se postergue más el inicio de la paternidad/maternidad y que la fertilidad haya caído no obstaculicen la sustitución generacional en México. Se aplicó un cuestionario a 476 adultos en la zona metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM); los resultados muestran actitudes y valores que no siempre coinciden con los aceptados en los países desarrollados, pues si bien le dan mayor importancia a contar con un trabajo para decidir tener o no un hijo, resultó que no consideran necesarios factores como terminar de estudiar, contar con una vivienda propia, tener dinero suficiente O no afectar sus carreras profesionales. Además, se proponen acciones para apoyar el inicio de la procreación entre las parejas jóvenes.
     Palabras claves: paternidad; maternidad; reproducción social y biológica; zona metropolitana de la Ciudad de México.

Abstract: Forming a family in a contemporary urban city poses new challenges. This work aims to understand some characteristics of how this reproduction process takes place to thus raise awareness among families and institutions in choosing strategies that permit an effective replacement of the total social fact to ensure greater well-being. The aim is to prevent the determining factors that have contributed to postponing the onset of paternity/maternity in the most developed countries and a considerable decline in fertility from hampering the generational replacement. A questionnaire was administered to 476 adults in the ZMCM (Mexico City Metropolitan Area). The results show attitudes and values that do not always coincide with those accepted in developed countries, because although the respondents gave having a job the utmost importance in the decision to have kids, it turned out they consider it unnecessary to finish studying, having their own home, having enough money, and not affecting their careers. This article also proposes actions to support the start of procreation among young couples.
     Keywords: paternity; maternity; biological and social reproduction; Mexico City metropolitan area.

Fecha de recepción: 17 de septiembre de 2018
Fecha de aceptación: 31 de enero de 2019

Para los jóvenes, intentar establecer una familia en el actual contexto sociocultural de la zona metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM) conlleva la exigencia de enfrentarse a situaciones inéditas y a valores que no conocieron los miembros que pertenecen al mismo grupo de edad en el que se encuentran sus padres; es decir, las personas de las nuevas generaciones, por la celeridad de los cambios, aún no cuentan con las experimentadas respuestas que toda cultura les va proporcionando por medio del ensayo y del correcto discernimiento y sanción, que distingue entre lo que se considera una conducta asertiva socialmente, que se valora y que se contrapone a la que se determina como errónea y con la cual se hace frente a los desafíos que implica la sobrevivencia de los individuos y de sus sociedades.[1] Los principales retos provienen, por una parte, de las nacientes condiciones que han generado la reproducción del capital financiero y su entorno globalizado, y por otra, de las maneras en que los individuos y las instituciones que los resguardan tratan de sobrevivir en los nuevos contextos económicos, sociales, tecnológicos y culturales que desde los intereses del gran capital se les van imponiendo.[2]

La característica de la dinámica económica que parece dañar de manera particular a la familia y al proceso de reproducción se manifiesta por el interés de poner en el centro de la preocupación social a la mercancía a la vez que desplaza de dicho eje al ser humano. Así, propone que la tarea más importante que debe ocupar la vida cotidiana de las personas gire en torno al trabajo que produce mercancías y al consumo de tales, a la vez que se desvalorizan las actividades que tienen que ver con el don y la reciprocidad[3] y con todo lo que se refiere a los aprendizajes afectivos y emocionales, como son, entre otras actividades: el arte, la estética, la psicología profunda, las humanidades y la religión.

Por lo anterior, en este trabajo se pretende entender y explicar algunas de las características con las que se está dando el proceso de reproducción en la ZMCM, de tal manera que se posibilite a la ciencia para que provea a las familias y a las instituciones de diferentes alternativas que los guíen a estar en condiciones de elegir las estrategias que se consideren más pertinentes para conducir la sana regeneración del total social, en los términos que asegure el mayor bienestar para todos. Conocer la razón de estos desafíos resulta de vital importancia, ya que la familia es la raíz de la sociedad.[4]

Lo que se busca es que las condicionantes del desarrollo económico que han propiciado en los países más adelantados en aquel aspecto que se prolongue el tiempo entre tener un hijo y otro (periodo intergenésico) o que simplemente se suprima el deseo de tener más descendencia, y que el impulso dado entre las parejas se sujete al deseo de minimizar el tiempo total que por la maternidad las mujeres deban quedar fuera del mercado laboral y que los hombres se conviertan en padres a edades cada vez más avanzadas no resulten en una dinámica poblacional que incida en la salud de la prole u obstaculice, en nuestra sociedad, la obligatoria sustitución generacional.[5]

Sin duda, los valores no son acciones, pero sí criterios que norman la acción de los individuos que los portan, pero que no los determinan; es decir, los sujetos pueden y, de hecho, actúan tanto en el mismo sentido como en dirección contraria a los valores que dicen aceptar. Todo ello dentro de un contexto sociocultural que es necesario considerar: la modernidad y la posmodernidad —marcadas por el nihilismo—, definida la última como la acción que comporta el convertir al ser en valor; la modernidad, rodeada de lo nuevo, del progreso y de la superación, y después en la posmodernidad, como “la reducción del ser a valor de cambio”,[6] como disolución de la categoría de lo nuevo, por tanto, como el fin de la historia. Por consiguiente, se vive en una sociedad globalizada que no “defiende” valores que vayan más allá del valor de cambio, es decir, del valor de la mercancía. En tanto que las personas en su vida cotidiana escriben su propia historia, su propia cotidianidad, con base en valores que pueden proceder del pensamiento nihilista de lo moderno o posmoderno, o de una cosmovisión en el que el ser se signa por los valores universales que prevalecen ante los valores de uso, característicos de la premodernidad.

En este estudio se considera que la paternidad es un binomio constante en el proceso de la reproducción, ya que un varón no puede ser padre si al mismo tiempo una mujer no se convierte en madre. Lo mismo se puede afirmar de la maternidad: requiere por definición de la acción de la paternidad, sobre todo cuando se está analizando la reproducción en la familia. Aquí, por lo general, al hablar de paternidad se utiliza dicho vocablo en términos generales y lo que pretende es decir que los dos, hombre y mujer, la ejercen de manera distinta y complementaria, por lo que en el trabajo por esa voz se hará referencia a las características de la paternidad tanto masculina como femenina. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en otros estudios, se analiza con más cuidado la participación del varón, ya que, entre otros motivos, mientras el ciclo reproductivo de la mujer se sitúa, en términos generales, entre los 12 y los 45 años, es decir, tiene un lapso máximo de 34 años, en el hombre el periodo al menos se duplica y en los estudios sobre la reproducción humana suele quedar al margen la información sobre las condiciones en las que se da su participación.

Para determinar los retos que las nuevas generaciones enfrentan para poder iniciarse en la reproducción se maneja como variable independiente la paternidad, y como dependientes: la edad al tener el primer hijo, por una parte, y por otra, los valores y características de la persona para considerar la reproducción, como son: grupo de edad, nivel y años de estudio, ocupación, tipo de acceso a la vivienda y deseo de tener hijos en el futuro.  

La población estudiada

Se optó por un muestreo al azar, se aplicaron 476 cuestionarios válidos, entre los días que van del 21 de abril al 7 de mayo de 2017,[7] a personas que al momento de la entrevista declararon que contaban con 18 años o más de edad y que habitaban en la ZMCM, ya sea en alguna de las 16 alcaldías de la Ciudad de México[8] o en 17 de los 35 municipios conurbados del Estado de México.[9] El total de la población de dicha área de la ZMCM era, para 2010, de 16.9 millones de habitantes, por lo que el margen de error máximo se sitúa en 4.5 %.

Del total de los cuestionados, 214 son hombres, que corresponde al 45 % de la muestra, y 262 son mujeres, 55 % de las personas consultadas. La población que compone la muestra de estudio vive repartida en 191 colonias de la Ciudad de México o en 55 de las del Estado de México, lo que significa que se consultaron a 476 personas que habitan en 246 diferentes colonias de la ZMCM.

Las características sociodemográficas de la población entrevistada que se analizarán se refieren a la edad, el sexo, el grupo de edad, la preparación escolar con la que cuentan, la relación entre grupo de edad y escolaridad, religión y escolaridad, estado civil y grupo de edad y, por último, seguridad social y grupo de edad. Todo ello con la intención de establecer cuáles de dichas condicionantes favorecen o frenan el que se presente el binomio maternidad/paternidad.

Al agrupar por rango de edad a las personas que conformaron la muestra, se observa que los jóvenes de entre 18 y 29 años de edad representan el 47.1 % del total, o sea, 224 individuos; al grupo de adultos, de 30 a 59 años, pertenece el 41.6 %, 198 sujetos, y al de los ancianos de 60 años y más, el 11.3 % de los interrogados, es decir, 54 personas. Es relevante señalar que sólo en este grupo de edad se entrevistaron a más hombres, 53.7 %, que a mujeres, 46.3 %. (figuras 1 y 2).


Figura 1. Distribución de los entrevistados según sexo y grupo de edad.


Figura 2. Distribución de los entrevistados, agrupados en función de sexo y grupo de edad.

La preparación escolar de los consultados es variada; encontramos dos personas que no asistieron a la escuela y que pertenecen al grupo de edad de los ancianos, y, en contraparte, hallamos nueve que han estudiado algún posgrado (figura 3). Los jóvenes muestran que en mayor proporción, 9 de cada 10, han tenido acceso a los niveles de preparatoria, de las carreras técnicas y de la licenciatura; por su parte, los adultos se reparten en bloques relativamente homogéneos, que comprenden a poco más de una quinta parte de ellos en cada caso, en los estudios de secundaria, preparatoria, carrera técnica y licenciatura, y aquí también se registran los nueve casos que señalaron tener estudios de posgrado. Entre las personas de la tercera edad se registra una menor instrucción escolar, pues se tiene a las dos personas que no asistieron a la escuela, al mayor grupo de los que sólo cursaron la primaria (dos cuartas partes del conjunto) o la secundaria (casi a un tercio del total de ellos) y sólo a algunos que cuentan con saberes de preparatoria o de licenciatura.


Figura 3. Nivel escolar alcanzado según el grupo de edad.

Al relacionar el grupo de edad con sólo dos indicadores, compuestos de la siguiente manera: en el primero se incluyen a los que no estudiaron o sólo cursaron algún ciclo de la educación primaria o secundaria y en el segundo indicador se colocan a quienes pudieron estudiar algún año después de la secundaria, se observa una muy clara correlación estadística, que indica que a mayor rango de edad de los entrevistados, menor es el número de ciclos que transcurrieron en la escuela y que, en tanto es más joven el conjunto, se corresponde con una mayor instrucción escolar de las personas que lo integran. Lo cual habla de la importancia que ha adquirido la instrucción escolarizada para la población urbana en los últimos decenios.

Entre las peculiaridades que presenta la población seleccionada, sobresale el dato relativo a la religión a la que se adscriben los consultados; en su gran mayoría pertenecen al cristianismo, 82.4 %, de los que 63.9 % son católicos y 18.5 % se dicen evangélicos o simplemente cristianos (figura 4). Los que expresaron no tener un credo religioso integran un grupo que constituye 16.4 % del total, y quienes profesan otras religiones sólo representan al 1.2 por ciento. Al analizar la distribución religiosa de los grupos de edad que se muestran en la figura 4, se puede asumir la impresión de que existe cierta correlación entre la generación a la que se pertenece con el tipo de práctica religiosa que se dijo profesar; al realizar la prueba de chi cuadrada se puede comprobar que sí existe una relación estadística entre ambos indicadores, ya que se ha obtenido el dato de que chi cuadrada es menor a 0.05. Esa tendencia plantea la siguiente relación: a menor edad se tiene una mayor preferencia que en los otros grupos por no tener religión, 25.4 %, en tanto que a mayor edad se prefiere tener una religión y se opta en mayor medida por la católica, lo que sucede tanto en el grupo intermedio, 65.2 %, como en el de la tercera edad, con el 83.3 % de los consultados. Aun cuando se suele considerar que existe una conexión entre el sexo y la religiosidad, en el caso de la muestra obtenida no se observa estadísticamente que las personas estudiadas determinen su inscripción de tal manera, sino que se encontró que el grupo de edad tiene un mayor peso en la decisión de adscribirse o no a una religión, que la que se observó al analizar la información según el sexo de los entrevistados; así, la afiliación religiosa está vinculada a la edad de los interrogados, pero dicha tendencia de identificación no existe a partir del sexo del informante, aunque sí se advierte una conexión cuando de la práctica se trata, ya que las mujeres suelen concurrir con mayor frecuencia a las actividades religiosas que los varones, en especial en el caso de los católicos.


Figura 4. Religión profesada según el grupo de edad.

La propuesta anterior sobre la dependencia entre los indicadores relativos al grupo de edad y a la religión se confirma al agrupar las respuestas en tres rubros: no tiene religión, católica y otra religión. De dicha manera se puede observar que existe una correlación inversa entre el no tener una religión y el profesar la católica según la longevidad de los consultados, ya que en los grupos de edad más jóvenes aumenta la opción de no tener religión, mientras que el profesar la católica se incrementa según el grupo etario; en tanto que la opción de otras religiones no reacciona ante la variable de la edad (el nivel de significación es de X2 (4) = 31.759, p < 0.05).

Respecto del estado civil de la población estudiada (figura 5), se tiene la esperada distribución que predomina en el estado civil del grupo de edad al que pertenecen los jóvenes, pues el 69.6 % se encuentran solteros, poco más de una décima parte se han casado, 13.4 %; ellos, sumados al 17 % de los que viven en unión libre, da como resultado que poco menos de un tercio de los jóvenes ya han establecido una relación de pareja, 30.4 %, y llama la atención que quienes no han formalizado su relación, es decir, contraído matrimonio, suman un porcentaje mayor en comparación a los que declararon haberlo hecho. Entre ese grupo no se registró ningún caso de separación, de divorcio o de viudez.


Figura 5. Estado civil según el grupo de edad.

Los adultos de 30 a 59 años, en su mayoría, 73.2 %, viven con su pareja, pero a diferencia del grupo anterior, los casados constituyen poco más de la mitad, 54 %, de los agrupados en este rubro; en tanto que los que están en unión libre no llegan a la quinta parte, 19.2 %, de lo que se deduce que muestran un mayor interés por formalizar su relación, en comparación con la tendencia que practican los jóvenes; el porcentaje de solteros es mucho menor, 16.8 %, y en este grupo ya se registran separaciones y divorcios, por lo que poco más de la décima parte de ellos se encuentra en esta situación, 10.6 %. Cabe señalar que no se registró ningún caso de viudez entre los integrantes de este grupo de edad, lo que recuerda que la esperanza de vida al nacer, en la ZMCM, se encuentra ya muy por encima de la edad que tienen los adultos de este grupo.[10]

El comportamiento del grupo de los ancianos muestra características bastante diferentes de los conjuntos anteriores. Los casados constituyen poco más de dos tercios del total, 66.7 %, en tanto que quienes viven en unión libre representan tan sólo al 1.9 %; los separados o divorciados suman un porcentaje menor que en el grupo anterior, 9.3 %; los solteros son también pocos, 5.6 %, y el grupo de viudos congrega a poco más de uno y medio de cada diez de los adultos mayores, 16.7 %.

En resumen, los jóvenes permanecen en su mayoría solteros; cuando viven en pareja, se inclinan un poco más por la unión libre que por el matrimonio y no se registraron entre ellos ni separaciones ni viudez, aunque no hay que olvidar que la unión libre conlleva que no exista la posibilidad de aplicar y registrar el concepto de la separación. Los adultos en general se encuentran en una relación de pareja, en su mayoría casados y en menor proporción en unión libre, y no se registran casos de viudez, pero sí de ruptura. Los viejos registran el porcentaje más alto en cuanto a una relación de pareja formal y de viudez, y se cuentan algunos que se han separado y a otros que permanecen solteros. Por todo lo anterior se puede sostener que a cada etapa le corresponde un estado civil, que gira entorno a la triada, soltería-matrimonio-viudez, acorde con el grupo de edad jóvenes-adultos-ancianos, y que la unión libre y el divorcio son ahora más comunes que lo que las estadísticas sobre nupcialidad señalaban en las décadas pasadas, y la primera tiene una mayor incidencia entre los jóvenes y la segunda entre los adultos, de tal manera que se va ajustando una nueva triada que habla del siguiente estado: unión libre-separación-matrimonio, según sea el grupo etario al que pertenezca el entrevistado.[11]

Por lo que respecta al acceso y al tipo de seguridad social de los interrogados, llama la atención que poco más de una cuarta parte de ellos no cuenten con un sistema que les pueda ofrecer dicho servicio, 26.1 %. Mientras que las tres cuartas partes restantes sí cuentan con dicha seguridad; ellos son derechohabientes agrupados de la siguiente manera: el 42.2 % en el seguro social, el 13.2 % en la institución de seguridad social destinada a los trabajadores del Estado, el 14.7 % en el servicio ofrecido por el Seguro Popular, el 1.5 % en el destinado para los miembros de las fuerzas armadas, y el 2.3 % en alguna institución privada (figura 6).


Figura 6. Tipos de seguridad social.

Lo anterior nos indica que, si bien se cuenta con mejores condiciones sociales, las cuales han permitido que las nuevas generaciones tengan un acceso amplio a la instrucción escolar y la posibilidad de que un número mayor de personas pueda cursar estudios de licenciatura, esos cambios no han sucedido con el mismo ritmo y amplitud con respecto de la seguridad social, y lo más grave es que son las generaciones jóvenes las que presentan, en proporción, el menor nivel de acceso. Del 26.1 % del total de los consultados que no tienen seguridad social, se observa que en el grupo de jóvenes se deja sin protección al 26.8 % del total, mientras que en el de los adultos es un poco mayor el número de desprotegidos, situación que se explica al considerar que, por un lado, los jóvenes de algunas universidades públicas cuentan con seguro social aunque no trabajan, y por el otro, que el alto índice de desempleo y de empleo informal que afecta a nuestra sociedad impide que un porcentaje importante de adultos puedan beneficiarse de las prestaciones que otorga la seguridad social; así, el 27.3 % de ellos no tienen acceso a dicho servicio y en el grupo de ancianos la proporción sin protección corresponde al 18.5 % (figura 7). En otros términos, ello significa que de cada 100 personas que no cuentan con un servicio de seguridad social en la ZMCM, 48 son jóvenes, poco más de 43 son adultos y apenas 8 son ancianos, lo cual contrasta con las cifras y la tendencia de crecimiento que muestra el nivel de la instrucción escolar y hace evidente el retraso social presente en la zona metropolitana, en esta área que es tan importante para el bienestar, cuidado y protección de la población, en especial de las nuevas generaciones.


Figura 7. Seguridad social según grupo de edad.

Así, de cada 100 personas que se encuentran dentro de los grupos de edad señalados, 24.5 son estudiantes, 5 más estudian y trabajan, 59.5 trabajan y reciben su paga de otra persona o empresa, 8 se ocupan en las tareas del hogar, 2.9 están jubilados y 0.2 de ellos declararon encontrarse desempleados.

La maternidad-paternidad

Las condicionantes del tipo de avance económico que se ha dado en los países desarrollados han tenido una alta incidencia en las características con las que se comporta la fecundidad de la población en dichas sociedades. Así, se ha observado una tendencia al aumento en la edad que los padres tienen antes de concebir a su primer hijo; a esperar más tiempo antes de tener un segundo; al deseo de ya no tener otro después del primero o segundo hijo; a minimizar el tiempo total que, por la maternidad o paternidad, la pareja debe descuidar su papel en el mercado laboral y a dar mayor importancia al bienestar económico que al deseo de iniciarse en las tareas que conlleva la reproducción y acceder a la maternidad/paternidad.[12] Lo anterior ha originado que en los países de Europa —excepto Francia—,[13] en Canadá, Estados Unidos, China, Japón, Australia, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Uruguay, Brasil y Cuba, entre otros, no estén siendo capaces de mantener una fecundidad que registre al menos 2.1 hijos por mujer, tasa mínima que asegura el reemplazo poblacional; es decir, que el monto de la población total al menos se mantendrá en el mismo nivel. En el caso de México, para 2015, se registró una tasa de 2.3 hijos por mujer, pero las cifras por entidad federativa varían entre sí; por ejemplo, el estado de Chiapas tiene una tasa de 3, mientras que el Estado de México reporta una de 2.1, y en la Ciudad de México, de 1.8,[14] muy semejante a la que se da en los países de mayor desarrollo e insuficiente para permitir el remplazo de la población.

A continuación se presentan los valores que las personas que integraron la muestra de este estudio señalaron como los que consideran más aceptables y, al mismo tiempo, algunos de los comportamientos que han seguido en el devenir de su vida cotidiana. De tal manera que se presente, con datos, la imagen que los entrevistados proyectan sobre el comportamiento respecto de su fecundidad, para así poder evaluar qué tan cerca nos encontramos, como sociedad, de las prácticas que se dan en los países desarrollados y cómo ello y de qué manera puede incidir en el proceso de la reproducción y del necesario reemplazo poblacional en nuestra sociedad, la que de ninguna manera ha alcanzado aún el nivel de vida del que disfrutan dichos países, pero que muestra ya una clara tendencia a la progresiva disminución del número de hijos por mujer.

Edad de los padres al tener el primer hijo

La edad promedio en que los interrogados han tenido su primer hijo es de 24.6 años; para los varones, la media alcanza la cifra de 25.05, y para las mujeres es de 24.2 años, con una diferencia entre ambos de un año siete meses y medio. El rango de edad que presentan los varones al tener a su primer hijo comprende de los 14 a los 52 años, en tanto que entre las mujeres cuestionadas va de los 15 a los 42; en el ámbito nacional, la media de edad entre las mujeres cuando tienen a su primer hijo era, en 2014, de 21.1.[15] En México no se tienen los datos estadísticos que señalen las características con las que se da entre los hombres el inicio de su paternidad, tan sólo se tiene registros de la edad en la que contraen nupcias.[16]

En tanto que la media de edad de las personas consultadas, respecto de cuándo han tenido al último de sus hijos, en la que se incluye a todos los que tienen uno o más, es de 30.2 años; en las mujeres, de 29.1 años, y en los hombres, de 31.5 años. Lo que significa que la media de edad que se registra entre el primer y el último hijo que han tenido los interrogados se incrementa en 5.6 años, el mismo ensanchamiento ocurre en la diferencia en la edad de cada uno de los padres, que se eleva de 8 meses cuando tienen al primer hijo a 2.4 años cuando nace el último. Lo cual puede indicar que ahora los jóvenes eligen a la pareja entre las personas con las que tienen una menor diferencia en años cumplidos.

Pero si comparamos el promedio de edad que reportaron los entrevistados al tener a su primer hijo respecto del que presentan los varones en Estados Unidos, resulta que es menor en 5.86 años, pues ellos tienen a su primer hijo, en promedio, a los 30.9 años. Por tanto si, en general, los habitantes de la ZMCM se comportan de la misma manera que lo descubierto en la muestra de este estudio, se podría afirmar que se sitúan un poco más alejados de algunas de las consecuencias negativas descritas por Michael Eisenberg, de la Universidad de Stanford, en su estudio sobre las características sociodemográficas y sanitarias de la paternidad en varones en Estados Unidos,[17] en el que considera que el aumento en la edad en la que el hombre es padre puede afectar la salud de los hijos, pues cada año el varón adquiere, en promedio, dos nuevas mutaciones en su esperma, y ha encontrado correlación entre la paternidad a mayor edad y el aumento en las tasas de autismo, de esquizofrenia y de anomalías cromosómicas, así como de algunos cánceres pediátricos y de enfermedades genéticas en la prole.

Por ello es importante llamar la atención acerca de la necesidad de conocer los rangos de edad que tienen los varones cuando se convierten en padres y las razones por las que lo hacen hasta ese tiempo, ya que la salud de la prole está relacionada con esa variable; por lo tanto, si la edad del padre incide en la salud de la prole, entonces dicha condición se convierte en un asunto de salud pública. Si bien en México no tenemos aún un estudio tan amplio como el realizado en la Universidad de Stanford, que comprende el análisis de los 168 867 480 nacimientos que se dieron durante un lapso de 44 años en dicho país, de 1972 a 2015, podemos aprovechar aquellos resultados, uno de los cuales indica que existe una relación que afecta la salud de los hijos, en la misma proporción a la edad que tiene el padre al momento del nacimiento de su hijo.

Las cuestiones a despejar para conocer la influencia que la edad de los padres puede tener en la salud de los hijos son las condicionantes socioculturales que determinan que la edad en la que los hombres y las mujeres se convierten en padres esté aumentando. Pero el problema se complica por el largo periodo —que comprende décadas— en que los varones pueden ser padres; así, en el lapso de 44 años revisado por Eisenberg, de 1972 a 2015, descubrió que el padre más joven tenía 11 años de edad y el de más longevidad contaba con 88. Lo cual nos deja un periodo de 78 años para el ciclo reproductivo del varón; esto, sin duda, contrasta con los 35 años en promedio durante los que la mujer es fértil, ya que su estación reproductiva, también en promedio, se sitúa entre los 12 y los 45 años de edad. Y con los amplios conocimientos que se tienen sobre el impacto en la salud de los niños, según sea el rango de edad en que se sitúan ellas al momento de convertirse en madres.

Valores para considerar la reproducción

Una vez que se ha descrito el promedio de edad en el que se da el inicio y el término de la maternidad-paternidad de los cuestionados, y que se planteó el impacto que puede representar en la salud de las nuevas generaciones la edad de los padres al momento de la concepción, a continuación se analizarán algunos de los valores que manifiestan los cuestionados respecto de aquello que consideran necesario para que una pareja se decida a tener a su primer hijo o para incluir, si el interrogado ya lo tiene, a otro más.

La muestra está constituida en su mayoría por personas que sostienen al menos a un hijo, 56.5 %, mientras que el resto, 43.5 % aún no los tienen. Al analizar los datos por sexo, se tiene un mayor porcentaje de mujeres que ya han sido madres, 57.6 %, frente a las que no lo han sido, 42.4 %. En tanto que entre los varones el rango de la diferencia entre los porcentajes de unos, 55.1 %, y otros, 44.9 %, es un tercio menor, 15.2 entre ellas y 10.2 en ellos (figura 8).


Figura 8. Sexo agrupado en función de si ya tienen hijos.

Juventud y paternidad

Ya que el tema de la edad de la pareja al ser padres es una de las variables a considerar en este análisis, se preguntó a las personas encuestadas si consideraban que para tener un hijo es necesario estar jóvenes (figura 9). Los resultados muestran una clara correlación entre las respuestas que dieron aquellos que aún no eran padres al momento de contestar (quienes mayoritariamente se mostraron en desacuerdo) y aquellos que ya lo eran, estos últimos estuvieron de acuerdo en la proposición. El porcentaje de los no padres tiene las siguientes cifras: 30 % de acuerdo por 65.7 % en desacuerdo, mientras que el 4.3 % no sabe qué contestar. Los datos de los padres indican que el 43.9 % está de acuerdo y 51.7 % en desacuerdo, y los que no saben guardan una proporción semejante a los del primer subgrupo, con el 4.5 por ciento. Esta respuesta se puede estimar a partir del hecho de que los padres conocen mejor sobre el tema de las condiciones que se requieren para llevar a buen término el embarazo y la crianza. En tanto que no se encontró correlación entre estar de acuerdo con que es necesario estar jóvenes y el sexo de la persona que responde.


Figura 9. Para tener un hijo es necesario estar jóvenes, agrupado en función de si tiene o no hijo.

Para el análisis del tema de este trabajo es necesario considerar que en la literatura médica es común encontrar que la edad en que las condiciones de salud de la mujer son mejores para el embarazo y la crianza se encuentran comprendidas en el lapso que va de los 20 a los 35 años de edad,[18] y que, en comparación, casi nada se dice sobre la edad del padre, entre otras razones, como ya se indicó, por la falta de estudios, como el ya señalado de la Universidad de Stanford. Pero sí es posible encontrar investigaciones que han avalado la hipótesis que indica, por ejemplo, que el aumento de daños en los espermatozoides de los hombres de entre 36 y 57 años, en el caso de malformaciones congénitas, es tres veces mayor que el reportado en los individuos menores de 35 años.[19] Por lo cual, se puede admitir que la edad reproductiva más favorable para hombres y mujeres comienza a partir de los 20 años, ya que se ha alcanzado la madurez física y tiende a concluir a los 35, antes de que se inicie el envejecimiento biológico de sus respectivos sistemas reproductivos.

Dado que las condiciones biológicas cambian de manera inexorable con la edad y no lo hacen, en condiciones regulares, por los contextos socioeconómicos y culturales, las políticas de salud pública deberían de orientarse de tal modo que aseguraran, a las personas que así lo quieran, el ejercicio de su maternidad/paternidad en dicho periodo de la vida y desalentarlo después de haberlo superado. Por tanto, es necesario analizar en qué medida las condiciones en las que se desarrolla la vida cotidiana en la ciudad inciden para establecer cuál es el momento en que los individuos son considerados ya socialmente aptos para ejercer su capacidad reproductiva y las responsabilidades que demanda la paternidad/maternidad. Ello con el fin de detectar aquellas situaciones que se han ido estableciendo como requisitos para que sea permitido ejercerla y determinar si eso sucede o no a una edad cronológica cada vez mayor, fuera de la etapa ideal y que es la que conlleva menores riesgos para la salud de la prole. Así, a continuación se examinarán tres condiciones socioeconómicas que en las sociedades actuales parecen proponer para que sus integrantes tomen la decisión de ir postergando el ejercicio asociado a la reproducción biológica y que se refieren a las necesidades de haber terminado de estudiar, tener trabajo y contar con una vivienda propia; también se analizará el interés que manifiesten por ejercer la peternidad/maternidad en un momento situado en el futuro, con la respuesta a la pregunta de: cuántos hijos quieren tener en el futuro.

Haber terminado de estudiar

Poco menos de las dos terceras partes, 64.1 %, de las personas entrevistadas consideran que haber terminado de estudiar como un requisito previo para estar en condiciones de tener un hijo; esto es más importante para las mujeres, 67.9 %, que para los hombres, 59.3 %. No obstante que no se les sugirió ni se les preguntó sobre a qué llaman “haber terminado de estudiar”, se puede considerar que se refieren a un determinado ciclo escolar y, como se observó más arriba, puesto que los jóvenes tienen porcentajes mayores de estudio que los adultos y los ancianos, y las nuevas generaciones consiguen estudiar los niveles de preparatoria, carrera técnica y licenciatura; así, el valor manifestado por las personas de la muestra indica que se considera conveniente posponer la paternidad para poder concluir los estudios (figura 10).


Figura 10. Para tener un hijo es necesario haber terminado de estudiar, por sexo.

Si el análisis de la preferencia se hace ya no según el sexo, sino con base en si el interrogado ya ha ejercido o no la paternidad/maternidad, se tiene que la conclusión anterior se sostiene, ya que las casi dos terceras partes de los consultados que están de acuerdo con que la paternidad se ejerza una vez concluidos los estudios, 64.1 %, tiene casi un tercio de aprobación tanto entre los que aún no tienen hijos, que constituyen 75.4 % de la muestra, como entre los que ya los han tenido, que comprenden 55.4 % del total. Sin embargo, existe una clara correlación de desacuerdo con dicha afirmación entre los que ya tienen hijos, pues son ellos quienes en mayor proporción la rechazan, 43.5 %, en comparación con los que no los tienen, 22.7 %. Por tanto, puede afirmarse que quienes ya son padres seguramente expresan cuál ha sido su propia experiencia. No obstante, el valor mostrado por los que aún no procrean apunta a posponer la paternidad en tanto se termina de estudiar, en proporciones que van del 75.4 % que acepta la postergación al 22.7 % para los que están en desacuerdo con dicha afirmación (figura 11).


Figura 11. Para tener un hijo es necesario haber terminado de estudiar, agrupados en función de si ya tiene hijo.

Tener trabajo

La propuesta que indica que para tener un hijo es necesario contar con un trabajo es casi universalmente aceptada por los entrevistados, 93.7 %, y de manera más amplia por las mujeres, con 95.8 %, que por los hombres, con 91.1 % (figura 12), a la vez que los que no tienen hijos la consideran necesaria en mayor proporción, 95.2 %, que quienes ya han ejercido la paternidad, que representan 92.6 % de la muestra (figura 13). Lo anterior indica que el axioma social establece que quien quiere tener o tiene un hijo debe contar con trabajo, pues sin duda es uno de los medios considerados ineludibles en nuestra sociedad para afrontar los satisfactores que requiere la procreación, al tiempo que significa, por la demanda de una cada vez mayor cualificación para el trabajo, una mayor estadía en la etapa de preparación y la consecuente postergación de la paternidad.


Figura 12. Para tener un hijo es necesario tener trabajo, agrupados por sexo.


Figura 13. Para tener un hijo es necesario tener trabajo, agrupados en función de si se tiene hijo.

Tener vivienda propia

La siguiente necesidad a considerar es la referente a que, para tener un hijo, es ineludible contar con una vivienda propia. En el mismo sentido que en las variables anteriores, son las mujeres las que en mayor grado están de acuerdo con dicha afirmación. Así, poco más de 6 de cada 10 consultados están de acuerdo, 61.6 %; de ellos, 64.9 % son mujeres y 57.5 %, varones. Mientras que del poco más de un tercio que se manifestaron en desacuerdo, según su sexo, 49.4 % son mujeres y 50.6 % hombres (figura 14).


Figura 14. Para tener un hijo es necesario contar con vivienda propia, en función de tener o no hijos.

Al mirar las mismas cifras desde la perspectiva de quienes sí tienen o no al menos un hijo, se advierte un enfoque un tanto diferente, ya que ahora los que se muestran más de acuerdo con la necesidad de contar con vivienda para poder pensar en hijos son los que no han tenido descendencia, 65.7 %, mientras que los que sí la tienen muestran una aceptación en un porcentaje un poco menor, 58.4 %. En las opiniones en desacuerdo prevalece la de los que tienen hijos, 39.0 %, frente al 31.4 % de los que no tienen prole (figura 15).


Figura 15. Para tener un hijo es necesario contar con vivienda propia, agrupados en función de si se tiene hijo.

Cuántos hijos quiere tener en el futuro

Por último, es básico, por el tema que se analiza, conocer cuántos hijos proyectan tener en el futuro los entrevistados. Al ordenar la información que señala cuántos hijos desea tener el interrogado según su grupo de edad, se tiene una clara correlación entre el deseo y el grupo de edad. De esta manera, el grupo de ancianos en el 100 % de los casos no se lo proponen; no hay que olvidar que no pocos de los varones de este grupo aún pueden ser padres. En cambio, en el conjunto de los adultos, 63.6 % de los sujetos de estudio, y en el de jóvenes, sólo 22.3 % de los casos quieren ejercer esta posibilidad. Dicha preferencia se aclara cuando se observan las respuestas ordenadas según la consideración de si ya tienen o no al menos algún hijo. En esta situación, los que no desean tener hijos en el futuro corresponde, en el 69.1 % de los casos, a las personas que ya tienen un hijo o más; en cambio, el 21.3 % de quienes así opinan, aún no ha ejercido la paternidad, y sin embargo no está en sus planes el tener un hijo en el futuro. En tanto que el 13.9 % no sabe decir si quiere o no hijos en el porvenir, 10.4 % de los que ya tienen y 18.4 % de quienes aún no cuentan con uno (figura 16).


Figura 16. Cuántos hijos desea tener en el futuro, agrupados en función de si se tiene hijo.

En términos generales, se observa que 48.3 % de las personas interrogadas no piensan tener un hijo en el futuro, el 37.8 % sí lo desean y el 13.9 % no sabe decir si lo quisiera o no. También resultan relevantes las cifras que indican que entre los que aún no tienen hijos, apenas una quinta parte de ellos, 20.3 %, se plantean la posibilidad de tener tres hijos o más; el que casi otra quinta parte, 18.4 %, no haya aún considerado cuántos hijos tendrán y el que ninguno haya expresado la idea de tener todos los hijos que Dios le envíe.

Conclusiones

Llama la atención que en la muestra obtenida para este análisis en la zona urbana estudiada, el promedio de edad al tener el primer hijo es casi seis años menor respecto de la edad señalada en Estados Unidos; no obstante, al analizar el registro de las personas interrogadas en este estudio sobre la edad promedio del último hijo, ésta se encuentra por encima de los 30 años.

Al considerar el valor concedido al hecho de que los padres sean jóvenes al iniciar su ciclo reproductivo, se encontró que poco menos de 6 de cada 10 entrevistados señalaron que ello no era importante. Esta situación cambia al valorar que los padres potenciales hayan concluido sus estudios, dado que entonces casi 6.5 de cada 10 consideran que ese punto sí es necesario. En cuanto a que deben o no contar con vivienda propia antes de iniciarse en la paternidad/maternidad, las cifras indican que 6 de cada 10 creen que es un elemento a considerar. Por último, cuando se les pregunta acerca de si los padres deben o no contar con un trabajo, la respuesta es casi unánime, pues poco más de 9 de cada 10 aseguran que así debe ser (figura 17).


Figura 17. Qué se requiere para ser padres.

El principal reto que la paternidad/maternidad plantea a la sociedad en la actualidad se presenta como un dilema que toma las características de una gran paradoja, ya que por un lado es necesario que las personas reciban la mejor preparación posible antes de tener hijos y hayan alcanzado un nivel de vida adecuado para afrontar las necesidades económicas que demanda la formación de una familia, de tal manera que puedan satisfacer los requerimientos propios de la pareja y de una prole la cual se espera que permita al menos el remplazo generacional y, en el mejor de los casos, un modesto incremento demográfico. A la vez, más años dedicados a la escolarización y a la estabilidad económica redundan en una población que se inicia en la paternidad a edades cada vez más avanzadas, lo cual repercute generando mayores desventajas en la salud de la prole y en el número de hijos que dichas parejas pueden tener. Así, son quienes se inician como padres a una edad mayor los que tienen oportunidad de contar con mejores niveles de instrucción, con mejores empleos, con más recursos económicos, con más estabilidad y con mejores oportunidades para vivir con sus hijos y para tomar una parte más activa en su crianza; pero si estas condiciones se dan cuando las personas rondan los 35 años, se tiene que la madurez socioeconómica apenas se alcanza cuando la decadencia biológica hace su aparición.

¿Cómo asegurar en dichas condiciones la tasa mínima de reproducción de 2.1 hijos por mujer para obtener el remplazo generacional y evitar el catastrófico envejecimiento de la población?

Sin duda son necesarias las políticas públicas que propicien la reparación de la creciente desincronización de los relojes biológico y socioeconómico con las que se está rigiendo la vida cotidiana de las nuevas generaciones, para asegurar que el necesario reemplazo generacional se siga dando en nuestro país, ahora que aún estamos a tiempo, ya que, como sucede en algunos países de Europa y de Asia,[20] dichas medidas parece que se han tomado algo tarde y hasta hoy se han mostrado del todo ineficientes para lograr el deseado incremento demográfico que les asegure un adecuado remplazo poblacional.

En México una vía puede ser el de los créditos, para que los jóvenes mayores de 20 y menores de 30 años que están estudiando o que aún no cuentan con un ingreso que les permita pensar en la reproducción puedan contar con el necesario soporte económico para formar una familia; así, se posibilitaría que quienes estudian se conviertan en padres sin verse obligados a dejar a un lado su preparación y las oportunidades de desempeñar un trabajo mejor remunerado, al tiempo que estarían en la libertad de iniciarse en la maternidad/paternidad, durante la edad ideal para ello. Ese respaldo económico puede provenir tanto de los créditos-becas otorgados por las políticas públicas, como de una apreciación diferente de cierto modelo de familia que hoy no goza de ningún prestigio social, en el cual los padres apoyen económicamente el que sus hijos avancen en sus estudios, al tiempo que sostienen los gastos que demanda la vida en pareja y la crianza de sus nietos, de tal manera que dicho comportamiento reciba una sanción social positiva, no como ocurre hasta el presente, que se le valora como una conducta que es necesario evitar.

Sin duda, no bastan los estímulos económicos para mantener la tasa de remplazo, es necesario que el ambiente social, con ideas, valores y anhelos, reafirme la importancia de la reproducción biológica y de las actividades que la hacen posible.


[1] Margaret Mead, Cultura y compromiso. Estudio sobre la ruptura generacional (Barcelona: Gedisa, 1997).
[2] Max Horkheimer, Crítica a la razón instrumental (Buenos Aires: Editorial Sur, 1973), acceso el 3 de mayo de 2019, http://www.archivochile.com/Ideas_Autores/horkheimerm/esc_frank_horkhe0003.pdf.
[3] Marcel Mauss, Ensayo sobre el don: forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas (Buenos Aires: Katz, 2010); Marcel Hénaff, Le don des Philosophes. Repenser la réciprocité (París: Seuil, 2012).
[4] Pierpaolo Donati, La familia como raíz de la sociedad (Madrid: BAC, 2013).
[5] Olga Lorena Rojas Martínez, Paternidad y vida familiar en la Ciudad de México. Un estudio del desempeño masculino en los procesos reproductivos y en la vida doméstica (México: El Colegio de México, 2008), 13-20.
[6] Gianni Vattino, El fin de la modernidad, nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna (Barcelona: Gedisa, 1987), 24.[7] Agradezco a las siguientes personas, estudiantes de la carrera de Trabajo Social en la Universidad Autónoma de México, su colaboración en la aplicación de los cuestionarios, así como sus valiosos comentarios y observaciones para el diseño del instrumento (sin embargo, las deficiencias y errores sólo son atribuibles al autor de este trabajo): Brenda Aguilar Galindo, Paulo Aldahir Becerril García, Martha Laura Briseño Medina, Diana Calvillo González, Guadalupe Corina Cervantes Zaragoza, Hugo Javier Dávila Pacheco, Luz María Espinosa Peña, Magaly Fuentes de la Paz, Laura Angélica Hernández Sedano, Enrique Uriel Izquierdo Pascual, Alitza León Aguiar, Pamela Ivonne López Escobar, Ismael Luna Martínez, Monserrat Mendoza Velasco, Sergio Esteban Moreno Villanueva, Brenda Abigail Pérez Coquis, Avril Estefanía Pineda Bernal, Julio César Retana García, Cinthia Robles Urbina, Andrea Margarita Rodríguez Bolaños, Sandra Salcedo Ortega, María de los Ángeles Sánchez Lagunes, Paola Sánchez Pichardo, Karina Vázquez Delfín y Claudia Vázquez Morales.
[8] Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Benito Juárez, Coyoacán, Cuajimalpa de Morelos, Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero, Iztacalco, Iztapalapa, Magdalena Contreras, Miguel Hidalgo, Milpa Alta, Tláhuac, Tlalpan, Venustiano Carranza y Xochimilco.
[9] Atizapán de Zaragoza, Chalco, Chimalhuacán, Cuautitlán, Cuautitlán Izcalli, Ecatepec, Huixquilucan, Ixtapaluca, Los Reyes la Paz, Naucalpan, Nezahualcóyotl, Nicolás Romero, Tecámac, Tlalnepantla, Tultitlán, Valle de Chalco y Zumpango.
[10] El promedio de la esperanza de vida en México al nacer es de 75.2 años. Inegi, “Esperanza de vida”, acceso el 3 de mayo de 2018, http://cuentame.inegi.org.mx/poblacion/esperanza.aspx?tema=P.
[11] El promedio de la esperanza de vida en México al nacer es de 75.2 años. Inegi, “Esperanza de vida”, acceso el 3 de mayo de 2018, http://cuentame.inegi.org.mx/poblacion/esperanza.aspx?tema=P.i.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2017/matrimonios2017_Nal.pdf. N. del ed.: El Inegi actualiza los datos periódicamente; a inicios de 2019 se renovó el documento, los datos estadísticos más recientes se publicaron en febrero de 2019 y puede accederse a ellos a través del siguiente vínculo: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2019/matrimonios2019_Nal.pdf.[12] Michael Eisenberg, “Fathers of American newborns keep getting older”, Stanford Medicina (30 de agosto de 2017), acceso el 3 de mayo de 2019, https://med.stanford.edu/news/all-news/2017/08/fathers-of-american-newborns-keep-getting-older.html.
[13] Francia mantiene la tasa de fertilidad más alta entre los países europeos: 2.08 hijos por mujer.
[14] Inegi e Inmujeres, “Mujeres y hombres en México 2016” (2016), acceso el 3 de mayo de 2019, http://cedoc.inmujeres.gob.mx/documentos_download/MHM_2016.pdf.[15] Inegi, “Estadísticas a propósito del día de la madre”, 8 de mayo de 2017, acceso el 22 de septiembre de 2017, https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2017/matrimonios2017_Nal.pdf. N. del ed.: El Inegi actualiza los datos periódicamente; al cierre de esta edición es posible recuperar la información, actualizada a mayo de 2019, de: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2019/madre2019_Nal.pdf, consultada el 13 de mayo de 2019.
[16] Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública (CESOP), En contexto: padres de familia en México, No. 64, junio de 2016, Cámara de Diputados, LXIII Legislatura, acceso el 3 de mayo de 2019, https://www.google.com.mx/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=5&cad=rja&uact=8&ved=0ahUKEwjnu_XjybnWAhVIbSYKHdR9DcUQFghDMAQ&url=http %3A %2F %2Fwww5.diputados.gob.mx %2Findex.php %2Fesl %2Fcontent %2Fdownload %2F45169 %2F225204 %2Ffile %2FCESOP-IL-14-EC64PadresDe.
[17] Eisenberg, “Fathers of American newborns keep getting older”.
[18] Verónica Chamy P. et al., “Riesgo obstétrico y perinatal en embarazadas mayores de 35 años”, Revista Chilena de Obstetricia y Ginecología 74, núm. 6 (2009), 331-338, acceso el 3 de mayo de 2019, https://dx.doi.org/10.4067/S0717-75262009000600003; Juan R. Issler, “Embarazo en la adolescencia”, Revista de Posgrado de la Cátedra Vía Medicina, núm. 107 (agosto de 2001), 11-23, acceso el 3 de mayo de 2019, https://www.uv.es/~reguera/nuevosmedios/videoconferencia/informe%5B1%5D.htm.
[19] B. Kühnert y E. Nieschlag, “Reproductive functions of the ageing male”, Human Reproduction Update 10, núm. 4, 327-339, acceso el 3 de mayo de 2019, https://doi.org/10.1093/humupd/dmh030; Julio Nazer H. et al., “La edad paterna como factor de riesgo para malformaciones congénitas”, Revista Médica de Chile 136, núm. 2 (2008), 201-208, acceso el 3 de mayo de 2019, http://dx.doi.org/10.4067/S0034-98872008000200009.[20] Fabrizio Bernardi, El déficit de natalidad en España: análisis y propuestas para la intervención pública. Documento de trabajo, 13 (Madrid: Fundación Alternativas, 2003), acceso el 3 de mayo de 2019, https://www.fundacionalternativas.org/public/storage/laboratorio_documentos_archivos/xmlimport-oL99jz.pdf; Laura Daniele, “El Gobierno fomentará por primera vez la natalidad con una campaña publicitaria”, ABC, 5 de marzo de 2017, acceso el 30 de octubre de 2017, http://www.abc.es/sociedad/abci-gobierno-fomentara-primera-natalidad-campana-publicitaria-201703052059_noticia.html; “Curiosas campañas de algunos países para aumentar la natalidad”, Bebés y más [blog], acceso el 30 de octubre de 2017, https://www.bebesymas.com/ser-padres/curiosas-campanas-de-algunos-paises-para-aumentar-la-natalidad; Francisco José Contreras, “El invierno demográfico europeo. Causas, consecuencias, propuestas”, Cuadernos de Pensamiento Político FAES, núm. 33 (2012), 103-134, acceso el 30 de octubre de 2017, https://fundacionfaes.org/file_upload/publication/pdf/20130423222553el-invierno-demografico-europeo-causas-consecuencias-propuestas.pdf.

Compártelo

  • Hamburgo 135, Colonia Juárez, Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, CP 06600
  • (55)4166-0780 al (55)4166-0784

Narrativas Antropológicas, primera época, año 6, número 12, julio-diciembre de 2025, es una publicación electrónica semestral editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Secretaría de Cultura, Córdoba 45, col. Roma, C.P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, www.revistadeas.inah.gob.mx. Editor responsable: Benigno Casas de la Torre. Reservas de derechos al uso exclusivo: 04-2019-121112490400-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la ultima actualización del número: Iñigo Aguilar Medina, Dirección de Etnología y Antropología Social del INAH, Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras, C.P. 10200, Ciudad de México; fecha de última actualización: 10 de julio de 2025.

Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la opinión del editor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin la previa autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Contacto: narrativas_antropologicas@inah.gob.mx